Inquina Parte Dos #5
25%

Parte Dos #5

—La subasta principal comienza en diez minutos, amado. Los lotes premium están listos.

En la pista central, Braulio Flowers dirigía su obra maestra macabra: una niña serbia de cabello blanco, cubierta de tarántulas zodiacales cuyos movimientos parecían coreografiados, se arqueaba en un éxtasis histérico o terrorífico, imposible de distinguir.

Más allá, tras pesadas cortinas de terciopelo granate, Enzo Mancini iniciaba el ritual mercantil con la voz de un predicador de una religión perversa.

—¡Lote 23: flor colombiana de doce primaveras! Pureza certificada, resistencia probada. ¡Abrimos con cien mil euros!

Observé con desdén distraído cómo Karim pujaba con un gesto leve de la mano, adquiriendo la mercancía para su harén privado.

Nada, absolutamente nada, merecía mi atención plena hasta que las grandes puertas traseras, las que daban a los corrales de espera, se abrieron de par en par para revelar una figura que detuvo el aire en mis pulmones.

Alenka Bonet. Su cabello de fuego, su espalda recta, y esos ojos de un ámbar furioso que radiaban un odio puro y antiguo, iluminaron la estancia lúgubre como un relámpago en una noche de tormenta.

Era la viva imagen de su madre, Anna, pero con una fiereza que esta nunca tuvo.

—Resérvenla —ordené a Era, mi voz un silbido apenas audible en su oído—.

Aíslenla. Trato VIP. Es el anzuelo perfecto para nuestro tiburón particular. Su hermano nadará hacia nosotros ahora.

La cámara de bondage, un cubículo acolchado en terciopelo granate, olía a cobre dulzón, a bergamota y a miedo.

Era, transformada en una diosa de la destrucción, azotaba con metódica precisión a un joven atlético colgado de muñecas ya sangrantes, su látigo de colas de serpiente dibujando constelaciones cruentas en la carne viva.

Al pasar mis dedos, distraídamente, por el sexo palpitante y húmedo de una mujer suspendida en arneses de cuero, el sabor salobre que quedó en mi piel recordó a ostras envenenadas, deliciosas y mortales.

Rechacé con un gesto la invitación tácita en la mirada de Era. No era eso lo que buscaba.

El laberinto de los gritos, mi jardín privado de setos de boj perfectamente recortados, era mi verdadera catedral, el lugar donde me sentía más cerca de ese Dios en el que ya no creía.

"Excalibur", mi espada flamígera forjada a mano en Toledo, pesaba en mi mano como una promesa de muerte, su equilibrio perfecto.

La cacería humana, el juego estrella de la noche para los socios más importantes, había comenzado.

Un anciano multimillonario, con el pánico estampado en el rostro, se arrojó a mis pies suplicando clemencia; la hoja de acero al carbono silbó cortando yugulares con un sonido húmedo y definitivo.

Sangre caliente, casi hirviendo, salpicó mis botas de ante hechas a medida.

—¡Vilesca! —escupí, limpiando la hoja inmaculada con un pañuelo de seda blanca que luego dejé caer al suelo manchado—.

Nada mancha más que la mediocridad. Y esta noche está llena de ella.

Al emerger del laberinto, con el pecho bombeando de adrenalina pura, Paulo Murakami me recibió con una reverencia profunda, casi religiosa:

—Treinta y siete almas, majestad. Un nuevo récord. La bestia ha sido alimentada.

Sonreí, una expresión genuina de triunfo que me sorprendió a mí mismo; había superado la marca del año pasado.

Mi sangre hervía de una felicidad oscura y primigenia.

Todo salía de acuerdo a lo planeado, al gran designio.

Millones de euros, limpios y sucios, seguían entrando en nuestras cuentas como un río imparable.

En la sala Andrómeda, decorada como un cosmos perverso, Irma protagonizaba un bestiario viviente con dos dóbérmanes de pura raza, entrenados para obedecer órdenes inhumanas.

Era me aguardaba en el centro, ahora envuelta solo en gasas escarlatas que dejaban su desnudez apenas velada, una sacerdotisa esperando a su dios.

Cuando una pelirroja espléndida, una de las esclavas de mayor confianza, comenzó a desvestirme con manos expertas, señalé el suelo frente a mí con un gesto imperioso:

—Aquí. Delante de todos ellos. Que vean a quién perteneces.

Mientras las bridas de cuero de venado inmovilizaban a mi consorte en el frío mármol, recordé de repente, con una claridad brutal, aquella noche lejana con Madre en el invernadero: el olor a tierra húmeda y orquídeas, sus muslos temblorosos bajo el kimono de seda, el vientre ligeramente abultado que guardaba un secreto que nunca llegó a ser mío.

.. El gemido desgarrado de Era al ser penetrada con violencia me devolvió al presente, al ahora.

La posesión fue un acto puro de conquista y marca territorial, su cuerpo arqueándose bajo el mío como un puente hacia el olvido total.

Cuando la pelirroja, en un arrebato de celos o de deseo, intentó unirse al acto, Era, con un movimiento felino y brutal, le abrió el cuello de oreja a oreja con una daga oculta que llevaba entre las gasas.

