Semillas de sangre #9
En él, una capilla neogótica rebosaba de invitados que formaban un caleidoscopio de sedas, brillantes y murmullos contenidos.
Mike, Alexander y Sebastián me flanqueaban como centinelas, impecables en trajes de tonos oscuros que contrastaban con la luminosidad del espacio.
Compartíamos una sonrisa cómplice mientras sus parejas —Lena Camila, las mujeres que habían elegido— avanzaban por la nave central del brazo de sus padres.
Yo, en cambio, contemplaba el cielo pintado en los vitrales del ábside, las figuras bíblicas tamizando la luz en tonos azules y dorados. Cada minuto se extendía como una eternidad, cada segundo un latido más en mi pecho.
El murmullo colectivo se elevó cuando los primeros acordes del Canon en Re mayor inundaron el espacio.
Patética elección, pensé con esa parte de mí que nunca dejaba de ser cínico, tan predecible, tan común.
Pero era la pieza que Natasha había elegido, la que sonaba en sus auriculares cuando estudiaba, la que tarareaba sin darse cuenta en las mañanas perezosas.
Y entonces la vi.
Un espectro de blanco marfil y encaje chantilly avanzando hacia mí, tan sublime, tan irreal, que contuve el aliento. El vestido —diseñado por algún modisto cuyo nombre olvidaría al despertar— ceñía sus curvas con una elegancia que rayaba en lo profano, que desafiaba la santidad del lugar.
Un deseo primario me atravesó como un rayo.
Fantaseé con desgarrar aquella tela cara, con poseerla en cada rincón sagrado de aquella capilla, con reclamarla como mía ante Dios y ante todos.
Domíname, me ordené a mí mismo, apretando los puños a los costados.
Es el precio para hacerla mía ante el mundo. Compórtate.
Pero en el sueño, cuando sus ojos se encontraron con los míos, todo deseo se transformó en algo más profundo, más eterno. Amor. Eso era. Amor en su forma más pura, más absoluta, más aterradora.
Y entonces desperté.
La encontré al alba, cuando los primeros rayos dorados comenzaban a filtrarse por las persianas de la suite, tiñendo el espacio de tonos cálidos. Estaba entregada a un ritual lascivo, sus labios recorriendo mi torso con una devoción que me arrancó un gruñido de placer.
—Te deseo ahora —jadeó, moviéndose sobre mí con un frenesí felino que contradecía la imagen angelical que proyectaba en sueños—.
No puedo esperar más. Te he soñado toda la noche.
—Soy todo tuyo, meretriz —gruñí, enterrando mis manos en su cabellera, sintiendo la seda de su pelo deslizarse entre mis dedos mientras su boca descendía por mi abdomen—. Haz conmigo lo que quieras. Soy tu posesión.
Ella rió, un sonido ahogado por la piel, y redobló sus atenciones.
La levanté por la cintura con la facilidad que da la costumbre, exponiendo su intimidad a la luz tenue del amanecer.
Mi lengua exploró cada pliegue con la devoción de un peregrino ante su altar, saboreando su esencia, sintiendo cómo sus caderas comenzaban a moverse al ritmo de mis caricias.
Ella se arqueó sobre mi boca, ofreciéndose sin reservas, permitiéndome beber de ella como si fuera el último manjar sobre la tierra.
Cada gemido que escapaba de sus labios alimentaba mi posesividad, esa necesidad primal de marcarla, de reclamarla, de recordarle — y recordarme— que este cuerpo, esta alma, este amor, eran solo míos.
—Gírate —ordené con voz ronca, necesitando más, necesitando todo.
Un perfecto 69, su boca me devoró con una voracidad que me hizo ver estrellas mientras mis dientes marcaban sus muslos con suavidad calculada, dejando señales de propiedad que desaparecerían en horas pero que en ese momento significaban todo.
—Este cuerpo me pertenece —murmuré entre mordiscos, sintiendo cómo se estremecía ante mis palabras—. Cada centímetro. Cada curva. Cada gemido. Eres mía, Natasha. Solo mía.
Su clímax fue un temblor que recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies, un espasmo que bebí con avidez, saboreando su placer como si fuera el vino más caro del mundo. Luego, sin darme tiempo a recuperarme, montó sobre mí con una rudeza deliberada que desató mis blasfemias.
—Así —jadeé, aferrándome a sus caderas—. Así, mi amor. No pares.
Ojalá el personal de cabina no escuche cómo poseo a mi prometida, maldije mentalmente mientras sus movimientos se volvían más frenéticos, más desesperados.
La visión de sus caderas en la penumbra, el contraste de su piel clara contra la oscuridad de la suite, era un tormento exquisito que no cambiaría por nada.
Tomé su cuello con suavidad calculada, sin apretar, solo posando mis dedos sobre su piel como recordatorio de quién era el dueño de este juego.
—Dime que amas cómo te domino —susurré, mis ojos fijos en los suyos, buscando en el lila de su iris la sumisión que tanto me excitaba.
—Amo que seas dueño de mi cuerpo, alma y corazón —confesó entre jadeos, sus palabras entrecortadas por el ritmo de sus caderas—. Amo que me posesas, Damián. Amo ser tuya. Siempre tuya.
