Inquina Parte Dos #13
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Parte Dos #13

La miré a través del reflejo en la pantalla, viendo su imagen duplicada: la mujer real detrás de mí, sólida y determinada, y su fantasma digital flotando sobre la invitación gótica.

Su expresión era de una lealtad feroz que me atravesó como una descarga eléctrica, fundiendo por un instante el hielo que llevaba décadas acumulando alrededor de mi corazón.

Esta mujer, mi ninfa del kebab, mi Afrodita de lino amarillo, mi compañera en el lecho y en la guerra digital, estaba dispuesta a descender al mismo infierno que yo, no por obligación, sino por elección.

—Será peligroso de un modo para el que no estás entrenada, Natasha. No es como infiltrarse en una fiesta de la alta sociedad. Allí, si te descubren, no habrá escándalo social. Habrá tortura, venta al mejor postor, o una muerte lenta como entretenimiento para los invitados.

—Estoy entrenada en ti —replicó sin vacilar, sus manos apretando las mías—.

En leer tus silencios, en anticipar tus movimientos, en saber cuándo estás mintiendo y cuándo estás a punto de matar a alguien.

Y en sobrevivir en un mundo que quiere devorarte solo por ser quién eres, por querer lo que quieres, por amar a quien amas.

Además —añadió, una chispa de su antigua picardía regresando a sus ojos, iluminando la oscuridad del búnker—, si voy a ser la señora Bonet, debería ver de qué está hecho el negocio familiar, ¿no?

No puedo administrar un imperio si no conozco sus cimientos más oscuros.

Una risa ronca, cargada de incredulidad y un profundo, terrorífico orgullo, me brotó del pecho.

La atraje hacia mí, haciéndola sentarse de nuevo en mis piernas, y enterré mi rostro en el hueco de su cuello, inhalando su esencia a jazmín silvestre, valentía y ese toque de lavanda que siempre llevaba en la piel.

En ese momento, rodeado por las pantallas que mostraban los peores horrores de la humanidad, encontré el único fragmento de cielo que me importaba.

—Muy bien, mi audaz futura esposa —murmuré contra su piel, sellando el pacto con palabras y con contacto—.

Pero seguimos mis reglas. Cada movimiento, coreografiado al milímetro.

Cada palabra, medida y con doble sentido.

Cada mirada, calculada. Y al primer signo de peligro real, al primer indicio de que te han identificado o de que la situación se descontrola, te vas.

No discutes, no protestas, desapareces usando los protocolos que estableceremos.

Esa es mi única condición no negociable.

—Negociado —susurró ella, sus labios rozando mi sien en un beso que era promesa y estrategia—. Ahora, dime el plan. Setenta y dos horas no son muchas para preparar una incursión al corazón de la oscuridad.

Mis ojos regresaron a la pantalla, al contador que inexorablemente seguía su marcha hacia el momento cero. En mi mente, el plan comenzaba a tomar forma, una danza intrincada de mentiras, tecnología, seducción y puro descaro que tendría que ser impecable para que sobreviviéramos.

—Primero, necesitaremos máscaras. No disfraces a cualquiera.

Algo que diga quiénes somos sin pronunciar una palabra, que establezca nuestro lugar en esa jerarquía perversa.

Pensé en algo basado en la mitología eslava: tú serás Zorya, la diosa de la estrella de la mañana, protectora de los guerreros.

Yo seré Czernobog, el dios de la oscuridad y el caos.

Máscaras de plata y obsidiana, con detalles en zafiros —tus ojos— y rubíes —sangre.

—¿Dioses eslavos en Transilvania? —preguntó, una ceja arqueada en expresión crítica.

—Precisamente porque no encaja, llamará la atención.

Demostrará que no seguimos sus reglas, que creamos las nuestras.

Segundo, necesitaremos una historia, una identidad que les resulte creíble a esos monstruos.

Seremos coleccionistas rusos excéntricos, herederos de una fortuna de la era soviética, especializados en.

… arte sacro pervertido. Tú, una experta en iconografía corrupta.

Yo, en reliquias sangrientas. — Hice una pausa, viendo cómo asimilaba los detalles—.

Y tercero... — apreté el botón que aceptaba la invitación, introduciendo un código de acceso de doce caracteres que había robado meses atrás del servidor personal de un hacker ucraniano ahora desaparecido—, necesitaremos un regalo para el anfitrión.

Algo lo suficientemente valioso como para ganarnos una audiencia privada, y lo suficientemente peligroso como para recordarles que no están tratando con víctimas, sino con depredadores de su mismo calibre.

—¿Como qué? —preguntó Natasha, su mente ya trabajando junto a la mía, anticipando, cuestionando, perfeccionando.

Una sonrisa fría se dibujó en mis labios, la sonrisa del hombre que había sobrevivido a la masacre de su familia y había construido un imperio desde las cenizas.

