La Rendición de los Cielos #4
El gruñido que escapó de mi garganta fue un sonido primigenio, de triunfo y posesión.
Su interior, increíblemente caliente y estrecho, se desgarró a mi alrededor.
Ella, aún sumida en la niebla química, solo atinó a quejarse, un leve lamento que brotó de sus labios como el eco de un sueño roto.
Miré hacia abajo. Mi miembro, húmedo y violento, emergía de ella teñido de un rojo brillante.
La sangre, su sangre, manchaba mis ingles y resbalaba por sus pálidos muslos como un macabro hilo de sudor.
Y entonces comencé a embestir. Sin piedad.
Sin ritmo. El único compás era el del odio que sentí por ella y que sentía por todo lo que ella representaba: la fragilidad, la esperanza, la posibilidad de un mundo fuera de este.
La cargué, cambiando de postura, sus piernas envueltas alrededor de mi cintura mientras la empotraba contra el cabecero.
Cada embestida era un golpe seco. Bajo mi mandato, sus tetitas, perfectas e inmaculadas, se convirtieron en un lienzo.
Mis dientes marcaron la piel, dejando surcos morados que, estoy seguro, serían mi firma.
Un recuerdo imborrable de que, aunque Karim la reclamara después, el primer mordisco, la primera cicatriz, llevaba mi nombre.
No era suficiente. Quería más profundidad.
Más de ella. Con una fuerza que hizo que sus muñecas rozaran las ataduras, la giré boca abajo.
Su trasero, redondo y suplicante, se elevó en el aire.
El objeto de mi siguiente conquista. Utilicé la misma sangre que aún brotaba de su vagina para lubricar el camino.
Mis dedos separaron los pliegues, explorando la entrada más apretada y prohibida.
Sentí su resistencia, su miedo físico. Y entonces, la penetré. Sin anestesia. Sin pausa.
El grito que lanzó esta vez no fue un lamento, sino un aullido desgarrador, lleno de un dolor consciente que logró atravesar el velo de la droga. Un sonido que debería haber helado la sangre de cualquiera. A mí, me calentó la espina dorsal.
—¡Cállate! — La bofetada resonó como un látigo en la habitación, girando su rostro hacia la almohada—. Este es tu castigo —mascullé contra su oído, mientras el ritmo de mis embestidas se volvía más profundo, más castigador— por andar de calienta vergas con lo que no es tuyo.
Sus sollozos, ahogados e irregulares, se convirtieron en la banda sonora de mi placer.
El sudor perlaba mi frente y caía sobre su espalda.
Estaba en el puto cielo. El sabor de su desgarre, el olor a sexo, a sangre y a miedo flotando en el aire, era una droga más poderosa que cualquier cosa que pudiéramos vender en la Dark Web.
Todo se transmitía en vivo. Miles de ojos anónimos pagaban por ver esto. Por verme a mí.
Finalmente, con un último y brutal envite, sentí la explosión contenida. Me retiré bruscamente, arrancándome el condón de una manera que le arrancó otro quejido. Mi semen, espeso y caliente, cubrió sus nalgas y la sábana manchada de sangre, un último gesto de posesión antes de la entrega.
—¡Joder! — el grito de satisfacción escapó de mi pecho, y al mirar al espejo, vi las siluetas al otro lado aplaudiendo, algunas levantando sus copas de champán en un brindis macabro.
La puerta se abrió. Su figura imponente llenó el marco.
—Karim — mi voz era un susurro sedoso, lleno de una satisfacción enfermiza—. Veo que te ha gustado el aperitivo. Toda tuya.
Me limpié con la bata que me tendió uno de los asistentes. El contraste era brutal: el hombre sudoroso y bestial de hacía un segundo, ahora se envolvía en seda negra. Necesitaba una ducha. Un respiro. Lo que Karim haría con ella después sería el plato fuerte. Yo solo había preparado el terreno.
Caminé hacia él, y sus labios encontraron los míos en un beso de una posesión absoluta, un intercambio de poder que sellaba el trato. Su lengua sabía a menta y a su propia oscuridad.
—Como siempre, sublime. Ha sido un éxito, mi rey —murmuró contra mi boca, sus ojos claros brillando con una adoración enfermiza.
Me separé con brusquedad, el mal humor post-coito asomando en mi rostro.
—Eso lo sé —contesté, la voz aún áspera—. Siempre tengo que enseñarles cómo se tienen que hacer las cosas. Que limpien a la niña. La quiero como nueva para el gran final.
Dos mujeres, vestidas de un blanco impoluto que manchaba aún más la escena, entraron con la eficiencia de enfermeras en un quirófano. Mientras el agua caliente de la ducha golpeaba mi piel, borrando el sudor y la sangre, un subordinado se acercó, hablando a través de la mampara de cristal.
—Mi rey. La chica ya despertó. Los médicos la han revisado. Tiene un pequeño desgarro en el recto, pero cicatrizará. Estará lista para Karim. No podrá penetrarla por detrás, pero la entrada principal... bueno, le han puesto ungüento, pero está destrozada para un rato.
