La Rendición de los Cielos #9
—Elijan a su bruja —continuó el cuervo, desenvainando una espada de hoja curva que centelleó a la luz de las hogueras—. Muerte lenta... o rápida. Las apuestas están abiertas. ¡Que gane el mejor postor!
Observé cómo los invitados señalaban a las jóvenes, cómo coreaban sus elecciones, cómo la espada del cuervo descendía una y otra vez sobre cuerpos que apenas habían comenzado a vivir.
Una muchacha de cabello rojo, no mayor de catorce años, fue arrastrada al centro.
Sus ojos, cuando la venda cayó, se encontraron con los míos por un instante.
En ellos vi una pregunta silenciosa: ¿por qué? ¿por qué nadie me salva?
No tuve respuesta. Solo pude sostener su mirada mientras la hoja se hundía en su garganta y la sangre brotaba a borbotones, recogida en copas de cristal que los asistentes más cercanos alzaron para beber. El líquido caliente humeaba en el aire frío de la noche.
Aplaudí con ellos. Mis palmas se golpeaban una contra otra mientras las uñas se me clavaban en la carne, dibujando medias lunas de sangre en mi propia piel.
Aplaudí porque era lo que se esperaba de mí, porque cualquier otra reacción me delataría, porque aún no había encontrado lo que buscaba y no podía permitirme el lujo de la humanidad.
—¿Disfruta el espectáculo? —una voz femenina surgió a mi lado. Me volví y me encontré con una mujer enmascarada cuya sonrisa era una herida carmesí pintada sobre una máscara blanca de porcelana. Su vestido, rojo como la sangre que aún humeaba en las copas, dejaba poco a la imaginación.
—Es... instructivo —respondí, forzando una sonrisa que esperé resultara creíble.
—La primera vez siempre impresiona —dijo ella, enlazando su brazo con el mío con una familiaridad que me puso los pelos de punta—.
Pero pronto aprendes a apreciar los matices.
La forma en que la luz se refleja en la sangre recién vertida, la textura de los gemidos cuando se ahogan en su propio líquido.
.. —Se estremeció con teatralidad—. Es arte, ¿no cree?
—Arte —repetí, sintiendo cómo el estómago se me revolvía.
—¿Necesita compañía? —preguntó, y su mano enguantada comenzó a descender por mi brazo—. Puedo ofrecerle... distracciones más placenteras.
—Agradezco el ofrecimiento —la detuve antes de que llegara demasiado lejos—, pero tengo asuntos que atender. Otro momento, quizás.
Se encogió de hombros con una indiferencia que me resultó casi tan perturbadora como su ofrecimiento.
—Como desee. Pero no se aleje demasiado. Lo mejor está por llegar.
Desapareció entre la multitud como un fantasma carmesí, dejándome solo de nuevo. Solo, pero un paso más cerca de mi objetivo. Al menos eso quería creer.
Huyendo del Cementerio —porque no había otra palabra para describir mi necesidad de poner distancia entre mi cuerpo y ese lugar—, me topé con una sala de proyecciones. En pantallas gigantes distribuidas por todo el espacio, una cacería humana se desarrollaba en tiempo real.
Pero no era una cacería cualquiera.
Las víctimas eran niñas. De tres, quizás cinco años.
Sus pequeños cuerpos corrían entre árboles artificiales en un decorado que imitaba un bosque de cuento de hadas.
Sus gritos, agudos, desgarradores, llenaban la sala mientras un hombre obeso, vestido con un traje de caza a medida, las perseguía con un rifle de mira telescópica.
—¡Corran, pequeñas! —aulló, y el sonido de su risa, amplificada por los altavoces, se mezcló con los sollozos infantiles—. ¡Corran que las cazo!
Un disparo. Un cuerpo diminuto cayó. La risa se intensificó. Y luego otro disparo, y otro, hasta que el silencio y la sangre lo cubrieron todo.
Welcome to the Circus —una canción que había sonado en clubs de moda meses atrás— comenzó a atronar en los altavoces, convirtiendo la masacre en un número musical. Los invitados reían, aplaudían, coreaban. Algunos incluso bailaban.
Salí de allí antes de que mi estómago decidiera vaciarse.
La zona Agua era un oasis de perversión.
Jacuzzis de mármol burbujeaban entre cuerpos entrelazados en combinaciones que desafiaban la anatomía y la moral.
Mujeres desnudas flotaban en piscinas de leche mientras hombres enmascarados las reclamaban como trofeos.
El aire olía a sexo, a perfume caro y a algo metálico que preferí no identificar.
Rechacé las ofertas que llovían sobre mí —ninguna de esas mujeres era Natasha, ninguna tenía sus ojos lila, ninguna valía el riesgo de distraerme— y me dediqué a fingir. Encontré una rubia que parecía dispuesta a todo y la até con correas de cuero a una de las estructuras que salpicaban el lugar.
—¡Arrodíllate! —ordené con la voz más firme que pude reunir.
Ella obedeció con una sonrisa, y sus gemidos fingidos —porque eran fingidos, podía notarlo en la forma en que sus ojos me escrutaban mientras su boca hacía su trabajo— me dieron la cobertura perfecta para escanear el lugar.
