Inquina Semillas de sangre #6
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Semillas de sangre #6

Y en ese momento, bajo la luz del amanecer que teñía de rosa las aguas del Cuerno de Oro, supe que no estaba solo en esta batalla.

Nunca lo había estado.

Nunca lo estaría.

La marca de la Bestia

El baño de vapor era mi santuario, el único lugar donde el ruido del mundo se diluía en niebla y las exigencias del imperio quedaban al otro lado de la puerta acristalada.

Aquella noche, las lámparas de sal del Himalaya proyectaban sombras danzantes sobre los muros de piedra, creando un paisaje casi onírico que contrastaba con la tensión que llevaba días anudada en mis cervicales.

Me despojé de la camiseta con lentitud ritual, como quien se prepara para una confesión. El gesto, tan cotidiano durante años, se había convertido en un acto de exposición dolorosa desde que la marca de Lilith ardía en mi piel.

El grito ahogado de Natasha resonó como un disparo en la quietud del espacio.

—¡Dios mío! ¿Pero...?

Se quedó en el umbral, su silueta recortada contra la luz tenue del vestidor, los ojos lila abiertos como platos, la mano aún en el picaporte. No había terminado de girarme cuando sentí su mirada recorrer mi espalda, detenerse en la marca, procesar el horror.

La cicatriz centelleaba sobre mi pectoral izquierdo como un estigma maldito: el símbolo de Lilith, esa secta de la que Lauren había hablado con tanto detalle, grabado con precisión quirúrgica en mi carne.

La piel, aún inflamada semanas después, mantenía tonos violáceos que delataban la profundidad de la herida y la infección latente que los médicos combatían con antibióticos agresivos.

—Su sello de propiedad —dije, volviéndome hacia ella antes de ver repulsión en sus ojos, necesitando enfrentar el rechazo de frente, como siempre había hecho con todo en la vida.

Pero no hubo repulsión.

Sus dedos, fríos como el mármol de Carrara que adornaba nuestra casa, recorrieron la cicatriz con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad del trazo. Trazaron la "h" estilizada, la espiral descendente, cada centímetro de ese mapa de dolor grabado en mi piel.

—La mataré por esto —prometió, y su voz era tan gélida, tan cortante, que por un momento fui yo quien sintió miedo. Miedo por Era, por lo que Natasha sería capaz de hacerle cuando llegara el momento—. Te juro que la mataré con mis propias manos.

Al sumergirme en la bañera sunken, el agua caliente abrazando mi cuerpo como un útero primigenio, las lágrimas que había contenido durante días pugnaron por escapar. No lo permití. No delante de ella.

No aún.

Hasta que su vestido susurró al caer al suelo.

La invité con un gesto, el brazo extendido sobre el borde de mármol, la palma abierta en ofrenda. Desnuda, se deslizó sobre mí con la gracia de una náyade, nuestras pieles encontrándose en el agua tibia como territorios largamente disputados que por fin firmaban la paz.

—Juro que no toqué a nadie —murmuré, frente a frente, nuestras frentes casi rozándose, mis pupilas heterocromáticas atrapando las suyas, buscando en el lila de sus iris la absolución que necesitaba—.

Ni a Era, ni a ninguna de las mujeres que usaron para.

.. para intentar quebrarme. Juro que mi cuerpo solo recuerda el tuyo.

—Lo sé —respondió, y no hubo duda en su voz, solo una certeza tan profunda que me partió algo por dentro—. Siempre lo he sabido.

Su beso selló el pacto. Sabía a sal —las lágrimas que ella tampoco había derramado aún— y a perdón —ese regalo inmerecido que solo ella podía otorgarme—.

Fue lento aquel acto de redención. Quise memorizar cada curva, cada jadeo, cada contracción de sus músculos internos mientras ascendía hacia el éxtasis con la parsimonia de quien no necesita llegar a ninguna parte porque ya ha llegado.

El agua ondulaba a nuestro alrededor, cómplice silenciosa de nuestra reconstrucción.

Cuando el clímax nos partió por la mitad, cuando el mundo se fragmentó en mil pedazos de luz y sensación, ella gritó mi nombre como un conjuro contra todos los demonios que traía prendidos a la piel.

Y por un instante, solo por un instante, los demonios callaron.

Pero los demonios no abandonan tan fácilmente a sus presas.

En las noches siguientes, Era visitaba mis sueños con la puntualidad de un verdugo que conoce su oficio. Sus senos, pálidos como lunas muertas, rodaban sobre mi boca mientras sus colmillos —siempre imaginarios, siempre presentes— drenaban mi sangre gota a gota.

—Serás mío, kroshka —susurraba en un ruso antiguo que no debería conocer—. En esta vida o en la siguiente, tu alma me pertenece.

La marca lo certifica. La sangre lo sella.

—¡Despierta!

La voz de Natasha me arrancaba del abismo, sus manos aferradas a mis hombros con la fuerza de quien teme perder a su amado. Mi respiración, agitada, llenaba la habitación de jadeos que no lograba controlar.

