Semillas de sangre #10
Lanzó una mirada acusatoria a Mike, como si él tuviera la culpa de mis retrasos nupciales. Sonreí al ver ese gesto, tan característico de ella, tan reconfortante en su familiaridad.
—Abuela —sonreí, atrayendo a Natasha hacia mí con un brazo protector—. Te presento a mi futura esposa. Natasha Page, la mujer que ha conseguido lo que nadie: domar a este salvaje.
—¿De dónde sacaron tanta belleza? —musitó la anciana, tomando el rostro de Natasha entre sus manos con una ternura que hizo sonrojar a mi chica—.
Porque tú, mijita, eres un sueño hecho realidad.
Y si este muchacho no te valora, aquí tengo una lista de candidatos que.
.. —Abuela —interrumpió Mike, riendo—, déjalos en paz. Apenas llegan.
El recibimiento de los Brown fue abrumador en el mejor sentido.
Madison y David —los "pequeños" de la dinastía, aunque ya rondaban los veinte— me reconocieron al instante y me bombardearon con preguntas sobre las motocicletas, los diseños, las carreras.
Al anunciar nuestro compromiso, alguien descorchó una botella de champán mientras las risas resonaban bajo los arcos coloniales.
Por primera vez en meses, mi frialdad habitual se disolvió en aquel círculo de aceptación incondicional.
Reconocí inmediatamente a Fabián Bolena cuando entró en el salón principal. Su porte, su sonrisa tallada en mármol, la forma en que sus ojos evaluaban cada detalle del entorno como si estuviera tasando el valor de todo... todo en él delataba al depredador disfrazado de caballero.
Se acercó con una seguridad que rayaba en la arrogancia, su mano extendida en un gesto que pretendía ser amistoso pero que yo percibía como lo que era: una evaluación, un cálculo, una estrategia.
—Admiro su trabajo, señor Bonet —dijo, y su voz era tan perfecta, tan medida, que resultaba casi artificial—. Su nueva línea de motocicletas está triunfando en toda Europa. He visto los reportes de ventas. Impresionante.
—Así es —respondí lacónico, estrechando su mano con la desgana justa para que notara mi falta de interés sin poder acusarme de grosería.
—Espero que lleguen pronto a España —apostilló, palmeándome el hombro con una confianza que no le había sido otorgada—. El mercado español es... prometedor. Creo que harían buenas migas con ciertos inversores que conozco.
—España es muy... —hice una pausa deliberada, dejando que el silencio se extendiera lo justo para incomodar—. Baja para la calidad de mis motos.
El muy imbécil no reaccionó ante mi comentario. Simplemente asintió con una sonrisa congelada y se despidió con una educación que delataba su verdadera naturaleza: un trepador, un arribista, alguien que medía el éxito en términos de apariencias y contactos.
Bien, pensé mientras lo veía alejarse. Me gusta acabar con inútiles como él.
Sabía perfectamente que las Bonet Motors tenía bloqueado el acceso al mercado español precisamente por personajes como Fabián Bolena, por sus intentos de imponer condiciones leoninas en nombre de supuestas alianzas.
Mi risa, cuando Mike se acercó para comentar el incidente, fue hiel disfrazada de diversión.
—Ese idiota intentó humillarte —refunfuñó Mike, su mandíbula tensa por la indignación—. Tratando de venderse como si fuera un aliado estratégico cuando todos sabemos que lo único que busca es colarse en vuestro éxito.
—Y fracasó —respondí, mi mirada fija en la silueta de Bolena mientras se perdía entre los invitados—. Fracasó estrepitosamente. Ahora comprendo tu odio hacia él, Mike. No es solo un rival de negocios. Es un parásito.
—Llevo meses intentando explicárselo a Camila —suspiró él—. Pero ella siempre encuentra una excusa para defenderlo. Cosas de la competencia, dice. Rivalidades históricas. Yo creo que simplemente no quiere admitir que su familia política está llena de ineptos.
Un recién llegado capturó entonces la atención de Natasha, desviando mis pensamientos hacia otro rumbo. Un hombre alto, cabello castaño claro, con esa elegancia natural que solo dan el dinero viejo y la educación esmerada, conversaba animadamente con ella junto a la barra.
Axel Harrison. Lo reconocí de los informes de Laurent: dueño del imperio Village Paradisse, hoteles de lujo repartidos por medio mundo, casado, enemigo declarado de los Bolena por alguna disputa territorial en la costa española.
Una mujer pelirroja, de mirada esmeralda y porte aristocrático, apareció entonces con una bebé en brazos. Camila corrió a recibirlos con una alegría que me recordó a Natasha cuando hablaba de sus amigos.
—¿Padre soltero? —murmuré al verlo cargar a la pequeña con una naturalidad que contradecía los prejuicios sobre los millonarios y sus herederos.
—No —corrigió Mike, su mirada fija en Camila mientras esta arrullaba a la bebé—.
Ella es su esposa, Nicole. Una mujer fascinante, por cierto.
Artista, creo. O algo relacionado con la moda.
—Hizo una pausa, sus ojos empañándose ligeramente—.
Pero mira a Camila, Damián. ¿La ves? Se ve.
