Inquina Parte Dos #4
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Parte Dos #4

Era apareció entonces como un espectro surgido de la penumbra, conduciendo con una correa de cuero a una joven etérea, ataviada solo con arneses de cuero que acentuaban su fragilidad. Su sonrisa hacia mí era una daga finamente envainada en carmín:

—Te traje un obsequio, amado. Pensé que apreciarías su... flexibilidad excepcional. Una gimnasta. Campeona nacional.

Observé, con los brazos cruzados, el ballet perverso que ella misma orquestó en una plataforma central: movimientos calculados hasta el milímetro, gemidos coreografiados, una exhibición de control absoluto sobre otro ser humano.

Nada de caos, todo cálculo. Cuando terminaron, encontré a Era en el baño de oro y mármol rojo, limpiándose meticulosamente las manos con una toalla de lino blanco.

En el espejo, su reflejo me sonreía con una calma aterradora sobre el cadáver inerte de la joven gimnasta tendida en el suelo como un trapo sangrante, la garganta abierta en una sonrisa grotesca.

—Los ojos —murmuró ella, depositando con pinzas de cirujano dos globos oculares de un azul intenso en un frasco de formol que llevaba en su bolso—. Siempre mienten justo antes de apagarse. Prometen cosas que no pueden dar.

¿Cómo no desear a esta mujer con una furia que consuma mundos? ¿Cómo no amarla y temerla en igual medida?

La noche —nuestra noche— recién empieza. Y yo estoy deseando más sangre, más dominación, más de la oscuridad que compartimos.

El Rolls Phantom negro, blindado y silencioso como un ataúd de lujo, atravesó las puertas de hierro forjado del palacio principal.

Frente a la entrada, estatuas vivientes —hombres y mujeres embadurnados de pintura metálica— representaban con inquietante perfección los siete pecados capitales.

Maurycy nos recibió en la gran escalinata con una reverencia que rayaba en lo patético:

—Todo está listo, hermano. Incluso el Menú Especial para la señora Irma. Todo como a ella le gusta.

Al cruzar el umbral de la gran sala de baile, la orquesta en vivo, enmascarada, inició con precisión un cover de Forsaken de David Dramain , la distorsión llenando el espacio abarrotado.

Los señores de la red, los amos de este inframundo, emergieron de las sombras como buitres, sus máscaras venecianas de plata y ébano ocultando rostros que habían vendido su alma hace décadas.

Akron llevaba de la mano a un niño etíope de ojos enormes, adornado con un collar de esmeraldas que valía más que toda su aldea.

Irma, con un vestido hecho de tiras de cuero, acariciaba con deleite un látigo trenzado con lo que yo sabía eran tendones humanos conservados.

—Bienvenidos —sonreí, alzando una copa de cristal llena de sangre de toro mezclada con vodka— al fin del mundo. Brindo por la oscuridad que nos une. Por el silencio que nos protege. Y por el oro que nos hace invencibles.

En lo alto, tras los cristales blindados de los palcos que rodeaban la sala, las mercancías esperaban su destino, sus rostros pálidos pegados al vidrio.

Y en la penumbra de mi palco privado, en una pantalla oculta, los ojos de Damián Bonet, extraídos de una fuente de vigilancia, nos observaban desde las sombras. Fríos. Furiosos. Implacables.

La partida, la verdadera partida, apenas comenzaba. Y yo tenía las cartas marcadas.

La reunión de los 7

La corbata de seda carmesí, un goteo de sangre coagulada contra el almidón inmaculado de mi camisa, resistía entre mis dedos como una serpiente viva, consciente de su propio simbolismo.

Ante el espejo veneciano de mercurio deslustrado, enmarcado en oro macizo, ajusté el nudo Windsor con una precisión casi quirúrgica, admirando cómo el traje de lana negra de triple hilo se moldeaba a mi cuerpo como una segunda piel, una armadura de elegancia mortuoria.

Los hilos dorados bordados en el chaleco —un encargo de un artesano ciego de Florencia— trazaban filigranas intrincadas que recordaban circuitos electrónicos o constelaciones prohibidas: sangre y tecnología, alquimia y poder, todo fundido en mi emblema personal.

"Perfecto", murmuré para mis adentros, observando cómo los reflejos escarlatas danzaban y se retorcían con cada movimiento, atrapando la luz de las velas en un juego de claroscuros.

Esta noche, bajo esta cúpula de excesos, no habría moral que valiera, ni ley que aplicara, solo el vértigo sublime de los instintos más primarios liberados en nuestro teatro privado de sombras y susurros.

La puerta doble de caoba tallada se abrió sin previo anuncio, sin un ruido.

Era emergió de la penumbra del vestidor como una aparición, envuelta en un vestido de tul obsidiano que fluía alrededor de su cuerpo como aceite negro sobre mármol, un río líquido de oscuridad que se ceñía y liberaba sus curvas con cada paso silencioso.

Su cabello de azabache, recogido en una compleja estructura que revelaba la nuca, enmarcaba un rostro de porcelana fría y perfecta donde solo los ojos, dos brasas ardientes, destellaban con un fuego volcánico contenido.

