Inquina Parte Dos #14
38%

Parte Dos #14

—Ella no es una marioneta, Laurent. Traza su propio camino con una voluntad que haría retroceder a la mayoría de los hombres que conocemos —repliqué, forzando una calma que no sentía—.

Algo que tú, desde tu atalaya de seguridad en Manhattan, pareces haber olvidado.

Como olvidaste elegir quedarte en Londres cuando yo necesitaba. ..

—¡No uses nuestro pasado como escudo para tu temeridad de ahora!

—cortó su voz, un filo de acero que hendió el aire cargado de la sala—.

Yo te recogí de las cloacas de Bucarest, Damián.

Te saqué de entre la basura y los depredadores humanos que ya olían la sangre fresca en un niño polaco perdido.

Te enseñé a distinguir entre robar para sobrevivir y robar para construir.

¿Es así como pagas esa deuda? ¿Enviando a la mujer que dices amar a la boca del lobo más sanguinario que hemos enfrentado?

El nombre Bucarest cayó entre nosotros como una granada sin seguro.

Desenterró memorias que había sepultado bajo capas de acero y éxito: el frío cortante de un invierno rumano, el olor agrio del miedo y la podredumbre, la figura demacrada pero feroz de un Laurent veinteañero defendiéndome de traficantes de órganos con un tubo de hierro oxidado, su espalda contra la mía.

Las noches compartiendo una ración de sopa aguada, el calor de un solo saco de dormir en un apartamento infestado de ratas.

Sus manos, hábiles y pacientes, falsificando documentos de identidad y certificados académicos para mi ingreso al Politécnico de Varsovia, mi primer paso fuera del infierno.

Ahora, ese mismo hombre manejaba las finanzas legales de mi imperio desde un ático con vistas a Central Park, pero la cicatriz que le cruzaba el labio inferior —regalo de un cuchillo en aquel callejón— seguía ahí, un recordatorio silencioso de todo lo que debíamos el uno al otro.

—La deuda se paga con lealtad, no con obediencia ciega —respondí, desviando el curso emocional del choque hacia el terreno que dominaba: los datos—.

Adam Kowalski, utilizando una red de testaferros en las Islas Caimán, las Seychelles y Panamá, adquirió hoy tres cadenas hoteleras de lujo en el Mar Negro.

Transacciones fantasmas, lavado de alta ingeniería financiera.

—Proyecté sobre una pantalla lateral las transferencias, diagramas de entidades corporativas que se entrelazaban como serpientes—.

Pero su arrogancia lo delata. En el algoritmo de encriptación del pago final, hay una firma digital residual, una vanidad codificada.

Coincide al 99.7% con la firma del usuario Rey en los foros de mando de la Telaraña Oscura.

No es un socio comercial, Laurent. Es el mismo monstruo.

Mientras Laurent, con el ceño fruncido y el profesionalismo superando momentáneamente la rabia, analizaba las líneas de código y los flujos de dinero, en una ventana secundaria y silenciosa, una subasta distinta llegaba a su fin.

El Retrato de Adele Bloch-Bauer I de Gustav Klimt, una de las pinturas más robadas y buscadas de la historia, encontraba un nuevo dueño por una suma que haría temblar los cimientos del mercado del arte tradicional.

Los fondos, dirigidos a través de una maraña de fundaciones benéficas fantasma, terminarían en una cuenta numerada cuyo único beneficiario era un orfanato en las afueras de Varsovia, uno que llevaba el nombre de una mujer polaca de cabello trigo y ojos azul hielo.

Las ironías del destino, o quizás de mi propia conciencia, nunca dejaban de sorprenderme.

—Hay más —Laurent interrumpió mis pensamientos, su voz ahora grave, cargada de una ominosa certeza—.

Utilizando los accesos que nos diste a los registros de propiedades de Europa del Este, cruzados con los movimientos financieros de Kowalski…

la antigua finca de tu madre, el castillo en los Cárpatos moldavos, aparece en sus activos desde hace dos años.