Cámaras. En cada rincón, en cada sombra, en cada ángulo muerto que pudiera existir.
Me vigilaban. Por supuesto que me vigilaban.
La rubia intentó algo más que simples gemidos, y tuve que apartarla con delicadeza, pero firmeza.
—Otro momento —dije, dejando caer un billete de quinientos euros sobre su pecho desnudo—. Tengo una cita.
Su expresión, una mezcla de confusión y ofensa, me siguió mientras me alejaba hacia la siguiente cámara de este museo de horrores.
El anuncio resonó cuando el reloj marcaba la medianoche exacta:
—¡El Rey espera en la Sala Fuego! ¡Qué comience el verdadero espectáculo!
La multitud se movió como un solo organismo hacia el corazón del castillo.
Me dejé llevar por la corriente, abriéndome paso entre invitados ebrios cuyo aliento apestaba a alcohol barato y algo más oscuro.
Velas clavadas en cráneos humanos alineaban el corredor que conducía a una sala circular, iluminada por llamas que danzaban en las paredes de piedra.
Siete tronos de obsidiana custodiaban una rueda de la fortuna invertida, suspendida del techo por cadenas de hierro.
Sobre ella, atada de pies y manos, una joven de no más de dieciséis años sollozaba con la mirada perdida.
Su vestido blanco, inmaculado, contrastaba con la oscuridad del entorno como una mancha de inocencia en un lienzo de perversión.
Era apareció desde las sombras. Enfundada en un mono de cuero negro que dejaba poco a la imaginación, su cabello oscuro cayendo en ondas sobre sus hombros, avanzó hacia el centro de la sala con la seguridad de quien sabe que es el depredador principal en este ecosistema de hienas.
—Empezamos —anunció con una sonrisa que era todo dientes y promesas oscuras.
De su cintura desenfundó una daga de hoja curva y, con un movimiento rápido y experto, desgarró el vestido de la joven de arriba abajo. La tela cayó como pétalos de una flor podrida, dejando al descubierto un cuerpo que apenas había comenzado a desarrollarse.
Un hombre en la primera fila gritó:
—¡Yo la desfloro! ¡Trescientos mil!
—Las reglas primero —replicó Era, su voz un látigo—. La rueda decide. Como siempre.
Hizo girar el artefacto. Las aspas, manchadas de algo que parecía sangre seca, comenzaron a moverse con un chirrido que helaba la sangre.
La joven sollozaba, suplicaba, prometía cualquier cosa a cualquier dios que pudiera escucharla.
Pero en esta sala, los únicos dioses eran los que ocupaban los siete tronos.
El número que señaló la rueda cuando se detuvo provocó un murmullo de aprobación en la audiencia: lamer los pies de Era. La muchacha fue desatada y arrastrada ante la consorte del Rey, obligada a postrarse y a ejecutar la orden entre sollozos que pronto se convirtieron en arcadas.
Segundo giro. Segundo número: diez latigazos. Un verdugo enmascarado apareció de la nada y descargó su furia sobre la espalda ya marcada de la víctima.
Tercero. Penetración doble.
Cuarto. Corte de cabello con cuchillo oxidado.
Quinto. Marca de fuego en el hombro izquierdo.
Sexto. Violación pública.
Y séptimo... el séptimo número decretó la extracción de ojos.
Cuando terminaron, cuando la joven ya no era más que un cuerpo inerte y vaciado, lo colgaron de una estatua de Lilith que presidía la sala, un trofeo más en la colección del Rey.
La multitud aplaudió, bebió, rió. Alguien empezó a corear el nombre de Era, y pronto toda la sala vibraba con esa adoración enfermiza.
Me alejaba, mareado, roto por dentro, cuando un destello blanco en un túnel lateral capturó mi atención. Un vestido. Una figura femenina que se movía con una gracia que resultaba incongruente en este infierno.
Ella se volvió.
El mundo se detuvo.
—¿Damián? —susurró una voz que reconocería en cualquier infierno, en cualquier vida, en cualquier universo paralelo.
La voz de mi hermana.
Alenka.
El precio de la verdad
Veintinueve años.
Había contado cada uno de ellos como un condenado cuenta los días que lo separan de la libertad.
Veintinueve años de noches en vela, de pistas falsas, de investigaciones que terminaban en callejones sin salida, de esperanza alimentándose de migajas.
Veintinueve años preguntándome si estaría viva, si estaría sufriendo, si algún día podría mirarla a los ojos y pedirle perdón por no haberla protegido.
Y ahora, allí estaba.
Frente a mí.
El impulso de arrancarme la máscara fue visceral, una orden del cuerpo anterior a cualquier pensamiento racional.
Necesitaba que me viera, que reconociera en mis rasgos al hermano que había jurado cuidar, que supiera que no estaba sola en este infierno.
Pero sus dedos, helados como el mármol de las estatuas que nos rodeaban, detuvieron los míos con una urgencia que me heló la sangre.
—Es demasiado peligroso que estés aquí —susurró Alenka, su voz un hilillo de angustia que apenas se abría paso entre el estruendo lejano de órganos desafinados y risas histéricas.