La Rendición de los Cielos #3
—¡Damián, por favor! —su súplica, una y otra vez, alimentaba el fuego que rugía en mis venas. No era piedad lo que pedía, sino más. Siempre más.
Cuando introduje los dedos en su sexo ardiente, su arqueo fue una ofrenda perfecta: la espalda separándose de la barra, los pechos apuntando al techo como misiles de deseo, los labios formando una 'o' silenciosa que contenía todos los gemidos del mundo.
—¿Confías? —pregunté al lubricar el consolador de cristal, mis ojos fijos en los suyos, buscando cualquier sombra de duda.
—Ciegamente —jadeó, y hubo en esa palabra una entrega más profunda que cualquier juramento en un altar.
La penetración fue lenta, ceremonial, una construcción meticulosa del espasmo compartido que finalmente nos reclamó a ambos, dejándonos temblorosos, sudorosos, completamente reinventados en el cataclismo de nuestros cuerpos entrelazados.
En la penumbra que siguió a la tormenta, la limpié con toallas tibias humedecidas en agua de rosas, un gesto de devoción que contradecía al depredador que minutos antes la había poseído.
Ella dormía como una fiera amansada sobre mi pecho, su respiración marcando un ritmo que sincronizaba con los latidos erráticos de mi corazón.
Tomé el móvil de la mesilla y, en un impulso que no supe explicar, fotografié ese instante.
Su pelo, oscuro como la noche, esparcido sobre mi piel como una bendición pagana.
Su mejilla apoyada exactamente sobre la cicatriz que me cruzaba el hombro izquierdo —recuerdo de aquella noche en Bucarest, de Laurent y el tubo de hierro, de otra vida— como si quisiera sanarla con su contacto.
—Te amo —murmuró, semiconsciente, las palabras escapándose de sus labios como mariposas nocturnas.
—Eres mi redención —confesé al oído, apenas un suspiro, sabiendo que esa mujer, con su fragilidad aparente y su fortaleza de acero, podía desintegrarme con un simple parpadeo de esos ojos lila que ahora descansaban cerrados.
Pero no lo estaban. Sus párpados se alzaron lentamente, y en la oscuridad, sus pupilas reflectaron la luz lejana de la ciudad como dos lunas gemelas.
—Nunca te haré daño, Damián. Esta promesa es eterna. —Sus dedos trazaron una línea vertical sobre mi pecho, justo donde el corazón latía con la fuerza de un caballo desbocado—. Lo juro por todo lo que soy y todo lo que seré.
Y mientras su yema seguía dibujando esa línea imaginaria, esa frontera entre la oscuridad que habitaba y la luz que ella representaba, supe con certeza absoluta que la próxima batalla comenzaba al amanecer.
Los preparativos para Bran, la invitación de Kowalski, la búsqueda de Alenka, todo eso aguardaba tras las puertas de la noche.
Pero en ese momento, con su peso sobre mi pecho y su promesa flotando en el aire como incienso, no existía más mundo que este. No existía más guerra que la de mantenernos vivos, juntos, desafiando a todos los dioses que hubieran osado separarnos.
Afuera, el Bósforo murmuraba su canción milenaria. Dentro, dos almas rotas aprendían a soldarse la una con la otra, formando una aleación más fuerte que cualquier metal forjado en el infierno.
El jardín de las delicias
Rumania
Adam
Las redes más efectivas son las que ellas mismas tejen.
Las atrapamos con su propia vanidad. Suben videos, fotografías. Semidesnudas, provocativas, buscando la atención de hombres guapos y adinerados. Hombres como yo. Les prometemos un iPhone y caen. Siempre caen.
Elsa me envió fotografías. Tanga. Senos pequeños, apenas formados. Deliciosos.
Por eso estoy ahora en Rumania, frente a su escuela preparatoria. Mi Jaguar negro recién encerado refleja el sol de la tarde. Gafas negras, traje a medida, Rolex en la muñeca. El hombre que todas quieren.
Quieren un hombre como los que leen en esos estúpidos libros, pienso mientras ajusto la rosa roja en el asiento del copiloto. Románticos pero autoritarios. Peligrosos, pero no tanto. Guapos y adinerados.
Era disfruta especialmente este juego. Le encanta verme convertirme en ese personaje. Y a mí me encanta proporcionarle material en vivo.
Miro el Rolex. Negro como mi paciencia. Hora de comenzar.
Ella es hermosa. Cabello rojo natural, ojos grises como la tormenta, pecas salpicando sus mejillas. La falda es demasiado corta para ser uniforme escolar. Sabe que he llegado. Lo sé porque se tensa, se alisa el cabello, mira hacia el coche.
Bajo. Un movimiento ensayado, perfecto. La rosa en la mano.
—¿Adam? —Su voz tiembla. Exactamente como me gusta.
—Elsa. —Le entrego la flor. — En persona eres mucho más hermosa.
Ella sonríe. Esa sonrisa estúpida que he visto mil veces. Devuelvo el gesto con la precisión de un actor consumado.
—Será mejor que vayamos a un lugar más tranquilo.
Abro la puerta. Ella sube. Desde la escuela, otras miradas nos observan con curiosidad. Me coloco las gafas negras. Rodeo el coche. Arranco.
