Inquina Semillas de sangre #7
62%

Semillas de sangre #7

Las llamadas de Michele me hostigaban a todas horas.

Quería saber de mí, de Natasha, de la boda, de todo.

Alexander había hecho de las visitas a Estambul una costumbre, apareciendo sin previo aviso con excusas cada vez más endebles.

Incluso Mike, desde México, llamaba con una frecuencia inusual para alguien que había jurado alejarse de todo esto.

Todos me vigilaban. Todos querían asegurarse de que el monstruo no se estaba desmoronando.

Una noche, mientras cenábamos en la terraza contemplando las luces de la ciudad, Natasha rompió el silencio:

—Quizá sea buena idea ir a México. Con Michele y Camila.

Dejé los cubiertos sobre el plato, mi mandíbula tensándose.

—¿A México? ¿Ahora?

—Mira —dijo ella, deslizando su mano sobre la mesa para tomar la mía—, podremos escondernos un tiempo allá.

Lejos de Kowalski, lejos de la prensa, lejos de todo.

Seguir trabajando a distancia, mientras tú te recuperas.

Camila me ha ofrecido su casa en Nuevo Terreno.

Es un lugar aislado, seguro. Nadie nos buscaría allí.

La idea me aterraba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

México significaba depender de Michele, de Camila, de gente que no estaba preparada para el tipo de guerra que Kowalski podía desatar.

México significaba alejar a Natasha de su red de seguridad, exponerla a peligros que ni siquiera podía imaginar.

Pero también significaba descansar. Significaba alejarme de Estambul, de los fantasmas que me acechaban en cada rincón, de la presión constante de un imperio que no podía permitirse mostrar debilidad.

Y Natasha lo necesitaba. Lo necesitábamos.

—Haré unas llamadas —dije finalmente, sintiendo cómo el peso de la decisión se asentaba sobre mis hombros como una losa más—. Hablaré con Michele, con Alexander, con Laurent. Si vamos a hacer esto, tiene que ser con todas las medidas de seguridad. No voy a arriesgarte, Natasha. Ni por un segundo.

Ella sonrió, y esa sonrisa —la primera genuina en semanas— iluminó su rostro como un amanecer después de la tormenta.

—No lo harás —dijo—. Porque estaremos juntos. Y juntos, mi amor, podemos con cualquier cosa.

Las campanas de una mezquita lejana marcaron la hora. El Bósforo, allá abajo, continuaba su fluir eterno, ajeno a las pequeñas tragedias y victorias de los humanos que habitaban sus orillas.

México. Un país nuevo, un horizonte diferente, una oportunidad de recomponer los pedazos antes de la batalla final. O eso quería creer.

La mañana del viaje a México amaneció sobre Estambul con una claridad hiriente, como si el sol se empeñara en iluminar cada sombra, cada recoveco de mi existencia que prefería mantener en penumbra.

Desde la terraza del penthouse, contemplé el Bósforo desplegarse como una serpiente de mercurio entre dos continentes, preguntándome cuánto tiempo pasaría antes de volver a verlo.

Erdoğan alineaba las maletas de piel junto al ascensor privado con la precisión milimétrica que lo caracterizaba.

Tres baúles, dos maletas de cabina, un estuche para los trajes y otro más pequeño, térmico, que contenía los fármacos que aún necesitaba para mantener a raya las secuelas de mi secuestro.

—Todo preparado, señor —anunció, haciendo una última comprobación de los candados de seguridad—. Y no olvide esto —añadió, entregándome el estuche térmico con una reverencia casi imperceptible—. El Dr. Kemal insiste en que no interrumpa el tratamiento, aunque esté de viaje.

Acepté el estuche sin comentarios. No había nada que decir. Mi cuerpo era ahora un territorio ocupado por sustancias que me mantenían funcional, un campo de batalla donde los fármacos y los recuerdos libraban una guerra silenciosa.

—¿Los protocolos de seguridad en Nuevo Terreno? —pregunté, mi voz el eco de lo que había sido.

—Alexander viajó anteayer con su equipo.

Han revisado cada centímetro de la propiedad de los Durand, instalado sistemas de detección perimetral, cámaras, comunicación satelital encriptada.

La señorita Camila ha sido... comprensiva.

Dice que su hogar es su fortaleza, y que está orgullosa de compartirla.

—Dile que se lo pagaré.

—Ya lo sabe, señor. Todos lo saben.

El ascensor emitió un suave ding al llegar a la planta. Las puertas se abrieron revelando el interior de madera de nogal y espejos biselados donde mi reflejo me devolvió la mirada de un extraño. Más delgado, más duro, con una sombra en los ojos que antes no existía.

—Señor —la voz de Erdoğan me detuvo antes de entrar—. Cuídese. Y cuide de ella. Es... lo único que importa.

Asentí. No hacían falta palabras entre nosotros.

Al llamar a Natasha a través del interfono, su voz trinó como pájaro liberado de su jaula, llenando el espacio vacío del penthouse con una alegría que me resultaba casi dolorosa de escuchar.

—¡Damián! ¡Camila acaba de escribirme! Prometió enseñarme sus bodegas secretas, las que heredó de su abuelo.

