Semillas de sangre #14
Desperté sobresaltado, el grito atascado en la garganta como un hueso de fruta, empapado en un sudor frío que me hacía tiritar a pesar del calor tropical de la noche mexicana.
El corazón me golpeaba el pecho con la violencia de un motor desbocado, y tardé varios segundos en reconocer las paredes de piedra, los muebles de caoba, la respiración acompasada de Natasha a mi lado.
¿Cuántas noches llevaba esto? La pregunta resonó en mi mente mientras intentaba controlar los temblores. ¿Cuántas noches más podría soportar?
La venganza, Alenka, la Dark Web, la marca de Lilith ardiendo en mi pecho... ¿En qué abismo me había metido? ¿En qué laberinto sin salida había extraviado mi alma?
Me levanté de la cama con movimientos cuidadosos para no despertarla, y caminé directamente hacia la ducha. Necesitaba agua, necesitaba frío, necesitaba sentir algo que no fuera este miedo paralizante.
Bajo el chorro helado, apoyé la frente contra los azulejos, dejando que el agua golpeara mi nuca con la violencia de un castigo.
Los músculos, tensos como cuerdas de violín, comenzaron a relajarse lentamente, aunque la imagen de Era —sus ojos de hielo, su risa de cristales rotos— permanecía grabada tras mis párpados.
—Espero que estuvieras pensando en mí —la voz de Natasha me hizo abrir los ojos de golpe.
Allí estaba, desnuda en el umbral de la ducha, su cuerpo un espectáculo de curvas pálidas recortadas contra la penumbra del baño. La luz tenue creaba sombras que acariciaban su piel, subrayando cada detalle de esa geografía que conocía mejor que la mía propia.
—Siempre —respondí, y la palabra fue sincera a pesar de la mentira que la precedía.
Ella entró con un gritito ahogado al contacto con el agua que aún conservaba restos de hielo, pero en lugar de huir, se pegó a mí buscando el calor de mi cuerpo. Ajusté la temperatura con manos temblorosas hasta lograr un vapor que nos envolvió como un abrazo adicional.
Necesitaba esto. Necesitaba estar con mi salvadora, con mi ángel caído, con la única persona capaz de ahuyentar los demonios que me acechaban. Nos fundimos en un abrazo que era más que físico, que era refugio y promesa y juramento silencioso de que, pase lo que pase, nos tendríamos el uno al otro.
Mi temor aún no había desaparecido —quizás no desaparecería nunca—, pero sentir su piel contra la mía, su corazón latiendo al compás del mío, su respiración acompasándose con la mía, me hizo comprender algo fundamental: debía luchar.
Por ella, por nosotros, por ese futuro que apenas comenzábamos a vislumbrar.
No podía permitir que Era ganara. No podía permitir que sus pesadillas me robaran lo único bueno que la vida me había dado.
—Estoy aquí —murmuró Natasha contra mi pecho, sus labios rozando la cicatriz de Lilith—. Estoy aquí y no me iré. Pase lo que pase.
Cerré los ojos y dejé que el vapor y su calor me envolvieran, que, por unos minutos, solo por unos minutos, el mundo exterior dejara de existir.
Fuera, la noche era perfecta, mi familia estaba aquí. Solo necesitaba estar a salvo.
Pero dentro de ese abrazo, dentro de ese momento de paz robada al destino, yo era libre.
La mañana siguiente amaneció sobre los viñedos con una claridad hiriente, como si el sol se empeñara en iluminar cada recoveco de mi conciencia.
El desayuno en la terraza de la hacienda había sido un ejercicio de normalidad fingida: Natasha conversaba animadamente con Camila sobre catas de vino, Mike y Alexander debatían sobre las bondades de la Fórmula 1 frente a MotoGP, y la abuela Lily tejía su eterna manta mientras observaba la escena con una sonrisa beatífica.
Pero yo no podía quitarme de encima la sensación de que algo se gestaba en las sombras.
Fue entonces cuando Camila, con esa chispa en los ojos que siempre precedía a sus locuras, anunció:
—Preparen sus mejores galas de pilotos. Los llevaré a mi pista secreta.
María, su empleada de confianza, puso los ojos en blanco y murmuró algo sobre "los caprichos de los ricos", pero Camila ya nos arrastraba hacia una flota de vehículos todoterreno que aguardaban en la cochera.
La pista, situada en los linderos del viñedo, era un secreto a voces entre los lugareños pero un descubrimiento para los forasteros.
No me sorprendió al ver las motos de alta gama alineadas como bestias enjauladas, sus carrocerías reflectando el sol matutino en un destello de cromados y carbonos.
Ducati, Kawasaki, Yamaha... y por supuesto, mi gran obra de arte, la pieza central de aquel establo de pesadillas mecánicas: la Bonet R45 Ultra.
—Sé que no es el circuito de Estambul —se disculpó Camila, leyendo mi expresión con esa intuición que la caracterizaba—. No tiene la misma extensión, ni las curvas peraltadas, ni...
—Es perfecto —mentí, aunque mis ojos ya evaluaban cada detalle del trazado, cada posible adelantamiento, cada punto de frenada donde podría ganar milésimas.
