Semillas de sangre #13
Guardé el teléfono en el bolsillo con una brusquedad que casi parte la pantalla, sintiendo cómo la rabia tensaba cada músculo de mi cuerpo hasta el punto de dolor. Mis mandíbulas crujieron bajo la presión.
—¿Cómo diablos obtuvo mi número? —murmuré para mis
adentros, la pregunta retumbando en el vacío de mi cráneo mientras recorría la habitación con pasos agresivos que dejaban huellas invisibles en la alfombra persa.
Mi equipo de ciberseguridad, los únicos capaces de rastrear el origen de un mensaje cifrado con esa sofisticación, estaba a miles de kilómetros, en Estambul, durmiendo sus noches mientras yo me debatía en esta pesadilla.
Mike podría ayudar, con sus recursos y contactos, pero no podía arrastrarlo a esta ciénaga.
No ahora, cuando por fin comenzaba a vislumbrar un futuro lejos de las sombras.
No ahora, cuando su felicidad con Camila parecía al alcance de la mano.
—¡Mierda! —La blasfemia resonó en el silencio del cuarto vacío, rebotando en las paredes de piedra como un eco de mi desesperación.
Natasha no estaba. La fiesta había terminado horas atrás y todos los invitados se habían retirado a sus habitaciones. Recordé entonces que ella había mencionado algo sobre tomar aire en los jardines, sobre necesitar un momento a solas después de tanta socialización.
La buscaré en nuestra habitación, decidí, ajustándome la chaqueta con un movimiento nervioso. Quizás una ducha helada para despejar la mente, y luego poseerla hasta borrar todo rastro de aquel nombre maldito de mi conciencia.
Las escaleras de piedra crujieron bajo mis pisadas mientras ascendía hacia el ala privada de la hacienda. Cada paso era un esfuerzo por contener la furia, por mantener a raya al animal que amenazaba con desatarse.
Al abrir la puerta de nuestra habitación, la escena que se desplegó ante mí detuvo el tiempo.
Natasha estaba de espaldas, de pie junto a la ventana que dominaba los viñedos dormidos, deshaciendo el moño que durante toda la noche había sujetado su cabello.
Los mechones rubios caían sobre sus hombros desnudos como cascadas de luz líquida.
El vestido rojo —ese maldito vestido que había provocado fantasías prohibidas en medio mundo— yacía a sus pies como un lago de sangre, formando un círculo escarlata alrededor de sus tobillos.
—Siento tu presencia, cariño —dijo sin volverse, dejando caer la rosa marchita que yo había colocado entre sus cabellos horas antes sobre la cómoda de caoba.
—Jamás me cansaré de admirarte, nena —confesé, cerrando la puerta con llave y sintiendo cómo el metal del picaporte se hundía en mi palma sudorosa.
Avanzó hacia mí descalza, su piel de porcelana brillando bajo la luz tenue de las velas que alguien había encendido en nuestra ausencia. El sostén de encaje negro y la tanga a juego eran la única vestimenta que conservaba, y ambos resultaban más provocadores que la desnudez misma.
—Entonces admírame de cerca —susurró, y en su voz había una mezcla de desafío y entrega que me desarmaba por completo.
Mi hechicera.
Permanecí inmóvil, retándola con la mirada, dejando que la distancia entre nosotros se acortara por su propia voluntad. Cuando estuvo a un palmo de distancia, cuando su aliento cálido rozó mi piel, mi mano rodeó su cuello con una suavidad que contrastaba con la violencia de mis pensamientos.
Mis dedos trazaron círculos lentos sobre su clavícula, ese hueso delicado que tantas veces había besado, descendiendo después por la pendiente de sus pechos que la seda negra del sostén apenas velaba.
Con un movimiento seco, casi violento, arranqué la prenda, dejando al descubierto la geografía sagrada de su torso.
Sus pezones, erectos y rosados como frutas prohibidas, invitaban a la devoración. Los pellizqué con una suavidad calculada, extrayendo de sus labios un jadeo que me electrizó de la cabeza a los pies. La electricidad de su placer recorrió mi columna vertebral como un relámpago.
La levanté con un solo brazo —demostración de fuerza que siempre la excitaba— y la deposité sobre la mesa de roble que presidía la estancia, deslizándome entre sus muslos abiertos con la urgencia de quien encuentra un oasis en medio del desierto.
Ella, leyendo mis pensamientos con esa intuición que solo los amantes verdaderos poseen, desabotonó mi camisa con dedos hábiles pero temblorosos.
Sus yemas recorrieron la V de mi abdomen, descendiendo con una lentitud que me volvía loco, ascendiendo después hasta la cicatriz que cruzaba mi pectoral izquierdo como un río de carne deformada.
Me tensé.
El recuerdo de Era, de su risa, de su marca grabada a fuego en mi piel, amenazó con invadir el momento. Era pagará por esto, juré mentalmente, apretando la mandíbula. Me la cobraré con creces.
Pero los labios de Natasha, tiernos como pétalos de rosa recién abiertos, besaron la cicatriz con una devoción que disolvió cualquier pensamiento de venganza.