Dice que tienen vinos de más de cien años, botellas que ni siquiera están catalogadas.

¿Podemos llevar esos dulces de pistacho que compramos en el Spice Bazaar para su familia? Y halva, que a Michele le encanta. Y...

Su entusiasmo era un torrente imparable, un río de luz en medio de mi oscuridad. Asentí, esbozando la primera sonrisa genuina en semanas —una sonrisa que no llegaba a mis ojos, pero que ella no podía ver a través del teléfono.

—Llevaremos todo eso y más, malen'kaya —respondí—. Baja cuando estés lista. El avión nos espera.

Mientras seleccionaba un traje de lino blanco del armario — ligero, apropiado para el calor mexicano—, el móvil vibró sobre la encimera de mármol. Un número desconocido. Un mensaje anónimo que hizo que el mundo se detuviera a mi alrededor:

Castelul Bran extraña a su estrella. El Rey prepara nuestro retorno. Pronto volverás a casa, kroshka. Y esta vez no habrá escape.

—E.

Un sudor glacial me recorrió la nuca, extendiéndose por mi columna vertebral como un río de hielo.

Mis dedos, aun sosteniendo la percha con el traje, temblaron con una violencia que no podía controlar.

La marca de Lilith, bajo la camisa, pareció arder con renovado vigor, como si las palabras de Era la hubieran activado a distancia.

Ella sabía. Sabía que seguía vivo, que me recuperaba, que planeaba huir. Y me prometía un retorno que yo no había solicitado.

Guardé el teléfono en el bolsillo del pantalón con movimientos que intenté que parecieran naturales.

Cuando me volví, la mirada de Natasha se clavó en mí desde el umbral del vestidor, sus ojos lila escudriñando cada micro gesto de mi rostro con esa intensidad que tanto amaba y que en momentos como este resultaba aterradora.

—¿Ocurre algo? —preguntó, y en su voz había una mezcla de curiosidad y preocupación que me atravesó como un cuchillo.

Crucé la distancia que nos separaba en tres zancadas, rodeando su cintura con un brazo mientras con la otra mano le abrochaba el collar de zafiros que siempre llevaba en los viajes —el mismo que le había regalado la noche de su cumpleaños, cuando aún éramos dos desconocidos aprendiendo a quererse—.

—Solo el calor, mi amor —mentí, depositando un beso en su sien que sabía a despedida no confesada—. Este maldito agosto Estambul me está friendo el cerebro. Vamos a tomarnos unas vacaciones. Tú y yo. Lejos de todo esto.

Ella sonrió, y esa sonrisa —confiada, inocente, ajena al abismo que se abría a nuestros pies— iluminó su rostro con una luz que merecía un mundo mejor que el que podía ofrecerle.

—¿Lejos de todo? —repitió, enlazando su mano con la mía—. Suena perfecto. Suena como un sueño.

Un sueño, pensé mientras el ascensor descendía hacia el garaje donde nos esperaba el Bentley. O tal vez una pesadilla disfrazada.

El jet privado surcaba un mar de nubes algodonosas, su silueta plateada recortada contra un cielo de un azul tan puro que dolía mirarlo. Natasha dormitaba a mi lado, su cabeza apoyada en mi hombro, su respiración marcando un ritmo hipnótico que debería haberme tranquilizado.

No lo hacía.

Mi mente volaba a otra velocidad, trazando planes, evaluando opciones, calculando riesgos.

El mensaje de Era había reabierto una puerta que creía haber cerrado, había encendido una alarma que no podía silenciar.

Ella sabía. Sabía que estaba vivo, que me recuperaba, que planeaba algo.

Y me prometía un retorno que yo no había solicitado.

¿Qué significaba? ¿Que tenía algún plan en marcha? ¿Que Alenka estaba en peligro? ¿Que todo esto —México, el descanso, la recuperación— no era más que un espejismo antes de la tormenta final?

El móvil, en mi bolsillo, pesaba como una losa. No había vuelto a encenderlo desde el mensaje, temeroso de lo que pudiera encontrar.

Pero sabía que no podía ignorarlo para siempre.

Con cuidado de no despertar a Natasha, saqué el teléfono y lo encendí. La pantalla se iluminó con decenas de notificaciones: correos de Laurent, mensajes de Alexander, llamadas perdidas de Mike. Pero entre todas, una destacaba con luz propia.

Un nuevo mensaje anónimo. Con un archivo adjunto.

Lo abrí con dedos temblorosos. El vídeo comenzó a reproducirse en silencio —por suerte, con el sonido desactivado— mostrando una imagen que reconocí al instante: Alenka.

Mi hermana, sentada en una habitación que bien podría ser la misma donde yo había sido torturado, miraba fijamente a la cámara con sus ojos esmeralda apagados, vacíos de toda esperanza.

A su lado, una figura en sombras sostenía un periódico con fecha del día anterior. La prueba de que estaba viva. La prueba de que Kowalski seguía jugando conmigo.

El vídeo duraba apenas treinta segundos. Al final, una superposición de texto en polaco:

Ella te espera, Damián. La Caja o su vida. Tienes un mes.