Parte Dos #7
Esas reuniones siempre habían sido un vano intento de escapar del caos que cada uno cultivaba, playas privadas, tragos caros, mujeres hermosas y diversión superficial.
Siempre rodeados de lujos obscenos y dinero que manaba a raudales, siempre juntos, pero cada vez más distantes.
Incluso yo, en medio de mi propia destrucción, siempre estuve cuidando a Mike de su profundo problema con las apuestas y el juego.
—Está bien. Iré —cedí, finalmente, vencido por la terquedad de Natasha y por un destello de vieja lealtad que creía muerta.
El rugido gutural del Lamborghini Aventador anunció mi llegada a la oficina al día siguiente. Bajé las gafas de sol con gesto desafiante ante los fotógrafos que siempre acechaban.
—¿A dónde, guapo? —Una voz familiar me hizo volverme. Natasha se acercó al Lamborghini y, con una elegancia que me dejó sin aliento, se subió al coche sin esperar una invitación. Su perfume, L'Interdit, inundó mis fosas nasales, nublándome los sentidos. Joder.
—A mi santuario. A un lugar donde el mundo no puede alcanzarnos.
—Tengo un himno para ti —dije al conectar mi teléfono con el sistema de sonido del coche. Los primeros acordes de Don't Call Me Angel de Miley Cyrus, Lana Del Rey y Ariana Grande llenaron la cabina.
—¿Damián Bonet escuchando esto? —rió, una carcajada genuina y liberadora—. ¡Alexander debe saberlo! Esto es oro puro.
—Ya lo sabe —recordé nuestra noche de karaoke en Tokio, oscilando grotescamente entre Shakira y Rammstein, borrachos de poder y whisky—. Tiene material de sobra para chantajearme.
Ella eligió The Monster de Eminem y Rihanna. La letra, cargada de dualidad y demonios internos, resonó irónica y profundamente certera mientras recorríamos carreteras serpenteantes que ascendían hacia las colinas polvorientas que rodeaban la ciudad.
Lena's Garage emergió como un oasis de metal y nostalgia entre las colinas áridas. Reduje la velocidad del Lamborghini y me estacioné con precisión milimétrica junto a los otros coches de colección que relucían bajo el sol. Natasha admiraba cada detalle del lugar, sus ojos muy abiertos como platos.
La observé salir del auto: vaqueros negros ceñidos, un crop top blanco que dejaba al descubierto un vientre plano, botas Gucci.
Una diosa del asfalto. La besé con una posesión que saboreaba a futuro, a promesa cumplida.
Me uní a ella, necesitaba cambiarme la camisa de seda por algo más cómodo, una camiseta negra de algodón.
Al abrir el maletero, la mirada de Natasha recorrió mi torso desnudo con una intensidad que me erizó la piel.
Fue entonces cuando Lena apareció, efusiva y llena de energía.
—¡Damián! ¡Hace siglos que no venías por aquí! —La chica, mecánica de manos mágicas y corazón de oro, corrió para abrazarme con una familiaridad que notó de inmediato en el ceño fruncido de mi diosa. Natasha, en un acto de celos puro y adorable, lanzó mi camiseta al aire.
—¡Suéltalo y vístete, Bonet! —nos amenazó, aunque una sonrisa jugueteaba en sus labios.
Lena rio a carcajadas, entendiendo el juego al instante, y yo puse los ojos en blanco, disfrutando cada segundo.
—Me encantas celosa —susurré al besarla con fuerza, antes de ponerme finalmente la camiseta y hacer las presentaciones oficiales—: Lena, y su marido Carlos —refugiados ucranianos, sobrevivientes de redes de trata que yo mismo desmantelé años atrás— ellos custodian y mantienen mi colección más preciada.
El Camaro SS rojo cereza del 69 y el Dodge Charger negro del 70 relucían como si acabaran de salir de la línea de montaje, bestias dormidas esperando ser despertadas.
—¿Tuyos? —preguntó Natasha, deslumbrada, su dedo acariciando la curva perfecta del Capó del Camaro.
—Hora de la adrenalina, nena —dije, sintiendo la emoción crecer en mi pecho.
Le entregué las llaves del Camaro rojo. Natasha no paraba de saltar de emoción como una niña pequeña.
La vi dominar las curvas de la pista privada con una naturalidad pasmosa, los neumáticos chillando en una armonía perfecta con su risa liberada, una música más dulce que cualquier sinfonía. Mientras la observaba, Lena se acercó a mí, murmurando al oído:
—¿Es la indicada, Damí?
—Eso espero. Lo necesito que lo sea.
—Lo es. Te mira como nadie lo ha hecho jamás. Con admiración, con desafío, con... amor. Es inconfundible.
Es verdad. Es una mujer increíble, inteligente, fuerte, con una luz interior que ciega.
Ha llegado a mi vida para quedarse, para ser el ancla en mi tormenta y el viento en mis velas.
Para siempre. Observo cada uno de sus movimientos al volante, cada sonrisa, cada gesto de pura alegría, y entonces, en ese instante de claridad absoluta, decido una cosa: voy a construir un futuro con esta mujer. A su lado. Pase lo que pase.
De regreso, ya en la tranquilidad del garaje, Natasha expuso ideas brillantes para revitalizar el taller, convertirlo en un club social privado, en un museo viviente del motor.
Anoté mentalmente cada sugerencia, cada detalle: Lena trabajaría codo a codo con ella.
