Semillas de sangre #12
—Para eso lo elegí —sonrió, y en esa sonrisa había promesas de noches enteras de pasión.
Fuimos testigos de todo lo que Camila había preparado con su esmero habitual.
La cena, servida bajo un cielo estrellado que parecía diseñado por un escenógrafo celestial, fue un festín para los sentidos.
Fabián Bolena, el eterno rival de Mike, no paraba de admirar a Camila con una mezcla de deseo y resentimiento que resultaba casi patética.
Aunque se notaba demasiado incómodo cuando Mike la besó frente a todos los invitados y abrieron el baile con una coreografía improvisada que arrancó risas y aplausos.
Después, tomé a Natasha de la mano y la conduje a la pista. Bailamos pegados, su cuerpo contra el mío, sintiendo cómo cada movimiento suyo despertaba en mí un deseo que no se saciaba con nada. La música, una balada lenta que alguien había elegido con acierto, nos envolvía como un capullo.
El evento alcanzó su clímax cuando James Cameron —sí, ese James Cameron, resultó ser hermano de Camila— tomó el micrófono.
Entre brindis y aplausos, reveló que las tierras de Casa Trono, la propiedad vecina que los Rosales habían codiciado durante generaciones, serían traspasadas a Camila como parte de un acuerdo que llevaba años gestándose.
La conmoción en el rostro de ella —esa mezcla de incredulidad, alegría y algo parecido al alivio— confirmó que la sorpresa había funcionado mejor de lo esperado.
Mientras los Harrison posaban para las cámaras —Axel con su elegancia natural, Nicole con la bebé en brazos, formando la estampa familiar perfecta—, Laurent me condujo hacia una galería privada donde solo el zumbido de los refrigeradores de vino interfería el silencio.
—¿Progresos? —pregunté, observando cómo su reflejo en una barrica de acero inoxidable se deformaba, creando una imagen distorsionada de la mujer que tenía enfrente.
—Ninguno —confesó, apretando su Tablet contra el pecho con una frustración que no podía disimular—.
El Rey y la Reina permanecen invisibles.
He rastreado todas sus comunicaciones, todos sus movimientos financieros, todos sus contactos conocidos.
Nada. Es como si hubieran desaparecido de la faz de la tierra.
Este silencio... me inquieta más que cualquier amenaza.
—Ejecuta el protocolo Estambul —ordené, mi voz más grave de lo habitual—. Activa todos los recursos, todos los contactos, todo lo que tengamos. Sin excepciones. Quiero saber dónde están y qué planean antes de que sea demasiado tarde.
—Así se hará —asintió, mostrándome gráficos de rendimiento en su Tablet—. Por cierto, los números de Erdoğan siguen subiendo. Las ventas en Oriente Medio se han disparado desde que cerramos el acuerdo con los inversores saudíes. Seguimos dominando el mercado.
—Guarda los informes para mañana —ordené, apartando suavemente la Tablet—. Ahora somos solo invitados. Ahora solo somos amigos celebrando. El resto puede esperar.
Al regresar al jardín, Natasha me esperaba junto a un arriate de rosas blancas, su silueta recortada contra la luz de las antorchas.
Verla de esa forma, con el viento jugueteando con su cabello y la luna iluminando su rostro, hizo que me detuviera un instante para grabar ese momento en mi memoria.
Luce tan hermosa, pensé, tan radiante y tan jodidamente perfecta que duele.
—Prefiero las rosas negras que me regalas —comentó al verme acercarme, rozando un pétalo blanco con un desdén que me resultó adorable—. Estas son demasiado... inocentes para mí.
—Por hoy, quiero verte solo con esta —arranqué una rosa perfecta del rosal y retiré sus espinas con cuidado, una por una, sintiendo cómo la savia manchaba mis dedos—. Combina con tu audacia. Con tu capacidad de ser luz en medio de tanta oscuridad.
—Mi señor tan poético esta noche —sonrió, inclinando la cabeza mientras yo sujetaba la flor entre sus rizos rubios, creando una imagen que bien podría haber sido una pintura renacentista.
—Por ti, pequeña insurgente, aprendería a escribir sonetos. Por ti, haría cualquier cosa.
Cuando los últimos invitados partieron y los coches comenzaron a alejarse por el camino de tierra, Axel derrumbó su pose de magnate inalcanzable con un suspiro de alivio tan profundo que resultó cómico:
—¡Por fin paz! Parecía un desfile militar. No sabía que una cena pudiera requerir tanta logística.
Muchos estuvieron de acuerdo con Axel, incluyéndome. Las recepciones, las galas, los eventos sociales... todo eso era un mal necesario, un precio que pagar por pertenecer a cierto mundo. Pero el precio, a veces, resultaba excesivo.
Camila se mesaba el cabello con gesto culpable, sus mejillas sonrojadas por el vino y la emoción:
—Perdón por el circo. No era mi intención montar un espectáculo tan... grandioso. Pero ya saben cómo son estas cosas: empiezas con una cena íntima y terminas con lanzamientos exitosos de nuevos vinos.
—Estoy acostumbrado al espectáculo —bromeé, recibiendo una mirada cómplice de Natasha que me recordó por qué la amaba tanto—. Mi vida entera es un espectáculo.
