Parte Dos #2
El rugido del Dodge Charger 1970, una bestia negra y musculosa, ahogó
cualquier otra advertencia que él pudiera haber tenido. En la carretera costera, con el viento salado azotándonos y Seek & Destroy de Metallica destrozando los altavoces, mi mano encontró el calor entre sus muslos, la seda fina del vestido un obstáculo insignificante.
—¿Adónde me llevas, Damián? —su voz tembló apenas, no con miedo, sino con una excitación palpable, cuando mis dedos comenzaron a dibujar círculos lentos y deliberados sobre la tela húmeda.
—Al inframundo, nena —respondí, mi voz un susurro ronco que se perdía en el viento—. Donde las reglas se escriben con placer y sangre, y donde los dioses se arrodillan ante sus propias creaciones.
En el muelle privado de Adalar, la máscara de kitsune, el zorro japonés de nueve colas, descansaba sobre un cojín de terciopelo rojo sangría, esperándola.
Alexander y Laurent nos esperaban junto al yate Erebus, un fantasma negro de ciento veinte metros de eslora, sus rostros ocultos tras máscaras de oni demoníaco y de geisha llorosa, respectivamente.
—Madame Afrodita —entregué a Natasha su máscara, los cuernos dorados retorciéndose hacia el cielo nocturno como una coronación perversa—. Recuerda: aquí, dentro de estos confines, solo existes como una extensión de mi voluntad. Tu seguridad, tu muy ser, dependen de mí.
—Y tú, mi señor Ares —respondió ella al ajustar el collar de diamantes no en su cuello, sino alrededor de su tobillo, un acto de sumisión y desafío que me dejó sin aliento—, existes como mi espada y mi escudo. Mi destructor y mi protector. No lo olvides.
Le expliqué brevemente hacia dónde nos dirigíamos, que era un lugar de sombras y transacciones donde la discreción era la moneda más valiosa y el miedo, un aroma común.
Necesitaba que fuera fuerte, que confiara en que yo no permitiría que nada ni nadie la dañara.
Ella asintió, su respiración un poco entrecortada, pero pude ver en la profundidad de sus ojos lila, tras la máscara, un nerviosismo que delataba la magnitud de lo que estábamos a punto de hacer.
Así que, para sellar el pacto y calmar sus temores, la tomé de la nuca y la besé lentamente, con una posesión que no era solo carnal, sino espiritual, succionando su labio inferior y saboreando el miedo y el deseo que tanto había anhelado desde que irrumpió en mi oficina.
La isla de Büyükada emergió de la niebla como una pesadilla voluptuosa, un capricho de los oscuros dioses del placer y el exceso.
Entre jardines surrealistas, esculturas vivientes de hombres y mujeres con cuerpos perfectos y miradas vacías se entrelazaban bajo la luna llena, ejecutando ballets de lujuria coreografiados.
En jaulas doradas suspendidas de los árboles, mujeres desnudas mecían sus caderas al ritmo de sintetizadores distorsionados, su sudor brillando como joyas bajo la luz artificial.
Un hombre con máscara de cerdo de cristal de Murano azotaba con delectación a un sumiso encadenado a una cruz de mármol negro, cada latigazo un suspiro colectivo de la audiencia enmascarada.
—Todo esto es fachada —musité al sentir la tensión instantánea en los dedos de Natasha, que se aferraban a mi brazo—.
Teatro para turistas ricos y pervertidos.
La verdadera perversión, la que importa, ocurre tras la tercera puerta, bajo tierra.
Donde el dinero cambia de manos y las almas se pesan en gramos de polvo blanco o de carne fresca.
Caronte nos recibió en el Salón de los Espejos Cóncavos, una habitación donde las imágenes se distorsionaban, alargándose y acercándose como en un sueño febril. Su máscara de fénix plateado reflejaba nuestras propias deformidades, multiplicándolas hasta el infinito.
—Ares y Afrodita —su voz, modulada electrónicamente para sonar andrógina y amenazante, resonó dentro de mi cráneo como si me hablara directamente al cerebro—. El inframundo celebra su obscena unión. La diosa del amor y el dios de la guerra. Un combo deliciosamente destructivo.
—Necesito luz sobre las sombras, Caronte —deslicé sobre la mesa de obsidiana un pendrive de titanio con el símbolo grabado de los Bianchi, un águila devorando una serpiente—. Hugo Bianchi. Todo lo que tengas. Precio abierto.
Nos hizo señas con un gesto de la mano, enguantada de cuero negro, para que lo siguiéramos.
Abrió una puerta camuflada en un espejo que inmediatamente nos trasladó a un tenebroso laberinto subterráneo, la luz tenue de neón azul lo hacía más terrorífico, más íntimo.
Nos detuvimos frente a una puerta maciza de roble rojo sin pomo.
