Inquina Parte Dos
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Parte Dos

Juego de Máscaras

La caja de terciopelo negro, pequeña y ominosa, pesaba en mis palmas como un secreto mal confesado, como la culpa de un pecado que aún no había cometido.

Dentro, sobre un lecho de seda color marfil, el collar de diamantes —una pieza Art Decó de talla esmeralda— capturaba la luz ambiental en un juego de fractales fríos y perfectos, cada destello un pequeño universo de cálculo y belleza implacable.

Tan frío y perfecto como la sonrisa de Natasha en el retrato que guardaba escondido en el cajón de mi escritorio de ébano.

Quiero creer que es pura, pensé, la mentira sabiendo amarga incluso en la intimidad de mi mente.

Pura en su ambición, pura en su perversión, pura en su capacidad de desafiarme.

Mía. Solo mía. La idea de otros hombres, de sus miradas hambrientas, de sus susurros de promesas baratas en su oído, me provocaba un ardor venenoso en las entrañas, un fuego verde de celos primitivos que no conocía la razón.

—¡Maldita sea! —La caja resonó con un golpe sordo y final al ser estrellada contra la fría superficie de mármol del vestidor.

Necesitaba movimiento, violencia controlada, la única terapia que mi cuerpo entendía.

En el gimnasio privado, los hierros crujieron bajo mis embestidas furiosas, el sonido metálico de las pesas un canto guerrero, hasta que el ácido láctico quemó mis músculos como lava y mi mente se vació de todo excepto del esfuerzo físico.

Bajo el torrente helado de la ducha de vapor, imaginé esas caderas, esas malditas caderas que me obsesionaban, oscilando al ritmo de mis embestidas, sus uñas afiladas excavando surcos sangrantes en mi espalda.

Cuando el orgasmo solitario me sacudió contra los azulejos de ónix, maldije la abstinencia forzada por su ausencia.

Dos días. Dos días completos sin su sabor, sin su olor, sin su desafío.

Hoy la tendría gritando mi nombre hasta desgarrarse la voz.

Al vestirme, la presencia intrusiva y dulce de sus prendas en mi armario —ese vestido de cuero negro que ceñía sus curvas como una segunda piel, dejado allí después de su última visita— despertó en mí una sonrisa involuntaria, un gesto casi tierno que me avergonzó al instante.

Elegí un traje negro de hilo de Escocia, tan oscuro como mis intenciones, y una camisa blanca hecha a medida que se ajustaba a mi torso como un guante.

El Rolex Cosmograph Daytona de platino descansó en mi muñeca no como un accesorio, sino como un arma cargada, un recordatorio de cada segundo que controlaba.

—¡El gran Damián Bonet, el lobo solitario, reducido a monógamo por una gatita con ojos de lila!

—La voz de Alexander irrumpió en la sala de estar, seguida por su figura desgarbada que emergía de la penumbra con una botella de Château Margaux 1982, su sonrisa burlona iluminada por el cielo crepuscular de Estambul que se veía tras los ventanales.

—La puntualidad nunca fue tu virtud principal —esquivé el comentario con una frialdad deliberada, aceptando la copa de cristal tallado que me ofrecía—. Espero que tus habilidades técnicas hayan mejorado desde la última vez.

—Tu rastreador cuántico está listo y funcionando. Atraparemos a tus fantasmas digitales, Damián. Como en los viejos tiempos —alzó su copa, un destello de nostalgia genuina en sus ojos—. Brindo por los viejos tiempos. Por los Cuatro Jinetes.

El vino estalló en mi paladar con notas complejas de trufa negra, tierra húmeda y una acidez elegante que solo venía de un lugar: Nuevo Terreno. Los viñedos de Camila Brown. O mejor dicho, de Camila Durand, ahora. Las ironías del destino siempre me habían parecido especialmente crueles.

—¿Brown sigue ahí fuera, lamiéndose las heridas de su ego y su matrimonio? —pregunté, observando el líquido rubí oscilar en la copa.

—Persigue a Camila como un perro faldero con complexión de narcisista —Alexander se desplomó en el sofá Chesterfield con una familiaridad que solo los años concedían—.

Sebastián se lo advirtió: 'Jugar a la familia feliz es divertido hasta que alguien se cree el cuento'.

Ahora ella lo detesta con la misma intensidad con la que una vez lo deseó.

—El predicador de la familia perfecta —solté una risa cortante, vacía—. Ustedes tres son un manual de instrucciones sobre cómo arruinar vidas ajenas. Si quieren jugar a este juego, no se comprometan. Es la primera regla.

—Siempre el filósofo cínico —respondió Alexander, aunque su mirada delataba una incomodidad que no esperaba. Tal vez aún guardaba algo de conciencia.

La mansión Page era un exorcismo arquitectónico del mal gusto, una pesadilla de excesos neoclásicos y tecnología punta.

Cisnes mecánicos de plata surcaban lagos artificiales iluminados con luces de neón rosado, creando un espectáculo surrealista y grotesco.

Anastasia Page avanzó hacia mí como un buque de guerra enfundado en llamas doradas, su sonrisa un ejercicio de tensión muscular perfectamente controlada.