Alexander y Sebastián se pavoneaban junto a sus Ducati como adolescentes en un concurso de gallos, ajustándose los guantes con gestos estudiados. Los haré añicos, pensé con una sonrisa interna. A los dos, en la misma curva.
Camila había transformado el lugar con un esmero que solo ella podía aportar: vallas de seguridad nuevas, torres de cronometraje profesionales, e incluso un graderío para las familias que comenzaba a llenarse de espectadores.
Banderas de colores delimitaban el circuito, y el olor a goma y gasolina —ese perfume que tanto amaba— comenzaba a impregnar el aire.
—¿Listo para perder, Bonet? —Conor, el hermano de Mike, un tipo de mandíbula cuadrada y mirada desafiante, golpeó mi hombro con una confianza que rayaba en la arrogancia.
—Como si no conocieras mi historial —me burlé, ajustándome los guantes de cuero con una lentitud deliberada—. ¿O ya olvidaste Nürburgring?
Su expresión se ensombreció lo justo para que supiera que no lo había olvidado. Nadie olvida una derrota contra mí.
Al principio no sabíamos cómo nos organizaríamos, pero tras una breve discografía —en la que Camila ejerció de árbitro implacable— nos alineamos en la parrilla de salida: Camila, Noah, Sebastián, Conor y yo. Cinco máquinas, cinco pilotos, una sola verdad: solo uno podía ganar.
La madre de Camila, una mujer de porte elegante y voz atronadora cuando la ocasión lo requería, gritó desde las gradas con una energía que contradecía sus años:
—¡Muéstrales quién manda aquí, hija! ¡Que sepan que las Durand no se achican ante nadie!
Mike, el eterno enamorado, se acercó a Camila con una ternura que contrastaba con la dureza del entorno. Ajustó el casco de su prometida con movimientos precisos, casi rituales, y susurró algo que la hizo sonreír bajo la visera.
Natasha apareció entonces a mi lado, su silueta recortada contra el sol, el cabello suelto bailando al viento. Me tomó por las solapas de la chaqueta de cuero y me atrajo hacia un beso que supo a promesa y desafío a partes iguales.
—¿Creíste que no vendría a darte suerte? —preguntó, sus ojos lilas brillando con esa mezcla de orgullo y deseo que me volvía loco—. Gana, Damián. Hazlos polvo.
—Lo haré —respondí, y en esas dos palabras iba todo: mi amor por ella, mi necesidad de demostrar, mi hambre de velocidad.
Todos nos acomodamos en la línea de salida. Observé cómo Natasha caminaba hacia el centro de la pista, donde la bandera de cuadros aguardaba en sus manos. Nuestras miradas se encontraron por un instante, y en ese instante hubo un mundo entero de complicidad.
Ella ondeó el pañuelo.
Los motores rugieron como dragones despertando de su letargo.
—¡Vamos! —ordené mentalmente, sintiendo cómo la sangre hervía en mis venas.
3...
Mis dedos se tensaron sobre el manillar.
2...
El rugido se intensificó, vibrando en cada célula de mi cuerpo.
1...
La bandera cayó.
Aceleré a fondo, sintiendo cómo la potencia de la Bonet R45 Ultra me proyectaba hacia adelante como un misil. El asfalto olía a goma quemada y adrenalina pura, ese cóctel embriagador que solo los amantes de la velocidad conocen.
La pista era un demonio de curvas cerradas y rectas traicioneras.
En la segunda vuelta, solo Camila y yo liderábamos la manada, separados por apenas metros de distancia.
Tomé la curva del "Diablo" rozando el guardarraíl con la valentía de quien no teme a la muerte, mis rodillas a centímetros del asfalto, el mundo reducido a un túnel de percepción donde solo existían la trayectoria y el límite.
Ella me imitó con una precisión quirúrgica que me obligó a respetarla más de lo que ya lo hacía.
—¡MIERDA! —el grito escapó de mis labios cuando la vi pegada a mi rueda trasera, esperando el mínimo error para adelantarme.
Al aproximarnos a la meta, nuestras ruedas cruzaron la línea en idéntico milisegundo. Fue un empate técnico, un resultado que en cualquier otro contexto me habría satisfecho, pero que en ese momento supo a derrota.
Frené en una nube de humo, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho con la violencia de un motor desbocado. Camila se quitó el casco con una lentitud deliberada, su sonrisa burlona iluminando su rostro sudoroso:
—La próxima no tendrás tanta suerte, Bonet. Te ganaré limpiamente.
—En la próxima no tendrás suerte —repliqué, aunque en el fondo sabía que mentía. Ella era buena. Jodidamente buena.
Natasha me apretó el brazo con una fuerza inusual, sus dedos hundiéndose en mi músculo aún tenso por el esfuerzo:
—Es solo un juego, Damián. Respira.
—Lo sé —respondí, aunque mi mandíbula seguía apretada—. Pero siempre me encanta ganar. Es una maldición.
El segundo grupo encarnaba viejas rencillas que trascendían la pista: Mike, Fabián Bolena, Axel Harrison, Alexander y Jared Durand, el hermano de Camila, un tipo silencioso de mirada intensa que prometía ser el caballo oscuro de la competición.
—Apuesto a que terminan a golpes antes de la tercera curva — susurré a Natasha mientras nos instalábamos en la tribuna privilegiada, mis ojos escudriñando cada gesto de los pilotos.