Inquina Semillas de sangre #8
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Semillas de sangre #8

Apagué el teléfono y cerré los ojos, sintiendo cómo el mundo se derrumbaba a mi alrededor una vez más. Un mes. Treinta días para encontrar un objeto del que apenas tenía información, escondido en algún lugar de Estambul por una madre que llevaba treinta años muerta.

O eso creía.

Porque si mi madre había escrito aquella carta, si realmente había sobrevivido al ataque, si estaba viva en algún lugar esperando el momento de revelarse... entonces todo cambiaba. Entonces nada era lo que parecía.

—¿Damián?

La voz de Natasha, soñolienta, me arrancó de mis pensamientos. Sus ojos lila, recién abiertos, me miraban con esa mezcla de amor y preocupación que se había vuelto tan familiar en las últimas semanas.

—¿Estás bien? Parecías... lejos.

—Solo pensando —respondí, acariciando su mejilla con la suavidad de quien toca algo frágil y precioso—. En nosotros. En México.

En todo lo que viene.

Ella sonrió, acomodándose mejor contra mi hombro.

—Todo lo que viene será maravilloso —murmuró, sus ojos cerrándose de nuevo—. Porque estaremos juntos. Porque eso es lo único que importa.

Lo único que importa. Repetí sus palabras en mi mente, dejando que me envolvieran como un abrigo en medio de la tormenta.

Teníamos un mes. Treinta días para encontrar la Caja, para descifrar los secretos de mis padres, para preparar la batalla final contra Kowalski.

Treinta días para salvar a Alenka.

Treinta días para decidir si la verdad merecía el precio que tendríamos que pagar.

Mientras el jet comenzaba su descenso hacia el aeropuerto de Querétaro, juré en silencio que esos recuerdos incluirían la caída de Adam Kowalski.

Juré que volvería a Estambul no como un fugitivo, sino como un guerrero.

Juré que la marca de Lilith no sería mi condena, sino mi recordatorio de lo que estaba en juego.

Y juré, sobre todo, que Natasha nunca sabría el contenido de esos mensajes. No hasta que fuera demasiado tarde para que pudiera detenerme.

México nos esperaba. El descanso, la recuperación, la ilusión de una vida normal.

Pero en las sombras, la cuenta atrás ya había comenzado.

Parte Tres

“Tenía un corazón que podría haber albergado todo el imperio del mundo; y, al final, tuvo que contentarse con un sótano.”

El Fantasma de la Ópera

El comienzo de la eternidad

Mantuve, como era habitual en mí desde que el imperio comenzó a crecer más allá de las fronteras de Turquía, un perfil deliberadamente discreto.

Ningún medio de comunicación, por más insistente que fuera, logró obtener información fidedigna sobre mi paradero o mi estado físico después de los acontecimientos en Rumania.

Las especulaciones se multiplicaban en portales digitales y programas de cotilleo, pero todas carecían de la más mínima base real.

Fue Laurent, mi leal asistente y mejor amiga —la única persona capaz de decirme las verdades que otros callaban por miedo o por interés— quien emitió el comunicado oficial acerca de mi salud.

Redactó con su prosa precisa y jurídica una explicación sobre mi ausencia de estos últimos días, una narrativa quirúrgicamente diseñada para satisfacer la curiosidad pública sin revelar nada sustancial.

Reconozco que hubo omisiones estratégicas en la verdad revelada. Preferí ese velo de discreción al caos que la transparencia absoluta podría desencadenar en los mercados, en la empresa, en la frágil estabilidad de un imperio construido sobre secretos y alianzas de sangre.

Los padres de Natasha, fieles a su naturaleza protectora —o controladora, según se mirara— le prohibieron terminantemente acercarse a mí durante las primeras semanas.

Estaban convencidos, con argumentos que en cualquier otra circunstancia habrían resultado razonables, de que mi mundo —teñido de riesgos, sombras y enemigos poderosos— era demasiado peligroso para su hija.

Intentaron confinarla en la mansión familiar, rodearla de seguridad, aislarla de mi influencia "nociva".

Sin embargo, ella —armada de esa tenacidad que la define, esa mezcla de terquedad y coraje que me había enamorado desde el primer momento— se enfrentó a ellos con palabras que aún resuenan en mi memoria cuando la oscuridad amenaza con engullirme:

"Él es mi elección. La única que he tomado libremente en toda mi vida. Si no pueden aceptarlo, si no pueden respetarlo, entonces no tendrán cabida en ella. Déjennos vivir en paz, o vivan sabiendo que me han perdido para siempre." Mi chica.

Mi meretriz.

Mi ángel caído.

Mi Natasha.

El viaje es largo y nuestros amigos aguardan. Mike ya ha llamado tres veces para asegurarse de que llegamos enteros.

Ella rió, ese sonido cristalino que era mi droga favorita.

—Mike siempre tan paranoico. ¿Crees que algún día logremos que se relaje?

—El día que logremos eso —respondí, guiándola hacia la escalerilla del jet—, probablemente se desintegre por la falta de costumbre.

Mike, fiel a su paranoia crónica, había insistido en extremar las medidas de seguridad para este viaje.

