Inquina Parte Uno #12
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Parte Uno #12

—Mi "paranoia" evitó que Interpol te arrestara en el puerto de Mónaco hace diez años, Michele —repliqué helado, mi voz un filo de acero—.

¿O ya olvidaste quién borró las evidencias de tu pequeño hack al sistema de vigilancia del casino?

¿Quién limpió tu nombre a cambio de que tu firewall fuera mío cuando lo necesitara?

El silencio en la línea se espesó, cargado de años de resentimiento y rivalidad.

Nuestra guerra venía de los pasillos de Cambridge, cuando Sarah —su novia de entonces, una pretenciosa historia de sangre azul— intentó tenderme una trampa con benzodiazepinas en mi copa.

Amanecí desnudo junto a ella en su suite, pero sobrio y con la memoria intacta, gracias a un estómago acostumbrado a los venenos.

Brown jamás creyó mi versión. Su venganza fue precisa y ruin: delatar la ubicación de mi laboratorio clandestino a la CIA.

Lo que ese idiota no sabía era que yo, desconfiado por naturaleza, ya había replicado todos los servidores críticos y los había escondido en una bóveda submarina de alta seguridad cerca de Malta.

—¿Pueden superar su drama de instituto de una maldita vez? — interrumpió Alexander, su paciencia agotada—. Tenemos un ghost, un fantasma de nivel uno, persiguiéndonos y burlándose de nuestras narices. Enfóquense.

La puerta del estudio se abrió entonces, suavemente, pero fue como una explosión en la tensa calma.

Natasha apareció en el marco, envuelta únicamente en mi camisa de franela negra, que le llegaba a mitad de los muslos, dejando sus piernas infinitamente desnudas a la vista.

El cabello revuelto, el rostro aún marcado por el sueño.

—Iré de compras —anunció, con una naturalidad pasmosa, ignorando por completo las pantallas holográficas y las figuras congeladas—. Quiero un vestido para la fiesta. Acompáñame a elegirlo.

Antes de que mi cerebro, aún inmerso en códigos y traiciones, pudiera formular un rechazo, mis dedos actuaron por cuenta propia. Abrí el cajón de ébano de mi escritorio y deslicé hacia ella una tarjeta negra de titanio, sin límite preestablecido.

—Llama a André. Que traiga todo su inventario de otoño aquí. No vas a mezclarte con el populacho.

Su sonrisa fue un destello de triunfo. Se acercó, ignorando las miradas invisibles de mis socios, y su beso fue un relámpago de jengibre y desafío puro contra mis labios.

Solo al separarme, al sentir el sabor de ella aún en mi boca, vi las caras congeladas de Alexander y Brown en la pantalla, sus expresiones una mezcla de incredulidad y shock.

—¿De dónde diablos salió esa diosa? —rugió Alexander cuando la puerta se cerró tras Natasha, su usual compostura británica hecha añicos.

—De mi perdición —respondí, reactivando el micrófono con un gesto seco—.

Y de mi única dosis de cordura reciente.

Brown —añadí, clavando mi mirada en el avatar de mi antiguo rival—, si se te ocurre hacer un solo comentario al respecto, o indagar en ella, desintegro tu cuenta en las Islas Caimán y hago que tus fondos desaparezcan en una donación anónima a una ONG de gatos.

Michele Brown palideció visiblemente incluso a través del holograma, justo cuando su algoritmo de rastreo lanzó un pitido agudo, estridente.

Un punto rojo, más brillante que todos los anteriores, comenzó a latir con furia en el mapa de Europa central.

Todos nos quedamos en silencio, mirándolo.

Las coordenadas eran inequívocas: POLONIA.

La semana siguiente fue un torbellino de contrastes violentos.

Mientras Alexander instalaba torres de cifrado cuántico en el corazón de mi oficina, sus manos expertas danzando sobre cables de fibra óptica, Natasha convertía el penthouse en un campo de batalla de telas, sedas y encajes.

Vestidos de Versace, espectaculares piezas de McQueen, y unas botas de cuero violeta de Tom Ford que costaban como un Porsche nuevo, se amontonaban en cada superficie disponible, transformando mi santuario minimalista en un bazar de lujo obsceno.

—El negro con las plumas de cuervo —señalé con un dedo, sin levantar la vista de un informe de seguridad, cuando apareció modelando un body de malla dorada que le pintaba las curvas como un graffiti obsceno y divino—. Te hace parecer una diosa de la guerra sedienta de sangre. Es perfecto.

André, mi estilista personal, un francés de modales exquisitos y gustos carísimos, asintió con fervor casi religioso:

—Absolument magnifique, mademoiselle! Llevará el collar de zafiros estrella de Garrard para complementar. Ya lo encargué, Monsieur Bonet.

—¿Novia? —murmuró Natasha después, cuando André se retiró, rodeando mi cuello con sus brazos desde atrás mientras yo pretendía revisar los flujos financieros en mi Tablet—. André no ha parado de decirme lo afortunada que debo de ser a tu lado… lo establecido que estás.

—¿Prefieres el término "cómplice"? —respondí sin levantar la vista, fingiendo una indiferencia que mi pulso acelerado delataba como la mentira patética que era.

Esa noche, la voz de Shakira y su “Clandestino” resonaba desde las paredes; al encontrarla en el vestidor, doblando meticulosamente su nuevo botín de guerra en los estantes que una vez ocuparon mis camisas, algo en mí se quebró.

La tomé por la cintura, girándola hacia mí.

Mis dedos encontraron el borde de su short de seda.

—Este estorba —murmuré al rasgar la tela con un tirón seco, el sonido desgarrador como un disparo en la quietud.

Su tanga de encaje, ya empapada, siguió el mismo destino un segundo después.

—Ahora te debo tres conjuntos —bromeé con una voz que no me sonó propia, mordiendo su labio inferior con una ferocidad que era puro disfraz para la ternura que me invadía.

—Prefiero tu piel. Siempre. —sus hábiles manos, pequeñas y fuertes, comenzaron a desabrochar mi camisa con una urgencia que me desarmó.

La tomé con una delicadeza que me aterró y la recosté sobre la suave alfombra de lana. Tomé una de sus piernas y la subí a mi hombro, penetrándola con una lentitud exquisita y tortuosa. Sus uñas excavaron surcos en mi espalda, marcándome, poseyéndome a su vez.

—Dime, Damián —jadeó entre embestidas que se hacían más profundas, más desperadas—. ¿Solo soy una aventura? ¿Otra locura más en tu vida de excesos?

—Eres el huracán en el que elegí navegar, Natasha —confesé, la verdad escapándoseme como un suspiro antes de morder su clavícula, maldiciendo mi debilidad y bendiciendo su nombre.

Continué moviéndome dentro de ella, perdiendo el ritmo, perdiendo el control.

Hasta que Natasha giró las caderas con una maestría que me arrancó un gruñido brutal, animal.

Joder. Perderé la cabeza a este ritmo. Nuestro clímax se acercaba, un precipicio compartido.

Su voz, dulce y rota, susurrando mi nombre me llevó a la gloria, permitiendo que la llenara de mi semilla, sin frenesí, con una entrega que me aterrorizó.

Me derrumbé a su lado, exhausto, y la arrastré para acomodarla sobre mi pecho, nuestras respiraciones agitadas encontrando lentamente una sincronía nueva.

Ninguno dijo absolutamente nada. El silencio lo decía todo.

Su mano, pequeña y cálida, descansaba abierta sobre mi corazón. Mi corazón. El mismo órgano que hacía años, décadas, que no latía de esa manera, con esa fuerza a la vez aterradora y renovadora. Esta es una puta broma del destino, pensé, mirando el techo. Y he caído redondo.

Al día siguiente, frente a la imponente mansión Page, una estructura neoclásica que gritaba opresión y linaje, comprendí de inmediato el infierno del que Natasha huía.

Anastasia Page emergió entre columnas corintias, vestida de lino blanco inmaculado, como una virgen vestal moderna, sus ojos grises escrutándome como si fuera un espécimen particularmente contaminante y desagradable.

—Encantado, señora Page —dije, estrechando su mano fina y gélida, que se sintió como agarra un puñado de huesos cubiertos de seda.

—El famoso Damián Bonet —respondió, deslizando un desprecio perfectamente educado en cada sílaba—. Natasha jamás mencionó que tuviera una... relación tan estrecha.

—No todo lo que vale la pena se anuncia en las redes sociales, Anastasia —sonreí, un gesto frío que no llegó a mis ojos, mientras dibujaba con mi pulgar el pequeño tatuaje oculto en la muñeca interna de Natasha: un zorro estilizado, encriptado en código binario, que yo mismo le había hecho—.

Nos vemos el sábado en su fiesta. Estaremos encantados de asistir.

El portazo del Lamborghini resonó como un disparo de adiós al alejarnos de la fortaleza de los Page. Natasha temblaba a mi lado, su brazo pegado al mío.

—Tu madre es una cabrona con pedigrí —dije al encender el motor con un rugido, mirándola a los ojos—. Pero el sábado, cuando camines hacia esa pista con ese vestido negro y plumas, con mi marca en tu piel y mi anillo en tu dedo, entenderá de una vez por todas que ya no le perteneces.

En la oficina, Laurent me esperaba con los brazos cruzados y un informe de dos pulgadas de grosor sobre mi escritorio.

—Veinte demandas nuevas esta semana —dejó caer el fajo de papeles con un golpe sordo—. Y esto —añadió, mostrando una factura de 750,000 euros de André—. ¿La máscara de kitsune de rubíes y oro blanco también es para tu 'huracán personal'?

—Controla tus insinuaciones, Lauren —advertí, mi voz baja pero cargada de una amenaza que ella conocía bien.

—¿Insinuaciones? ¡Esto es una locura, Damián, incluso para tus estándares! Compras silencio con joyas discretas, no... no este arsenal de alta costura y fantasías —golpeó el recibo con un dedo tembloroso—. Te estás enamorando como un colegial y vas a hacer que nos hundamos todos.

—Alexander llega mañana al mediodía —corté en seco, viendo cómo palidecía al mencionar el nombre de mi viejo amigo, una historia entre ellos que nunca quise conocer—. Estará a cargo de toda la seguridad cibernética y personal. Coordina con él.

Mientras ella salía, derrotada y furiosa, mi teléfono vibró suavemente sobre el ébano.

En la pantalla, el nombre de Natasha parpadeaba bajo un emoji de corazón que ella misma había añadido.

Una sonrisa, estúpida y genuina, se dibujó en mis labios por primera vez en ese día infernal.

Y supe, con una certeza que me heló y me calentó al mismo tiempo, que la red, sus demonios, y mi sagrada venganza, podrían esperar.

Por primera vez en treinta y tres años de oscuridad, tenía algo que proteger infinitamente más valioso que mi pasado. Y estaba aterrado. Y estaba vivo.