Inquina Parte Dos #6
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Parte Dos #6

—Mañana mismo te vas de aquí. Tomarás el jet y te irás a donde él no pueda encontrarte. No quiero que regreses ni que me busques — Sequé el sudor frío que empapaba mi frente con una toalla áspera, evitando deliberadamente su mirada, incapaz de soportar el dolor que podría encontrar en ella.

—¡Eso jamás pasará, Damián! —Sus manos, más fuertes de lo que aparentaban, me tomaron por sorpresa, anclándose a mis brazos con una determinación férrea que me dejó sin aliento—. No me mandarás de nuevo. No esta vez.

—No quiero arrastrarte más profundamente a este infierno — murmuré, la voz quebrada por una culpa que me ahogaba—. Ya has visto demasiado.

—Ya estoy aquí. En el infierno. A tu lado. Apoyándote. Solo...

solo me aterra saber que hay dementes allá afuera, vigilándonos desde pantallas, violando niñas, asesinando inocentes por placer —Un temblor apenas contenido recorrió sus palabras, un terremoto emocional que resonó en mi propio pecho—. ¿Tú también haces eso? ¿Eso es lo que ocultas?

—¡No! —La negativa brotó de mis labios de forma instantánea, visceral, cargada de una horrorizada sinceridad—.

¡Jamás! Juro por lo que soy, por lo que fuimos, que no.

Estoy en este fango, hasta el cuello, solo por una razón: busco a mi hermana.

A Alenka. Todo lo que hago, todo este poder, esta oscuridad. .. es por encontrarla.

Me liberé de su agarre bruscamente y me refugié en la ducha, dejando que el agua helada me azotara la piel, para calmar la tormenta que rugía dentro de mí.

Pero no lo hizo. Al salir, envuelto en una nube de vapor, la encontré esperándome junto a la puerta empañada, su silueta una sombra decidida contra la luz del vestidor.

—Perdóname por dudar. Lo siento. No sé qué ocurrió hace todos esos años, pero quiero ayudarte. De verdad. Si debo ser tu Afrodita en este pantano, lo seré. Pero necesito que me dejes estar.

—Será peligroso. Más de lo que puedes imaginar. Tal vez tengamos que huir del país. Quizá me maten o te desaparezcan a ti. —La advertí, buscando en sus ojos un atisbo de miedo, de regulación.

—Lo haremos juntos. No hay marcha atrás para mí. Ya te lo he dicho.

Esas palabras, simples pero cargadas de una lealtad absoluta, detonaron algo primitivo dentro de mí. La conduje de vuelta bajo el chorro de agua, que ahora estaba tibia, y contemplé su rostro iluminado por la luz difusa que se filtraba por el cristal esmerilado. Angelical. Único.

Irrepetible.

—Eres un puto ángel al que contemplaré día y noche si es necesario. Mi ángel caído —susurré, mis labios rozando los suyos.

—Y tú mi demonio personal. El que me llevará al paraíso, aunque sea a través del infierno —respondió, sellando el pacto con un beso que sabía a promesa y a redención.

Joder, esta mujer no deja de sorprenderme.

Le quité la ropa empapada, que se le adhería al cuerpo como una segunda piel, la levanté con facilidad y sus piernas me ciñeron la cintura con una fuerza que delataba su necesidad.

Era la primera vez que hacíamos el amor sin la desesperación frenética de antes, cada caricia fue un descubrimiento lento, cada suspiro un juramento, cada susurro un pacto sellado en la piel del otro.

Los rayos del sol de la mañana se colaron implacables por las rendijas de las persianas, dibujando franjas doradas sobre las sábanas enredadas.

Parpadeé, desenfoqué la mirada hasta distinguir la figura de Natasha entrando en la habitación con una bandeja de desayuno donde humeaban dos tazas de café negro y un plato de tortitas.

—Buenos días —saludó, con una sonrisa tan radiante que rivalizaba con la claridad matinal que inundaba la estancia.

—Buenos días, nena —Ayudé a sostener la bandeja, mi voz aún ronca por el sueño—. Huele a gloria. A café y a ti.

—¿Irás a la oficina hoy? —Se sentó en el borde de la cama, sorbiendo su taza con una elegancia innata que me dejó fascinado.

—Trabajaré desde casa. Hoy el mundo puede esperar —Un mordisco a las tortitas de huevo, crujientes por fuera y esponjosas por dentro, me arrancó un gemido de placer genuino—. Esto está increíble. Sabe a.… cielo.

—Me alegra que te guste —Asintió, divertida, mientras me ofrecía otro bocado con sus dedos, un gesto íntimo que me conmovió

—. Natasha —dije, seriamente, dejando la bandeja a un lado—, quiero darte algo. Algo importante. Pero antes, debes entender algo: una vez que cruces esta línea, una vez que aceptes esto, no habrá retorno. Estarás atada a mí y a mi mundo de una manera que no tiene vuelta atrás.

—Mi decisión está tomada, Damián. Desde hace tiempo. Seré tu Afrodita. Involúcrame en todo. En la luz y en la sombra.

Tomé aire, conteniendo la emoción que me cerraba la garganta, y extraje la pequeña caja de terciopelo negro del cajón de la mesilla de noche.

Un anillo de promesa, una banda de platino con un diamante baguette central flanqueado por zafiros lilas, centelleó bajo la luz de la mañana.