Hombres suyos —exmilitares israelíes, según me confió— patrullarían los perímetros de la propiedad de los Durand.

Sistemas de detección avanzados vigilarían cada acceso.

Protocolos de emergencia establecidos para cualquier contingencia.

En otro momento, su insistencia me habría irritado. Pero esta vez, solo esta vez, le estaba agradecido. No solo se trataba de proteger mi vida —esa moneda de cambio en un juego que no había elegido jugar—, sino también la de ella. Y ella era lo único que realmente importaba.

La suite privada del jet era un oasis de madera de nogal, cuero tabaco y detalles en oro mate.

Cerré la puerta tras de nosotros con un golpe seco, aislando el exterior, dejando fuera el mundo y sus amenazas.

—Descansa antes de llegar —sugerí mientras colgaba mi chaqueta de lino en el perchero de ébano, mis dedos demorándose en los botones de la camisa—.

Van a ser unas horas de vuelo y Mike nos tendrá haciendo turismo de viñedos en cuanto pongamos un pie en tierra.

Ella no respondió. Simplemente se quedó junto al ventanal, observando cómo el hangar se alejaba mientras el jet comenzaba a rodar hacia la pista. Su silueta, recortada contra la luz, era una obra de arte viviente.

—Te he notado distante estos días, Nat —confesé, desabrochando el primer botón de mi camisa con una lentitud deliberada—. Desde que hablamos del viaje, desde que decidimos venir aquí... hay algo en tus ojos que no termino de descifrar.

Ella se volvió lentamente, sus ojos lilas reflejando una inquietud que intentaba disimular sin éxito. La luz de la tarde, filtrándose por el ventanal, creaba halos dorados en su cabello.

—No es eso... —comenzó, mordisqueando el labio inferior con ese gesto que conocía tan bien, el que siempre aparecía cuando algo la preocupaba de verdad—.

Solo me aterra lo que pueda suceder. Kowalski, la marca, las pesadillas que aún tienes.

.. A veces siento que estamos huyendo, Damián. Y no me gusta huir.

Crucé la distancia que nos separaba en tres zancadas, rodeando su cintura con un brazo mientras con la otra mano acariciaba su mejilla con una ternura que nos sorprendió a ambos.

—Nada te dañará mientras yo respire —aseguré, depositando un beso en su frente, sintiendo el calor de su piel contra mis labios—.

¿Entiendes? Nada ni nadie. Kowalski puede tener mi marca, pero tú tienes mi alma.

Y mientras eso sea cierto, estaremos a salvo.

Porque juntos, mi amor, somos más fuertes que cualquier enemigo.

Ella se separó unos centímetros para estudiar mi rostro, sus ojos recorriendo cada línea, cada sombra, cada cicatriz invisible que los años habían grabado en mi piel.

—¡Damián! —exclamó, y en su voz había una mezcla de sorpresa y algo más, algo que me costó identificar hasta que vi el brillo en sus ojos—. Eso fue... inesperadamente dulce. No sabía que tuvieras ese registro.

—Siempre lo seré por ti, nena —respondí, atrapando su mano y llevándola a mis labios para besar sus nudillos, justo donde el diamante negro reflejaba la luz—. Contigo no necesito máscaras. Contigo puedo ser simplemente... yo.

—Y yo te amo por eso —susurró ella, apoyando su frente contra la mía.

—Ahora ven —la conduje hacia el lecho con suavidad, apartando las sábanas de seda—. Descansa. Yo velaré tu sueño.

Permití que se acomodara sobre mi pecho, su cuerpo pequeño y cálido enredándose al mío con la confianza de quien ha encontrado su lugar en el mundo.

Era consciente de cómo su mirada evitaba, casi instintivamente, la cicatriz que surcaba mi torso —ese recordatorio de Lilith que ambos detestábamos por igual, ella porque le recordaba lo cerca que estuvo de perderme, yo porque me recordaba lo cerca que estuve de perderlo todo—.

Tomé su mano izquierda y deposité un beso en sus nudillos, rozando el anillo con aquel diamante negro que había elegido para ella.

Debería reemplazarlo por la joya que guardo en Estambul, pensé mientras acariciaba su piel.

Sí, ha llegado el momento. La verdadera alianza, la que compré en Cartier antes de todo este infierno, la que espera en la caja fuerte esperando su momento.

Mientras su respiración se acompasaba con el zumbido constante de los motores, aparté un mechón rebelde de su cabello rubio que había caído sobre su rostro. En sueños, su expresión era serena, ajena a los monstruos que acechaban en las sombras.

—Nada ni nadie nos separará —juré al vacío, a los dioses en los que no creía, a la única persona que realmente importaba—. Te lo prometo, Natasha. Pase lo que pase, volveré a ti. Siempre.

Sellé la promesa con otro beso en su sien, mientras el jet surcaba el cielo hacia un horizonte que ambos esperábamos más amable que el que dejábamos atrás.

Un sueño.

Había sido un sueño, pero de esos que se sienten más reales que la propia realidad, de esos que dejan una huella en el alma mucho después de que los ojos se abren.