Inquina Semillas de sangre #11
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Semillas de sangre #11

—Nunca —respondió ella, su voz firme como el acero—. Porque yo no veo al monstruo, Damián. Veo al hombre. Al hombre que amo. Y ese hombre es todo lo que necesito.

La noche mexicana nos envolvió en su manto de estrellas y promesas, mientras los caballos dormían en sus establos y la fiesta continuaba en la hacienda.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que quizás, solo quizás, merecía un final feliz.

Aunque la guerra aún no hubiera terminado.

Finalizamos el ensayo en la sala de barricas, donde la penumbra olía a roble añejo y humedad terrosa, ese aroma profundo que solo adquiere la madera después de décadas acunando vino.

Las cubas de roble francés se alineaban como centinelas silenciosos, sus superficies pulidas reflejando la tenue luz de las lámparas de hierro forjado.

Sebastián, con su característico escepticismo que bordeaba la arrogancia, admitió entre risas mientras secaba el sudor de su frente:

—No están tan oxidados como presumí. Para ser un grupo de millonarios jugando a ser soldados, no lo han hecho mal.

Alexander, apoyado contra una cuba de vino tintorro con la despreocupación de quien está en su sala de estar, lanzó una de sus bromas habituales mientras hacía girar una llave inglesa entre sus dedos:

—Insisto, Damián: rádiala y cásate en una playa privada. Sin testigos, sin estrés, sin protocolos absurdos. Una ceremonia exprés y después luna de miel eterna. Te lo digo por experiencia.

—Idiota —repliqué, aunque una sonrisa se insinuó en mis labios a pesar de mis esfuerzos por mantener la compostura—.

Natasha merece una ceremonia, no un secuestro romántico.

Merece vestido blanco, flores, música y todas las miradas puestas en ella.

Además, no seré como el idiota de Mike, que se casó en Las Vegas.

Mike, que hasta ese momento había permanecido en silencio ajustando los mecanismos de una puerta de seguridad, levantó la cabeza con una expresión de falsa indignación:

—Oye, esa boda tuvo clase. Bueno, quizás no, pero y al final, lo hice porque ella me importaba además era lo de menos, solo quería estar con ella.

—Hablando de lo cual —Sebastián se volvió hacia él con una sonrisa maliciosa—, he oído que ahora pretendes casarte aquí, en tierras de Camila. ¿Es cierto o son imaginaciones mías? O saldrás con alguna de tus sorpresas y nos vas a decepcionar de nuevo.

Mike enmudeció, sus mejillas tiñéndose de un rubor que ninguno de nosotros le había visto antes. Alexander y yo intercambiamos una mirada cargada de complicidad.

—Haré las cosas bien, pero ahora pretendo casarme aquí —confirmó Mike, señalando el lugar con un gesto que abarcaba las barricas, los arcos de piedra, la tierra misma—.

En sus tierras. En Nuevo Terreno. Quiero que ella sienta que este lugar, que es tan suyo, también sea el escenario de nuestro comienzo.

Las bromas no pararon en los minutos siguientes.

Alexander propuso celebrar una despedida de soltero conjunta, Sebastián ofreció su yate en Santorini, y yo mismo prometí costear la luna de miel si conseguían organizarlo todo sin que Camila se enterara.

Pero en el fondo, mientras reía con ellos, una certeza se instaló en mi pecho: Mike merece ser feliz.

Después de años de disputas, de malentendidos, de un divorcio que nunca debió ocurrir, merecía esta segunda oportunidad.

Y yo, de alguna manera, lo ayudaría a conseguirla.

Las mujeres, entretanto, habían cumplido su misión a la perfección.

Camila, distraída por los preparativos del lanzamiento de su nueva línea de vinos de autor, no sospechaba nada del "plan matrimonial" — así lo había bautizado Alexander con su peculiar sentido del humor— que se gestaba a sus espaldas.

Natasha, con una astucia digna de una estratega consumada, la había convencido de mostrar los viñedos a Axel Harrison antes que, a los demás inversionistas, argumentando que su imperio hotelero merecía una atención preferencial.

—¿Ya tienen fecha de boda, Damián? —preguntó Mike mientras se sacudía el polvo de la chaqueta, sus ojos brillando con una curiosidad genuina.

—Treinta y uno de octubre —confirmé, sintiendo cómo las palabras, simples y llanas, adquirían un peso casi sagrado al ser pronunciadas.

—¡Vaya locura! —Alexander soltó una carcajada que resonó en el espacio abovedado—. Noche de brujas para unir a dos demonios. ¿No podían elegir algo más... convencional? ¿Un sábado cualquiera de primavera?

—Ella eligió el día —aclaré, encogiéndome de hombros con una indiferencia que era pura fachada—. Dice que la noche de Halloween es la única en que el velo entre mundos se adelgaza, y que así nuestros ancestros podrán bendecir la unión. Además, ¿acaso importa la fecha? Lo que importa es el después.

En cuestión de horas, la Hacienda Nuevo Terreno se transfiguró por completo.

Guirnaldas de luces cálidas tejían arabescos entre los arcos coloniales, creando un dosel de estrellas artificiales sobre los jardines.

