Inquina Semillas de sangre #2
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Semillas de sangre #2

—Oye, cerebro —McAllister me lanzó un borrador que rebotó en mi libro de álgebra—. ¿Así te harás de un imperio? ¿Revisando basura?

Cerré el libro con un golpe seco que resonó en el silencio de la biblioteca. Me volví lentamente, mis ojos —uno azul, otro ámbar— fijos en los suyos con una intensidad que le hizo palidecer.

—Cuando seas mi chófer, McAllister —dije, mi voz plana como una hoja de acero—. Te pagaré en centavos. Y te haré limpiar mis coches con tu lengua.

Su risa nerviosa fue la única respuesta. No sabía, no podía saber, que años después, cuando mi nombre adornara portadas de revistas y mis motocicletas fueran objeto de deseo de multimillonarios, él enviaría su currículum a mi empresa con una carta de disculpa adjunta.

No lo contraté. Pero guardé la carta. Como recordatorio de que el desprecio de los necios es el combustible de los triunfadores.

El chasquido metálico de las esposas contra la camilla me devolvió a la realidad con la violencia de un puñetazo.

Intenté moverme, pero mi cuerpo respondía con la lentitud de quien navega entre algodones.

La mierda que me habían inyectado aún circulaba por mis venas, enturbiando mis reflejos, adormeciendo mis sentidos.

Un ardor punzante en el pectoral derecho me hizo mirar hacia abajo.

Una marca reciente, fresca, sangraba ligeramente sobre mi piel.

Trazaba una letra "h" estilizada que terminaba en una espiral descendente, como una serpiente enroscada sobre sí misma.

Lilith. El símbolo de la red que Kowalski mencionaba en sus comunicaciones, el emblema de una organización que yo había creído un mito, una leyenda urbana para asustar a los novatos en los foros de la Deep web.

—Veo que despiertas, Damián.

La voz surgió de mis espaldas, pero antes de que pudiera girarme, una figura femenina se situó frente a la camilla.

Piel blanca como la nieve recién caída, cabello negro azabache recogido en un moño severo, ojos del color del hielo roto.

Una cicatriz en forma de runa antigua —la misma que adornaba mi pecho, pero más elaborada, más antigua— ardía bajo mis dedos cuando su mano acarició mi torso desnudo.

Era.

No la niña lechuza del jardín, no la adolescente que había vislumbrado en algún informe de Caronte. Era la mujer en que se había

convertido, la consorte del Rey, la mano derecha de Kowalski, la dueña de la cicatriz que ahora quemaba mi piel como un hierro al rojo.

—Quiero que me hagas gritar, Damián —susurró, y en su voz había una mezcla de deseo y desafío que me heló la sangre—.

Quiero sentir tu furia. Quiero saber si eres tan salvaje como dicen.

Su vestido de cuero negro cayó al suelo con un susurro, revelando un cuerpo esculpido por años de disciplina y excesos. Cuando intentó rozarme con sus senos, cuando su piel buscó la mía en un contacto que debería haber sido placentero, un recuerdo me salvó.

Natasha.

Sus ojos lila bajo la lluvia de Estambul. Su boca mordiendo mi hombro mientras el mundo se derrumbaba a nuestro alrededor. Su risa, clara como campanas, cuando le prometí que volvería. Su voz, rota por la emoción, diciéndome que me amaba.

La furia devolvió el movimiento a mis miembros. Mi mano, aún temblorosa por los efectos de la droga, encontró su cuello con la precisión de un depredador. La apreté, la levanté, la arrojé contra los azulejos de la pared con toda la fuerza que pude reunir.

—Ninguna marca me hará tuyo —rugí, mi voz resonando en el espacio estéril—. Ni tú, ni tu Rey, ni toda su puta organización. Soy de ella. Solo de ella.

Era se incorporó lentamente, una sonrisa de satisfacción —no de dolor— curvando sus labios manchados de sangre. Su lengua, lenta y deliberada, lamió el hilo carmesí que descendía por su mentón.

—Tus padres fundaron la Red Web, ¿sabías?

—dijo, y su dedo manchado dibujó una "L" en el aire, la misma "L" de Lilith—.

Ellos, junto a los míos, hace más de treinta años.

Una red de información, decían. Un proyecto para proteger a los débiles, para vigilar a los poderosos.

Pero como todos los proyectos humanos, se corrompió.

Su risa, un tintineo de cristales rotos, llenó la habitación mientras yo procesaba sus palabras. Mis padres. Fundadores de la red oscura. Los mismos que me habían enseñado a distinguir el bien del mal, los mismos que habían muerto frente a mis ojos cuando yo apenas tenía cinco años.

—Mientes —escupí, aunque en el fondo de mi alma sabía que no, que cada palabra era verdad, que por eso nos perseguían, por eso nos asesinaron, por eso Alenka había sido torturada durante años.

—Lilith reclama lo suyo, Damián —continuó ella, avanzando hacia mí con la parsimonia de una pantera—. Y tú eres lo suyo. Tu sangre, tu mente, tu odio. Todo te pertenece. Todo ha sido planeado desde aquella tarde en tu jardín, cuando los Kowalski y los Bonet sellaron su pacto de sangre.