Mis dedos abrieron un archivo encriptado marcado con un símbolo de un ojo dentro de una pirámide.

En la pantalla aparecieron los planos tridimensionales de un sistema de seguridad que había diseñado para un banco privado en Zúrich, pero que nunca entregué.

—La llave de la Bóveda de los Susurros. Se rumorea en los círculos más oscuros que existe una cámara acorazada bajo los Alpes suizos que guarda los secretos que hasta los Siete Señores temen que se revelen: registros de nacimientos ilegítimos de casas reales, pruebas de experimentos humanos de corporaciones, filmaciones de rituales que involucran a jefes de estado.

.. Les diremos que la tenemos, que podemos acceder a ella.

Eso los obligará a llevarnos al núcleo, a donde sea que se reúnan los líderes, porque querrán esa llave, o querrán asegurarse de que no caiga en manos de sus rivales.

—¿Y si quieren la llave de verdad? ¿Si exigen pruebas?

—Les daremos una —dije, cerrando el archivo y abriendo otro, este marcado con un símbolo de serpiente enroscada—.

Una llave que abrirá no una bóveda física, sino sus redes internas a un virus tan silencioso y letal que ni sus mejores técnicos lo detectarán.

Un gusano que, cuando salgamos de allí, habrá copiado el nombre de cada cliente, la ubicación de cada centro de operaciones, cada transacción financiera, cada archivo de video.

.. y quizás, solo quizás, el paradero de mi hermana. Lo llamaré "Lágrima de Alenka".

Natasha asintió lentamente, asimilando la magnitud de la jugada.

No era solo infiltrarse; era declarar la guerra desde dentro, envenenar el pozo del que bebían sus enemigos.

Era arriesgado, temerario, y la única jugada que ofrecía una posibilidad real de ganar algo más que una simple victoria pírrica.

—Setenta y dos horas —dijo, mirando el contador que ahora marcaba 71:45:22—. ¿Es tiempo suficiente para preparar máscaras, historias, identidades, un virus y un plan de escape?

—Tendrá que serlo —respondí, apartando la comida fría y colocando mis manos sobre el teclado, sintiendo la energía que fluía entre nosotros, una sinergia peligrosa y perfecta—.

Porque mañana por la mañana, tu vestido de novia tendrá que competir con el traje de infiltración más caro y mortífero que el dinero pueda comprar.

Y por la tarde, empezaremos el entrenamiento: lenguaje corporal de depredadores, códigos de gestos en ambientes hostiles, identificación de armas ocultas, y cómo inyectar un veneno de acción retardada con un beso.

—Siempre el romántico —bromeó ella, pero sus ojos eran serios, enfocados, listos para la batalla.

—Empecemos —dije, y mi mundo se redujo a dos cosas: la mujer a mi lado y la misión que teníamos por delante.

Y mientras, en las pantallas, la luna de sangre se alzaba metafóricamente sobre el horizonte digital y el corazón infantil en formol seguía recibiendo pujas cada vez más altas, los dos nos sumergimos en la planificación de nuestra incursión al corazón de la oscuridad.

Donde el romance de nuestro futuro chocaría con el abismo de mi pasado, donde los enemigos podrían convertirse en amantes perversos de la misma danza mortal, y donde la mafia digital y la de sangre y hueso se encontraban para celebrar su simbiosis depredadora.

El Castillo de Bran —la supuesta morada de Drácula— nos esperaba en las montañas de Transilvania.

Y con él, todas las respuestas que había perseguido durante veintinueve años de oscuridad, y todos los peligros que podían terminar con la frágil felicidad que acababa de encontrar.

Esta vez, la cacería sería mutua. Y solo uno de los depredadores saldría vivo de la madriguera.

La pantalla central del búnker parpadeó con la violencia de un relámpago antes de solidificarse en el rostro desencajado de Laurent. Sus ojos, siempre tan calculadores, estaban ahora inyectados en un mar de venas rojas que hablaban de noches sin dormir y de una ira antigua.

—¡Estás loco, Damián! ¡Lanzar a Natasha directamente al matadero de Kowalski no es una estrategia, es un suicidio con testigo!

— su voz, distorsionada levemente por el cifrado satelital, retumbó en el espacio hermético—.

¿Crees que ese psicópata no tiene archivos?

¿Que no reconocerá a la modelo estrella de tus campañas publicitarias, a la mujer que has exhibido como un trofeo en la portada de Forbes y en cada revista de sociedad de Estambul a Nueva York?

Mi mandíbula se apretó hasta doler. El puño que reposaba sobre el frío cristal de mi escritorio se cerró con tal fuerza que los nudillos brillaron blancos bajo la luz azulada.

Un impulso primitivo, el mismo que me había mantenido con vida en los callejones más sórdidos de Europa, ansiaba atravesar la pantalla y ahogar sus palabras con mis manos.