Parte Uno #11
Mi código de intrusión, un ghost in the machine, se coló entre las pujas enfermizas como un virus de justicia.
Trabajé con una rabia fría, eficiente. Pero en cada rostro joven, en cada mirada aterrorizada, buscaba, como siempre, otro rostro.
Y no era ella. Nunca lo era. Cuando las coordenadas del puerto de Constanța saltaron automáticamente a los servidores de Interpol, destrocé el teclado con un grito ahogado de frustración y dolor, mis nudillos sangrando sobre las teclas.
Al regresar al dormitorio, la encontré de pie junto a la ventana, envuelta en mi camisa de franela negra, que le quedaba enormemente grande. En sus manos sostenía mi guitarra, una Gibson ES-335 de edición limitada del '62.
—¿Sabías que esta ES-335 es una de las quinientas fabricadas en Kalamazoo en el 62? —dije, mi voz aún áspera por los gritos contenidos, pulsando un la sostenido en el aire para comprobar la afinación.
Ella no respondió con palabras. Parecía estar hechizada por el instrumento, por su peso, su historia.
Así que tomé mi Gibson Les Paul Standard de 1959, la bestia de mi colección.
Los primeros acordes de Wasting Love de Iron Maiden llenaron el espacio, la distorsión cálida de los tubos de mi amplificador Marshall vibrando en el pecho.
Tocamos un duelo no pactado —su técnica clásica, precisa y educada, contra mi distorsión salvaje y visceral cargada de blues— hasta que la pizza fría que había pedido y un silencio cómplice nos declararon un empate técnico.
—¿Vendrás el sábado? —preguntó al morder una porción de pepperoni, un hilo de queso colgando de su labio.
Contemplé la cicatriz plateada en su costado, visible bajo la camisa abierta, y luego me perdí en la profundidad de sus ojos lilas.
—Allí estaré —confirmé, y fue una promesa y una amenaza al mismo tiempo.
Mientras comíamos en silencio, su pie descalzo se deslizó por debajo de la mesa y comenzó a acariciar mi pantorrilla con una lentitud deliberada.
En ese contacto, en esa caricia simple y compleja a la vez, había más peligro, más verdad y más vértigo que en todas las redes oscuras y todos los secretos del mundo.
Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, no quise huir de él.
Fiesta
La luz dorada y sesgada del atardecer bañaba el vasto penthouse, tiñendo todo de una calidez engañosa, cuando el mensaje cifrado de Alexander llegó a mi terminal privada, interrumpiendo el silencio cargado: "Llegaré en 72 horas.
Brown sigue trabajando en tu encargo. Cerbero resiste, pero sangra.
" Las palabras, frías y técnicas, fueron sin embargo un portal instantáneo.
Me transportaron a otro tiempo, a otro lugar: el laboratorio clandestino en el ático de un edificio abandonado en Varsovia, donde cuatro adolescentes genios, intoxicados por su propia inteligencia y una peligrosa sensación de invencibilidad, diseñaban algoritmos revolucionarios para violar el núcleo de Caronte, el titán anónimo de la deep web que nos había iniciado en ese juego perverso de dioses y demonios digitales.
El destino nos había cobrado caro aquella osadía infantil: a Alexander lo exiliaron a Cambridge bajo la estricta vigilancia de su familia; a mí me cupo el honor de sobrevivir a un interrogatorio de la CIA que dejó cicatrices permanentes en mis nudillos y una marca indeleble de desconfianza en mi alma.
En la habitación contigua, Natasha dormía.
La encontré desnuda y abandonada sobre las sábanas de seda rojas, un contraste brutal de piel de porcelana y oscuridad.
Me detuve en el umbral, conteniendo la respiración.
La curva de su espalda se arqueaba con la gracia de un arco bizantino, sus cabellos rubios se esparcían como oro líquido sobre la almohada de terciopelo.
Llevaba dos semanas instalada en mi vida, en mi espacio, en mi cabeza, ocupando mi armario con una colección de vestidos de cuero, tacones asesinos y una audacia que desafiaba toda lógica racional.