.. preciosa con un bebé en brazos. Como si hubiera nacido para eso.
Mike quedó embelesado con la imagen, perdido en un sueño de futuro que quizás nunca alcanzaría.
Yo, en cambio, observé a aquella mujer de cabello pelirrojo con una atención que no podía explicar.
Había algo en ella, en la forma en que se movía, en la luz de sus ojos, que me resultaba vagamente familiar.
¿Dónde la había visto antes? ¿En algún informe?
¿En alguna de las investigaciones de Caronte?
Pero antes de que pudiera profundizar en esa sensación, desvié la mirada hacia Natasha. Hacia la única mujer que realmente me interesaba.
Ella, herida por celos que solo existían en su cabeza, se acercó a Axel Harrison con una coquetería estudiada, su risa resonando un poco más alta de lo necesario, su mano rozando el brazo del hombre con una familiaridad fingida.
Adelante, pensé, sintiendo cómo una oleada de posesividad recorría mi cuerpo. Que los hombres te deseen. Que te miren, que te codicien, que sueñen con poseerte. Solo alimentará mi necesidad de reclamarte cuando todo esto termine.
Pero algo en el gesto de Natasha, en la forma en que evitaba mi mirada mientras coqueteaba con Axel, me recordó que no todo era juego. Que ella también tenía sus inseguridades, sus miedos, sus necesidades de sentirse deseada y valorada.
Y que quizás, en mi obsesión por protegerla de los monstruos externos, estaba descuidando los monstruos internos que la acechaban.
La felicidad ajena comenzó a asfixiarme. Las risas, los brindis, las parejas que se besaban al atardecer... todo se convirtió en un recordatorio de lo que yo no podía tener, de lo que quizás nunca merecería.
Me refugié en los corrales, al otro lado de la hacienda, donde el aroma a heno fresco y tierra húmeda devolvió la calma a mis nervios crispados.
Los caballos —preciosos ejemplares árabes que Camila criaba con esmero— me observaban con sus grandes ojos, ajenos a las complejidades humanas, a las guerras que libraba en mi interior.
—¿Por qué te marchaste? —la voz de Natasha, temblorosa, hendió el silencio.
Sus pasos resonaron en la piedra del camino mientras se acercaba, su silueta recortada contra la luz de la luna que comenzaba a alzarse sobre los viñedos.
—Vi cómo mirabas a Nicole —continuó, y en su voz había un dolor que me atravesó como un cuchillo—. Vi cómo la observabas, Damián. Como si la conocieras. Como si...
—Hoy no, Nat —cerré los ojos, vencido por un cansancio que iba más allá de lo físico—. Por favor. Hoy no.
—¿Qué demonios te ocurre? —gritó entonces, su voz hendiendo la quietud de la noche, haciendo que los caballos se agitaran en sus establos—. Llevamos días así, Damián. Distante, ausente, mirando a otras mujeres como si yo no existiera. ¿Qué te pasa? ¿Qué he hecho mal?
No pude soportarlo más. La tomé de la cintura con una violencia que me sorprendió a mí mismo y la besé con una furia posesiva que era pura desesperación. Necesitaba que sintiera mi olor, mi sabor, mi necesidad. Necesitaba que entendiera, sin palabras, lo que significaba para mí.
Al separarnos, jadeantes, las palabras brotaron sin filtro, sin máscaras, sin la coraza que había construido durante décadas:
—Toda esta felicidad... no la merezco, Natasha. Miro a Mike y Camila, a Axel y Nicole, a todos ellos... y veo lo que yo no puedo tener. Lo que nunca tendré. Porque llevo la oscuridad dentro, porque estoy marcado por la muerte, porque cada persona que amo termina...
—¡Claro que sí! —sus besos, entonces, fueron bálsamo y promesa—. Claro que mereces la felicidad, Damián. La mereces más que nadie, porque has luchado por ella, porque has sangrado por ella, porque has esperado treinta años para encontrarla.
Sus manos enmarcaron mi rostro, obligándome a mirarla a los ojos.
—Tendremos familia, Damián. Tendremos hijos, y nietos, y una casa llena de risas.
Tendremos amigos que nos aman, como Mike y Camila, como Sebastián y Lena, como todos los que están ahí dentro celebrando la vida.
Y cuando las pesadillas vuelvan, yo estaré a tu lado para espantarlas. Como siempre. Como siempre, mi amor.
Fue entonces, bajo las estrellas que punteaban el cielo sobre los viñedos de Nuevo Terreno, cuando comprendí que el rencor que me consumía —ese odio antiguo hacia Kowalski, hacia los asesinos de mis padres, hacia el mundo entero— empezaba a ceder ante su luz.
No desaparecía, no. Ese odio era parte de mí, tan esencial como la sangre que corría por mis venas. Pero por primera vez en años, sentí que había espacio para algo más. Para amor, para esperanza, para futuro.
La abracé con la fuerza de quien ha encontrado un tesoro inesperado, enterrando mi rostro en su cabello, absorbiendo su calor, su olor, su vida.
—Prométeme una cosa —susurré contra su piel—. Prométeme que no me dejarás convertirme en eso. En el monstruo que todos ven.