La Rendición de los Cielos #8
Sus ojos se anegaron de un temor que ninguna palabra podría disipar.
La sostuve en silencio, dejando que el calor de nuestros cuerpos hablara el lenguaje que las palabras no podían expresar.
Me costaba más de lo que estaba dispuesto a admitir dejarla, aunque fuera por un par de días.
Pero nuestros deberes nos llamaban desde frentes distintos, y arrastrarla conmigo a Rumania sería condenarla a un peligro que no estaba dispuesto a correr. No con ella. Nunca con ella.
El trayecto hacia la mansión Page fue un ejercicio de contención.
Natasha, a mi lado en el asiento del copiloto del Bentley, jugueteaba con el borde de su vestido de cóctel —azul noche, escote palabra de honor, el mismo que había usado en nuestra primera cita oficial— y se mordía el labio inferior con esa mezcla de nerviosismo y determinación que tanto amaba.
—¿Qué pasa, malen'kaya? —pregunté, tomando su mano libre mientras la otra mantenía el volante.
—Mi madre va a aprovechar tu ausencia para bombardearme con pretendientes —respondió con una mueca—. Tiene una lista, Damián. Literalmente una lista. Con fotos, currículums y análisis de patrimonio neto. Me lo enseñó ayer.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que podía meter esa lista por donde le cupiera, pero con más elegancia. —Sonrió, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos—. No funciona, Dam. Ella sigue viéndome como la niña que necesita ser salvada de sí misma. Como si mis decisiones, mis elecciones, no tuvieran valor.
Apreté su mano con suavidad.
—Cuando regrese hablaremos con ellos. Juntos.
Dejaré muy claro cuál es mi posición, y cuál es la tuya.
No como Page, sino como Bonet. Como mi futura esposa, la madre de mis hijos, la dueña de este corazón que late por ti.
Si no pueden aceptarlo, si no pueden respetarlo, entonces no tendrán cabida en nuestra vida. Punto.
Ella me miró con esos ojos que eran mi perdición y mi salvación a partes iguales.
—¿Siempre serás así? —preguntó—. ¿Siempre tan... seguro? ¿Tan absoluto?
—Contigo, sí —respondí sin dudar—. Porque tú eres la única certeza en mi vida. Lo demás son variables. Ecuaciones. Problemas que se resuelven. Pero tú... tú eres la constante. El resultado que no necesita comprobación.
El Bentley se detuvo ante las puertas de hierro forjado de la mansión Page. Las cámaras de seguridad nos escrutaron antes de que el acceso se abriera con un zumbido grave. Aparqué en la curva de entrada, justo donde la fuente de mármol con cisnes dorados me provocaba arcadas estéticas.
—Te veo en tres días —dije, acariciando su nuca para atraerla hacia un beso que intentó ser breve y terminó siendo eterno—. Pórtate mal, pero no tanto. Haz que tu madre sufra, pero no la mates. Te necesito entera cuando vuelva.
—Tres días —repitió ella, apoyando su frente contra la mía—. Ni uno más, Damián. Prométemelo.
—Te lo prometo.
La vi alejarse hacia la entrada, su silueta recortada contra las luces cálidas del vestíbulo. Antes de cruzar el umbral, se volvió y me dedicó una sonrisa que era promesa y amenaza a partes iguales. Mi sonrisa. Mi mujer. Mi futuro.
Esperé a que la puerta se cerrara tras ella para activar el dispositivo de comunicación con Erdoğan.
—¿Señor? —su voz, profesional y neutra, llenó el habitáculo.
—Erdoğan, activa todos los protocolos. Quiero vigilancia en cada acceso de la mansión Page.
Cámaras, micrófonos ambientales, seguimiento de móviles.
Nada puede fallar. Si alguien se acerca a Natasha con intenciones que no sean estrictamente protocolarias, quiero saberlo en tiempo real.
Si su madre intenta algo que pueda hacerle daño, quiero pruebas.
Y si alguno de los "pretendientes" de su lista se pasa de la raya.
.. —Hice una pausa, dejando que el silencio hablara por mí—. Ya sabes qué hacer.
—Entendido, señor. Dispositivos desplegados en cinco minutos.
Nadie se acercará a la señorita Page sin que lo sepamos. —Bien. Y Erdoğan... —¿Señor?
—Graba cada movimiento. Cada palabra. Cada mirada. Cuando vuelva, quiero un informe detallado de cada segundo que pase en esa casa. Que nada se me escape.
—Así será, señor. Buen viaje a Rumania.
Corté la comunicación y apoyé la cabeza en el reposacabezas de cuero, contemplando las luces de la mansión a través del parabrisas. En alguna de esas ventanas, Natasha estaría ya enfrentándose a su madre, a sus fantasmas, a un mundo que no la merecía.
Y yo, en lugar de estar a su lado, volaba hacia la guarida del lobo.
El juego, efectivamente, recién comenzaba.
Pero esta partida la jugaríamos con mis reglas. Con mi tiempo. Con mi sed de venganza.