Al despedirnos, con el olor a gasolina y aceite impregnado en nuestra ropa, el proyecto ya olía a futuro, a libertad, a algo que valía la pena proteger.
Pistas
La luz agonizante del atardecer teñía de ámbar los ventanales del despacho, proyectando largas sombras que se extendían como dedos sobre el suelo de mármol pulido. Fue en ese crepúsculo perpetuo cuando
Erdoğan depositó el informe sobre mi escritorio con la ceremonia silenciosa que lo caracterizaba. Su voz, siempre medida, rompió el silencio como un cuchillo cortando seda:
—El lanzamiento de vinos en Nuevo Terreno está listo. Camila Durand superó todas las expectativas.
Asentí con gesto distraído, observando los racimos de uva estampados en la invitación de papel grueso. México emergía en mi mente como un respiro necesario entre tanto gris: calor que quemaba la garganta, tequila que adormecía los sentidos y motores rugiendo como bestias liberadas.
—Prepara el jet para el viaje —ordené, sellando el sobre con un gesto brusco—. Y asegúrate de que la moto de Camila Durand llegue a la bodega antes del viernes.
Mientras revisaba las últimas certificaciones de seguridad para la línea de motocicletas, una satisfacción rara, casi desconocida, me inundó.
Cada máquina había pasado pruebas extremas en pistas privadas; los pedidos de clientes selectos se acumulaban como tesoros en mi mesa.
Los carteles publicitarios capturaban a Natasha en una curva cerrada, cabellera al viento, mirada desafiando al objetivo.
Esa mujer me poseía por completo, y lo peor era que ya no me importaba.
—¿Señor? —Erdoğan asomó de nuevo en el marco de la puerta, su rostro inexpresivo—. Tiene visitas.
—¿Sin aviso previo? —La sospecha afiló mis palabras hasta convertirlas en dagas.
—Insistieron. Dijeron que era... familiar.
La sala de juntas resonaba con carcajadas estridentes cuando abrí la puerta. Michele, Sebastián y Alexander ocupaban las butacas de cuero como dueños de un reino ajeno, las botellas de whisky escocés brillando como trofeos entre ellos. Sebastián alzó su copa en un gesto teatral:
—¡Tu Afrodita nos convocó! ¿Crees que faltaríamos al lanzamiento de tu nuevo imperio?
Michele parecía un náufrago: traje arrugado, corbata deshecha, mirada perdida en los restos de hielo de su vaso. La ironía me brotó sin filtro:
—Veo que tu cruzada por Camila marcha viento en popa. —El desprecio goteaba en cada sílaba.
—No es eso —masajeó sus sienes con dedos temblorosos, voz ronca por el alcohol y la derrota.
Alexander intervino, derramando whisky al gesticular con exageración:
—Vinimos a rescatar al hombre en tendencia. ¡Aunque tú prefieras ahogarte, Mike!
Michele clavó sus ojos inyectados en sangre en mí, desafiante:
—¿Fuiste tú quien invitó a Camila?
Natasha lo hizo, pensé, recordando su sonrisa pícara esa mañana. Orgullo y fastidio se trenzaron en mi pecho.
—Sí —confirmé con voz glacial—. Y es hora de que dejes el drama de una vez por todas. Si no estás dispuesto a luchar por ella, suéltala de una vez.
El silencio cortó el aire como una cuchilla. Alexander lo quebró con un chiste trivial, pero la herida seguía sangrando entre nosotros.
Tras su partida, contemplé Estambul desde el ventanal: minaretes perforando nubes plomizas, barcos surcando aguas oscuras. Erdoğan ya estaría rastreando su hotel. Las cuentas pendientes siempre exigían su saldo.
El aroma a albóndigas especiadas y hierbas frescas me recibió al cruzar el umbral de la suite.
Natasha no estaba en la cocina. La hallé doblando sábanas en el dormitorio, concentración monacal en cada pliegue perfecto.
Me apoyé en el marco, bebiendo su silueta recortada contra el crepúsculo que teñía la habitación de tonos morados y naranjas.
—Hola, cariño —su beso me envolvió en canela y azafrán, un contraste brutal con la reunión anterior—. Plan de batalla: primero, cenar. Segundo, que veas a tus amigos. Tercero… —mordisqueó mi lóbulo con suavidad— …te esperaré para hacer el amor.
Mis manos recorrieron sus caderas hasta encontrar el dobladillo del vestido. Las bragas de encaje eran una barrera frágil, ridícula. Un dedo se deslizó bajo la tela, hallando el clítoris hinchado, húmedo, esperándome. Sus gemidos fueron mi liturgia particular, la única oración que aún creía.
—Dámelo todo —murmuró mientras liberaba mi erección con manos expertas.
La llevé a la cama entre besos. Sin prisa. Sin concesiones. Cada embestida la elevaba más alto; cada arañazo en mi espalda sellaba nuestro pacto de fuego y dolor. Cuando el éxtasis nos quebró, dejándonos jadeantes y cubiertos de sudor, sus palabras flotaron sobre la habitación oscura:
—Te amo.
Lo dije entonces, sin máscaras, sin defensas:
—Yo también te amo.
—No quiero arruinar el momento —sonrió después, sus pechos aun palpitando contra mi torso—, pero tienes reunión.
El mensaje en mi móvil confirmaba: "Four Seasons. Bar. 20:00. No falles. —A."