Inquina Parte Dos #9
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Parte Dos #9

—Tus padres aparecen en archivos borrados —intervino Michele, sin levantar la vista de la pantalla—. Como si alguien hubiera limpiado meticulosamente su historial. Es un trabajo profesional.

De pronto, Michele estalló, la tensión rompiendo su frágil autocontrol:

—¡Esto es la Telaraña Oscura, Damián! ¿Es que buscas que repita lo de Londres? ¿Quieres que me destruyan?

—¡Yo fui el desterrado a Londres! —rugí, plantándome frente a él hasta invadir su espacio—. Este imperio lo levanté desde las cenizas, sobre cadáveres y secretos enterrados. No me des lecciones de cautela, Michele.

Alexander intentó tender un puente, su voz un dique contra nuestra marea de furia:

—Caronte te advirtió que no escarbaras...

—¡Caronte es un mercenario cobarde! —Salí a la terraza, donde el viento helado de la noche azotó mi rostro, tratando de amansar a los demonios que bailaban en mi interior.

Sus brazos me cercaron por detrás, un abrazo que era a la vez fortaleza y rendición.

—Vinieron porque los llamaste. Confía en ellos, como ellos confían en ti.

—No lo entenderían...

—¡Entonces explícales! —Me giró hacia ella, sus ojos llameantes de determinación—. ¿Qué buscas realmente en este abismo, Damián? ¿Justicia o venganza?

Mi silencio fue un abismo que se tragó todas las respuestas. Golpeé el muro de hormigón con el puño hasta que los nudillos se abrieron y la sangre pintó la pared gris.

—¡Basta! —Su grito me paralizó. Lágrimas plateadas surcaban sus mejillas, cada una acusación—. No te destruyas. No permitiré que lo hagas.

La atraje contra mi pecho, enterrando mi rostro en su cuello. Su pelo olía a tormenta calmada, a promesas de paz.

—Perdón —murmuré en su piel, una oración secular—. Lo siento.

De vuelta en la sala, Michele destapó la última capa de traición:

Mancini, un socio de años, había vendido datos críticos a Cassandra.

Ella también es parte de esta trampa mortal, comprendí con amargura.

Michele no mostró piedad alguna al destrozar lo último que quedaba del pequeño imperio de Cassandra, el único fondo que le permitía aspirar a una vida tranquila lejos del fango.

Después de la tensión, y una vez que por fin tuvimos un poco más de información sobre la Telaraña, Mike seguía preocupado por el futuro, por Camila y por lo que pasaría si ella no regresaba a su lado. Natasha tejió un plan con la astucia de un general en el campo de batalla:

—Si a ella le gusta bailar, ¡báilale! Si falla... al menos sabrás que te odia sin remedio.

Mientras los demás reían, aliviando la presión, mi mano descendió por la espalda de Natasha. Sus músculos se tensaron bajo la seda fina de su blusa.

—¿Mojada por mí? —El susurro le erizó la piel en la nuca—. Lo estarás —prometí al soltarla bruscamente, marcando la distancia que siempre intentábamos borrar.

La llevé a una sala anexa, un cubículo sin ventanas destinado a almacenar equipos. La desnudé contra la puerta, la madera crujiendo bajo nuestro peso. Sus piernas me ciñeron la cintura con fuerza desesperada mientras explorábamos bocas con la urgencia de náufragos que ven la costa.

—Eres una maldita obra de arte —murmuré ante sus pechos al aire, besando la piel que sabía a sal y destino.

La penetración fue un ritual antiguo, un lenguaje de sudor, gemidos ahogados y uñas que grababan promesas sangrientas en mi espalda. Cuando el clímax nos quebró, partiéndonos en dos, sus dientes sellaron el éxtasis en mi hombro, dejando una marca que juraría eternidad.

De regreso a la sala principal, Sebastián lanzó el dardo envenenado con una sonrisa burlona:

—Solo tú follas en búnkeres ultrasecretos, Bonet. El estilo, supongo.

—No es mi culpa que tu novia esté en México —ajusté el cinturón con una sonrisa de lobo—. Pronto será tu esposa y te perderemos para siempre en un nido de almohadas y responsabilidades.

Mike, se rio de nuevo, entregó el último dato crucial: un acceso cifrado a la red privada de Kowalski. El juego verdadero, el que llevaba años esperando, comenzaba por fin.

La mañana del lanzamiento respiró una tensión eléctrica, un presentimiento que se cernía sobre la fina capa de lujo y perfección.

Erdoğan confirmó que cada detalle pulía el abismo hacia la excelencia: alfombras de terciopelo negro que absorbían la luz, motocicletas alineadas como centuriones metálicos a la espera de la batalla, copas de cristal tallado esperando el champán que envenenaría las sonrisas.

Mientras el agua helada de la ducha golpeaba mi espalda en el vestidor ejecutivo, imaginé a Natasha descendiendo del Bentley.

Ella sería el imán que atraería todas las miradas, el cebo y la diosa, pensé, secándome con la brusquedad del que se viste para la guerra.

En el centro de control, las pantallas dividían la realidad en ángulos mortales: jeques con keffiyeh inmaculados, oligarcas con sonrisas de tiburón, socios cuyos nombres manchaban registros en la Telaraña Oscura.

