Inquina La Rendición de los Cielos #10
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La Rendición de los Cielos #10

La observé, devorando cada detalle con la avidez de quien ha estado ciego durante décadas.

Su cabello, aquel trigo dorado que recordaba de nuestra infancia, había encanecido prematuramente en las sienes.

Su cuerpo, antes lleno de vida, era ahora un escapulario de huesos apenas cubiertos por la gasa blanca de un vestido que más parecía sudario que prenda de fiesta.

Y sus ojos... aquellos ojos verdes que habían sido faros en mi oscuridad infantil, eran ahora esmeraldas opacas, apagadas por años de horror indescriptible.

—No he cesado de buscarte ni un solo día —confesé, notando cómo un temblor recorría su cuerpo al contacto de mis manos—. Ni uno solo, Alenka. Juré que te encontraría, y lo he hecho.

—Debes irte. Por favor, Damián —imploró, su mirada escrutando las sombras danzantes del corredor, buscando amenazas que yo aún no podía percibir—. No sabes lo que hacen aquí. No sabes de lo que son capaces.

—Ven conmigo —ordené, tomándole la mano con una firmeza que no admitía discusión—. Ahora. Juntos. Saldremos de aquí y no miraremos atrás.

Pero ella se resistió. Sus pies parecían arraigados al suelo como los de un sauce en medio de un torbellino, flexionándose, pero sin ceder.

¿Por qué? ¿Por qué rechazaba la salvación cuando la tenía tan cerca?

Mi mente, entrenada para calcular rutas de escape en milisegundos, trazaba ya posibles trayectorias: si lográbamos alcanzar la salida esta, podría solicitar refuerzos a Caronte, que me esperaba en el exterior con un equipo de intervención rápida.

Pero abandonarla otra vez en aquel infierno, después de haberla encontrado, era una posibilidad que mi corazón se negaba a contemplar.

—Saben que estás aquí —murmuró, acercándose hasta que su aliento rozó mi oreja, un contacto fantasmagórico que erizó mi piel—. Te han visto desde que cruzaste el portón. Cada movimiento, cada rechazo a sus ofrecimientos, cada momento en que fingías ser uno de ellos... lo saben todo.

—¿Y aun así me dejaron entrar? ¿Me dejaron deambular?

—Quieren saber qué buscas. O más bien, a quién buscas. —Su mano apretó la mía con una fuerza sorprendente para su aparente fragilidad—. Si nos ven juntos, si confirman que soy yo lo que has perseguido durante todos estos años, ellos...

—Me matarán —completé, sintiendo el peso de la sentencia como una losa sobre el pecho.

—Peor —corrigió ella, y en sus ojos vi brillar un destello del miedo más puro que he presenciado jamás—.

Te usarán a ti para destruirme a mí. Y cuando ambos estén rotos, cuando hayan exprimido hasta la última gota de nuestro sufrimiento, entonces.

.. entonces nos dejarán morir. Pero no antes de haber grabado cada segundo para su maldito archivo.

La bilis me quemó la garganta. Las imágenes de la noche —las niñas en el Cementerio, la cacería infantil, la rueda de la fortuna— se agolparon en mi mente como una película de terror proyectada a velocidad de vértigo.

—Huye, Damián. Lejos, donde no puedan alcanzarte. Quieren concluir lo que empezaron hace tres décadas, cuando asesinaron a nuestros padres. No les des esa satisfacción.

—¿Qué culpa tuvieron ellos? —exploté en un susurro áspero, la rabia atorada en mi garganta como un hueso—. Mamá, papá... ¿qué hicieron para merecer esa muerte? ¿Qué secretos guardaron para que nos persigan durante tanto tiempo?

Alenka vaciló. Por un instante, vi en sus ojos la lucha interna entre el deseo de contármelo todo y el miedo a las consecuencias. Luego, tomó una decisión.

—Nos ocultaron verdades esenciales —reveló, su voz tan baja que apenas podía escucharla—. Cosas que no puedo explicar aquí. Este lugar no es seguro para hablar. Cada piedra tiene oídos, cada sombra es un testigo.

Rápidamente, con la destreza de quien ha aprendido a moverse en las tinieblas, deslizó un papel doblado en mi puño cerrado. Sentí el acto del pergamino contra mi piel, diminuto pero pesado como una losa. —Búscame aquí —articuló con los labios, sin emitir sonido—.

Cuando puedas. Pero vete. Ahora.