Lo compró a través de un Shell Company con un precio irrisorio.

—Hizo una pausa, tragando saliva—. Los informes de satélite y algunas…

filtraciones de personal contratado localmente, indican que no está abandonado.

Kowalski lo ha convertido en una especie de residencia privada. Con un… zoológico.

La palabra, dicha con deliberada ambigüedad, cayó como un bloque de hielo en el centro de mi pecho, expandiendo un frío que me heló la sangre hasta la médula.

—¿Zoológico? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Mi mente, entrenada para lo peor, ya estaba conectando puntos.

—Especies exóticas, según la descripción de los proveedores de alimentos y servicios.

Pero hay partidas de gastos muy específicas: ropa de tallas infantiles, juguetes de alta gama, material médico pediátrico, y cantidades obscenas de sedantes.

—Laurent proyectó en la pantalla compartida una lista, y luego una serie de fotografías satelitales de baja resolución, pero inquietantemente claras: vehículos blindados entrando en los patios, figuras pequeñas siendo conducidas desde ellos hacia el interior del castillo bajo vigilancia—.

En los últimos seis meses, al menos doce «especímenes nuevos» han sido ingresados, según el chófer de uno de los proveedores, sobornado.

Las descripciones son vagas, pero hay patrones recurrentes: edad estimada entre nueve y doce años.

Sexo femenino. «Rubias como el trigo, con ojos claros, azules o verdes».

El aire se espesó hasta volverse irrespirable.

Cabello trigo. Ojos azul hielo. Nueve a doce años.

La edad exacta de Alenka cuando la arrancaron de mi lado en el muelle de Estambul.

No era una coincidencia. Era una firma. Un trofeo coleccionable para un depredador con gustos específicos.

El nudo en mi garganta era una bola de ira y terror tan densa que por un momento creí que me asfixiaría.

—Mándame todo —ordené, mi voz un ronquido apenas reconocible—. Cada foto, cada informe, cada rumor. Y localiza a ese chófer. Quiero hablar con él. Personalmente.

Laurent asintió, su rostro ahora marcado por una sombra de compasión que detestaba recibir.

—Damián… si ella está allí…

—No digas nada más —corté en seco—. Solo envíame los datos. Y prepárate. Vas a necesitar mover fondos masivos, y rápido. Para cuando salgamos de Bran, la guerra estará declarada abiertamente.

La transmisión se cortó, dejando la pantalla en un negro repentino que pareció absorber todo el sonido de la habitación.

El posterior zumbido de los servidores, el latido constante de la tecnología que era mi extensión, se volvió de pronto ensordecedor, un Tinnitus digital que resonaba en mis oídos.

En la pantalla central, sin que yo lo ordenara, había reaparecido el mapa de rutas de tráfico coronado por el logotipo siniestro de Ztote Prostytutki —Prostitutas Doradas—.

Cada punto rojo brillante marcaba una ruta de «mercancía premium» con destino a emiratos árabes, principados europeos y residencias ultra discretas en Sudamérica.

Vírgenes verificadas, con pedigrí académico y genético, empaquetadas como objetos de arte vivientes.

Mis ojos se fijaron en un punto concreto, una ruta que partía de Odessa y terminaba en una ubicación en los Cárpatos rumanos, no lejos del Castillo de Bran. El destino final estaba etiquetado simplemente como «El Aviario».

—Caronte, viejo amigo —murmuré hacia el vacío, hacia el fantasma del hacker que había sido mi mentor y ahora era una incógnita—, si aún estás vivo en alguna parte de este infierno, necesito que me ayudes a romper esta red. Necesito ver lo que hay dentro del Aviario.

Mis dedos volaron sobre el teclado, activando una secuencia de comandos reservada para amenazas existenciales.