Ajusté el nudo de la corbata de seda azul noche, un lazo alrededor de mi propia garganta. Hora de actuar.

Al cruzar el vestíbulo, un silencio repentino, más elocuente que cualquier estruendo, cortó el murmullo de la multitud.

Todas las cabezas giraron hacia la entrada principal como movidas por un mismo resorte.

Natasha emergió bajo el pórtico de mármol, envuelta en un vestido dorado que fundía el arte de Versace con una advertencia letal: Tócame y morirás.

La tela, líquida y rebelde, ceñía sus curvas hasta estallar en un escote que detuvo respiraciones.

La espalda al descubierto —un arco perfecto desde los hombros hasta el sacro— desató un coro de susurros en ruso y árabe, el sonido del deseo y la codicia.

Avancé. Instinto de depredador reconociendo a su pareja en la caza.

—Suculenta. Y mía —susurré al posar la mano en la curva baja de su espalda. Un estremecimiento involuntario, un escalofrío de placer, recorrió su piel bajo mis dedos.

Los flashes iniciaron su asedio, cegándonos con su luz fría.

Ella sonrió para las cámaras, la diosa perfecta, pero al volverse hacia mí, sus ojos me desafiaron con una pregunta ardiente: ¿Te atreves a poseerme aquí, delante de todos?

La respuesta fue tomarle la cintura y besarla con una posesión que no admitía dudas.

Un gemido ahogado vibró entre mis dientes cuando sus uñas clavaron una advertencia dulce y punzante en mi nuca.

En la sala de exposición, entre motocicletas que reflejaban su imagen como espejos obscenos, señalé el cartel principal: Natasha con traje de cuero rojo, sus piernas abrazando el tanque cromado de una Bonet V9 con intimidad letal.

—Prefiero a la modelo —dije, mi voz un ronroneo solo para sus oídos.

—Gracias por convertirme en tu musa —respondió, rozando su cadera contra mi entrepierna con una provocación calculada—. Y obsesión.

Erdoğan nos interrumpió con una discreta inclinación de cabeza: Todo listo.

Al fondo, Michele Brown encerraba a Camila Durand en un abrazo que hablaba de guerras privadas y segundas oportunidades.

El comercial se proyectó en la pantalla gigante, mostrando a Natasha en slow motion: su cabellera era una melena de oro al viento, el vestido deslizándose sobre sus muslos desnudos mientras montaba la Bonet V9.

En la penumbra del auditorio, mi mano apretó el borde del podio hasta que los nudillos blanquearon.

Cada hombre en la sala contuvo el aliento cuando la cámara capturó, con obscena delicadeza, el roce de sus pechos contra el cuero del tanque.

Al subir al escenario, las luces cegadoras me convirtieron en una estatua de mármol y ambición:

—Esto no es solo metal. Es libertad forjada con elegancia pura —dije, mi voz un látigo que cortó el silencio expectante—. Disfruten la cacería.

Los aplausos estallaron. Círculos de poder se sellaron con champaña y miradas cómplices.

Camila Durand alzó su copa, el vino tinto de Nuevo Terreno sangrando contra la luz blanca:

—Con esto, hasta mis clientes más exigentes preguntarán por el viñedo.

Michele apretó su cintura con un gesto de territorialidad que imité de inmediato, atrayendo a Natasha contra mí con un brazo firme alrededor de su cintura.

Mientras ellas conversaban —Natasha señalando detalles del vestido con entusiasmo fingido, Camila sonriendo por primera vez en meses—, mis ojos escanearon el teatro de sombras que nos rodeaba:

Allí, el magnate petrolero saudí cuyo hijo menor compraba niñas en los mercados de Tiflis.

Allá, el banquero suizo de rostro impasible que blanqueaba las ganancias de la Telaraña Oscura.

Y en mi brazo, la única mujer que había logrado hacer latir de nuevo un corazón que creía de piedra. La mujer que, sin saberlo, era a la vez mi redención y mi condena.

Parte Dos

“El tiempo nos cambia, pero la esencia de lo

que somos permanece

intacta.”

La reina de los Condenados

Un Respiro Necesario

El último acorde de la orquesta seguía vibrando en mis huesos cuando la arrastré fuera del salón de mármoles.

No fue un gesto de caballerosidad, sino de posesión animal.

Cada segundo de los últimos sesenta minutos había sido una tortura exquisita: observar cómo Natasha se movía entre las sombras doradas del vestíbulo, sabiendo que cada balanceo de sus caderas bajo el vestido de seda era una ceremonia privada ejecutada ante ciegos.

Mi deseo se había convertido en un peso físico, una condena que me recordaba que, a pesar de todo el poder que acumulaba, frente a ella solo era un hombre al borde del abismo.

El Bentley devoró las calles de Estambul con un rugido que era mitad motor, mitad rabia.

Pisé el acelerador hasta que el pedal pareció fundirse con la suela de mi zapato, desgarrando el velo de la noche con infracciones que Erdoğan borraría de los sistemas antes del amanecer.

Natasha no dijo una palabra, pero sus dedos se clavaron en mi muslo, no con miedo, sino con una tensión refleja que delataba la misma electricidad que me quemaba las venas.