Contuve la respiración de forma instintiva al ver cómo la tela ligera, casi etérea, se adhería al ritmo de sus caderas en un beso de seda y promesa obscena.

—Los invitados aguardan impacientes en la sala de los pecados capitales —anunció, su voz un susurro de hojas secas pisoteadas en una noche de cacería, cargada de una anticipación letal—. El consejo está completo. Los Siete Señores murmuran entre ellos. Huelen sangre en el agua.

Recorrimos en silencio la galería de los suspiros, un túnel abovedado y estrecho donde cientos de velas, rojas como la pasión y doradas como el dinero, titilaban en altos candelabros de hierro forjado con formas retorcidas.

Nuestros colores. Nuestra liturgia particular.

El eco hipnótico de nuestros pasos sobre el mármol negro se fundía con los murmullos lejanos, con los jadeos sofocados y las risas tensas que llegaban desde la cámara principal, un zumbido de avispas enfurecidas que crecía con cada metro que avanzábamos.

—¡Su Majestad!, ¡El Rey Adam, honra el consejo con su presencia! —proclamó Maurycy con una voz que intentaba imitar la solemnidad pero que delataba su eterna sumisión, al abrir las enormes puertas talladas con escenas dionisíacas de El Bosco.

Siete siluetas, imponentes y grotescas, se alzaron al unísono frente a la mesa de ébano pulido que reflejaba las llamas de la chimenea. Paulo Murakami, delgado y felino, inclinó su cabeza cubierta por una máscara de kitsune plateada, sus ojos brillando tras las ranuras:

—La hibristofilia resurge con fuerza en el mercado japonés y del sudeste asiático. Ya no quieren simulacros, ni fantasías edulcoradas.

Demandan crudeza auténtica, documentación verificable.

Quieren ver el miedo real, capturar el instante exacto en que la luz se apaga en los ojos.

—Sus dedos, enguantados de cuero negro, acariciaron un colgante de jade verde oscuro con forma de crisantemo—.

Necesitamos rostros nuevos. Ikebana humana, fresca y frágil.

—El palacio y sus recursos están a tu entera disposición — asentí con un gesto leve de la cabeza—. Usa los calabozos orientales para el rodaje. Que la producción sea impecable. Sin errores.

El debate derivó, como siempre ocurría, hacia el destino post mortem de la mercancía. Collen Malpas, cuyos ojos azules de niño escondían pozos infinitos de necrofilia y una curiosidad mórbida, propuso con su voz meliflua, casi un arrullo:

—Subastemos los cuerpos en vivo, permitamos a los compradores especificar sus... preferencias de terminación. Los coleccionistas más exigentes pagarán fortunas por personalizar su adquisición final, por ser los arquitectos del último suspiro.

Akron le interrumpió golpeando el suelo con la punta de su bastón de ébano, cuya empuñadura era una calavera humana real enjoyada. Su máscara de cuervo, de pico largo y amenazador, ocultaba las terribles cicatrices que le valieron el apodo de "Nosferatu" en los círculos más oscuros:

—¡La sangre es sagrada! El líquido vital no se desperdicia. Exigimos exclusividad en las reservas arteriales para la hermandad. El suero de la juventud debe ser extraído con precisión, no derramado en juegos de niños ricos.

Mientras Irma exhibía fotos explícitas de sus "estudios etológicos" con sementales pura sangre —hombres transformados en animales de placer—, y Karim Carr desplegaba portafolios de niñas georgianas catalogadas como vinos añejos con notas de "melancolía" y "resistencia", observé con atención particular a Braulio Flowers.

El entomólogo permanecía callado en su rincón, sus experimentos con arácnidos y neurotoxinas siendo considerados herejías peligrosas incluso en este círculo de depravados.

Al finalizar las deliberaciones, entregué los documentos de la siguiente fase a Era.

Su sonrisa al recibirlos fue una daga finamente envainada en carmín.

—El banquete de la locura aguarda, amado —susurró, sus dedos rozando los míos—. La cosecha ha sido abundante.

El salón del trono, una vasta cámara abovedada, respiraba una lujuria decadente y costosa.

El aire, pesado, olía a perfume caro, a sudor excitado y al ozono de la energía contenida.

Entre jaulas doradas suspendidas del techo, adolescentes de ambos sexos, escogidos por su belleza etérea, bailaban con movimientos lánguidos, cadenas de platino anudadas a sus tobillos como joyas cruelmente irónicas.

Serví coñac Louis XIII en copas de cristal de Baccarat, el líquido ámbar brillando como lágrimas doradas, mientras ocupaba mi sitial elevado, un trono tallado en hueso y marfil.

Era se instaló en mis rodillas con la familiaridad de una gata, una Cleopatra moderna ofreciendo sus senos generosos como ofrenda a su faraón.

Al morder el pezón derecho a través de la fina seda de su vestido, un suspiro gutural, mitad dolor mitad placer, escapó de sus labios entreabiertos: