Inquina Semillas de sangre #5
59%

Semillas de sangre #5

Cerré los ojos, y los fragmentos resurgieron de la niebla como peces en aguas turbias:

Era susurrando contra mi oído: "Solo dame la caja, Damián. Solo dime dónde está y todo terminará. Abre las criptas, abre tu mente, déjame entrar."

Una biblioteca oculta, sus paredes de ámbar translúcido, sus estantes repletos de libros que no eran libros, sino registros, archivos, historias de vidas enteras condensadas en páginas.

Alenka gritando tras una puerta blindada, sus golpes resonando en el metal como un corazón desbocado, su voz rota suplicando: "¡Damián, no les digas nada! ¡Mientas, por favor, miente!"

—Solo mentiras —respondí al médico, ocultando el temblor de mis manos bajo la sábana—. Todo lo que vi bajo esa sustancia fueron mentiras.

Pero mientras él cosía mi herida con puntos de seda negra, yo sabía que no era cierto. Las visiones, los fragmentos, las súplicas de Alenka... todo era real. Y si Alenka estaba viva, si realmente la había oído, entonces aún había esperanza.

Aún podía salvarla.

Aún podía salvar a Natasha.

Aún podía descubrir la verdad y, con ella, quemar este puto mundo hasta los cimientos.

El juego continuaba. Y esta vez, jugaría con mis propias reglas.

La noche se extendía sobre Estambul como un manto de terciopelo negro salpicado de lucecillas lejanas cuando mis dedos comenzaron a danzar sobre el teclado.

Frente a mí, tres pantallas proyectaban el mapa de nodos que había estado construyendo durante años, cada punto una puerta potencial hacia los secretos mejor guardados de Adam Kowalski.

El algoritmo "Seraph" —esa criatura de código que había concebido a los doce años, en las noches de insomnio del orfanato St. Mary— despertó de su letargo con la elegancia de un depredador milenario.

Lo había diseñado para colarse en las grietas más profundas de cualquier sistema, para mimetizarse con el tráfico legítimo, para esperar el momento preciso en que las defensas se relajaran lo suficiente como para permitirle el paso.

Ese momento había llegado.

Los servidores de Adam, protegidos por capas de encriptación que harían palidecer a los expertos de la NSA, cedieron ante Seraph como doncellas ante un amante experimentado. Bit a bit, paquete a paquete, el algoritmo fue royendo las defensas hasta que, finalmente, el tesoro se desplegó ante mí.

Millones de archivos.

Durante horas, navegué por ese océano de datos con la parsimonia de un buceador en aguas turbias.

Transacciones financieras, comunicaciones cifradas, registros de víctimas, catálogos de horrores que mi mente se negaba a procesar.

Pero fue un vídeo, etiquetado con una sencillez casi insultante, lo que paralizó mi corazón.

*"Fiesta del Equinoccio - 1995"*

Mis dedos temblaron sobre el trackpad. 1995. El año del asesinato. El año en que todo cambió.

Al hacer clic, la imagen cobró vida en la pantalla central.

Una grabación granulada, tomada desde algún rincón oculto de una sala que reconocí instantáneamente: el salón principal de nuestra casa en Polonia, aquella que habíamos abandonado horas antes de la masacre.

Los muebles, los cuadros, la gran chimenea de piedra donde papá colgaba las medallas de la abuela.

.. todo estaba ahí, intacto, congelado en el tiempo.

Y en el centro de la imagen, mis padres.

Mamá, con aquel vestido azul que tanto le gustaba, su cabello recogido en un moño elegante, gesticulaba con la pasión que la caracterizaba.

Papá, a su lado, asentía con esa gravedad que reservaba para los momentos importantes.

Frente a ellos, una mesa rectangular ocupada por rostros que reconocí de los archivos de Caronte: líderes mundiales, magnates de la industria, figuras públicas cuyos nombres aparecían a diario en los noticieros.

Negociaban. Eso era evidente incluso sin sonido. Papeles que se deslizaban de mano en mano, apretones de manos sellando acuerdos, brindis con copas de champán que centelleaban bajo las arañas de cristal.

En una esquina de la imagen, casi oculto entre las sombras que proyectaban las cortinas de terciopelo, un adolescente observaba la escena con ojos que parecían absorber cada detalle.

Adam Kowalski. Quince años, quizás dieciséis.

Su rostro, aún no marcado por las décadas de perversión que vendrían después, reflejaba una mezcla de fascinación y resentimiento que me heló la sangre.

El vídeo continuó. Más acuerdos, más brindis, más gestos de complicidad entre personas que, según la historia oficial, eran enemigos acérrimos.

Y luego, en un momento que el camarógrafo debió considerar intrascendente, la imagen se desvió hacia una mesa auxiliar donde reposaba un objeto que reconocí al instante.

El dispositivo.

No era grande —del tamaño de un libro antiguo, quizás— pero su presencia en esa sala lo cambiaba todo. A su lado, manuales de instrucción escritos en varios idiomas, carpetas con el sello de la fundación que, según los documentos de mi madre, había sido el germen de la Red Web.

