Inquina Semillas de sangre #15
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Semillas de sangre #15

—Son patéticos —rió ella, su cuerpo apoyado contra el mío con una confianza que me llenaba de orgullo—. Parecen perros marcando territorio.

—Mike es un terrier defendiendo su hueso —comenté, señalando cómo mi amigo lanzaba miradas asesinas a Fabián—. Y Fabián, el chacal que lo acecha desde las sombras, esperando el momento de arrebatarle lo que más quiere.

Mi comentario hizo que Natasha soltara una carcajada cristalina que se llevó el viento.

Jessia, la hermana de Mike, agitó la bandera con la elegancia de quien ha nacido para ese papel.

3...

Los motores se elevaron en una sinfonía de potencia contenida.

2...

Las ruedas traseras humearon, buscando tracción.

1...

Humo, rugidos, ruedas patinando en una nube de caucho quemado.

Mike tomó la delantera en la primera curva, su experiencia en circuitos europeos dándole una ventaja inicial.

Pero Axel, con su sangre fría de magnate hotelero, lo rebasó en la curva "del Lagarto" con una maniobra tan limpia como letal.

Jared, el oscuro caballo, acechaba en tercero, su mirada fija en la rueda trasera de Axel.

Alexander rozó el escape de la moto de Axel en una curva cerrada, provocando una chispa que hizo contener el aliento a los espectadores.

—¡Se saldrá de control! —Natasha se inclinó hacia delante, sus dedos aferrados a mi brazo.

—Espera el final —sonreí, sabiendo algo que ella ignoraba: Jared era un piloto de rally retirado, acostumbrado a superficies mucho más traicioneras que este asfalto perfecto.

En la recta final, Jared aceleró con una maniobra que bordeaba la locura, adelantando a Mike y Axel en un mismo movimiento que parecía imposible. Cruzó la línea primero, su puño alzándose en un gesto de victoria contenida.

Mike golpeó el manillar al verlo, la frustración visible en cada línea de su cuerpo. Axel maldijo en un idioma que no reconocí. Fabián y Sebastián empataron en un cuarto lugar que a ninguno de los dos satisfizo.

Los hermanos Durand son tan buenos que quizá en la próxima ronda será interesante verlos competir, pensé, evaluando ya futuras estrategias.

—Qué desperdicio no haber apostado —murmuré, y Natasha me miró con una mezcla de admiración y reproche.

Todo parecía marchar a la perfección, hasta que vi a Camila tomar su moto y salir huyendo, Mike fue detrás de ella. Algo había pasado, presiento que tiene que ver ese Fabián Bolena.

Esa noche, cuando el cansancio comenzaba a hacer mella en los invitados y las risas se volvían más pausadas, desempolvé mi Fender Stratocaster del estuche de viaje. Sebastián, con una sonrisa que recordaba viejos tiempos, afianzó la batería que Camila había hecho traer de algún almacén olvidado.

Los primeros acordes de Was it a dream resonaron bajo las estrellas mexicanas, llevándose por delante el silencio de la noche.

No era el Afterlife de Estambul, con su público entregado y sus luces estroboscópicas, pero la magia persistía: cervezas frías circulando de mano en mano, acordes distorsionados que se perdían en la inmensidad del cielo, y el asombro en los ojos de Natasha, que me miraba como si fuera la primera vez que me veía sobre un escenario.

Al terminar, la abuela Lily aplaudió con lágrimas en los ojos, sus manos ancianas golpeándose con una energía que contradecía su edad.

La abuela siempre estaba presente en todos nuestros ensayos, en todas nuestras locuras juveniles, alentándonos a seguir practicando, a no abandonar la música a pesar de las exigencias del mundo adulto.

Era grato volver a recordar viejos tiempos. Era grato sentir, aunque fuera por un momento, que nada había cambiado.

Mientras Sebastián guardaba las baquetas y Alexander desconectaba los amplificadores, vi a Camila discutir acaloradamente con Fabián tras un ciprés solitario que se alzaba como un centinela en medio de los viñedos.

—¿Qué significa esto, Fabián? —la voz de Camila, aunque contenida, llegaba hasta nosotros fragmentada por el viento—. ¡Tu amante vino a amenazarme a mi propia casa! ¿No te parece demasiado?

—Ese bebé no es mío, Cami —la respuesta de Fabián fue un latigazo—. Te lo he dicho mil veces. No sé de qué me hablas.

Observé la discusión desde la distancia, mi instinto alerta ante cualquier movimiento brusco. Fue entonces cuando noté cómo Fabián la tomó por el brazo con una violencia que no admitía excusas.

