La Rendición de los Cielos #5
Tomó una flor de lavanda de un pequeño jarrón en la mesilla, el único toque de color en aquel campo de exterminio. Y la dejó caer, suavemente, sobre el pecho abierto y ensangrentado de la chica.
Un hijo de puta. El hijo de puta perfecto para este Imperio.
La telaraña se tensa
El despacho olía a cuero antiguo y a la sangre que aún rezumaba de mi mano vendada.
Era acababa de marcharse con la orden clara: encontrar una doble de Alenka, una marioneta con su rostro para bailar en la trampa que estaba tejiendo.
Pero antes de que pudiera sumergirme en los detalles logísticos, la pantalla principal parpadeó con una alerta que reconocía demasiado bien: Caronte.
—Habla —ordené, mi voz un latigazo.
El rostro pixelado del hacker apareció en la pantalla, sus rasgos distorsionados por capas de encriptación que ni yo podía penetrar completamente.
Llevaba meses sin noticias suyas, desde aquella vez que me ayudó a rastrear las conexiones de Bonet en la Deep web.
Su silencio había sido tan absoluto que llegué a pensar que la CIA o los servicios rusos lo habían neutralizado.
—Tienes un problema, Adam —su voz, modulada electrónicamente hasta sonar casi inhumana, cortó el aire del despacho—. Bonet sabe más de lo que crees.
Me incorporé en el sillón, todo rastro de ensimismamiento evaporado. —Explícate.
—Ha estado rastreando tus movimientos en Rumania.
No los cargamentos grandes, esos los camuflas bien, sino los detalles pequeños.
Las transferencias a los médicos, los pagos a los funcionarios de aduanas, las comunicaciones con tu gente en Constanza.
—Hizo una pausa, y pude imaginar su sonrisa satisfecha tras la máscara digital—.
El hombre es bueno. Casi tan bueno como yo.
—¿Qué sabe exactamente?
—Sabe de Elsa. Sabe de la subasta. Sabe del Paraíso. —Otra pausa, más larga—. Y sabe que Alenka está viva.
El mundo se detuvo. Las palabras de Caronte cayeron en el silencio del despacho como piedras en un pozo profundo, y el eco que produjeron fue ensordecedor.
—¿Cómo? —pregunté, mi voz un hilo de hielo—. Hemos sido meticulosos. Nadie fuera de este círculo sabe que ella...
—Tú mismo se lo dijiste, Adam. En aquella reunión con los Siete, cuando presumías de tener a la hermana de Bonet como tu trofeo más preciado.
¿Recuerdas? —Su tono se volvió ácido—. Alguien grabó la conversación.
Alguien filtró el audio en los foros adecuados.
Y Bonet, con sus recursos y su obsesión, lo encontró.
La furia me cegó por un instante. Mi puño sano se estrelló contra el escritorio de caoba, haciendo saltar los papeles y los dispositivos electrónicos.
La imagen de Elsa, la niña pelirroja que había "procesado" la semana anterior, se mezcló en mi mente con la de Alenka, con la de Natasha Page, con la de todos los Bonet que habían destruido a mi familia.
—¿Quién fue? —gruñí—. ¿Quién filtró esa información?
—Eso no importa ahora —respondió Caronte, impasible—. Lo que importa es que Bonet planea infiltrarse en la fiesta de Bran. Él y su novia. Van a usar máscaras, identidades falsas, todo el despliegue. Quieren pruebas. Quieren encontrar a su hermana. Y quieren destruirte.
Una risa ronca escapó de mi garganta, sorprendiéndome incluso a mí mismo.
—¿Destruirme? ¿Ese niñato mimado que heredó la fortuna de su padre cree que puede destruirme?
—Me levanté del sillón y comencé a pasear por la habitación, la adrenalina quemando la niebla de recuerdos que me había asaltado antes—.
Que venga. Que traiga a su preciosa Natasha.
Les prepararé una recepción que no olvidarán.
—Cuidado, Adam —advirtió Caronte—. Bonet no es como los otros peces que has pescado. Tiene recursos, contactos, y una motivación que tú mismo alimentaste durante años. Un hombre que busca a su hermana durante tres décadas no se detendrá ante nada.
—Lo sé —respondí, deteniéndome frente a la ventana que dominaba los jardines del castillo—. Por eso voy a darle exactamente lo que busca. Una hermana. Un reencuentro. Y cuando baje la guardia, cuando crea que ha ganado...
No terminé la frase. No era necesario. Caronte conocía mis métodos.
—Necesitarás ayuda —dijo el hacker—. He rastreado los movimientos de su gente. Tiene a un tal Alexander trabajando en su sistema de seguridad, a una abogada llamada Laurent que maneja sus finanzas, y a un ejército de exmilitares israelíes protegiendo sus propiedades. No será fácil llegar a él.
—No necesito llegar a él —repliqué, volviéndome hacia la pantalla—. Necesito que él venga a mí. Y lo hará. Por Alenka. Por esa obsesión que lo ha mantenido vivo todos estos años.
Caronte asintió lentamente, su avatar pixelado moviéndose con un segundo de retraso.