Amplié la imagen con manos temblorosas, enfocando cada detalle, cada palabra, cada símbolo grabado en la superficie metálica. Y entonces lo vi.

Máximo Bonet —mi abuelo, el hombre cuyo retrato presidía aún el despacho de mi padre— entregando el poder a mi progenitor.

Un pergamino, un sello, un gesto de transmisión que no admitía dudas.

Mi abuelo, el patriarca, el hombre honorable, pasando el testigo de algo que yo había creído una maldición.

Esto tenía que ser una broma. Un montaje de Kowalski para confundirme, para hacerme dudar de todo en lo que había creído. Pero Ser APH no mentía. Los metadatos del archivo, la autenticidad de las firmas digitales, la coherencia de las marcas de tiempo... todo apuntaba a una sola verdad imposible.

Mis padres no fueron víctimas inocentes de una conspiración. Fueron fundadores de esa conspiración. Crearon la red para exponer a los depredadores, sí, pero en ese proceso, se convirtieron en algo más. En algo que no reconocía. En algo que me costaba aceptar.

Me dejé caer contra el respaldo del sillón, sintiendo cómo el peso de tres décadas de odio y búsqueda se transformaba en algo nuevo, algo incómodo, algo que no sabía cómo procesar.

Las llamadas no cesaban en toda la noche. Laurent, Alexander, Mike, cada uno quería saber cómo estaba, qué había descubierto, cuándo volvería a la normalidad. Pero lo único que me interesaba en esos momentos, lo único que podía anclarme a la realidad mientras mi mundo se desmoronaba, era mi mujer.

Natasha.

La encontré en el taller, inclinada sobre el chasis de un Dodge Challenger 1970 que estábamos restaurando juntos.

El mono azul manchado de grasa, el cabello recogido en una coleta desordenada, la luz del amanecer bañando su perfil como un cuadro de algún pintor renacentista obsesionado con la belleza femenina.

—¿Por qué nunca me hablaste de la Red Web? —preguntó sin volverse, su voz plana, neutral, pero con un filo oculto que reconocí de inmediato.

Sus manos seguían moviéndose, aceitando las piezas del motor con la parsimonia de quien realiza un ritual, pero había algo en la rigidez de sus hombros, en la forma en que evitaba mi mirada, que delataba la tormenta interior.

Me acerqué lentamente, midiendo cada paso como quien se aproxima a un animal herido. Al llegar a su altura, tomé su mano —esa mano manchada de grasa que parecía pintada con sangre antigua— y la conduje hacia el mirador acristalado que dominaba el taller.

Bajo la luz de la luna, ya casi extinguida por el amanecer, confesé lo impensable.

—Mis padres no fueron víctimas, Natasha —dije, sintiendo cómo las palabras me quemaban la lengua—.

Fueron fundadores. Ellos, junto a Máximo Kowalski y otros, crearon la Red Web hace más de treinta años.

Su objetivo era noble: exponer a los depredadores que operaban en las sombras, crear un registro de atrocidades que pudiera usarse para llevar justicia a quienes la merecían.

Ella me miró, sus ojos lila buscando los míos con una intensidad que me desarmó.

—Pero algo salió mal —continué, mi voz quebrándose a pesar de mis esfuerzos por controlarla—.

El padre de Adam, Máximo, corrompió todo.

Convirtió la red en un negocio. Empezó a vender la información, a proteger a los poderosos a cambio de favores, a construir el imperio de horror que Adam heredó después.

Mis padres descubrieron la verdad y quisieron detenerlo.

Quisieron exponerlo todo. Pero era demasiado tarde.

—Aquella noche en Polonia... —susurró Natasha, conectando puntos que yo mismo apenas comenzaba a entender.

—Aquella noche no fue un asesinato aleatorio —confirmé, sintiendo cómo el odio y la compasión luchaban en mi pecho—.

Fue un ajuste de cuentas. Máximo envió a sus hombres para recuperar lo que mis padres habían robado: la evidencia de sus crímenes.

Pero ellos ya la habían escondido. La Caja.

El archivo que contiene los secretos de la Red Web, las transacciones, los nombres de los protectores, todo.

Natasha se volvió hacia mí, sus manos buscando las mías con una urgencia que me recordó por qué luchaba, por qué seguía vivo a pesar de todo.

—¿Y Alenka? —preguntó—. ¿Ella sabe todo esto?

—No lo sé —admití—. Pero si Kowalski la ha mantenido con vida durante tanto tiempo, es porque cree que ella sabe dónde está la Caja. O porque quiere usarla para llegar a mí. O quizás... quizás porque ella es la única que puede abrirla.

El silencio se extendió entre nosotros, denso como la niebla matutina que comenzaba a disiparse sobre el Bósforo. Luego, Natasha hizo algo que no esperaba.

Sonrió.

—Entonces tenemos que encontrarla antes que ellos —dijo, y en su voz había una determinación que igualaba a la mía—. La Caja. La verdad. Todo. Y cuando lo hagamos, Damián, quemaremos este puto mundo hasta que no quede ni rastro de ellos.

Su mano, aún manchada de grasa, se cerró sobre la mía con una fuerza que era promesa y amenaza a partes iguales.