Y antes de que pudiera retenerla, antes de que pudiera pronunciar palabra, se fundió con los cortinajes de terciopelo carmesí que bordeaban el corredor, desapareciendo como un fantasma en la niebla.

Me quedé inmóvil, el papel quemándome la palma de la mano, el corazón galopando contra las costillas como un caballo desbocado. Veintinueve años de búsqueda, y todo lo que había obtenido era un trozo de pergamino y la certeza de que mi hermana seguía viva en el corazón del monstruo.

Pero también la certeza de que el monstruo me había visto, me había dejado pasar, me había permitido llegar hasta ella. ¿Por qué? ¿Qué jugada estaba preparando Kowalski que requería que yo encontrara a Alenka para luego... para luego qué?

No había tiempo para preguntas. Me mezclé con un grupo de invitados que avanzaban hacia el interior del castillo, fingiendo interés en las conversaciones banales sobre los "espectáculos" de la noche. Pero mi mente volaba, trazaba planes, calculaba riesgos.

Primero: salir de aquí con vida.

Segundo: leer el mensaje de Alenka en un lugar seguro.

Tercero: volver por ella, cueste lo que cueste.

El laberinto de pasillos me escupió finalmente en una sala diferente.

Las máscaras se multiplicaban a mi alrededor, rostros de commedia dell'arte, bestias mitológicas, ángeles caídos, todos igualmente irreconocibles, todos igualmente sospechosos.

Durante lo que parecieron horas, vagué sin rumbo, esquivando miradas, rechazando ofrecimientos, manteniendo la cabeza gacha y el perfil bajo.

Hasta que desemboqué en El Abismo.

El bar era una cavidad excavada en la roca viva, iluminada por velas negras que ardían en candelabros de hierro forjado con formas de manos esqueléticas.

Demonios tallados en ébano custodiaban las mesas de obsidiana, sus ojos de rubí siguiendo a los clientes con una fijeza perturbadora.

En el centro, una barra circular de mármol negro ofrecía toda clase de licores, desde los más comunes hasta algunos cuyas etiquetas reconocí de los archivos de sustancias prohibidas de Interpol.

Un camarero con máscara de cuervo —siempre cuervos, siempre esas aves de mal agüero— sirvió copas con un líquido azul eléctrico que burbujeaba como si contuviera almas atormentadas en su interior.

—Caballeros —anunció un hombre alto enfundado en una capa carmesí, alzando su copa con teatralidad—: el néctar de la eterna juventud.

El Aqua Vitae que nuestros ancestros buscaron en vano y que nosotros, en nuestra sabiduría, hemos recuperado de las cenizas de la historia.

¡Beban, y que la vida eterna los bendiga!

Los invitados a mi alrededor alzaron sus copas con avidez, bebiendo el líquido burbujeante como si realmente creyeran en sus propiedades milagrosas. Yo llevé el cristal a mi nariz, apenas un roce, y un aroma metálico, vagamente familiar, me alertó de inmediato.

Aqua Vitae. Había leído sobre esta sustancia en los archivos de Caronte, en aquellos informes que nadie quería creer.

Un compuesto químico que inducía un estado de euforia y sugestionabilidad extremas, utilizado por ciertas redes para "domesticar" a su mercancía humana.

Sus efectos eran tan devastadores como adictivos, y su composición, un secreto celosamente guardado por los alquimistas modernos de la red oscura.

Mientras los demás bebían con avidez, vertí mi porción en un vial oculto en el forro de mi chaqué, un movimiento ensayado cientos de veces que apenas requirió un segundo de atención.

Luego, fingí el éxtasis, palmeando espaldas sudorosas, riendo con risas que no sentía, integrándome en la masa informe de depredadores que celebraban su propia degradación.

Pero en mi interior, una alarma silenciosa había comenzado a sonar.

Aqua Vitae. ¿Por qué lo servían tan abiertamente? ¿Por qué permitían que los invitados bebieran algo que podría dejarles secuelas permanentes? A menos que... a menos que no fuera para los invitados. A menos que estuviera destinado a otra persona.

A alguien como yo.

La salida del bar me devolvió a pasillos donde decenas de ojos femeninos me seguían con hambre depredadora.

Mujeres semidesnudas, ataviadas con lencería de encaje y máscaras de plumas, ofrecían sus cuerpos como si fueran mercancía en exposición.

Pero ninguna llevaba el azul tormentoso de los ojos de Natasha, ninguna tenía esa mezcla de inocencia y picardía que me volvía loco.