—Hay algo más —añadió—. La chica, Natasha Page. No es solo su novia. Es su prometida. Bonet le compró un anillo de Cartier hace unas semanas, un solitario de diamante negro. Planea casarse con ella después de la fiesta de Bran.
La información cayó en mi mente como una semilla en tierra fértil. Su prometida. Su futuro. Todo lo que amaba, todo por lo que estaba dispuesto a arriesgarlo todo.
—Perfecto —susurré, una sonrisa lenta extendiéndose por mi rostro—. Entonces le daremos una boda. Una que nunca olvidará.
Corté la comunicación con Caronte y llamé a Era por el interfono. Apareció casi instantáneamente, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de curiosidad y adoración.
—¿Mi rey?
—Cambio de planes —anuncié, sirviéndome un coñac de la botella de cristal tallado—. No vamos a buscar una doble de Alenka. Vamos a usar a la auténtica.
Era arqueó una ceja, intrigada.
—¿Estás seguro? Alenka es... impredecible. Después de todo lo que le hicimos...
—Precisamente por eso —corté—. La odia tanto como a mí. Quizás más. Y Bonet no se lo esperará. Cuando vea a su hermana, viva, respirando, caminando hacia él, bajará la guardia. Y entonces...
Dejé la frase en el aire, saboreando la anticipación. Era asintió, comprendiendo.
—Prepararé su vestuario —dijo, una sonrisa maligna curvando sus labios—. Algo que lo impacte. Que le recuerde todo lo que perdió.
—Y algo para la señorita Page —añadí—. Un papel especial en nuestra función. Quiero que Bonet sufra. Quiero que vea cómo destruyo todo lo que ama, pieza por pieza, empezando por su preciosa prometida.
Era se inclinó ligeramente, un gesto de sumisión que siempre me excitaba, y salió del despacho con la misión clara. Me quedé solo, contemplando mi mano vendada, la sangre que comenzaba a filtrarse a través de las gasas.
El dolor era bueno. El dolor me recordaba que estaba vivo, que aún tenía sed de venganza, que aún podía sentir algo más allá del vacío que había habitado en mí desde que los Bonet destruyeron a mi familia.
Veintinueve años. Veintinueve años esperando este momento. Y ahora, por fin, Damián Bonet vendría a mí. Con su odio, con su obsesión, con su amor imposible por una mujer que yo convertiría en su perdición.
—Bienvenido al juego, Bonet —murmuré al aire vacío, alzando mi copa en un brindis imaginario—. Que gane el mejor.
La noche cayó sobre los Cárpatos mientras yo seguía trazando planes, tejiendo la telaraña que atraparía a mi enemigo. En una de las pantallas secundarias, la imagen de Natasha Page sonreía desde una portada de revista. Tan hermosa. Tan inocente. Tan ajena al infierno que le esperaba.
En otra pantalla, más pequeña, casi olvidada, el rostro de Alenka Bonet me miraba con sus ojos vacíos, el mismo vacío que yo había excavado en ella a base de años de tortura. Mi obra maestra. Mi arma secreta.
El Castillo de Bran se preparaba para la luna de sangre. Y yo, Adam Kowalski, estaba a punto de escribir el capítulo final de la historia de los Bonet.
Esta vez, no habría escapatoria.
Estambul, Turquía
Damián
La jornada había sido un ejercicio de resistencia.
Reunión tras reunión, contrato tras contrato, mi capacidad para fingir interés en las minucias del imperio se había visto puesta a prueba hasta el límite.
Las ventas de la nueva línea de motocicletas ascendían como espuma, los diseños de la colección de invierno estaban en fase de producción, y el sistema de seguridad que Alexander implementaba en paralelo prometía ser impenetrable incluso para los esbirros digitales de Kowalski.
Laurent, mi hombre de confianza, mantenía negociaciones al límite con los intermediarios de Adam.
Era una partida de póker donde cada carta mostraba su precio, y yo estaba dispuesto a pagarlo.
Infiltrarse en territorio enemigo requería sutileza, y Laurent la poseía en dosis industriales.
Mientras él arriesgaba su cuello, yo contaba los segundos hasta la siguiente jugada.
Los robos hormiga de información eran mi especialidad. ¿Acaso creían que no guardaba un as bajo la manga para cuando llegara el momento? Kowalski me subestimaba, y ese era su error más grande.
Natasha, por su parte, se ocupaba con Lena y Carlos en el taller.
La restauración de automóviles clásicos la apasionaba casi tanto como los bocetos de nuevas líneas que garabateaba en cualquier superficie disponible.
Debía admitirlo: era excepcional en su trabajo, y verla feliz entre motores y óleos era un espectáculo que nunca me cansaba de presenciar.
La boda, sin embargo, seguía sin planificarse.
Ella anhelaba viajar a México para visitar a Camila Durand y solicitar su ayuda con los preparativos.
Una opción entre muchas, pero que implicaba retrasar nuestra infiltración en Bran.
Y el tiempo, ese recurso no renovable, se nos escapaba entre los dedos como agua.
Concentrado en los contratos que Erdoğan había desplegado sobre mi escritorio, el timbre del celular me sobresaltó. Un mensaje de Natasha iluminó la pantalla:
Nat: Pasé por una tienda y pensé... que esto podría gustarte.
Adjuntaba una fotografía.
Maldición.