Mesas vestidas con lino crudo sostenían centenares de velas parpadeantes que bailaban al compás de la brisa nocturna.

Camila, como siempre, no había escatimado en detalles: cada rincón, cada recoveco, cada superficie exhalaba una opulencia rústica que solo el dinero viejo y el buen gusto pueden lograr.

Al recorrer las habitaciones del ala privada, encontré a las mujeres inmersas en rituales de belleza dignos de una corte imperial. El aroma a laca, maquillaje y perfume de rosas saturaba el aire, creando una atmósfera tan densa que casi podía palparse.

—Tardarán —murmuró María, la empleada de confianza de Camila, al verme asomarme por la puerta entreabierta—. La señora Natasha me pidió que le avisara cuando estuviera lista, y aún le queda mucho. Usted mejor vaya a disfrutar de la fiesta.

Le di las gracias con un gesto y me retiré, tratando de relajarme mientras caminaba hacia los jardines. Me siento como un idiota enamorado, pensé con una mezcla de autocompasión y ternura. Como un adolescente esperando a su novia que se arregla para el baile de graduación.

Al dirigirme hacia la entrada principal, los flashes de los fotógrafos comenzaban a invadir el jardín, creando pequeños relámpagos artificiales que cegaban momentáneamente a los invitados.

Laurent emergió de entre la multitud con la elegancia de un felino, impecable en un traje pantalón de seda negra que acentuaba su figura estilizada.

—Damián —su voz cortó el murmullo de la fiesta como un cuchillo—. Recordé que mi invitación incluía acceso completo a todos los eventos de la noche. Espero no importunarte.

—Por supuesto que no —asentí, conteniendo un gesto de fastidio que ella, con su intuición habitual, debió percibir—. Aunque preferiría que evitaras a los periodistas. Ya sabes cómo son.

La organizadora del evento, una mujer menuda de expresión nerviosa que no dejaba de hablar por su intercomunicador, se acercó jadeando con una urgencia que resultaba casi cómica:

—¡Señor Bonet! Necesitamos que usted y la señora Page encabecen la entrada triunfal al jardín principal. Los fotógrafos están listos, la prensa espera, y el público...

—Hoy no —respondí sin vacilar, mi voz plana pero firme—. La discreción es parte de nuestro acuerdo. Ni una foto, ni una declaración, ni una sola mención en sus malditos periódicos. ¿Está claro?

Mientras la mujer palidecía y asentía con la cabeza como un muñeco de resortes, Axel Harrison apareció a mi lado con una copa de bourbon en la mano, su sonrisa de millonario perfectamente colocada.

—Los inversionistas del sector asiático preguntan por ti —comentó, señalando un grupo con un leve movimiento de barbilla—. Quieren saber cuándo podrán ver la nueva línea en Tokio. ¿Les doy largas o prefieres atenderlos personalmente?

—Hazlo —respondí, tomando una copa de vino tinto de la bandeja de un mesero que pasaba—. Diles que estoy en negociaciones exclusivas. Eso siempre funciona. Disculpen un momento.

Al girar hacia la entrada principal, buscando un respiro del acoso constante, el líquido ámbar casi ahoga mi garganta.

—¡Puta madre! —la blasfemia escapó entre mis dientes antes de que pudiera contenerla.

Natasha descendía las escaleras de cantera con una lentitud deliberada, como si cada paso fuera una declaración de intenciones.

Un vestido de terciopelo rojo sangre, cortado al sesgo, moldeaba su cuerpo como un guante hecho a medida por sastres que conocían cada centímetro de su piel.

El escote en V descubría su clavícula, ese hueso delicado que tanto me gustaba besar, donde un moño de seda negra acentuaba la palidez de su piel como un marco alrededor de una obra maestra.

Sus ojos, lilas como el atardecer de Estambul que tantas veces había contemplado desde nuestra terraza, me atravesaron con una intensidad magnética que anuló cualquier otro estímulo a mi alrededor.

Las zapatillas de tacón aguja, finas como estiletes, transformaban cada paso en una declaración de guerra sensual.

Soy un maldito afortunado, pensé, ajustándome la hebilla del reloj para disimular el temblor de mis manos.

A su alrededor, invitados ansiosos por captar su atención formaban un círculo invisible, pero su mirada no se despegó de mí ni por un instante.

Cada segundo se dilataba, se estiraba como chicle caliente, tentándome a cruzar la sala, tomarla de la cintura y arrastrarla al cuarto más oscuro de la bodega para poseerla allí mismo, entre barricas de vino y promesas susurradas.

Al llegar frente a mí, sus dedos acariciaron el borde de mi solapa con una lentitud que me puso la piel de gallina.

—¿Le agrada a mi señor lo que ve? —su voz era un susurro de seda rasgada, apenas audible pero más penetrante que cualquier grito.

—Me agrada todo en usted, mi señora —entrelacé sus dedos con los míos y besé su muñeca, justo donde latía su pulso acelerado, ese pequeño motor que bombeaba vida a mi existencia—. Ese rojo debería ser ilegal en varios países. Es una provocación andante.