Inquina La Rendición de los Cielos #2
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La Rendición de los Cielos #2

—Como tú. Sinceras. Sin máscaras. Sin pretensiones —dije, recibiendo el impacto de su alegría convertida en una lluvia de besos infantiles que me salpicaron la cara, la frente, la nariz, limpiando con cada contacto la mugre emocional del día.

—¿Celebramos algo? —inquirió, mordisqueando el labio inferior con esa mezcla de inocencia y picardía que me volvía loco.

—La vida —mentí, tomándola de la mano para guiarla hacia el salón, donde la luz crepuscular creaba una atmósfera de acuarela sobre los muebles de diseño.

Arrodillarme frente a ella fue, sin exageración, la acción más vulnerable de mi existencia.

Más que enfrentarme a la CIA con quince años, más que la primera vez que maté para sobrevivir, más que cualquier confesión en confesionario de iglesia.

Las rodillas contra el suelo de madera noble, las manos extendidas hacia las suyas, que temblaban como pájaros asustados al contacto.

—Solo una razón me tiene aquí, Natasha —besé cada nudillo, uno a uno, con la devoción de un peregrino—.

Solo una verdad explica por qué, después de veintinueve años de oscuridad, de venganza, de soledad elegida, sigo respirando.

Eres mi presente y mi futuro. El único horizonte que merece la pena conquistar.

—Levanté la mirada, atrapando sus ojos vidriosos—.

Cásate conmigo. Sé la dueña de este corazón cicatrizado.

De este hombre roto que solo contigo encuentra sentido al caos.

El ¡sí! escapó de sus labios antes de que terminara la frase, un grito ahogado que precedió a su caída de rodillas frente a mí, abrazándome con una fuerza que me robó el aliento.

Entre risas y lágrimas que se mezclaban en un idioma universal de felicidad, deslicé en su dedo anular el anillo de diamante negro, engarrado en platino con diamantes blancos a juego.

El mismo que habíamos visto en el escaparate de Cartier durante nuestro viaje a Grecia, el mismo sobre el que ella había suspirado sin atreverse a pedir.

Ahora brillaba en su mano, reemplazando aquel sencillo anillo de promesa que le había regalado apenas unos meses atrás.

Mientras ella saltaba a mi cuello, riendo y llorando a la vez, enredando sus piernas en mi cintura, mi mente ya trazaba los siguientes movimientos en el tablero.

La batalla contra Anastasia, su madre, sería feroz.

Esa mujer, empeñada en convertir a Natasha en una muñeca de porcelana de salón, vería cómo su hija elegía el infierno conmigo antes que el cielo sin mí. Pero no era momento de estrategias.

—Mañana visitarás nuestra nueva casa —anuncié, sosteniéndola en brazos mientras caminaba hacia el ventanal donde el Bósforo, allá abajo, brillaba como una serpiente de luz—.

Arquitectos y diseñadores te esperarán para tomar nota de cada uno de tus caprichos.

Cada rincón debe llevar tu sello, tu esencia.

—¿No seguiremos aquí? —preguntó, mirando alrededor, evaluando cada rincón de este espacio que habíamos construido juntos.

—Mereces espacios que alberguen futuros, Natasha. No solo recuerdos. —Apoyé mi frente contra la suya—. ¿Recuerdas lo que te dije? Quiero tres copias de ti y de mí corriendo como desquiciados en el jardín. Necesitamos un jardín a la altura de su futura locura.

Su risa, clara como campanas de iglesia en un pueblo olvidado, llenó el espacio vacío. Pero al mencionar a sus padres, una sombra cruzó sus ojos lila:

—Mis padres... Mi madre nunca lo aceptará. Quiere para mí un hombre de club de campo, no un... —se mordió el labio, buscando la palabra adecuada—. No un depredador que construye imperios sobre las ruinas de sus enemigos.

—Charles me respeta. Sabe lo que valgo, lo que he construido.

Anastasia... —sonreí con la frialdad de quien ha negociado con tiburones— es territorio conquistable.

No con guerra frontal, sino con estrategia.

Déjame manejar a tu madre, mi amor. Para eso sirve tener un futuro esposo que ha sobrevivido a cosas mucho peores que una señora de la alta sociedad con ínfulas de grandeza.

Ella imaginaba ya la boda: paletas de colores zafiro y ónix, decoraciones góticas, música que no fuera el cursi vals que yo temía. Su entusiasmo era contagioso, un virus de felicidad que amenazaba con derribar todas las defensas que había construido durante décadas.

Mientras la noche cerraba su puño sobre Estambul, y las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas, la sostuve en mis brazos en el umbral de nuestro dormitorio.

El anillo en su dedo reflejaba la luna, y en ese reflejo vi, por un instante, la posibilidad de un futuro que no estuviera definido por la venganza, por la búsqueda de Alenka, por la guerra contra Kowalski.

Pero las sombras, siempre pacientes, aguardaban en los márgenes de mi conciencia.

El Castelul Bran, la invitación a The Black Lotus, los datos sobre el Aviario, la posibilidad de que mi hermana.

