Inquina La Rendición de los Cielos #6
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La Rendición de los Cielos #6

Ajusté mi postura en el sillón de cuero, disimulando la súbita excitación que recorrió mi cuerpo como una descarga eléctrica. ¿Se atrevía a enviarme eso a media tarde, sabiendo que tenía reuniones? La imagen

mostraba un conjunto de lencería roja: un sostén de encaje que apenas contenía la promesa de sus pechos, y una tanga mínima que no dejaba espacio para la imaginación.

La visión de aquellos pezones insinuados tras la tela, la promesa de su piel bajo mi boca, el recuerdo de su sabor.

.. Podría morderla, marcarla, poseerla en cada ángulo de esta oficina sin importar las consecuencias.

Mis dedos volaron sobre la pantalla:

Damián: Por tu bien, espero que estés aquí en quince minutos. La respuesta llegó antes de que pudiera dejar el teléfono:

Nat: Espero que estés solo en tu oficina. Quiero que me beses

allí.

Una sonrisa —de esas que solo ella provocaba— se dibujó en mis labios.

Mi entrepierna se tensó de manera evidente, y tuve que recolocarme en el sillón para no resultar obsceno.

Necesitaba su boca, su cuerpo, ya. Consulté el reloj: las tres de la tarde.

La reunión con el socio alemán debía comenzar en veinte minutos.

Que esperara.

—Erdoğan —llamé a mi asistente a través del interfono—. Reagenda las juntas pendientes para mañana. Que nadie nos interrumpa en lo que queda de tarde.

—¿Señor? —su voz denotaba confusión—. El señor Fischer ha viajado expresamente desde Múnich...

—Que Fischer se busque un hotel a costa de la empresa. Y que me facturen el masaje. No estoy de humor para alemanes.

Corté la comunicación antes de que pudiera replicar.

La espera se me hizo eterna. Cada segundo que pasaba era un latido más en mi pecho, una gota más de deseo acumulándose en mis venas.

Me descubrí ajustando los papeles sobre el escritorio, enderezando el marco con su foto, comportándome como aquel chico de instituto que por fin conseguía a la chica popular después de años de desearla en silencio.

La puerta se abrió sin anunciarse. Natasha apareció en el umbral, radiante, bañada por la luz dorada del atardecer que se filtraba a través de los ventanales. Su presencia llenó la estancia de una electricidad que no necesitaba palabras.

—Me encantan esas amenazas, Dam —dijo mientras hacía girar el cerrojo con un clic definitivo.

—No puedes enviarme fotos así y dejarme en este estado durante horas —protesté, señalando sin pudor la erección visible que abultaba mi pantalón—. Es cruel incluso para tus estándares.

Vestía un vestido cruzado de seda negra, de esos que con un simple tirón se deshacían en un suspiro de tela. Las cintas anudadas en su cadera prometían una rendición inmediata. Su pelo, suelto, enmarcaba un rostro que el destino había esculpido para volver locos a los hombres.

—Desnúdate —ordené, mi voz un ronquido grave.

Desató el lazo con dedos hábiles, sin apartar la mirada de la mía.

El vestido resbaló por sus hombros, por sus pechos, por la curva de su cintura, hasta formar un charco de seda negra a sus pies.

Bajo el tejido, llevaba exactamente la lencería de la fotografía.

El rojo encaje contrastaba con su piel de porcelana, los pezones erectos marcando la tela, la tanga mínima apenas ocultando lo que más deseaba.

Mi respiración se quebró. Su cuerpo era una sinfonía de curvas, luces y sombras que la penumbra de la oficina convertía en una obra de arte vivo.

—Sube al escritorio —ordené, apartando los contratos con un gesto brusco que envió papeles al suelo.

Obedeció con la gracia de una felina. Se acomodó frente a mí, las piernas abiertas descansando sobre mis brazos, ofreciéndose como un banquete para mis sentidos.

Mi lengua recorrió la cara interna de su muslo, saboreando la piel caliente, el rastro de su perfume mezclado con el aroma natural de su deseo.

Fragancia a fresa y vainilla, adictiva como la droga más peligrosa.

Deslicé la tanga con los dientes, apartando la mínima tela que se interponía entre mi boca y su sexo. Su respiración se aceleró, sus caderas buscando mi contacto con una urgencia que me enorgulleció.

—Tranquila, nena. Solo disfruta. Esto es solo el principio.

Arqueó la espalda sobre el mármol frío del escritorio, ofreciéndose por completo.

Un gemido prolongado escapó de sus labios cuando mi boca encontró su clítoris, húmedo, palpitante, con ese sabor a miel salada que me volvía loco.

Mientras chupaba con la dedicación de un devoto en un altar, sus manos se aferraron a mi cabello, guiándome, exigiéndome más.

—Damián, por favor... —suplicó, su voz un hilo roto por el placer—. Necesito que estés dentro. Ahora.

Liberé mi miembro de la prisión del pantalón, sintiendo la sangre latir en cada centímetro de mi piel. Lo guie hacia su entrada, empapada, dispuesta, hambrienta. Un empuje, y un grito ahogado llenó la estancia, rebotando en los muros de caoba y cristal.

—Más rápido —exigió, sus uñas clavándose en mis antebrazos.

—Como ordené mi cortesana —respondí, aumentando el ritmo con cada embestida.