Al abrir los ojos —no recordaba haberlos cerrado—, encontré su mirada limpia de todo mal, de toda oscuridad, de toda la mierda que amenazaba con engullirme.
—Hazlo —susurré, entregándome a ella sin reservas, sin máscaras, sin la coraza que había construido durante décadas.
Sus besos me desarmaron. Cada contacto de sus labios sobre mi piel era un golpe a las fortificaciones que había erigido alrededor de mi corazón. Incliné su mentón con una delicadeza que nos sorprendió a ambos y capturé su boca en un beso que era promesa, juramento y conquista a partes iguales.
Cuando sus dientes mordieron mi labio inferior con esa mezcla de ternura y salvajismo que la caracterizaba, el animal dentro de mí rugió. Pero no era el animal de la venganza, ni el de la destrucción. Era algo más primitivo, más esencial: la necesidad de poseer, de proteger, de amar sin límites.
Coloqué sus piernas sobre mis hombros con movimientos precisos, rasgué la tanga de encaje con un tirón seco y, sin más preámbulos, penetré su calor húmedo de un solo empuje profundo.
—¡Damián! —gritó, su voz quebrada por el placer, sus uñas clavándose en mis brazos con la fuerza de quien se aferra a la vida.
No importaba. Nada importaba excepto esto, excepto ella, excepto el ritmo ancestral de nuestros cuerpos encontrándose una y otra vez.
Embestí con una furia cuidadosamente controlada, sintiendo cómo su interior palpitaba alrededor de mi miembro, cómo se adaptaba a mi tamaño, cómo me reclamaba como suyo.
Al rozar su clítoris con la base de mi pelvis, se arqueó como un arco tensado hasta el límite, su espalda separándose de la mesa, sus pechos ofreciéndose como ofrenda.
—Te amo —jadeó, las palabras escapando de sus labios entrecortados por el ritmo de mis embestidas—. Te amo, Damián. No lo olvides. Nunca.
La abracé con una ferocidad que era pura desesperación, enterrando el rostro en su cuello mientras el clímax se gestaba en lo más profundo de mi ser. Allí, en la curva de su garganta, donde su pulso latía desbocado, encontré el único refugio posible contra la tormenta.
Cuando el orgasmo nos quebró por la mitad, cuando el mundo se fragmentó en mil pedazos de luz y sensación, susurré contra su piel las únicas palabras verdaderas que había pronunciado en mi vida:
—Te amo, Natasha. Te amo con todo lo que soy y todo lo que nunca podré ser.
Mi semen caliente llenó su vientre mientras ella se estremecía en un espasmo que parecía no terminar nunca. Permanecemos unidos, jadeantes, sudorosos, completamente fundidos el uno en el otro.
Después, cuando los cuerpos recuperaron la calma y la respiración volvió a su cauce, la sostuve contra mi pecho, sintiendo cómo su calor me envolvía como un abrigo en medio del invierno.
—Pase lo que pase —murmuró ella, adormecida—, estoy contigo. Siempre.
No respondí. No podía. Porque en las sombras de mi conciencia, el mensaje de Era seguía ardiendo como una brasa mal apagada.
Pero esa noche, solo existía ella.
Solo existía nuestro amor.
Y era suficiente.
La mujer apareció de nuevo en la penumbra de mi sueño, sus ojos tan fríos que parecían pozos de hielo eterno, perforando mi alma con la misma facilidad con que un cuchillo atraviesa la carne blanda.
Era, vestida con aquel mono de cuero negro que tan bien recordaba, arrastraba tras de sí una procesión de jóvenes atontados, sus cuellos ceñidos por cadenas que tintineaban con cada paso como campanillas funerarias.
—Tengo un regalo para ti, halcón —su voz cortó el tejido del sueño con la precisión de un bisturí, introduciéndose en mi cráneo como un gusano buscando calor.
El sonido metálico de los eslabones resonó en la cámara onírica, multiplicándose hasta convertirse en una sinfonía de horror.
Intenté moverme, forcejeé contra ataduras invisibles, pero mi cuerpo permanecía inerte, paralizado por esa parálisis que solo ocurre en las pesadillas, cuando la mente quiere huir, pero el cuerpo se niega a obedecer.
Bajo mi vientre, descubrí entonces el mosaico grotesco que me servía de lecho: vísceras frescas, brillantes bajo una luz que no tenía fuente, dibujaban patrones absurdos, círculos concéntricos de intestinos, hígados palpitantes, corazones que aún latían con una vida prestada.
—La diversión apenas comienza —susurró ella, y su sonrisa era tan ancha, tan imposible, que parecía querer partirle el rostro en dos mitades.
Perros negros, criaturas espectrales de ojos incandescentes, entraron entonces en la estancia. Gruñían con un hambre que trascendía lo físico, una necesidad de desgarrar, de destruir, de devorar almas enteras.
La risa de Era llenó el espacio, rebotando en las paredes invisibles, multiplicándose hasta convertirse en una cacofonía demoníaca.
—Aterrorizaré tus sueños hasta que vuelvas a mi jaula, Damián. Hasta que comprendas que no hay escape. Hasta que aceptes que eres mío. Siempre mío.