Parte Dos #8
—Iré porque tú lo ordenas —juré, mordiendo su clavícula con una mezcla de deseo y rendición—. Pero antes, te haré el amor hasta que olvides tu propio nombre.
El bar del Four Seasons olía a cuero añejo y malta cara, a historias que nunca se contarían en público. Michele, Sebastián y Alexander ocupaban una mesa junto al ventanal, el Bósforo serpenteando bajo la noche estrellada como una culebra de plata.
—¡Creí que no vendrías! —Alexander empujó hacia mí una pilsner turca que brillaba como oro líquido.
—Agua tónica con lima —corregí, haciendo una seña al camarero.
—¿El temible Damián Bonet, domado? —Sebastián fingió desmayarse sobre el sillón de terciopelo.
Michele permanecía mudo, sus dedos tamborileando una melodía nerviosa sobre el cristal. No era broma cuando Alexander dijo que estaba enamorado y quería recuperar a Camila.
—Gracias por ayudarme con Camila —murmuró al fin, sin levantar la vista.
—Para eso está la familia —respondí. La palabra resonó extraña, casi ajena, en mis labios—. Pero ¿qué pasó exactamente?
—La dejé irse con Fabián y ahora están juntos en Italia. —Un odio primitivo y familiar se encendió en mi pecho hacia ese hombre.
Las anécdotas universitarias fluyeron como el alcohol: apuestas temerarias en Montecarlo, la noche que Michele me pilló dormido junto a su novia, mi exilio forzado a Oxford... Todo hasta estrellarse brutalmente contra el presente:
—¿Cómo la reconquisto? —preguntó Michele, desesperación genuina en la voz.
—Dile que la extrañas, mándale un mensaje ahora mismo; arruina sus momentos felices con ese imbécil en Italia. Usa la cabeza, Mike. Tú más que nadie sabes lo que adora.
Alexander soltó la bomba con sonrisa de lobo:
—Mejor aún: ráptala. Llévala al bosque. Cántale Eat You Alive como en ese video de los 2000s.
El silencio fue absoluto. Luego, carcajadas estallaron como cristales rotos.
—¡Genial! —Alexander dibujó en el aire un escenario absurdo—: Nosotros corremos cual videoclip. Mike en moto, tú con guitarra falsa… Sebastián, pues siendo Sebastián.
—Podríamos hacerlo sublime —interrumpí, la idea cobrando forma en mi mente—: Una reunión en México. Con ellas. Sorprenderla donde todo empezó: Nuevo Terreno.
La confesión de Sebastián llegó en el tercer round de cervezas.
Sacó una caja de terciopelo azul noche:
—Le pediré matrimonio a Adriana.
—¡No es para ti, idiota! —le espetó a Alexander, quien fingía otro desmayo teatral.
Escuchamos su historia entre risas y brindis, confirmando que estaba realmente enamorado y no quería separarse de ella nunca.
Mi consejo había dado frutos inesperados: Michele reveló que Camila se había peleado con Fabián y necesitaba un lugar donde hospedarse.
Inmediatamente movió sus piezas: un chofer privado, una suite en el hotel más exclusivo, incluso la invitó como su pareja al lanzamiento.
Llegaría al amanecer. Todos brindamos por ese rayo de esperanza.
Alexander, entre trago y trago, confesó su reconciliación con Laurent. Siempre habían sido una pareja disfuncional, pero cuando estaban juntos eran dinamita pura, explosiva e impredecible.
Cuando el efecto del alcohol empezó a nublar miradas y a aflojar lenguas, llamé a Natasha:
—Ven por mi; Four Seasons. Creo que... —El resto se perdió en un vómito y sueños fragmentados de una suite de hotel, cantos lejanos y una llamada que me hizo caer sobre la cama como un muerto.
Los martillazos en la frente al día siguiente eran predecibles. La luz que se colaba por las persianas era una agresión. Los golpes en la puerta de la suite me arrancaron del letargo.
Michele abrió y Natasha entró con bandeja de plata: cinco cafés humeantes y un brebaje verde que parecía salido de un laboratorio alquímico.
—Hueles a alambique —dijo, besándome con ternura que dolía—. Jugo de pepino, jengibre y limón. Beban.
Michele y yo intercambiamos mirada de pánico compartido. El líquido viscoso quemó gargantas y dignidad, pero milagrosamente, el dolor cedió.
En el desayuno, entre burlas de Alexander sobre mi llamada nocturna ("¡Le dijiste 'ven por mí' como un cachorro perdido!"), desenterré mi jugada maestra:
—Pero yo no fui el que estuvo gritando 'Laurent, te amo más que a mi colección de Star Wars —tomé la mano de Natasha, sintiendo su calor familiar—. Para la próxima que quieras ridiculizarme enfrente de mi chica, primero asegúrate de no ser como Sebastián.
—¿Yo qué hice? —Sebastián, aún bajo los efectos del alcohol, se masajeaba las sienes con expresión dolorida.
—Presumir que te vas a casar —susurró Michele, como si las palabras le quemaran.
—Pero yo no vomité —protestó Sebastián. Natasha no paraba de reír. Me la pagarás, pensé, mirándolo con falsa severidad.
—¿A qué hora llega Camila? —interrumpió Natasha—. Me gustaría invitarla a comer e ir de compras. Haré que Camila vuelva a enamorarse de ti, Mike.
—Gracias, chicos. —Natasha le dio un apretón en el brazo, y no pude evitar sonreír ante el gesto.