Dejé que controlara el ritmo, que marcara la cadencia de nuestro éxtasis, que me llevara al borde del abismo una y otra vez sin permitirme caer.
Hasta que el agotamiento —ese bendito agotamiento que sigue a las grandes tormentas— nos unió en un último espasmo compartido, un clímax que nos partió por la mitad y nos recompuso en una sola pieza.
Después, cuando nuestros cuerpos recuperaron la calma y la respiración volvió a su cauce, la sostuve contra mi pecho, sintiendo cómo su calor se fundía con el mío.
—¿Sabes qué he soñado? —preguntó ella, su voz un susurro cansado pero feliz.
—Dime.
—Que nos casábamos. En una capilla preciosa, con vitrales de colores y toda nuestra gente alrededor.
Tú esperabas en el altar con Mike, Alexander y Sebastián, todos tan serios, tan guapos.
Y cuando yo aparecí... —se incorporó ligeramente para mirarme a los ojos—, cuando aparecí, tu cara.
.. nunca había visto tanta felicidad en nadie. Ni siquiera en ti.
Sonreí, acariciando su mejilla con una ternura que aún me sorprendía.
—No es un sueño, Natasha —dije—. Es un proyecto.
Y cuando todo esto termine, cuando hayamos derrotado a Kowalski y rescatado a Alenka, te prometo que esa capilla existirá.
Y yo te esperaré en el altar, con la misma cara de felicidad que viste en tu sueño.
Porque será el día más importante de mi vida.
Ella me besó, y en ese beso había promesas, había futuro, había esperanza.
El jet continuó su vuelo hacia México, hacia un nuevo comienzo, hacia la siguiente batalla.
Pero en ese momento, solo existíamos nosotros.
Solo existía nuestro amor.
Y era suficiente.
Jamás me interesó la viticultura. Para mí, el vino era un producto más en la cadena de lujo que mi imperio comercializaba, una etiqueta en una botella, un número en una columna de balance.
Pero algo cambió en mí mientras recorría los senderos de Hacienda Nuevo Terreno, con el sol filtrándose entre las hojas de las parras y el aroma a tierra húmeda y uva madura impregnando el aire.
Escuché, con una atención que me sorprendió a mí mismo, la historia de Casa Trono —antiguo feudo de los Rosales, esa familia de la que Camila había escapado para forjar su propio destino— y de Farinatta, propiedad de los Bolena, esos "eternos rivales" de Mike que parecían sacados de una novela del siglo XIX.
Jesús Durand, abuelo de Camila y fundador de Nuevo Terreno, había conquistado paladares en medio mundo con vinos de notas frutales y cuerpo estructurado, construyendo un legado que su nieta honraba con cada cosecha.
El negocio con Camila fue, retrospectivamente, la mejor decisión empresarial que pude haber tomado en los últimos años.
No solo por los retornos financieros —que eran sustanciales—, sino por lo que representaba: una alianza basada en el respeto mutuo, en la admiración por dos almas rotas que habían conseguido reconstruirse.
—¡Al fin llegamos! —exclamó Natasha cuando la hacienda colonial apareció ante nosotros, sus paredes de ocre alzándose contra la sierra como un espejismo en medio del valle.
El edificio principal era una obra maestra de la arquitectura virreinal: arcos de cantera, vigas de madera centenarias, un zócalo de piedra volcánica que hablaba de siglos de historia.
A su alrededor, los viñedos se extendían en hileras perfectas hasta donde alcanzaba la vista, un mar de verde y oro bajo el cielo azul intenso de México.
Mike y Camila nos esperaban en el portal, sus siluetas recortadas contra la luz de la tarde. Los abrazos con que nos recibieron olían a vino, a libertad, a esa calidez que solo se encuentra en los lugares donde uno es aceptado sin reservas.
—Gracias por esto —dije, palmeando la espalda de Mike con una familiaridad que los años de amistad habían consolidado—. No sabes lo que significa para nosotros.
—La familia es primero —respondió él, encogiendo los hombros con esa falsa modestia que tan bien conocía, aunque su sonrisa delataba un orgullo genuino—. Además, Natasha necesita conocer las bodegas secretas de Camila. No me perdonaría perderme su cara cuando descubra los vinos de 1920.
Una voz familiar, teñida por los años, pero vibrante como siempre, resonó desde el interior de la casa:
—¡Mi nieto rebelde y guapo! ¿Cuánto tiempo piensas tenernos esperando?
La abuela Lily avanzó hacia nosotros con los brazos abiertos, su vestido de lino blanco ondeando a su alrededor como las alas de un ángel anciano. A sus ochenta y tantos años, conservaba esa mezcla de autoridad y calidez que la había convertido en el pilar de la familia Brown.
La abracé con una fuerza que me sorprendió a mí mismo, sintiendo cómo la emoción —esa emoción que creía extinta en mí— me embargaba sin pedir permiso.
—Abuela —murmuré contra su pelo cano, absorbiendo su calor, su olor a lavanda y a hogar—. Cuánto tiempo.
—¿Y bien? —se separó para estudiar mi rostro con esos ojos que nunca perdían detalle—. ¿Ya te casaste o piensas tener a esta preciosa esperando toda la vida?