Traté de reconocer a esa mujer, de encontrar en sus rasgos algún vestigio de la niña pálida que había visto descender del vehículo blindado. Pero no había nada, solo una máscara de perfección y locura, solo un abismo de años de perversión y poder.

La jeringa se clavó en mi muslo antes de que pudiera esquivarla. El líquido, frío como el hielo, se extendió por mi torrente sanguíneo como una promesa de olvido.

—Duerme, fundador —susurró Era mientras la oscuridad me envolvía—. Cuando despiertes, todo habrá cambiado.

El dolor punzante en mi hombro derecho me arrancó de las garras del sueño con la violencia de un despertador defectuoso.

Por un instante confuso, antes de que la realidad de la habitación blanca se impusiera, creí sentir el peso de un trapeador en mis manos, el olor a alcohol y cera, el murmullo de voces adolescentes limpiando frenéticamente una mansión que jamás debimos profanar.

La fiesta de preparatoria había sido una catástrofe anunciada.

Mike, en su infinita estupidez, había convencido a sus abuelos de que necesitaba "espacio para estudiar" durante el fin de semana que ellos viajaban a un congreso médico.

El resultado: cincuenta adolescentes ebrios, dos sofás arruinados, una lámpara de cristal de Murano hecha añicos, y un retrato familiar manchado de vino tinto.

—¡Idiotas irresponsables! —les espeté mientras recogía botellas rotas frente a la vitrina de las condecoraciones médicas—. Estas medallas son memoria viva de todo el esfuerzo que hizo la abuela

Brown en la guerra. ¡Y esa porcelana —señalé los fragmentos esparcidos— perteneció a la tía abuela Clara cuando operaba como enfermera en el frente de Vietnam!

Mike, el dueño de la mansión, el causante de todo, palidecía frotando una Estrella de Plata manchada de ron con un trapo que solo extendía la mancha.

—Mis abuelos me desheredarán —gimió—. Mi padre me matará. Mi madre llorará. Seré el hazmerreír de la familia.

—Te advertí que cancelaras esta locura —repliqué, arrancando globos de colores pegados a un retrato de los abuelos en su boda—.

Te lo dije cuando estabas haciendo la lista de invitados, te lo dije cuando compraste el alcohol, te lo dije cuando los primeros cincuenta llegaron y tú sonreías como un imbécil.

Ahora pagaremos juntos las consecuencias.

El gran abuelo Brown, un veterano de guerra con más medallas que años y una mirada capaz de partir el acero, nos recibió al amanecer con los brazos cruzados y el silencio más aterrador que había presenciado jamás. Mike tartamudeó, balbuceó, intentó explicar lo inexplicable.

Yo di un paso al frente y asumí la culpa antes de que él pudiera seguir cavando su propia tumba:

—Fui yo quien insistió en celebrar aquí, señor. Mike intentó convencerme de que era mala idea, pero no le hice caso. Si hay alguien a quien culpar, soy yo.

Una mano callosa, marcada por décadas de sostener escalpelos y fusiles, se posó en mi hombro con una firmeza que no era castigo, sino reconocimiento.

—Asumir errores es marca de hombres, no de niños —dijo el veterano, sus ojos profundos escudriñando los míos—. Pero también es marca de hombres reparar lo que rompen. Limpiarán cada centímetro de esta casa. Con sus manos. Sin quejarse. Hasta que no quede ni rastro de esta noche de estupidez.

Su esposa, una médica jubilada que había salvado cientos de vidas en zonas de guerra, examinó sin reproches el estetoscopio de 1965 que colgaba intacto en la pared, justo al lado del retrato manchado de vino.

—Y cuando terminen —añadió, su voz tan serena como implacable—, me explicarán qué han aprendido. Porque de esto, jóvenes, se aprende. O se repite.

Aprendí, efectivamente. Aprendí que las palabras tienen peso, que las consecuencias existen, que los errores se pagan. Pero también aprendí algo más: que a veces, asumir la culpa de otro es la única manera de proteger lo que realmente importa.

Treinta años después, en esta habitación blanca, con una marca de Lilith ardiendo en mi pecho y la amenaza de Era flotando en el aire, ese aprendizaje seguía vigente.

Proteger lo que importa. Cueste lo que cueste. Incluso si el precio es mi vida.

El recuerdo se desvaneció como humo entre mis dedos, dejando tras de sí un reguero de imágenes inconexas y la certeza brutal de que mi mente había sido violada.

Ahora yacía en un colchón desnudo, la marca de Lilith en mi pecho palpitando bajo una gasa sucia que alguien había colocado con manos temblorosas.

La habitación olía a humedad, a abandono, a ese olor particular que tienen los lugares donde la muerte ha establecido su residencia permanente.

Al otro extremo de la estancia, una figura yacía bajo un lienzo rojo sangre. La tela, manchada de forma irregular, dibujaba la silueta de un cuerpo inmóvil.

—¿Estás bien? —susurré, mi voz un hilillo ronco que apenas rompió el silencio.

Nadie respondió. Por supuesto.