Inquina La Rendición de los Cielos #7
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La Rendición de los Cielos #7

Pero esa noche, solo existíamos nosotros. Solo existía el amor recién descubierto, la pasión recién saciada, la promesa de un futuro que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta. El resto podía esperar.

La autopista que bordeaba el Cuerno de Oro era una cinta de asfalto perfecta para despejar la mente, aunque en mi caso, la mente rara vez necesitaba despejarse.

Necesitaba velocidad. Necesitaba sentir el motor del Lamborghini Aventador SVJ rugiendo bajo mis manos como una bestia contenida, los 770 caballos de fuerza ansiosos por devorar kilómetros.

After Hours de The Weeknd atronaba en los altavoces, la voz del cantante llenando el habitáculo de carbono con esa mezcla de melancolía y lujuria que tan bien conocía. Pero mi mente no estaba en la música,

ni siquiera completamente en la carretera. Estaba en el taller, en ella, en la imagen de Natasha inclinada sobre el capó de mi Dodge Coronet 1970, sus manos manchadas de grasa y su sonrisa iluminando el espacio como un sol privado.

—¡Concéntrate, Damián! —me reprendí en voz alta al notar que el velocímetro marcaba peligrosamente cerca de los doscientos kilómetros por hora en una zona limitada a noventa.

Aflojé el pie del acelerador, sintiendo cómo la bestia refunfuñaba ante la contención. No era momento para multas ni para explicaciones a la policía turca sobre por qué el dueño de Bonet Motors iba como alma que lleva el diablo hacia su propio taller.

Diez minutos después, el rugido del V12 anunció mi llegada antes de que el vehículo franqueara las puertas automáticas del recinto. El olor a caucho quemado, aceite caliente y creatividad sin límites me golpeó como un viejo amigo. Este era mi territorio. Mi reino de metal y sueños sobre ruedas.

Y allí estaba ella, mi reina, aguardando junto a mi Dodge Coronet como una aparición.

El mono de trabajo azul manchado de grasa le sentaba mejor que cualquier vestido de diseñador.

El cabello recogido en una coleta desordenada, algunas hebras escapando para enmarcar un rostro que la luz del taller convertía en una pintura renacentista.

Aparqué el Lamborghini con una precisión casi violenta y descendí del vehículo sintiendo la urgencia de sus ojos sobre mí.

Me desabroché el saco de lino beige con movimientos deliberadamente lentos, dejando que cayera sobre el capó de un Maserati en restauración.

Luego, la camisa a medida. Mis dedos recorrieron los botones uno a uno mientras su mirada seguía cada gesto con la intensidad de un láser.

—Me encanta verte desnudo —murmuró cuando quedé en mangas de camiseta, el torso aún húmedo por el esfuerzo de la conducción—.

Pero odio que Lena te observe como si fueras un postre prohibido.

—¿Celos, Natasha Page? —sonreí, acercándome lo suficiente para sentir el calor que irradiaba su piel—.

No deberías. Soy solo tuyo. Enteramente tuyo.

Cada célula, cada pensamiento, cada latido.

—Lo sé —respondió, y hubo en su voz una certeza que me llenó de un orgullo absurdo—. Pero que lo sepan los demás no está de más.

Recorrimos el taller cogidos de la mano, una estampa que debía resultar tan inusual como conmovedora: el depredador solitario convertido en animal de compañía. Los empleados nos miraban de reojo, algunos con sonrisas cómplices, otros con esa mezcla de respeto y temor habitual.

El taller era un hervidero de creatividad.

Coches clásicos renacían bajo sus pinceles y los de Lena, la restauradora jefa que había traído desde Berlín.

Un Ferrari 250 GT Berlinetta recuperaba su esplendor original en una esquina; un Porsche 356, en otra, esperaba pacientemente su turno.

Pero mis ojos solo tenían espacio para ella, para la forma en que acariciaba la carrocería del Coronet como si acariciara mi propia piel.

—El motor está listo —anunció, señalando el V8 que había reconstruido pieza por pieza—. He modificado la admisión y cambiado el árbol de levas. Ahora ruge como un demonio.

—Como su dueña —repliqué, ganándome un codazo cómplice.

Lena se acercó con una tableta en la mano, sus ojos claros evaluándonos con esa mezcla de admiración profesional y curiosidad femenina.

—Tiene un talento excepcional, señor Bonet —dijo, señalando los bocetos que Natasha había realizado para una línea de personalización de clásicos—. Estos diseños son... revolucionarios. Mezclan la estética vintage con elementos casi ciberpunk. Los clientes van a volverse locos.

—Lo sé —respondí, sin apartar la mirada de Natasha—. Por eso será mi esposa. Porque es excepcional en todo lo que hace. Incluyendo volverme loco a mí.

Un carraspeo nos interrumpió. Un hombre de traje caro y sonrisa de tiburón de salón se aproximaba a Natasha con una carpeta en la mano. Lo reconocí de alguna cena de negocios, uno de esos peces menores que pululan alrededor de mi imperio buscando migajas.