Lo había elegido después de la fiesta en Caronte, sabiendo que era ella, solo ella.

Sus ojos se dilataron al mirarlo, un brillo de incredulidad y emoción nublándole la mirada.

—Jamás creí estar listo para... para esto.

.. —deslicé el aro frío en su dedo anular, observando cómo las lágrimas asomaban en sus pestañas—.

Esto no es un anillo de compromiso. Es una promesa.

La promesa de que te protegeré con mi vida.

Que, si caes, mi cadáver amortiguará tu golpe.

Que, si el mundo se viene encima, yo seré tu búnker. ¿Lo comprendes?

—¡Sí! ¡Sí, Damián! —Su voz era un susurro emocionado—.

Quiero ser tu chica. Tu novia. Tu Afrodita. Todo.

Aparté la bandeja de un manotazo, sin importarme el desastre.

—¡Carajo, ahora bésame! —rugí, llevándola hacia mí.

Segundos después, ya la tenía bajo mi cuerpo, las sábanas formando un nudo a nuestro alrededor, su cuerpo respondiendo con una fogosidad que desmentía por completo su apariencia serena y controlada.

Natasha podía ser un ángel en público, pero en la intimidad de nuestras cuatro paredes, era un demonio capaz de consumirme por completo y dejarme pidiendo más.

Permanecí horas allí, contemplando su sueño plácido y desnudo mientras revisaba informes de seguridad en mi Tablet.

Sus artículos pasados sobre automovilismo de competición, que había desenterrado Víctor, eran brillantes, llenos de pasión y conocimiento técnico, al igual que su breve pero exitoso pasado como modelo de lencería de alta gama para una firma italiana.

Ahora, sería la imagen central, el rostro y el cerebro detrás de mi nueva campaña global.

¿Suerte? Puta suerte la mía, haberte encontrado a ti en medio de este caos.

Una sonrisa genuina, rara y desprevenida, se dibujó en mis labios al ver su rostro plácido, iluminado por la pantalla.

Me adentré demasiado en el trabajo que no miré la hora, mi chica había desaparecido en la ducha y salió vestida como un ángel.

La paz se rompió cuando Alexander irrumpió en la casa como si fuera suya, aprovechando los códigos de acceso que nunca debí darle.

Lo encontré charlando animadamente con Natasha en la cocina mientras ella freía huevos para él, una camaradería fácil y natural que encendió en mi pecho el fuego verde y venenoso de los celos.

—¿Qué carajos haces aquí, Alex? —espeté, clavando en él una mirada lo suficientemente gélida como para congelar el infierno.

—Platicando con tu novia —respondió con la sorna que lo caracterizaba, mordisqueando una tostada—. De los cuatro, solo tú y Sebastián se toman eso del amor en serio. Michele y yo... somos más de disfrutar el momento.

—Vete al carajo.

—En cuanto a tu curioso interés de anoche —continuó, ignorando mi comentario como si nada—. ¿Sabías que nuestro querido Mancini está vinculado a redes de trata de blancas en el este de Europa? Nada verificado, claro, solo rumores de clubes de Bratislava.

Natasha giró hacia nosotros de inmediato, toda su atención alerta.

—¿Mancini? ¿El de las navieras?

—El mismo. Él está detrás de todo el plan de la apuesta, ya sabes, en donde aceptó casarse con esa "pobre damisela" solo para heredar la empresa familiar. Pero el idiota se enamoró perdidamente de ella. Ahora está hasta el cuello.

—¿Y en qué me incumbe a mí su drama conyugal? —pregunté, aunque un interés siniestro comenzaba a picarme.

—Somos amigos, Damián. O lo fuimos. Michele necesita tus consejos, tu... perspectiva única. Como antes.

—Conoces nuestra rivalidad. No somos precisamente compañeros de copas.

—Eres el "niño problema" que durmió junto a su novia del instituto, Mike. Él lo supo días después, cuando el gobierno te envió a Oxford a calmar tus arrebatos.

Natasha negó con la cabeza, consternada por la revelación.

—Ve con tu amigo Damián —rogó, acercándose y poniendo una mano sobre mi brazo—. Él te necesita ahora. Es tu socio.

—Es mi socio en negocios, no en terapia. Además, tengo trabajo que hacer —mentí, evadiendo su mirada.

—No me engañas. Eres un genio de la ciberseguridad. Si de verdad quisieras, ya habrías localizado al enemigo que buscas. ¿Qué esperas realmente? ¿Qué buscas?

Astuta. Demasiado astuta. Alexander pagaría por su lengua viperina y su falta de discreción.

—Pronto nos reuniremos los cuatro —murmuró Alex, incómodo bajo mi mirada—. Michele lo ha pedido.

—¿Aún hacen esas patéticas reuniones de nostalgia forzada? — bromeé con sequedad, evasivo.

—¿Qué reuniones? —preguntó Natasha, su curiosidad picada.

—Los cuatro jinetes —explicó Alexander con un encogimiento de hombros—. Solíamos embriagarnos hasta caer redondos en playas privadas de Mykonos o en chalés de Gstaad. Épocas más simples.

—Damián debe ir —insistió ella, rozándome con su cadera—. Haz las paces con Michele. Cierra viejas heridas.