.. No. Esa noche, solo existía ella. Solo existíamos nosotros.

La guerra podía esperar. La felicidad, esa extraña desconocida, había decidido instalarse entre nosotros.

Y yo, por primera vez en mi vida, estaba dispuesto a recibirla sin preguntar cuánto duraría.

La noche se había instalado sobre Estambul como un terciopelo oscuro salpicado de lucecitas lejanas, pero en el penthouse, la única luz que importaba era la que bailaba en sus ojos cuando aceptó mi propuesta.

—¿Cocinar? —repitió, incrédula, una ceja arqueada en esa expresión que había aprendido a descifrar como el lenguaje más complejo del mundo—. ¿El Damián Bonet que yo conozco, el mismo que quema agua hirviendo, se ofrece voluntario para cocinar?

—Prepárate para descubrir capítulos inéditos de mi biografía — repliqué, atándole la servilleta de lino blanco alrededor del cuello con la ceremonia de quien prepara a una infanta para un banquete real—.

No todo en la vida es código binario y amenazas de muerte, mi amor.

Algunas habilidades las heredé de mi madre, antes de que el mundo nos arrebatara todo.

Ella observó desde el umbral de la cocina abierta, recostada contra el marco de la puerta como una diosa perezosa, mientras yo desplegaba los ingredientes sobre la encimera de mármol negro: dos filetes de ternera madurada, una botella de oporto vintage, espárragos verdes que había hecho traer especialmente del mercado de la Spice Bazaar, aceite de trufa blanca de Alba.

Mis manos, más acostumbradas a teclear amenazas cifradas que a manejar cuchillos de chef, se movían con una precisión inesperada.

El chisporroteo de la carne al contacto con la sartén de hierro fundido llenó el espacio de aromas celestiales.

La reducción de oporto burbujeaba en un cazo aparte, espesándose hasta convertirse en una salsa oscura como la sangre de los sacrificios rituales.

Cuando serví los platos —los filetes en su punto exacto, los espárragos bruñidos con el aceite de trufa formando un contraste perfecto—, ella me miró como si yo hubiera descendido del Olimpo con un delantal puesto.

—¿Qué hicieron con mi prometido? —bromeó al sentarse, desplegando la servilleta con gestos teatrales—. Porque el hombre que conozco resuelve problemas con códigos de fuego, no con reducciones de vino.

—Tal vez siempre fui esto —respondí, sirviendo el vino en las copas de cristal de Baccarat—. Solo que nadie se había tomado el tiempo de descubrirlo. Hasta ahora.

El primer bocado provocó en ella una expresión de éxtasis que ninguna caricia mía había logrado antes. Cerró los ojos, masticó lentamente, y cuando volvió a mirarme, sus pupilas lila brillaban con una humedad que no era de cebolla.

—Eres perfecto, Damián Bonet. Completamente, absolutamente, aterradoramente perfecto.

—Solo tu espejo me devuelve esa mentira —refuté, pero antes de que pudiera añadir algo más cínico, ella se inclinó sobre la mesa y selló mis labios con un beso que sabía a oporto, a ternera, a promesas no dichas.

La discusión quedó zanjada.

Más tarde, cuando la luna se había alzado lo suficiente para bañar el dormitorio en su luz lechosa, su boca emprendió una exploración minuciosa de mi torso.

Mis manos, mientras tanto, ya habían declarado la guerra a las prendas que nos separaban.

Arranqué su blusa de seda con una violencia que habría hecho palidecer a cualquier estratega militar; mis labios siguieron la ruta trazada por mis dedos, descendiendo desde el hueco de su garganta hasta el valle entre sus costillas, deteniéndose en cada curva, en cada plano, en cada latido que delataba su impaciencia.

Cuando sus dedos se enredaron en la hebilla de mi cinturón, un gemido traicionero escapó de sus labios. Ese sonido, mitad súplica mitad exigencia, encendió en mí una hoguera que amenazaba con consumir cualquier atisbo de control.

—Solo yo te poseo así, Damián —afirmó, arrodillándose sobre la alfombra con una soberanía que contradecía su posición.

Sus dedos ascendieron lentamente por la cara interna de mi muslo, trazando círculos hipnóticos—.

Eres mío. Cada célula. Cada pensamiento oscuro. Cada suspiro que no te atreves a dar.

—Demuéstralo —desafié, mi voz un ronquido grave mientras enredaba mis manos en su coleta para guiarla con suavidad, pero sin ambigüedades hacia el epicentro de mi deseo.

Lo que siguió fue una ceremonia de dominios intercambiables, un ritual donde el poder fluía como un río sin cauce fijo, a veces de ella hacia mí, a veces en dirección contraria.

Más tarde, atada con sedas carmesí a la barra de pole dance que ella misma había insistido en instalar —«para ejercicio», había dicho con falsa inocencia—, su piel brillaba bajo la cera tibia que derramé en patrones que imitaban constelaciones antiguas.

Cada gota, un recordatorio de que el placer y el dolor eran idiomas que hablábamos con fluencia nativa.