Cada penetración la llevaba más cerca del abismo. Sus ojos vidriosos me contemplaban desde la penumbra, dos luceros lila que reflejaban la luz del atardecer y el fuego de su deseo.

—Mírame —gruñí, deteniéndome un instante para atrapar su mirada—. Mira cómo te hago mía. Cómo te poseo. Cómo te lleno.

Su mirada lila —esa mezcla perfecta de lila y acero— se fundió con la mía en un pacto silencioso.

—Nuestros cuerpos están unidos en mente y alma —jadeó, cada palabra un esfuerzo—. No lo olvides. Nunca. Jamás.

Jadeos. Morbo. Pasión desbocada. Sus uñas se clavaron en mis brazos con la fuerza de quien se aferra a la vida, dejando surcos rojos sobre mi piel.

Un dolor delicioso que alimentaba mi propio fuego.

Cuando el orgasmo me sacudió por completo, vertí en ella todo lo que era, todo lo que sentía, todo lo que nunca había sido capaz de expresar con palabras.

—Increíble —murmuré, apoyando la frente en sus senos, escuchando los latidos acelerados de su corazón—. Eres increíble.

—No puedo moverme —susurró, una sonrisa de satisfacción dibujada en sus labios—. Creo que me has roto.

—Esto es solo el principio, malen'kaya. Tenemos una vida entera por delante.

Pasada la tarde, cuando la luz había dado paso a la noche y Estambul brillaba como un collar de luces a nuestros pies, la llevé a cenar a un pequeño restaurante junto al Bósforo. Mientras ella se cambiaba en casa, aproveché para revisar los mensajes acumulados. Fue entonces cuando descubrí la caja.

Multicolor, de un tamaño incómodo, colocada en el centro exacto de mi escritorio. Erdoğan juraba que nadie había entrado, que la seguridad no había detectado intrusiones, pero allí estaba, burlando todos mis sistemas.

En su interior, una máscara veneciana de rasgos lupinos, incrustaciones de obsidiana en las cuencas oculares. Y una tarjeta:

Todo invitado portará esta máscara.

Temática: «Circo del Terror».

Coordenadas en la invitación. Bienvenido al circo.

—El Rey

Bajo la máscara, un sobre con fotografías. Las saqué con manos temblorosas: Alenka. En distintas edades, distintas etapas. La última, reciente, la mostraba en una habitación que reconocí por los informes de Laurent: el castillo de Kowalski en los Cárpatos. Estaba viva. Mi hermana estaba viva.

¿Era una trampa? Por supuesto que lo era. Todo en Kowalski era una trampa. Pero también era la primera prueba tangible en veintinueve años de que Alenka existía, de que respiraba, de que podía rescatarla.

Guardé las fotos en la caja fuerte antes de que Natasha regresara. No era momento para esa conversación. No aún.

—El color del vestíbulo es perfecto —anunció ella al entrar, radiante en un vestido azul noche que realzaba sus ojos, mostrándome muestras de tela contra la luz—. ¿Qué opinas?

—¿Negro? —inquirí, fingiendo interés mientras mi mente aún procesaba las imágenes.

—Sí. Elegante y misterioso. Como nosotros. —Se acercó a la ventana, contemplando el reflejo de la ciudad en el cristal—. He estado pensando en jardines, fuentes, parrilladas para la recepción. ¿Te imaginas? Todo el mundo mirándonos, envidiándonos...

Su entusiasmo era contagioso, pero se apagó como una vela al viento cuando mencionó a sus padres:

—Mi madre ya está haciendo comentarios. Dice que una boda así es "vulgar", que deberíamos optar por algo más discreto, más "adecuado a nuestra posición". —Su voz se quebró ligeramente—. Solo me ven como la heredera inútil, la muñeca que deben casar con alguien de su agrado.

La tomé de las manos, obligándola a mirarme.

—¡Al diablo con ellos, Natasha! —Mi voz fue firme, sin dejar espacio a la duda—.

Tú no eres su heredera. Eres mi prometida.

La mujer que va a reinar este mundo a mi lado.

Y si no pueden verlo, si no pueden aceptarlo, que se pudran en su círculo de hipocresía y copas de champán. Tú vales más que todo eso.

Una lágrima surcó su mejilla, brillando como un diamante bajo la luz tenue del restaurante.

—¿Qué hice para merecerte, Damián? ¿Qué hice para que el universo me regalara a alguien como tú?

Limpié su llanto con el pulgar, suavemente, como quien borra una imperfección en una obra maestra.

—Nada —susurré—. Simplemente ser tú. Existir. Entrar en mi vida y convertir el caos en orden, la oscuridad en luz. Eso es todo lo que necesitas hacer. Siempre.

Su sonrisa, iluminada por las lágrimas y las velas del restaurante, fue la respuesta más hermosa que podía recibir.

En ese momento, con el Bósforo cantando su canción milenaria a nuestros pies y las estrellas comenzando a parpadear sobre Estambul, supe que cualquier precio valía la pena por proteger ese instante.

Incluso si el precio era mi vida.

Incluso si el precio era enfrentarme al mismísimo diablo en su guarida.

Por ella. Por Alenka. Por todos los que dependían de mí.

Iría a Bran. Y cuando regresara, nada volvería a ser igual.