—No pensé que vinieras a verme. —Aprieta el bolso contra su pecho, nerviosa, emocionada.
—Jamás subestimes a un hombre enamorado.
La sonrisa estúpida otra vez. Funciona siempre.
Saben que es peligroso. Por eso vienen.
—¿Vamos a tu casa? —pregunta, aunque ya lo sabe.
—Si no te molesta.
—Para nada —responde demasiado rápido—. Al contrario. Deseo ir.
Palabras de una jovencita desesperada. Quiere sexo con un desconocido. Con un hombre experimentado. Con el peligro personificado que cree poder controlar.
Durante el trayecto soporto sus historias. Amigas, profesores, sueños de modelaje, de fama, de escapar de esa ciudad gris. No me interesa. Si pudiera, la habría dormido ya. La follaría, grabaría, y terminaría.
Pero no. Tengo que ser paciente. Recordar Túnez. Esa chica murió antes de tiempo. Tuve que tirarla en la carretera como basura.
Casi me descubren.
Aprieto el volante. Exhalo. Me relajo.
—Estamos llegando.
La casa está apartada de la ciudad. Aislada. Perfecta. El camino de tierra cruje bajo las ruedas. Apago el motor.
—Ven.
Ella parpadea. Me sigue.
El mensaje de Era llega justo cuando piso el porche: Todo listo.
—Es hermosa tu casa, Adam.
—Lo es, pequeña.
Sin previo aviso, le arranco el bolso de las manos. Ella se sobresalta.
—Ven. Quiero que me muestres esa perla que tanto presumías en las fotos.
Parpadea otra vez. Pero no hay resistencia. Sabe que está entrando en la boca del lobo. Y aun así decide continuar.
Subimos la escalera. Recorremos el pasillo. Llegamos a la puerta dorada.
—No sé si estoy lista —susurra, nerviosa por primera vez de verdad.
—Vamos a divertirnos —respondo, ignorando sus palabras.
Baja la mirada. Mi cuerpo responde al gesto de sumisión. Estas niñas... siempre tan fáciles.
Abro la puerta. La habitación es blanca, cegadoramente blanca.
Hay que parpadear para acostumbrarse.
—Bebamos algo.
Me acerco a la mesa. Sirvo champán. Ella mira alrededor, las vistas, el lujo. No sabe que lo más hermoso de esta habitación es lo que está a punto de ocurrir.
Le ofrezco la copa.
—Por nosotros.
—Por nosotros.
Repite. Bebe. El efecto es inmediato.
—No me siento bien —dice, y la copa cae al suelo.
—Shhh. Tranquila. Esto te va a gustar.
El peso de su cuerpo inerte contra el colchón era lo único que delataba que aún respiraba.
La penumbra de la habitación, apenas rasgada por la tenue luz de las pantallas que lo transmitían todo, moldeaba su silueta.
Mis dedos, fríos y precisos, encontraron el primer botón de su blusa.
No había prisa, no había deseo. Solo la meticulosa coreografía de un depredador con su presa.
Había visto las fotos, los informes. Mi obsesión con ella había sido casi cómica, un capricho de niño rico.
Ahora, ella sería algo más que un capricho. Sería una advertencia.
Mi mirada se posó en la sábana blanca bajo su cuerpo.
Una mancha carmesí, diminuta y vibrante, comenzaba a florecer allí donde su muslo se unía a su cadera.
La perla intacta. Un tesoro que adoro y atesoro.
La yema de mis dedos trazó la línea de su brazo, sintiendo la piel de gallina que ni siquiera la droga podía reprimir. Bajé la cabeza y mi lengua, caliente y
húmeda, encontró el camino. Su sabor, salado y dulce a la vez, era el de la inocencia corrompida incluso antes de ser tocada.
Un bocado exquisito.
Me incorporé, despojándome de la ropa con una eficiencia quirúrgica.
El aire fresco de la habitación me golpeó la piel, erizada por la adrenalina.
Sobre la mesita de noche, el brillo metálico de un envoltorio.
Un condón. Una frontera entre mi mundo y el suyo que no debía ser traspasada.
No podía dejar ni un rastro de mi ADN en esta niñata. No esta noche.
Antes de sumergirme de nuevo en ella, mi vista se elevó hacia el oscuro cristal del espejo que cubría una pared.
Al otro lado, una treintena de sombras expectantes.
Los socios. Los que pagaban por ser testigos de cómo el Imperio recibía a sus nuevas piezas.
Una sonrisa torció mis labios mientras tomaba el lubricante, el frío del plástico un contraste con el calor que empezaba a hervirme en las venas.
—Para el acto de esta noche — mi voz, grave y amplificada por los micrófonos ocultos, llenó la sala de al lado—, verán cómo sangrará esta niñata. Una lección de dominio para los que aún no entienden qué significa entrar a nuestro mundo.
No soy un hombre paciente. Nunca lo fui.
El juego previo es para los débiles que necesitan calmar la conciencia.
Yo no necesito excusas. El lubricante resbaló por sus pliegues y por mi piel.
Tomé su pierna, flexionándola sobre mi hombro con una brusquedad que hizo crujir sus articulaciones.
Su pelvis quedó elevada, ofrecida. Entonces, con un único y profundo movimiento de caderas, la reclamé.