La furia me poseyó sin transición, como un interruptor que se activa. Crucé la distancia que nos separaba en zancadas largas y silenciosas, mi puño cerrándose sobre el cuello de Fabián antes de que pudiera reaccionar. El impacto de mi nudillo contra su mandíbula resonó en la noche como un disparo.

—¡Asume tu mierda! —rugí, sintiendo cómo la sangre caliente de su labio partido manchaba mi mano—. ¡Asume lo que has hecho y deja de esconderte!

—¿Tú quién eres para juzgarme? —escupió, escupió sangre y rabia a partes iguales—. No sabes nada de mi vida, ni de mis circunstancias.

—Alguien que no tolera cobardes —respondí, mi voz plana como una hoja de acero—. ¿Cami, estás bien?

Ella asintió con la cabeza, aunque sus ojos brillaban con lágrimas no derramadas. Luego, sin mediar palabra, huyó hacia los viñedos, su silueta borrándose entre las hileras de parras.

Fabián intentó golpearme, el puño levantado en un gesto patético, pero se contuvo antes de conectar. Su orgullo, quizás, o el miedo a las consecuencias.

—Nunca entenderías lo que es sentirse atrapado —dijo, su voz quebrada—. Nunca.

—¿No? —reí sin humor—. Mike al menos ayudó a esa mujer cuando supo que estaba destrozada. La apoyó, la protegió, ha estado cuidándola. Tú solo esquivas responsabilidades como un niño mimado. Él ganó, Fabián. Ganó porque tú no supiste valorar lo que tenías.

Le palmeé el hombro con un desprecio que era casi físico, un gesto que decía más que mil palabras.

—Demuestra que eres hombre —concluí—. Haz la prueba de paternidad. Y luego, cual sea el resultado, enfréntalo.

Joder, pensé mientras me alejaba, sintiendo cómo la adrenalina bombeaba todavía en mis venas. ¿Cómo puede alguien ser tan cobarde?

Traté de tranquilizarme, de regular mi respiración, hasta que sentí que Natasha me envolvía en un abrazo desde atrás. Su perfume a jazmín, ese aroma que había aprendido a amar más que a cualquier otro, borró momentáneamente la furia, reemplazándola por una calma extraña.

—Estoy más enamorada de ti —susurró contra mi espalda, sus brazos rodeando mi cintura con la fuerza de quien no quiere soltar.

—¿Solo por un solo de guitarra? —pregunté, girándome para mirarla a los ojos.

—Por todo —respondió—. Por cómo defiendes a tus amigos. Por cómo tocas la guitarra. Por cómo me miras. Por cómo eres. Por todo, Damián.

El teléfono vibró en mi bolsillo con la insistencia de una amenaza. 15 notificaciones de Erdoğan. 15 mensajes que, por la frecuencia, solo podían significar una cosa: emergencia máxima.

Me disculpé con Natasha con un beso rápido y me alejé hacia un rincón apartado, donde la luz de las antorchas no alcanzaba a iluminar la pantalla. Allí, en la penumbra, abrí el mensaje crucial:

"NO REGRESE A ESTAMBUL. LA INTERPOL HA EMITIDO UNA ORDEN DE CAPTURA GLOBAL CONTRA USTED.

ACUSACIÓN: ASESINATO DE ANNA STREET (HIJA DEL PRESIDENTE DE POLONIA).

EVIDENCIA: VIDEO DE TORTURA Y EJECUCIÓN DE LA VÍC-

TIMA. SU ROSTRO ES CLARAMENTE IDENTIFICABLE EN TODAS LAS GRABACIONES.

ES UNA TRAMPA. PERO PARECE REAL. NECESITAMOS HA-

BLAR URGENTE."

La sangre se heló en mis venas. Por un momento, el mundo se detuvo a mi alrededor: las risas de la fiesta, la música que aún sonaba a lo lejos, el susurro del viento entre los viñedos... todo se desvaneció en un zumbido agudo que amenazaba con reventarme los tímpanos.

Anna Street. La hija del presidente de Polonia. Asesinato. Tortura. Video.

Era.

Detrás de mí, los pasos apresurados de Laurent sobre la grava precedieron a su llegada. Venía con un dosier abierto en las manos, su rostro desencajado por una mezcla de terror y determinación.

—¡Damián! —jadeó—. Estás en peligro. Han falsificado todo. Las pruebas, el vídeo, los testimonios... todo es una puesta en escena. Era jugó su movimiento.

Miré el teléfono, luego a Laurent, luego hacia donde Natasha conversaba animadamente con Camila, ajena al abismo que se abría a mis pies.

Era había cumplido su promesa. No solo atormentaba mis sueños; ahora atormentaba mi realidad.

Y la partida de ajedrez, esa maldita partida que creía estar ganando, acababa de dar un vuelco imposible.