Rechacé los avances con sacudidas bruscas de hombros, con negativas cortantes, con toda la hostilidad que podía permitirme sin levantar sospechas.

Hasta que un sector de divanes bajos y música de cuerdas me ofreció la tregua que necesitaba.

Me dejé caer en uno de ellos, cerrando los ojos por un instante, intentando procesar todo lo que había visto, todo lo que había sentido.

—¿Champaña, señor? —ofreció una camarera cuya máscara de plata dejaba ver una cicatriz serpenteante que le recorría el cuello de lado a lado.

Acepté la copa por inercia, pero al inclinarme para beber, fragmentos de un susurro llegaron a mis oídos:

—... ojos azules con destellos ámbar... esa fue la descripción... servirle el Pureza en la siguiente copa...

El mundo se detuvo.

Mi disfraz había fallado. Mis ojos, esa rareza genética que había heredado de mi madre —uno azul, otro ámbar— me habían delatado. Y ahora tenían una copa preparada con Pureza, probablemente la misma sustancia que acababan de servir en El Abismo con otro nombre.

No dudé. Me integré a un grupo que avanzaba hacia los vestíbulos de salida, manteniendo la cabeza gacha, el paso firme pero no apresurado, la respiración controlada. Nadie debía notar mi huida. Nadie debía sospechar que había escuchado.

Al cruzar el umbral exterior, la brisa salina del lugar —ese aroma a mar y libertad— limpió mis pulmones del hedor a incienso, sangre y decadencia que había estado respirando durante horas. El cielo, un manto negro salpicado de estrellas, nunca me había parecido tan hermoso.

El Bentley Continental GT me esperaba en el muelle 7, exactamente donde lo había dejado. El chofer, un hombre de confianza de Laurent, asintió en silencio cuando me deslicé en el asiento trasero. Arranqué la máscara con violencia, lanzándola al suelo del vehículo como si quemara.

—Gracias por salvar mi trasero otra vez —dije a través del teléfono, mi voz temblorosa a pesar de mis esfuerzos por controlarla.

Del otro lado de la línea, la risa de Caronte resonó como un graznido metálico.

Ese bastardo siempre hacía lo mismo, siempre se reía de mis desgracias como si fueran el mejor de los espectáculos.

Pero era al único que había informado de mi visita a esta estúpida fiesta, al único en quien confiaba para tener una salida si las cosas se torcían.

—Esto aún no termina —advirtió, y escuché cómo exhalaba el humo de su puro, imaginé sus ojos entrecerrados tras la pantalla—. Kowalski sabe que estuviste allí. Sabe que hablaste con ella. El juego apenas comienza, Damián.

Cortó la comunicación antes de que pudiera replicar.

Apoyé la cabeza en el reposacabezas de cuero, dejando que el zumbido del motor y el movimiento del vehículo me mecían como a un niño.

Saqué el vial de Aqua Vitae de mi chaqué, observando cómo el líquido azul brillaba en la penumbra del coche.

Mañana lo enviaría a Mike, a sus laboratorios en México.

Necesitaba saber qué demonios me habían intentado dar.

Luego, revisé el informe que Mike me había enviado horas antes en mi Tablet.

Los datos bailaron ante mis ojos: la red de Adam Kowalski operaba tras veinte aplicaciones de citas falsas, perfiles de "hombres adinerados" que prometían amor eterno a cambio de una cosa: inocencia.

La misma trampa con piel digital, el mismo cebo que había capturado a Elsa, a tantas otras, a quién sabe cuántas más.

Apoyé la frente contra el vidrio frío de la ventanilla. Las luces de Sinaia se desdibujaron en manchas doradas, acuarelas de una ciudad que no volvería a pisar. Un cansancio repentino, más profundo que cualquier agotamiento físico que hubiera experimentado, pesó sobre mis párpados como una losa.

Algo está mal, pensé, demasiado tarde.

La debilidad se extendió por mis venas como tinta en agua, como veneno en torrente sanguíneo.

Mis dedos, aún aferrados al vial, perdieron la fuerza.

Mi cabeza, pesada, se inclinó hacia un lado.

Antes de que mi cerebro pudiera registrar el sabor metálico, vagamente dulzón, del Pureza en la champaña que había aceptado de la camarera de la cicatriz, la oscuridad me atrapó en sus fauces.

La última imagen que se proyectó en mi mente fue el rostro de Natasha, sus ojos lila llenos de luz, su sonrisa prometiéndome un futuro que quizás nunca llegaría.

Luego, nada.