Una sonrisa helada se dibujó en mi rostro bajo el chorro de agua. Perfecto. Un lienzo en blanco y rojo para que Karim pintara su obra maestra.
Al volver a la sala de observación, vestido con un simple pantalón negro y el torso aún húmedo, el espectáculo ya había comenzado.
En el monitor, la imagen de Elsa atada a la cama.
Sus ojos, abiertos de par en par, reflejaban un terror tan puro que era casi hermoso.
Sollozaba, hipando, su cuerpo un mapa de las marcas que le había dejado.
La audiencia, una treintena de hombres y mujeres de traje y vestidos de noche, observaba en silencio, el único ruido el del hielo chocando contra el cristal de sus copas.
La puerta del dormitorio se abrió de nuevo. Karim entró. Su cuerpo, esculpido y perfecto, estaba completamente desnudo. La luz de las pantallas acariciaba la dureza de su miembro, ya semi erecto, mientras se acercaba a la cama.
—No llores —su voz, un arrullo falso, la hizo callar por un instante.
—¿Dónde está Adam? —su voz era un hilillo roto por las lágrimas. Todavía creía en un salvador. Qué patético.
—Ahora es mi turno de divertirme, preciosidad —Karim ignoró la pregunta.
Sus dedos acariciaron la mesa de noche, donde descansaban varios objetos.
Tomó un anillo, de un metal oscuro y pesado, y se lo colocó en el dedo corazón—.
¿O quieres ver de lo que es capaz de hacer mi anillo?
Puede dibujar cosas muy bonitas en tu piel.
—No... no, por favor —su cuerpo se tensó contra las cuerdas, un movimiento inútil—. ¡No me lastimes!
—Ahora seré yo quien te folle —continuó Karim, como si ella no hubiera hablado, su voz un susurro lleno de una promesa perversa—. Gritarás tan alto que acabarás pidiéndome que lo haga más rápido. Me suplicarás que te parta en dos. Y si te portas bien, si eres una buena niña, dejaré que chupes esto.
Su mano libre acarició su propio miembro, grueso, intimidante. La mirada de Elsa se clavó en él, y el terror en sus ojos se volvió absoluto. Su silencio fue tomado como una afrenta.
El bofetón, seco y violento, resonó en la habitación y en los altavoces de la sala de observación, arrancando una exclamación ahogada a algún espectador.
—¡Por favor! —su grito, finalmente, fue la sumisión que Karim esperaba. Una sonrisa de satisfacción, lenta y depravada, se extendió por su hermoso rostro.
—Eso me gusta.
No hubo más preámbulos. Karim la penetró con la misma brusquedad que yo, pero con una frialdad que yo no había tenido.
No había rabia en él, solo un disfrute meticuloso.
Las súplicas de Elsa, sus gritos de dolor mientras él la destrozaba, eran la melodía que orquestaba su placer.
Sus manos, mientras embestía sin piedad, jugueteaban con los instrumentos de la mesa. Un bisturí, pequeño y brillante.
Con una calma aterradora, comenzó a trazar círculos alrededor de sus pezones.
Ella no sintió el corte al principio, solo una presión fría.
Luego, el dolor, agudo y ardiente, llegó cuando la sangre empezó a brotar, fina al principio, luego más espesa.
Karim seguía embistiéndola, sus caderas un martillo implacable, mientras su mano dibujaba surcos profundos en su torso, en sus brazos, en su vientre.
Las sábanas blancas se empapaban de rojo a un ritmo alarmante.
La chica ya no gritaba, solo gemía, un sonido húmedo y débil. Su cuerpo se estaba vaciando.
En la sala de al lado, la excitación era palpable.
Las apuestas subían. ¿Moriría desangrada antes de que él acabara?
¿Llegaría al orgasmo con su último aliento?
La audiencia había aumentado, las transacciones en la dark web se disparaban.
Karim, el hijo de puta, lo sabía. Se lo estaba dando en bandeja.
—¡Vamos, señores! —gritó de repente, su voz ronca por el esfuerzo, animando a los espectadores—. ¿Quién apuesta a que se viene antes de que la chica se desangre? ¡Veinte mil bitcoins la apuesta mínima!
El frenesí se apoderó de la sala. Todos querían ver más de Karim. Todos querían verlo destrozar a la niñata. Él, mientras tanto, siguió cortando. Ya no había diseño, solo el caos de la carne abierta. Su objetivo era simple: degollarla mientras le destrozaba el coño por última vez.
Y lo hizo. Con una elegancia macabra, mientras un espasmo final recorría su propio cuerpo, hundió el bisturí en su garganta, de lado a lado.
Un chorro de sangre arterial, caliente y furioso, bañó su pecho y su rostro.
Los espasmos de ella, los últimos, se confundieron con los suyos.
La audiencia estalló en aplausos. Era sublime. Era perfecto.
El cuerpo de Elsa, ya solo un objeto, quedó inerte bajo él.
Karim se retiró lentamente, su miembro flácido y cubierto de sangre.
La miró por un instante, sin rastro de emoción.
Luego, con una sonrisa que helaba la sangre, se inclinó sobre su oído, como si pudiera oírle, y susurró: —Dulces sueños, mi querida.