Inquina Parte Dos #3
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Parte Dos #3

pequeño país—, una alerta escarlata parpadeó silenciosamente en el monitor central: INTRUSIÓN EN SECTOR 7.

NIVEL 5. FIRMA: BONET. Un latigazo de ira pura me recorrió el espinazo.

Siempre ese maldito Bonet. Su sombra, larga y tenaz, se cernía sobre mi imperio.

Sus firewalls de mierda eran una hidra mitológica: por cada cabeza que lográbamos cortar, surgían dos nuevas, más fuertes, más enrevesadas.

—¡Contención total! —grité al equipo de ciberseguridad a través del canal cifrado—.

¡Todo el mundo en sus puestos! Activen el protocolo Medusa. ¡Ya!

Era ya estaba frente a su consola personal, una extensión curvilínea de cristal y luz, sus ojos azules convertidos en chips de hielo escaneando líneas de código como un depredador que rastrea el olor de la sangre en el agua.

Juntos, una mente bicéfala de odio y genio, desplegamos un ejército de demonios digitales, bestias de código diseñadas para destripar intrusiones.

Pero su contraataque fue una burla grotesca, un guantazo en la cara: un unicornio pixelado de colores pastel bailando una polka ridícula en todas las pantallas del sector, acompañado de un loop de risa de dibujos animados.

—¿Se creen ingeniosos? ¿Graciosos? —escupí, la rabia haciendo que estrellara mi puño contra la fría superficie de mármol negro del escritorio, sintiendo un dolor agudo y satisfactorio—. Esto es mi reino. Yo escribo las reglas. Yo decido quién vive y quién muere en este juego.

La memoria, traicionera, me arrastró de vuelta a mis primeros golpes audaces en los bajos fondos de Varsovia: vaciar las cuentas offshore de oligarcas borrachos de poder había sido como robar caramelos a niños.

Cada transferencia anónima, cada fraude perfecto, era un latigazo contra el fantasma odiado de Saúl Bonet, cuya bancarrota autoinducida y su estúpida rectitud moral habían arruinado a mi padre y manchado nuestro nombre.

Era guardaba aquellos extractos bancarios antiguos como trofeos sangrientos en una caja fuerte blindada dentro de nuestro dormitorio.

—¡Trampa desactivada! Rastro neutralizado —anunció Era de pronto, su voz un susurro triunfal mientras unas coordenadas en Seúl parpadeaban en la pantalla—. Coreanos. Unos novatos con ambición de tiburón, pero dientes de cordero.

En menos de diez minutos, sus bitcoins, sudados y minados en granjas subterráneas, sangraban hacia nuestras bóvedas digitales irreversiblemente.

Observé la danza hipnótica de ceros y unos, de ganancias exponenciales, con una sonrisa fría que no llegaba a los ojos.

La venganza, la había aprendido bien, siempre sabe mejor cuando se sirve helada, lentamente, y con la certeza de que tu enemigo lo sabe.

La piscina interior, una extensión de agua negra iluminada desde abajo, reflejaba las bóvedas de cristal del techo abovedado.

Nadé brazadas largas y enérgicas, hasta que el escozor del cloro en los ojos y la garganta logró borrar el sabor amargo del engaño y la constante guerra digital.

En el extremo opuesto, bajo un arco de mármol, mi hermano Maurycy "supervisaba" con su torpeza habitual a una nueva adquisición bielorrusa, una rubia de mirada vacía y huesos delicados.

La escena, burda y grande de gracia, me recordó por qué detestaba profundamente la falta de elegancia, la animalidad sin ceremonia: el placer verdadero, el poder real, exige ritual, teatro, la sublimación de lo bestial en algo arte.

Era me esperaba sentada en el borde, la silueta recortada contra la luz azulada, su vestido de seda negra pegado al cuerpo mojado como una segunda piel brillante.

—Estás tenso, Adam —murmuró, hundiendo un pie descalzo y perfecto en el agua oscura, perturbando su superficie quieta.

Sin mediar palabra, como respondiendo a un imán invisible, la atraje hacia mí.

El fino vestido de seda se deshizo bajo mis manos como azúcar mojado, revelando la piel de porcelana que solo yo podía marcar.

Sus gemidos, agudos y melodiosos, resonaron bajo la cúpula de cristal mientras la columna de mármol frío recibía la sombra de nuestros cuerpos entrelazados.

Mía, pensé con ferocidad al morder su clavícula, saboreando el metal de su sangre.

Solo mía desde aquel invierno brutal en Gdansk, cuando el mundo nos expulsó y nos convertimos en dioses de nuestra propia religión prohibida.

Nuestra madre jamás lo entendió: algunos amores no son caminos, sino laberintos sin salida, y la única manera de vivirlos es poseyendo el laberinto entero.

La sala de guerra, un cubo de acero reforzado enterrado a treinta metros bajo el palacio, olía a cobre, a café turco espeso y a la electricidad estática de docenas de pantallas táctiles.

Los Siete Señores de la Red Oscura, mis socios y peones, ocupaban sus tronos ergonómicos de cuero negro frente a un mapa holográfico de Europa que colgaba en el aire como un fantasma luminiscente.