No demoró mucho en que una serie de escáneres ocultos nos reconocieran y la puerta se deslizara hacia un lado con un suspiro hidráulico.
Sus protocolos de seguridad no eran ninguna broma.
Su guarida era un panóptico digital de pesadilla.
Pantallas planas de alta definición mostraban transacciones en tiempo real de mercancías inimaginables: "Lote 19: gemelas bielorrusas, 14 años.
Pureza garantizada. USD 2.3 millones." Natasha contuvo un gemido ahogado, ahogándose de horror, al ver en una pantalla más pequeña a una niña, no mayor de cinco años, en una jaula suspendida, vendada y conectada a sueros, como un animal precioso.
—Bianchi murió en el vuelo LY294, el que explotó sobre los Cárpatos —Caronte arrojó imágenes de restos calcinados, de un reloj de oro fundido con el emblema del águila—. Pero sus redes, su hidra, sobreviven. Mira esto.
Un mapa holográfico de Europa desplegó rutas fantasmas, líneas de tráfico que se esfumaban y reaparecían. Flechas rojas convergían todas en Polonia, en la región de Sandomierz, antes de desvanecerse en la nada.
—¿Mi hermana? —la pregunta me quemó la garganta, salió rota, cargada de una esperanza que me aterrorizaba sentir.
—Los Bianchi clásicos no comerciaban con mujeres mayores de dieciséis años.
Su mercancía era... perecedera —su dedo enguantado señaló otra pantalla, una subasta en la dark web con un título que me heló la sangre: *"Ángeles polacos: 4-6 años.
Pureza certificada. Extracción in modem—.
Esto es nuevo. Un jugador nuevo, o uno viejo que ha evolucionado.
No los venden para... uso convencional. Los sacrifican.
Para extraer adrenalina cristalizada, sinápticamente pura, en el momento del terror máximo.
La llaman Lágrima de Serafín. Un solo mililitro vale más que un kilo de cocaína colombiana de la más alta pureza.
Es la droga definitiva para quienes lo han probado todo.
Natasha se desplomó contra mí, su cuerpo temblando de una forma que nada tenía que ver con el deseo.
En el reflejo de sus ojos lila, su rostro reflejaba el horror, vi la misma ira letal, la misma sed de venganza absoluta que devoraba mis entrañas desde hacía veintinueve años.
Esa noche, mientras los éxtasis químicos y los gritos de placer fingido envolvían la isla, juré sobre su piel temblorosa, sobre el latido frenético
de su corazón latiendo por mi: quemaría ese infierno hasta los cimientos.
Arrasaría cada piedra, cada cómplice, cada monstruo que participara en ese comercio.
Aunque el fuego me consumiera a mí también.
Aunque el humo me oscureciera el alma para siempre y me convirtiera en el mismo demonio que perseguía.
El reino de la noche eterna
Cracovia Polonia
Adam
La luz azulada y fría de la pantalla táctil iluminaba mis facciones, dibujando una sonrisa que no era de alegría, sino de pura satisfacción predatoria.
Los informes fluían ante mis ojos, una letanía de números y datos que cantaban una sinfonía de poder y dominación.
Las nuevas adquisiciones, meticulosamente seleccionadas, superaban todas las expectativas, aunque las pérdidas logísticas en la frontera rumana — un contratiempo molesto involucrando a camión volcado y un policía demasiado curioso— habían requerido ajustes meticulosos y castigos ejemplares.
En tres horas exactas comenzaría la subasta principal, y cada engranaje de mi maquinaria perfecta debía funcionar con la precisión de un reloj suizo.
Los compradores de Oriente Medio, ricos, impacientes y aburridos tras semanas de espera, ansiaban con desesperación renovar sus "colecciones privadas".
Mi dedo índice, frío como el acero, acarició la imagen en alta resolución de una joven georgiana de cabello color ébano y ojos verdes como un bosque en primavera.
Quizás para el ala norte, pensé, calculando.
Necesitaba un heredero, y Era, con su ojo clínico e implacable, seleccionaría la candidata perfecta entre las más jóvenes y dóciles, como siempre lo había hecho.
—Prepárenlas para la inspección final. Que estén impecables — ordené a través del intercomunicador de pared, mi voz un eco en el estudio acorchado—. Nada de marcas, nada de lágrimas. Mercancía de primera calidad. Es lo único que vendemos.
El mercado se había vuelto insaciable, voraz, desde nuestra expansión hacia el Golfo Pérsico.
Los príncipes petulantes exigían certificados de virginidad con validación genética y trazabilidad completa, y los jeques ancianos pagaban fortunas obscenas por adolescentes con pedigrí académico impecable y sonrisas vacías.
Mientras estudiaba los reportes financieros —una cascada de beneficios que haría palidecer a un