Semillas de sangre #3
Avancé sobre tablones que crujían bajo mi peso como quejumbre de aparecidos, cada paso una tortura para mis músculos entumecidos por días —¿o fueron semanas?
— de inmovilidad forzada. Al retirar la sábana, un alarido ahogado se atascó en mi garganta, negándose a salir, negándose a reconocer lo que mis ojos veían.
Ojos vaciados. Las cuencas, dos pozos de oscuridad que parecían mirarme a pesar de su ceguera eterna.
Flores silvestres —nomeolvides, reconocí por algún recuerdo infantil del jardín de mamá— incrustadas entre labios cianóticos que ya nunca volverían a sonreír.
El aire se espesó con olor a muerte y tierra húmeda, ese perfume nauseabundo que acompaña a los cuerpos cuando comienzan su viaje de regreso al polvo.
La mujer tendría veinte años, quizás menos. Su ropa —un vestido de lino blanco ahora manchado de sangre seca y barro— hablaba de otra vida, de un tiempo anterior al horror. En su mano izquierda, un anillo de compromiso barato brillaba con la obstinación de los objetos que sobreviven a sus dueños.
Otro mensaje, pensé, mientras la bilis me quemaba la garganta. Otro regalo de Adam.
Salí de la habitación tambaleándome, necesitando aire, necesitando distancia, necesitando recordar por qué seguía vivo cuando tantos otros habían muerto.
El pasillo se abría a otras estancias, y en cada una, nuevos horrores me esperaban como en una galería de los horrores diseñada por una mente enferma.
El estudio de grabación era una burla siniestra.
Cámaras de cine profesionales, de esas que usan en Hollywood para rodar escenas de alto presupuesto, enfocaban sillones de cuero desgarrado cuyas manchas oscuras contaban historias que no quería imaginar.
Cabinas de sonido con ventanillas empañadas por dentro, manchas de manos desesperadas marcando el cristal como últimas voluntades.
En una esquina, un trípode sostenía una cámara cuyo piloto rojo parpadeaba aún, grabando quién sabe qué atrocidades en tiempo real.
Seguí rastros de arrastre —surcos en el polvo, manchas intermitentes de sangre seca— hasta una cocina industrial donde neveras abiertas revelaban su contenido: bolsas de plástico selladas, etiquetadas con fechas y códigos que mi mente se negaba a procesar. Pero había algo más, algo que no encajaba.
Víveres intactos. Latas de conserva sin abrir, paquetes de pasta en sus envoltorios originales, botellas de agua mineral aún precintadas. ¿Por qué comida intacta en este matadero? ¿Por qué proveer a las víctimas de alimentos que nunca consumirían?
La respuesta llegó con la claridad de un puñetazo: porque las víctimas no estaban destinadas a sobrevivir lo suficiente para necesitar comida.
Este lugar no era una prisión, era un escenario.
Un teatro del horror donde los actores cambiaban en cada función, pero el público, siempre el mismo, pagaba por ver morir.
Bebí agua de una botella sellada, el líquido helado aliviando mi garganta rasposa pero no la quemadura en mi pecho.
Luego, con manos que se negaban a dejar de temblar, comencé a recolectar muestras: cabellos enredados en grilletes oxidados, un trozo de uña —de uña, Dios mío— bajo una mesa de madera, envoltorios con logotipos que reconocí de mis investigaciones: proveedores médicos vinculados a testaferros de Kowalski.
Cada objeto, una prueba. Cada prueba, una condena. Cada condena, un paso más hacia el momento en que todo esto ardiera.
La escalera al ático gemía como un alma en pena bajo mis pisadas.
Los peldaños, carcomidos por la humedad y los años, amenazaban con ceder en cualquier momento, lanzándome al vacío que se abría entre barrotes de hierro oxidado.
Pero seguí subiendo, impulsado por esa mezcla de desesperación y curiosidad que define a los supervivientes.
Entre telarañas espesas como mortajas, una ventana sucia mostraba un páramo nevado que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
No había pueblos, no había carreteras, no había señales de civilización.
Solo blanco interminable bajo un cielo plomizo que escupía copos perezosos.
¿Eslovaquia? ¿Alpes? ¿Los Cárpatos en su versión más inhóspita?
El frío calaba mis huesos a través de la ropa ligera con que me habían dejado, un mono quirúrgico que apenas cubría mi desnudez.
Un ropero de roble tallado ocupaba una esquina del ático. Sus puertas, cerradas con un candado moderno que contrastaba con la antigüedad del mueble, despertaron mi instinto. Con una palanca encontrada entre los escombros, forcejeé hasta que el metal cedió con un chasquido satisfecho.
Dentro: botas de montaña de mi número, un abrigo térmico con capucha forrada de piel, y un teléfono móvil en su caja original, aún precintado. Alguien había querido que encontrara esto. Alguien había planeado mi huida.
Al encender el teléfono, la pantalla mostró dos barras de batería y un ícono de "sin servicio" que parpadeaba como un latido irregular. Pero funcionaba. La cámara, al menos, capturaba imágenes con una nitidez que me permitió documentar cada rincón de aquel infierno.