—Señorita Page —dijo, ignorándome olímpicamente—, soy Arturo Valdés, de Valdés Automoción. Me encantaría discutir con usted la posibilidad de... una colaboración personal. Sus diseños son fascinantes, y yo podría ofrecerle...

Natasha alzó la mano izquierda con la lentitud de una ejecutora, dejando que la luz del taller bailara sobre el diamante negro de Cartier que engarzaba su anillo de compromiso.

—Hable con mi prometido, señor Valdés —cortó, su voz gélida pero impecablemente educada—. Pronto seré la señora Bonet, y permítame advertirle: a Damián no le gustarán las consecuencias si insiste en ese tono.

El hombre palideció. Sus ojos se desplazaron hacia mí por primera vez, y lo que vieron en mi expresión —esa mezcla de hielo y amenaza que había perfeccionado durante décadas— debió ser suficiente.

Tartamudeó una disculpa y se evaporó hacia la salida con la prisa de quien ha visto al diablo sin antifaz.

—Bien hecho —aprobé, atrayéndola hacia mí para depositar un beso en su sien—. Así se protege el territorio, mi leona.

—No es territorio —corrigió ella, sus ojos lila brillando con un fuego que me era tan querido—. Es mi vida. Y tú eres mi vida. Lo demás sobra.

En ese momento, con el olor del taller envolviéndonos y el rumor de los motores como banda sonora, comprendí con una claridad casi dolorosa que esta mujer no era solo mi prometida, mi amante, mi cómplice.

Era mi hogar. El único que había conocido desde que la masacre de Sandomierz me arrebató el primero.

Y por ese hogar, por ese futuro que construíamos ladrillo a ladrillo entre amenazas y pasión, estaba dispuesto a incendiar el mundo entero.

Incluyendo el castillo de Kowalski.

Incluyendo todo lo que se interpusiera en nuestro camino.

La noche cayó sobre Estambul como un telón de terciopelo oscuro cuando atravesamos las puertas del penthouse.

El día en el taller había sido productivo, catártico incluso, pero la sombra de lo que se avecinaba se cernía sobre nosotros como una tormenta en el horizonte.

Mientras Natasha se dirigía a la ducha, yo me encerré en mi despacho con una única misión: localizar las coordenadas exactas del Castillo de Bran y trazar la ruta de infiltración.

Dos horas después, el brillo azulado de las pantallas comenzaba a nublar mi visión y la frustración anudaba mis cervicales.

Había revisado cada fuente, cada base de datos a la que tenía acceso, cada comunicación interceptada.

La información estaba ahí, fragmentada, críptica, como piezas de un rompecabezas diseñado para volver loco al más paciente.

Kowalski era meticuloso, eso había que reconocérselo.

Sus servidores fantasmas, sus rutas de comunicación encriptadas, sus señuelos digitales.

.. todo apuntaba a una mente obsesionada con el control absoluto.

—Maldita sea —mascullé, apartando el teclado con violencia.

Necesitaba aire. Necesitaba distancia. Necesitaba a Natasha.

La encontré en la cocina, iluminada por la luz tenue de la campana extractora, preparando té en una de esas tazas de cerámica artesanal que coleccionaba en sus viajes.

Llevaba uno de mis jerséis viejos, ese de cashmere gris que le encanta porque, según ella, "huele a Damián incluso cuando Damián no está".

El cabello, aún húmedo tras la ducha, caía en ondas sobre sus hombros como una cascada de seda dorada.

—Mi madre llamó —confesó sin volverse, su voz teñida de una resignación que me partió algo por dentro—. Debo asistir sola a la fiesta benéfica de los Page. Dice que es "inapropiado" que aparezcamos juntos antes de la boda, que la prensa podría malinterpretar nuestra... intensidad.

Me acerqué a ella por detrás, rodeando su cintura con mis brazos y apoyando el mentón en su hombro. Su aroma, ese perfume de jazmín y almizcle que había aprendido a identificar entre mil, me ancló a la realidad después de horas perdido en el laberinto digital.

—Tu padre me informó esta tarde —respondí, mi voz un susurro contra su oído—. Así que mientras tú asistes a tu circo de hipocresía y caviar, yo volaré a Rumania. Tengo que ver el terreno con mis propios ojos antes de la luna de sangre.

Ella se tensó entre mis brazos. Dio media vuelta para enfrentarme, sus ojos lila buscando los míos con una urgencia que me desarmó. —¿Solo? ¿Vas a ir solo al castillo de ese psicópata? Damián, eso es una locura. Es una trampa y lo sabes.

—Lo sé —admití, acariciando su mejilla con el dorso de la mano—.

Pero también sé que si no voy, si no veo con mis propios ojos la disposición del terreno, las rutas de escape, los puntos ciegos de su seguridad, estaremos ciegos cuando llegue el momento.

Iré con Alexander y con un par de los nuestros.

Será una exploración rápida, un reconocimiento. Nada más.

—Nada más —repitió ella con amargura—. Como si Kowalski fuera a dejarte "explorar" su fortaleza sin consecuencias.

—Prometo no quemar el mundo —susurré, buscando sus labios en un beso que sabía a despedida anticipada—. Al menos no hasta que vuelva a casa. Contigo.