Olivia, la madre de Mike —una mujer de porte elegante y mirada inteligente que había heredado la fortaleza de los Brown—, aprovechó la calma que siguió a la tormenta para preguntar:
—¿Para cuándo la boda, Damián? Espero que no nos tengas esperando demasiado. A mi edad, cada año cuenta.
—Treinta y uno de octubre —afirmé, atrayendo a Natasha contra mí con un brazo protector—. En Estambul. En nuestra casa, frente al Bósforo. Será una ceremonia íntima, solo los nuestros.
—¡Iremos! —exclamó la abuela Lily, abrazando a Natasha con una efusividad que hizo sonreír a mi prometida—. Por supuesto que iremos. Y ayudaré con los preparativos. Tengo ideas maravillosas para la decoración. ¿Has pensado en velas flotantes? ¿En pétalos de rosa por el pasillo?
Mientras las mujeres se sumían en planes nupciales que prometían extenderse hasta el amanecer, reuní a los hombres en la terraza: —Propongo una revancha de póker —anuncié, sacando una caja de puros del bolsillo interior de mi chaqueta—. Apuestas altas. El que pierda paga el desayuno de mañana.
Camila, que había escuchado la propuesta desde la puerta, alzó una ceja con ese gesto tan suyo que mezclaba ironía y desafío:
—Te derrotaré como en Estambul, Bonet. ¿O ya olvidaste aquella noche en tu penthouse?
—Lo dudo —Axel ajustó su puño de camisa, mostrando un Rolex de edición limitada que centelleó bajo la luz—. He estado practicando. Y tengo una racha de suerte que ni lo imaginas.
Sebastián interrumpió antes de que la discusión pudiera escalar:
—Menos charla y más acción. Comencemos. El que tenga miedo, que se vaya a dormir.
Algunos prefirieron irse a dormir —los cuerpos no eran lo que solían ser, y el jet lag hacía estragos—, pero Alexander, siempre dispuesto a la juerga, se unió al grupo con una sonrisa pícara.
Adriana, su pareja, puso los ojos en blanco, pero aceptó quedarse como espectadora.
Nicole, con una sonrisa pícara que recordaba a la de Natasha cuando tramaba algo, añadió:
—Están dementes... pero me encanta. Prefiero esto a las conversaciones aburridas sobre inversiones.
El teléfono vibró en mi bolsillo justo cuando repartía las cartas sobre la mesa de caoba. Un zumbido apenas perceptible que, sin embargo, heló la sangre en mis venas.
Al abrirlo, un texto cifrado apareció en la pantalla, sus caracteres bailando durante apenas dos segundos antes de autodestruirse sin dejar rastro:
Mi halcón negro,
El nido sigue vacío sin ti. Las noches en Bran se han vuelto insoportablemente largas desde que te fuiste.
Pronto volveré a enjaularte. Esta vez para siempre. Siempre tuya, Era.
Un sudor frío recorrió mi espina dorsal, erizando cada vello de mi cuerpo. Era. La única persona capaz de helarme la sangre con tres simples palabras. La única que conocía mis miedos más profundos y los utilizaba como armas.
Su silencio durante semanas no había sido una tregua. Había sido una estrategia. Una pausa para recomponer fuerzas, para planear el siguiente movimiento.
Y ahora, en el momento más feliz de mi vida, cuando por fin creía poder dejar atrás las sombras, ella regresaba para recordarme que la partida de ajedrez no había terminado.
Que quizás no terminaría nunca.
—¿Damián? —la voz de Natasha, preocupada, me devolvió a la realidad—. ¿Ocurre algo? Estás pálido.
Guardé el teléfono en el bolsillo con movimientos que intenté que parecieran naturales. Forcé una sonrisa que esperé resultara creíble.
—Nada, mi amor —mentí, acariciando su mejilla—. Solo el cansancio. Ha sido un día largo.
Pero ella me conocía demasiado bien. En sus ojos lila vi reflejada la duda, la preocupación, el presentimiento de que algo oscuro se cernía sobre nosotros.
No preguntó. No en ese momento. Pero su mano, al entrelazarse con la mía bajo la mesa, transmitió un mensaje claro: estoy aquí. Pase lo que pase, estoy aquí.
Y con esa ancla, con ese faro en medio de la tormenta que se avecinaba, pude respirar de nuevo.
Pude fingir normalidad.
Pude seguir jugando al póker mientras, en las sombras, Era tejía su red.
La noche mexicana continuó, ajena a la guerra que se gestaba en las sombras. Las risas, las cartas, el vino... todo fluía con la naturalidad de los momentos felices.
Pero yo sabía, con la certeza de quien ha vivido demasiadas batallas, que la calma siempre precede a la tormenta.
Y esta tormenta, cuando llegara, lo cambiaría todo.
El refugio de la piel
El mensaje de aquella mujer —Era— quemaba mi mente como un hierro candente aplicado directamente sobre la carne viva.
Las palabras, a pesar de haberse autodestruido segundos después de ser leídas, permanecían grabadas en mi memoria con una nitidez aterradora: Mi halcón negro, el nido sigue vacío sin ti. Pronto volveré a enjaularte.