—No me las des —sonreí—. Para eso está la familia. —Y por primera vez, lo creí.
El paquete aguardaba en mi estudio al mediodía. Erdoğan lo depositó sobre el escritorio con reverencia mortal:
—Sin remitente. Sin rastros.
El sobre azul cian palidecía bajo la luz fría de la lámpara. Dentro, una memoria USB de aspecto inocente. El análisis mostró un solo archivo: ALENKA.jpg.
Al abrirlo, el mundo se detuvo en seco.
Era ella.
Mi hermana.
Vestida con el traje amarillo de su séptimo cumpleaños, el mismo que llevaba puesta la última vez que la vi.
Y tras ella, como una cicatriz en el paisaje, el muro de piedra de la casa familiar en los Cárpatos. El lugar donde todo se había desmoronado.
La voz de Natasha sonó lejana, como bajo el agua:
—¿Damián? ¿Qué pasa?
Pero yo ya no estaba allí.
El monstruo que había mantenido a raya durante años acababa de despertar, y esta vez venía por sangre.
Lanzamiento
El corazón del búnker latía con el zumbido grave y constante de los servidores, una sinfonía de datos y paranoia que llenaba cada rincón de la sala de seguridad.
En las pantallas, el mensajero anónimo de gorra baja repetía su gesto mecánico: entregar el paquete y desaparecer en la niebla urbana.
¿Cómo diablos identificó este lugar? La pregunta taladraba mi conciencia con la persistencia de una bala alojada en el hueso, mientras Erdoğan examinaba cada centímetro de cinta de embalaje con lupa de forense.
Volví al sobre azul cian, cuyas esquinas parecían cortar como navajas.
Las fotografías en su interior no eran simples imágenes; desgarraban la realidad, mostrando a Alenka, mi hermana, convertida en un juguete roto en manos de depredadores.
Un rugido ahogado, bestial, me sacudió las entrañas.
—¡Puta madre! —escupí, y las llaves del Lamborghini tintinearon en mi puño cerrado con fuerza letal al salir disparado hacia la salida.
Natasha se interpuso en el camino, sus palmas extendidas como un escudo humano contra mi tsunami de furia.
—No te dejaré ir así —declaró, y con la determinación serena de una gladiadora, arrebató las llaves de mi mano—. Yo conduzco.
El trayecto fue un túnel de silencio cargado de relámpagos.
Mis nudillos, blancos por la presión sobre el muslo, latían al compás de una rabia ancestral.
Ella esquivaba mis miradas asesinas, siguiendo el GPS hacia el búnker con una concentración que admiraba y odiaba a partes i iguales.
Al detenernos frente al edificio anónimo, un cubo de hormigón que escupía indiferencia, sus ojos escanearon la fachada con desconfianza palpable.
—Vete a casa —ordené, bajando del vehículo con una rigidez que me recordaba a mi entrenamiento militar.
—Jamás te dejaré solo en esto —su respuesta fue un muro de acero mientras ingresaba el código de acceso, desafiando mi orden sin pestañear.
Alexander contestó al tercer tono, su voz un cable a tierra en medio del caos:
—Bonet. Huelo el caos en tu voz. Habla.
—Fotos de Alenka. Ven ya. Trae a los demás. —Corté la comunicación sin esperar réplica, arrojando el teléfono sobre una mesa auxiliar.
Dentro, Natasha recorrió la sala de servidores como una sombra curiosa y elegante.
Las pantallas táctiles lanzaban ríos de datos verdes, iluminando su rostro con destellos fantasmales mientras yo buceaba en los foros más oscuros de la red.
La encontré después en la cocina, donde el cuchillo danzaba sobre vegetales con una precisión quirúrgica que contrastaba con la tormenta en mis adentros.
—No es necesario que hagas eso —dije, observando la firmeza en sus manos.
—Necesito hacer algo útil, o enloquezco —su sonrisa era un faro tenue en la oscuridad que me consumía—. Cocinar me mantiene cuerda.
La atraje hacia mí con brusquedad, cerrando la distancia entre nosotros. Su aroma a vainilla y piel caliente me ancló a una realidad que se desvanecía.
—Llegaste a mi vida cuando la oscuridad crecía sin freno — confesé en un susurro ronco, mi frente apoyada en la suya.
—Tu oscuridad es mía ahora —sus dedos, templados y seguros, se entrelazaron en mi nuca—. Navegaremos juntos en ella, Damián. Hasta el final.
Alexander irrumpió primero, una fuerza de la naturaleza seguida por Sebastián y un Michele visiblemente alterado. Este último palideció hasta tomar el color de la ceniza al ver las imágenes de Alenka proyectadas en la pared.
—Es la Web Roja polaca —anunció Michele tras quince minutos de tecleo frenético, sus dedos volando sobre el teclado—. Adam Kowalski. Se autodenomina el Rey de la Telaraña Oscura.
—¿Kowalski? Suena a villano de dibujo animado —Alexander soltó la carcajada en el momento más inoportuno. Mi mirada, cargada de hielo y promesas de violencia, lo petrificó al instante. Sebastián amplió los datos en una pantalla secundaria:
—Controla lo que ellos llaman el 'gobierno fantasma'. Trata de blancas, venta de menores, tráfico de órganos... la gama completa de la miseria humana.
—¿Y Alenka? —mi voz sonó a cristal roto, a esperanza destrozada—. ¿Dónde está?