—Otra pesadilla —decía ella, innecesariamente, mientras sus dedos trazaban círculos en mi pecho, justo sobre la marca—. Otra vez Era.

No respondía. No podía. Me limitaba a asentir, a dejarme mecer, a esperar que el amanecer trajera el olvido.

Pero el amanecer nunca traía olvido. Solo más preguntas.

Salí a correr antes del alba, cuando el cielo aún era una mezcla de tinta y sangre y las calles de Estambul pertenecían a los fantasmas y a los locos.

El malecón se convirtió en mi confesionario: bajo el vuelo rasante de las gaviotas, repasé cada decisión, cada error, cada instante que había llevado a Alenka a las garras de Kowalski, a mis padres a la tumba, a mi alma a este desierto de culpa del que no lograba escapar.

¿Podría haberlo evitado? ¿Podría haber sido más rápido, más listo, más fuerte? ¿Podría haber protegido a mi hermana si no hubiera sido un niño de cinco años asustado tras un seto de boj?

Las preguntas no tenían respuesta. O la tenían, pero era demasiado dolorosa para aceptarla.

Al regresar al penthouse, la encontré dormida en posición fetal, el puño cerrado sobre el lugar de la cama que yo había ocupado horas antes. Su rostro, relajado por el sueño, mostraba una paz que me era negada. Al besarla en la frente, sus labios se movieron en un murmullo: —Damián...

—Eres mi redención —confesé al vacío, a los dioses en los que no creía, a la única persona que realmente importaba—. Lo único bueno que he hecho en esta vida.

Los resultados del laboratorio llegaron en un sobre lacrado que Laurent me entregó con la solemnidad de quien entrega una sentencia.

En el consultorio blindado del Dr. Kemal —un hombre de manos firmes y mirada compasiva que había jurado confidencialidad absoluta—, desplegamos los informes sobre la mesa de acero inoxidable.

El cóctel tóxico que habían usado en mí era una obra maestra de la farmacología perversa: amobarbital, pentotal sódico, diazepam, morfina, alprazolam.

Un brebaje diseñado no para matar, sino para quebrar.

Para desarmar las defensas psicológicas, para inducir un estado de sugestión extrema, para convertir la voluntad en gelatina maleable.

—Secuelas neurológicas mínimas —diagnosticó Kemal, señalando los marcadores en los análisis—. Es usted afortunado, señor Bonet. O quizás debería decir, terriblemente fuerte. La combinación de sustancias habría destruido a la mayoría de las personas. Usted... usted resistió.

—¿Cómo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—La marca —dijo Kemal, y en su voz había un respeto casi religioso—.

El dolor constante de la herida, la inflamación, la infección.

.. todo eso generó un foco de atención que su mente utilizó para anclarse a la realidad.

Mientras ellos intentaban hundirlo en el abismo de la sugestión, su cuerpo les recordaba que seguía aquí, que seguía sufriendo, que seguía siendo usted.

Acepté los blísteres plateados que me tendió sin leer las etiquetas. Analgésicos, antiinflamatorios, ansiolíticos para las crisis. Una lista interminable de fármacos que durante semanas me convertirían en un extraño en mi propio cuerpo.

—Necesitará terapia de deshabituación —añadió Kemal—. No tanto por adicción física, sino por la dependencia psicológica que generan este tipo de experiencias. Su mente ha aprendido que puede escapar del dolor gracias a estas sustancias. Desaprender eso llevará tiempo.

Tiempo. Siempre hacía falta más tiempo.

Durante semanas, fui un desconocido para mí mismo.

Irascible, ausente, destellando ira contra Natasha por transgresiones imaginarias que solo existían en mi cabeza.

Un plato mal colocado, una palabra fuera de tono, una mirada que yo interpretaba como reproche.

.. cualquier excusa servía para que el volcán que llevaba dentro entrara en erupción.

Ella navegó mis tormentas con la paciencia de una capitana experimentada, sorteando mis arrebatos con una calma que solo lograba enfurecerme más. Hasta que una tarde, mientras vaciaba los bolsillos de mi chaqueta antes de enviarla a la tintorería, encontró el frasco de pastillas.

—¿Desde cuándo te medican? —preguntó, y su voz era tan fría como el vial de vidrio que sostenía entre sus dedos. No era una pregunta, era una acusación apenas disimulada.

—Estrés postraumático —mentí, acercándome por detrás para rodearla con mis brazos mientras ambos mirábamos los ferris cruzando el estrecho—. Secuelas de lo de Rumania. Nada grave. Temporal.

Ella no respondió. Pero su cuerpo, rígido contra el mío, hablaba un lenguaje que no necesitaba palabras.

Las semanas siguientes fueron un ejercicio de resistencia.

Me sumergí en el trabajo con la desesperación de quien busca un salvavidas en medio del naufragio, pero las pesadillas se volvieron más frecuentes, más vívidas, más difíciles de sacudir al despertar.

La preocupación de Natasha se había convertido en algo alarmante, una sombra constante en sus ojos lila que yo era incapaz de disipar.