Fotografié el cuerpo de la mujer desconocida, sus ojos vacíos, sus flores en los labios.
Fotografié las marcas de herramientas en las paredes —surcos profundos, probablemente de hachas o cuchillos de carnicero—, los extraños símbolos grabados en la nevera, la disposición de las cámaras en el estudio.
Todo. Nada debía quedar fuera de mi registro.
Luego, con el abrigo protegiéndome del frío y las botas calzadas sobre mis pies entumecidos, abandoné la casa y comencé a caminar.
Horas. Caminé durante horas por una carretera helada que parecía no llevar a ninguna parte.
A mi izquierda, un bosque de coníferas se alzaba como un ejército espectral; a mi derecha, un precipicio cubierto de nieve prometía una salida rápida a quien se atreviera a tomarla.
Ni señales de tráfico, ni tendido eléctrico, ni siquiera las huellas de algún vehículo anterior.
Solo el blanco infinito y el silencio, ese silencio denso de las montañas que pesa más que cualquier grito.
Kilómetro uno. Dos. Tres. Mis piernas, débiles tras días de inmovilidad, comenzaban a quejarse. El frío, a pesar del abrigo, calaba hasta los huesos. La desesperación, esa compañera fiel de los momentos límite, mordía mis fuerzas con dientes de hielo.
Kilómetro cinco. Las piernas se negaban a obedecer. Los párpados, pesados como losas, amenazaban con cerrarse para siempre. El frío ya no dolía; se había convertido en una sensación lejana, casi acogedora, la antesala del gran sueño del que no se despierta.
Cuando las luces bailaron en mi visión periférica, creí alucinar. Faros. Múltiples faros recortándose contra la blancura. Un vehículo militar deteniéndose a mi lado. Voces en eslovaco que sonaban a ángeles cantando.
—Prop... —logré articular antes de que la oscuridad me tragara de nuevo.
Tres días después
Desperté en una cama que olía a lavanda y a sol. La luz, tamizada por cortinas de encaje, bailaba sobre las vigas de madera del techo. Nieve golpeaba los ventanales con un rumor constante, pero dentro, el calor de una chimenea crepitaba como un abrazo.
Una anciana tejía junto al fuego, sus agujas de hueso deslizándose con la parsimonia de quien ha tejido durante décadas.
Llevaba un vestido negro de lana, un pañuelo del mismo color cubriéndole el cabello cano, y en sus ojos, del color de las tormentas, una sabiduría antigua que me observó sin sorpresa cuando abrí los míos.
—Llevas tres días inconsciente, hijo —dijo, sin dejar de tejer—. Mi Stefan te encontró en la carretera a Propad. Iba a cazar, el muy loco, con este tiempo. Dijo que los lobos te habrían devorado de no ser por él.
Me incorporé con esfuerzo, sintiendo cada músculo protestar. La marca de Lilith, bajo la gasa sucia que alguien había cambiado, ardía con un dolor sordo pero constante.
¿Propad? El nombre resonó en mi memoria como un disparo. En los informes de Caronte, en los archivos de Mike, en las conversaciones intervenidas de Kowalski. Adam poseía una finca en Propad. Una propiedad remota en los Cárpatos eslovacos, aislada, perfecta para... esto.
—¿Stefan? —pregunté, mi voz un graznido—. ¿Dónde está? Necesito...
—Tranquilo, hijo —la anciana dejó el tejido y se acercó con una taza humeante—. Stefan está en el pueblo, comprando provisiones. La tormenta nos aísla a veces durante semanas, pero él conoce estos montes como la palma de su mano. Beba. Es caldo de huesos. Le dará fuerzas.
Bebí, sintiendo el calor extenderse por mi cuerpo como una promesa de vida. Al levantarme para buscar mi ropa, descubrí un conjunto sobre el sillón: un suéter grueso de lana, pantalones de montaña, calcetines térmicos. Todos de mi talla. Exactamente de mi talla.
¿Casualidad? ¿Otra pieza del rompecabezas que alguien estaba construyendo a mi alrededor?
En la ducha, el agua hirviendo golpeó mi piel con la violencia de un castigo, pero no logró limpiar la marca de Lilith sobre mi pectoral. La "h" estilizada, la espiral descendente, todo seguía ahí, grabado a fuego en mi carne como una promesa de pesadillas futuras.
Cerré los ojos bajo el chorro, y las imágenes volvieron: la mujer muerta, sus ojos vaciados, las nomeolvides entre sus labios azules. Flores silvestres. El mismo tipo de flores que mamá plantaba en nuestro jardín, las mismas que Alenka recogía para hacer coronas en primavera.
Otro mensaje. Otra capa en este laberinto de dolor.
—Use nuestro teléfono —ofreció Lena al verme salir del baño, tendiéndome un aparato antiguo de esos que funcionan en cualquier parte—. El de Stefan tiene señal, a veces. Si necesita llamar...
Marcé el número de Erdoğan con manos temblorosas. La voz de mi asistente, cuando respondió, sonó tan quebrada que por un momento no la reconocí.