Y cuando todo terminara, cuando Bran ardiera y Kowalski pagara por cada una de sus atrocidades, volvería a casa. Volvería a ella. Esa era la única certeza que necesitaba.
Bienvenido al circo
Castelul Bran, Rumania
Damián
El portón de hierro forjado se cerró a mis espaldas con un sonido que no admitía retorno. Durante un instante, el tiempo pareció suspenderse, atrapado entre el mundo que conocía y el abismo que se abría ante mí. Luego, la realidad se desplegó en todo su horror.
Debía de ser una broma macabra. Una de esas bromas pesadas que el destino reserva para los que se atreven a desafiar a los dioses.
Pero al cruzar ese umbral, al sumergirme en el paisaje dantesco que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, comprendí que no había broma posible.
Solo pesadilla. Solo verdad. Solo el corazón palpitante del mal en su expresión más pura.
Payasos con máscaras ensangrentadas arrastraban prisioneros encadenados a través de un bosque de árboles muertos.
Algunos cautivos estaban desnudos, sus cuerpos marcados por latigazos recientes; otros vestían armaduras medievales que tintineaban con cada paso forzado, un contraste grotesco entre la fantasía y la realidad del horror.
Hogueras gigantescas iluminaban patíbulos donde yacían potros de tortura, doncellas de hierro con las puertas abiertas mostrando las púas ensangrentadas en su interior, y ruedas de desollamiento que aún goteaban líquidos que preferí no identificar.
Una fuente monumental burbujeaba en el centro de la plaza principal, emanando un líquido espeso de color escarlata.
¿Sangre real? No me atreví a comprobarlo, aunque el olor metálico que saturaba el aire sugería que sí, que era auténtica, que alguien —muchos alguien— habían sido vaciados para llenar esa fuente ornamental.
A su alrededor, invitados vestidos con trajes de Haute Couture —mujeres en diseños de Valentino, hombres en esmóquines de Armani— reían y brindaban ante el espectáculo como si estuvieran en la ópera de Viena en lugar de en el vestíbulo del infierno.
Había entrado en el reino de Adam Kowalski. Y estaba completamente solo.
Apreté la mandíbula y forcé a mis piernas a avanzar. No podía permitirme el lujo del pánico, ni siquiera el de la repulsión. Estaba aquí por una razón, y esa razón tenía nombre de mujer, tenía los ojos de mi infancia, tenía la sangre de mi sangre.
Alenka.
Avancé entre túneles abovedados que se ramificaban como las venas de un organismo canceroso.
Nada de esto se parecía a las fiestas de Caronte, ni siquiera a los excesos que había presenciado en mis años de inmersión en los bajos fondos de medio mundo.
Aquí, el sadismo no era un medio para un fin; era el fin mismo.
Un arte en toda regla, practicado con la dedicación de los viejos maestros del Renacimiento.
Mujeres flageladas en postes de madera, sus espaldas convertidas en mapas de carne viva.
Cuerpos entrelazados en actos carnales sobre mesas de mármol manchadas de vino y sangre.
Laberintos donde cada cámara revelaba nuevas atrocidades, como en aquellos gabinetes de curiosidades de la Europa dieciochesca, pero con seres humanos como piezas de exposición.
Rechacé las copas de vino que me ofrecían al paso con un gesto cortés pero firme.
Podían estar envenenadas, drogadas, o simplemente ser el vehículo para algún otro horror que prefería no imaginar.
Mantenerse sobrio en territorio enemigo era la primera regla de supervivencia, y yo había sobrevivido a suficientes infiernos como para olvidarla ahora.
—¿Le aburre el espectáculo, señor? —la pregunta surgió de una mujer enmascarada cuya mano enguantada se posó en mi antebrazo con familiaridad—. El Cementerio está a punto de comenzar. Es el plato fuerte de la noche.
—Prefiero observar desde la distancia —respondí, modulando la voz con ese deje eslavo que había practicado durante semanas—. Me gusta saborear las cosas.
Ella rió, un sonido metálico tras la máscara de arlequín.
—Entonces le encantará lo que viene.
La seguí, sin otra opción, dejando que me guiara hacia el sector que había llamado "Cementerio". El nombre era engañosamente benigno.
El lugar era una plaza circular rodeada de estatuas góticas, cada una representando una figura de la muerte con distintos atributos: guadañas, relojes de arena, calaveras.
En el centro, una estructura de madera albergaba a una docena de jóvenes semidesnudas, algunas ya inertes, otras temblando con los ojos vendados.
La multitud —varios cientos de almas, a juzgar por el murmullo— se arremolinaba alrededor con la expectación de quien asiste al estreno de una obra de teatro.
Un presentador con máscara de cuervo —el mismo que había visto en las transmisiones de Karim— subió a un estrado y alzó los brazos. El silencio cayó como una guillotina.
—¡Señoras, señores, seres de la oscuridad! —su voz, amplificada por algún sistema oculto, resonó en las piedras centenarias—. Iniciamos la gran función de la noche: ¡la quema de vírgenes!
La multitud rugió. Aplausos. Silbidos. Alguien lanzó una moneda de oro al estrado.