El Protocolo Medusa. Un ejército de gusanos de código, cada uno con una firma única e indetectable, se infiltraría en los nodos de Ztote Prostytutki y en cualquier servidor relacionado con Kowalski.

No para robar datos, no todavía, sino para mapear conexiones, encontrar puntos débiles, crear puertas traseras.

Era una jugada peligrosa, equivalente a esparcir hilos de telaraña en la guarida de una araña más grande. Pero era la única manera.

Mientras los algoritmos trabajaban, la pantalla de invitación a The Black Lotus en el Castelul Bran recuperó su protagonismo.

Al aceptar digitalmente, mis sistemas de seguridad se habían encapsulado automáticamente en una burbuja de código fantasma, una suite de encriptación dinámica que cambiaba mi firma digital miles de veces por segundo.

Ni la NSA, ni el GRU, ni los mejores hackers de Kowalski podrían rastrear mi conexión hasta su origen físico ahora.

Era un traje de invisibilidad digital. Pero en el mundo físico, en ese castillo de piedra fría, sería solo un hombre con una máscara, y una mujer a la que estaba llevando al corazón de la pesadilla.

El vibrar insistente de mi móvil personal, un dispositivo desconectado de todas las redes del búnker, cortó la espiral de pensamientos oscuros.

Al deslizar la pantalla, la imagen de Natasha llenó el marco.

Estaba en nuestra habitación, en el penthouse, sumergida en mi vieja camisa de algodón negro que le quedaba enorme, su melena rubia revuelta y gloriosamente despeinada.

El fondo suave de luces tenues y sábanas de satén era un universo aparte del frío tecnológico de mi búnker.

—¿Tienes planeado venerar a tus máquinas y a tus fantasmas digitales toda la noche, señor Bonet?

—preguntó, su voz cargada de una ronquera sensual y una pizca de genuina preocupación—.

O has olvidado que tu novia, la que supuestamente va a arriesgar su precioso cuello contigo en unos días, está aquí, esperando. Y se está enfriando.

Al apagar las pantallas principales con un gesto, la imagen del corazón infantil en formol, de las rutas de tráfico y de los ojos de Laurent, persistió flotando tras mis párpados, una quemadura retiniana de los horrores que habitaban mi mundo.

Pero al responder, al forzar mi atención hacia su rostro iluminado por la pantalla del teléfono, mi voz se transformó, encontrando una serenidad que solo ella podía extraer de las profundidades de mi caos.

—En camino, malen'kaya —dije, usando el apelativo ruso que le gustaba—. No te muevas. Guarda ese calor para mí. Lo voy a necesitar.

Colgué y permanecí un momento en la oscuridad, solo iluminado por las luces de estado de los servidores, como estrellas rojas y verdes en una galaxia de metal.

Antes de levantarme, guardé un último archivo en la unidad irrompible.

Lo titulé, tras un momento de duda, no con un código, sino con un nombre claro: Operación Afrodita.

Dentro, no solo estaban los planos arquitectónicos detallados del Castelul Bran —obtenidos de los archivos históricos rumanos y de escáner térmicos por satélite que mostraban pasadizos ocultos—, o los diseños de Cartier para un anillo de compromiso que haría palidecer incluso las joyas de los zares Romanov.

También había un documento de una sola página, un testamento digital actualizado que dejaba cada activo, cada acción, cada secreto, a Natalia "Natasha" Page, en caso de que yo no saliera de Transilvania.

Y debajo, en letra más pequeña, una cláusula: Si Alenka Bonet es encontrada con vida, el 50% de todo pasa a su nombre, con Natasha como tutora legal.

Era más que un plan. Era la cartografía de mi redención o de mi perdición final.

Y ambas rutas pasaban, inevitablemente, por la mujer que me esperaba arriba, y por el castillo embrujado que nos aguardaba en las montañas donde la leyenda decía que los monstruos, al menos los que tenían colmillos y capa, habían nacido.

Los nuestros, los modernos, eran peores. Y nos íbamos a sentar a su mesa.