Akron, su cuerpo cubierto de tatuajes biomecánicos que se movían bajo la piel, acariciaba con devoción una figurilla de jade de la dinastía Han.

Irma, su pelo de cuervo recogido en un moño severo que enmarcaba unos ojos de tormenta gris, trazaba cicatrices imaginarias en el brazo del sillón con una uña afilada como una navaja.

Cada marca, sabía yo, representaba una vida extinguida en sus "estudios etológicos", un eufemismo repugnante para una crueldad sin límites.

—Nuestros amigos árabes exigen variedad —anuncié, proyectando cifras y mapas de flujo sobre el éter luminoso—. Ya no quieren solo del Este. Quieren opciones de los Cárpatos, del Cáucaso y de Anatolia. Pureza certificada, genética impecable. Pagarán el doble por diversidad.

Irma lanzó una carcajada metálica, un sonido que raspaba los huesos.

—Yo proveeré los potros de carrera. Dos sementales circasianos, gemelos idénticos, llegaron ayer. Perfectos. Vírgenes. Los entrenaré personalmente.

El destello de celo primitivo, de pura lujuria posesiva, en la mirada de Era fue un error imperdonable, un show de debilidad frente a los chacales. Al terminar la reunión, cuando los demás se hubieron marchado, mi mano se cerró alrededor de su garganta, aplastándola contra la fría pared de acero.

—Vuelve a mirarla así —susurré, mi aliento helando su piel—, con esa hambre en los ojos, y te enviaré a donde mandé a los perros que tanto les lloraste de niña. Eres mía. Cada parte de ti. No lo olvides nunca.

El ala oeste, el corazón industrial de mi imperio, era una catedral del horror meticulosamente organizada.

Entre jaulas de titanio pulido y cristal ahumado, la mercancía humana —empaquetada, etiquetada— susurraba oraciones inútiles a dioses que habían dejado de escuchar hacía mucho tiempo.

Dimitri, mi sombra silenciosa y leal, anotaba instrucciones en una Tablet de cristal, su rostro, como una máscara de impasibilidad.

—El príncipe Karim insiste. Exige la carne... fresca. Que Sangreveloz cumpla su ritual de purificación antes del envío. Quiere el video de rigor.

Al pasar frente a una celda de máximo seguridad, una niña serbia de no más de doce años, con ojos de gacela aterrorizada, se arrojó contra los barrotes invisibles de su prisión de energía.

—¡Mi hermana! ¡Devuélvemela! ¡Por favor! ¡Solo devuélvemela!

Ignoré su súplica como ignoro el zumbido de una mosca.

La compasión es un lujo para almas mediocres, para aquellos que no tienen el estómago para forjar su propio destino.

En la santidad de mi despacho, los esquemas robados a Bonet —planos de motocicletas, por el amor de Dios— ardían en la pantalla principal.

Juguetes. Inútiles juguetes de metal para un hombre que se creía un titán pero que solo jugaba a ser Dios en un arenero de su propia mediocridad.

Borré los archivos con un gesto de desprecio.

No necesitaba sus caprichos de diseñador.

Necesitaba su núcleo, su corazón digital, la clave de todos sus sistemas. Y luego, necesitaba verlo arder.

La memoria, esa traidora, me arrastró de nuevo a aquel invierno de 1999, a la finca familiar.

Madre nos encontró en el invernadero, entre orquídeas exóticas, sus gritos rasgando el silencio nevado que envolvía el mundo.

"¡Aberración! ¡Pecado!", había escupido, su rostro una máscara de horror y asco.

Esa misma noche, mientras Dimitri inyectaba pentotal sódico en su vena yacente, aprendí la lección más valiosa de mi vida: los tabúes son solo cadenas forjadas por débiles para atar a otros débiles.

La seda de su kimono favorito había crujido bajo mis manos como el hielo del Vístula rompiéndose. ..

—¿Recuerdos, mi rey? —la voz de Dimitri, grave y neutra, interrumpió el viaje al pasado, presentándome un informe físico en papel—. Los análisis de la nueva remesa.

—Solo calculo estrategias, Dimitri. Siempre estrategias —respondí, desviando la mirada hacia el perfil de Damián Bonet que sonreía cínicamente desde una pantalla secundaria—. Quizás sea hora de soltar un... señuelo familiar. Algo que no pueda ignorar.

El Necrópolis Club respiraba pecado caro y decadencia elegante.

Entre columnas góticas y humo de opio sintético, cuerpos anónimos y bellos se fundían al ritmo pulsante de guitarras distorsionadas y baterías electrónicas.

Luisa, mi gerente de lugar, una víbora de curvas peligrosas, deslizó manos de serpiente por mi pecho, su sonrisa una promesa de veneno.

—Extrañamos tus inspecciones nocturnas, patrón. El lugar no es lo mismo sin tu... toque personal.

—Otro día, Luisa —la aparté con suavidad, pero sin lugar a dudas, mi mirada fijándose en el palco vip.

Allí, Olsen, el magnate armamentista sueco, sonreía con suficiencia mientras una chica pálida y andrógina le susurraba al oído con dientes afilados y ojos vacíos.

Broken Empires de HOCICO retumbaba en los altavoces, un himno apropiado.