—Señor Bonet, qué... inesperada sorpresa —su apretón de manos fue un guante de terciopelo sobre un puño de hielo, una advertencia en sí misma.

—¡Damián! —La voz de Natasha, un faro en la niebla de la banalidad, se desprendió de un grupo de herederos aburridos con la elegancia letal de una pantera moviéndose entre gacelas.

Su vestido azul noche, caro y sencillo, palidecía ante el brillo eléctrico, casi sobrenatural, de sus ojos lila—.

Temí que te arrepintieras. Que encontraras algo más interesante que hacer.

—Feliz cumpleaños, diablilla —besé su frente, un gesto de posesión disfrazado de afecto, al entregarle la caja de terciopelo—. Para la mujer que lo tiene todo, excepto quizás, un poco de moderación.

Fue entonces cuando Saúl irrumpió en nuestro espacio como un toro de lidia en una tienda de porcelana, su traje blanco inmaculado gritando mediocridad y esfuerzo.

—¡Florecita! La pista de baile te espera. Todos preguntan por la cumpleañera —intentó tomarla del brazo con una familiaridad que me hizo ver rojo.

Mi mano se cerró sobre su muñeca con una presión calculada, suficiente para interrumpir el flujo sanguíneo y dejar claro el mensaje sin necesidad de palabras. Mis ojos se encontraron con los suyos, y en ellos no hubo nada más que el vacío absoluto de una amenaza cumplida.

—La dama está ocupada —gruñí, mi voz un susurro cargado de hielo partido—. Y lo estará durante el resto de la noche. Busca otro juguete con quien jugar.

El hombre, palideciendo visiblemente, se alejó a paso acelerado, tragándose su orgullo herido.

Natasha sonrió, una expresión de puro triunfo al verlo desaparecer entre la multitud.

En cambio, su madre, Anastasia, siguió mirándome con ese desprecio antiguo y helado que solo las madres de las mujeres que deseas pueden conjurar.

— Será mejor que veas tu regalo. Aquí, ahora —la insté, disfrutando de la anticipación.

La miré abrir la caja con la avidez de una adolescente, sus ojos iluminándose de una manera que hizo que algo se retorciera en mi pecho. Te estaré esperando, pensé, observando cada micro expresión de su rostro.

El recorrido por salones atestados de gente hermosa y vacía fue una tortura exquisita.

Entre risas estridentes y comentarios vacuos sobre yates y acciones bursátiles, Natasha me condujo con determinación hacia una galería lateral escondida, un sanctasanctórum de silencio y arte.

Allí, colgada en una pared de terciopelo granate como un testamento silencioso, La dama del Vístula de Jan Matejko capturó mi aliento y me lo arrancó del pecho.

El óleo maestro mostraba a una noble polaca de rostro sereno y triste, con unos ojos de un ámbar profundo e inquietante.

.. los mismos ojos que habían atormentado mis sueños desde aquella noche de nieve y sangre en Sandomierz. Los ojos de mi madre.

—¿Damián? —la voz de Natasha, suave pero cargada de preocupación, me arrancó del abismo de memoria en el que me estaba sumergiendo—. ¿Estás bien?

El vestido que emergió de la caja era un poema de transgresión escrito en seda negra de Gucci: escote ilusión que prometía revelar todo y nada, espalda abierta hasta el sacro que invitaba a ser recorrida con dedos y labios, una cola de sirena que susurraba promesas de revelación con cada paso que diera.

Anastasia enmudeció, su rostro una máscara de horror y furia contenida cuando Natasha reapareció de detrás de un biombo, convertida en un ícono viviente de deseo puro y peligroso.

—¡Vergüenza debería darte! ¡Pareces una... una cortesana! — escupió su madre, su voz un silbido venenoso.

—Estás sublime —dije yo, posando mis manos en su cintura con una firmeza que era una afirmación de propiedad, desafiando a la mujer con una mirada que no dejaba lugar a dudas—. Como la reina pagana que siempre has llevado dentro. La diosa de un culto del que solo yo soy digno.

Le propuse que nos fuéramos de aquella fiesta de plástico y aburrimiento, que la llevaría a un lugar donde el mundo real, crudo y vibrante, latía con fuerza.

Solo me pidió unos segundos para despedirse de su padre.

Fue entonces cuando Charles Page interceptó nuestra salida en la gran escalinata de mármol, su figura imponente bloqueando el camino.

—Cuídala, Bonet —dijo, su voz grave y llena de una autoridad que no me impresionaba—. O responderás ante mí. Ella no es uno de tus negocios desechables.

¿Se atreve a amenazarme? ¿A mí? Natasha, percibiendo la tensión letal que empezaba a vibrar en el aire, se interpuso con elegancia, dándome un beso rápido en la mejilla, un gesto que era a la vez caricia y advertencia silenciosa.

Es su forma de protegerla, comprendí de repente.

Cree que su nombre y su dinero son un escudo.

Como si yo no supiera ya cómo cuidar de lo que era mío.

Como si no fuera el depredador supremo en cualquier jungla en la que decidiera cazar.