—Solo yo navego tu río, mi rey —susurró, lamiendo la hoja manchada con una delectación que me erizó la piel—. Solo yo.

Al amanecer, cuando los primeros rayos de un sol pálido se filtraban por los ventanales blindados, Dimitri sirvió café turco espeso y amargo en la terraza panorámica.

Abajo, en los jardines, equipos especializados en trajes de biocontención de color blanco inmaculado limpiaban meticulosamente los restos humanos, borrando cualquier rastro de la noche anterior.

Era, ya vestida con un impecable traje sastre negro, mostró gráficos en su Tablet de cristal: ganancias triplicadas, contenedores rumbo a Yakarta y Singapur, Alenka Bonet supervisando personalmente, aunque reluctante, los nuevos sets de filmación en los calabozos orientales.

—¿Liberamos los cebos hoy? —preguntó, su dedo índice trazando círculos hipnóticos en mi muñeca interior—. El tiburón ha estado husmeando alrededor del barco. Es hora de dejar caer un poco de sangre en el agua.

Fue entonces cuando los Siete Señores irrumpieron en la terraza, sus rostros congestionados por la resaca y la codicia, con quejas mezquinas sobre dividendos y porcentajes.

La paciencia, un bien escaso en mí, se agotó de inmediato.

Golpeé la mesa de ónice con tanta fuerza que las tazas de café saltaron y el cristal de la Tablet crujió.

—¡Miserables! ¡Insectos! —rugí, mi voz retumbando en el aire tranquilo de la mañana—.

¿Olvidan de dónde viene su riqueza? ¿Olvidan que cada test de redes sociales, cada juego en línea, cada app de citas que poseemos, nos da perfiles psicológicos completos?

¿Que vendemos almas, no por millones, sino por centavos, y luego las revendemos por fortunas?

—Karim, el más lúcido de ellos, proyectó diagramas complejos de la Ciemna Sieć en la pared blanca—.

Esto no es un negocio. Es un imperio. Y yo no soy su gerente.

Soy su emperador. Y mi paciencia tiene un límite.

Necesitaban una demostración de poder, una lección inolvidable. Así que los invité, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, a disfrutar del espectáculo final.

En el búnker de transmisiones, un cubo de acero y cristal donde se orquestaba el mal, la ceremonia de clausura inició.

Aaron, mi maestro de ceremonias, enmascarado como Belial, deslizó el Cuerno de Lucifer —un cuchillo ceremonial de obsidiana— sobre el vientre palpitante de una virgen sacrificial elegida entre lo mejor de la cosecha.

Cuando la hoja afilada comenzó a dibujar runas antiguas en la piel de porcelana, los chats de apuestas en la dark web estallaron en una cacofonía de lenguas muertas y ofertas obscenas.

La sangre, rociada sobre el objetivo de la cámara, oscureció la lente por un instante.

.. hasta que esta se reajustó automáticamente y la imagen reapareció, convertida en un chorro de rubíes líquidos bajo los focos halógenos.

—El juego apenas comienza —susurré, una sonrisa de demiurgo satisfecho dibujándose en mis labios al ver las ofertas multiplicarse exponencialmente en las pantallas—. Y yo soy el único que escribe las reglas. El que reparte las cartas. El que siempre, siempre, gana la mano final.

Promesas

Damián

Estambul

Desde que abandonamos la isla de Caronte, Natasha había permanecido ensimismada, hundida en una melancolía profunda que ni mis más calculados intentos de acercamiento lograban disipar.

Cada gesto de consuelo, cada palabra susurrada en la penumbra, parecía distanciarla más, como si mi mera presencia avivara fantasmas que ella prefería eludir en la soledad de sus pensamientos.

¡Qué iluso había sido al imaginar, aunque fuera por un instante, que podría ser mi Afrodita, mi diosa en este infierno particular!

La certeza de mi error me corroía por dentro, un ácido que quemaba cada vez que mis puños se estrellaban contra el saco de boxeo en el gimnasio privado.

¡Basta, Damián! El cuero grueso crujía bajo los impactos sin tregua, absorbiendo una furia que ya no podía contener entre mis cuatro paredes.

La información obtenida de Caronte era valiosa, pero insuficiente; él vigilaría sus movimientos, sugiriéndome con esa calma que lo caracterizaba que blindara los fondos en Mónaco y Fiyi, que dispersara el rastro.

La impotencia me devoraba por dentro: ni rastro de Alenka después de todo este tiempo, y Natasha, la mujer que había irrumpido en mi vida como un huracán, convertida en un enigma más entre la niebla espesa de mi existencia.

—¡Mierda! —El grito me desgarró la garganta, desgarrando el silencio opresivo del gimnasio mientras examinaba mis nudillos ensangrentados, la piel rota y adolorida.

—Deja de hacerte daño, por favor —Su voz, dulce como miel vertida sobre el filo de un cuchillo, me obligó a cerrar los ojos un instante, a buscar refugio en la oscuridad detrás de mis párpados.