Al acercarme, el aroma a vainilla tahitiana y piel caliente inundó mis sentidos, un perfume que ya asociaba irrevocablemente con el caos y la paz.
Mis dedos, casi por voluntad propia, recorrieron la geografía sagrada de su columna vertebral hasta el nacimiento perfecto de sus nalgas.
Ella gimió en sueños, un sonido gutural y dulce, arqueándose en una respuesta puramente animal a mi tacto.
—Estás hechizado, maldito Bonet —murmuré para mí, la voz un susurro ronco en la penumbra mientras separaba sus glúteos con un pulso de cirujano, con una reverencia que me alarmó.
Mis uñas, cuidadosamente afiladas, dibujaron espirales lentas y deliberadas en su entrada más íntima.
Su cuerpo, incluso en el sueño, respondió con un temblor húmedo, preparándose, entregándose.
La penetré sin ceremonia, ahogando un gruñido animal en la curva de su hombro.
Ella se alzó sobre codos temblorosos, despertando en medio del acto, pero entregándose de inmediato al ritmo salvaje que le impuse, un ritmo que era tanto castigo como adoración.
—Más fuerte, Damián —jadeó, clavando las uñas en la seda negra de las sábanas, su voz un hilo de deseo roto.
La tomé de las caderas, mis dedos hundiéndose en su carne, sintiendo cada músculo contraerse bajo mis palmas en una danza primal.
Al tirar de su cabello hacia atrás, su cuello se ofreció en un arco vulnerable y perfecto, y fue allí donde deposité mis labios, mis dientes, mi posesión.
El orgasmo la sacudió con una serie de espasmos eléctricos que me hicieron cerrar los ojos, pero yo me retiré a tiempo, negándome a mi propia liberación.
La obligué a girar y a arrodillarse frente a mí sobre la cama.
—Ábreme las puertas del cielo, mi diosa infernal —susurré, mi voz cargada de una necesidad que me aterraba.
Sus labios, cuando me recibieron, fueron una condena dulce y absoluta.
Una rendición que era en sí misma la mayor victoria.
Cuando el éxtasis final me estalló en las entrañas, vertiéndose sobre su rostro glorioso, las lágrimas artificiales —o quizás no tan artificiales— dibujaron caminos nacarados en sus mejillas.
Me miró desde el abismo de sus rodillas, y en sus ojos lilas no había sumisión, sino una comprensión profunda y peligrosa de que este juego tenía dos jugadores, y ambos estaban perdidos.
Horas después, el aroma embriagador a pimienta de Jamaica, cardamomo y vino tinto me guió hasta la cocina de diseño industrial.
La escena que encontré me detuvo en seco: Natasha, de pie frente a la estufa de gas, revolvía un coq au vin con una concentración inusual, intensa.
Llevaba solo un delantal de seda burdeos que ataba su cintura, contrastando de forma obscena con la palidez de alabastro de su piel y la curva de sus senos.
—Espero que te agrade —sonrió al verme, una sonrisa genuina que le reveló unos hoyuelos en sus mejillas que nunca antes me había permitido ver—. Mi abuela era francesa. Me enseñó algunos trucos antes de que mi madre la prohibiera verme.
El primer bocado fue una revelación gastronómica: la carne estaba tierna, deshaciéndose, los sabores equilibrados entre lo terroso y lo ácido, letalmente perfecto.
—Felicitaciones a la chef, Page. Podrías hundir cualquier restaurante con estrella Michelin con esto.
—En casa me prohíben hasta tocar una sartén —confesó, jugueteando con el tallo de su copa de Pinot Noir, su mirada perdida en el líquido rojo oscuro—.
Mi madre cree que las Page nacimos para usar guantes blancos hasta en la ducha, sonreír en galerías de arte y casarnos con un apellido más antiguo que la polilla de los tapices.
—¿Y tú qué quieres, Natasha? —pregunté, la pregunta escapándoseme antes de que pudiera detenerla.
—Quiero manejar mi Camaro GT4 a doscientos veinte por hora en la autopista de Nürburgring, usar minifaldas de cuero que escandalicen a las viejas ricas de Kensington, y que mi único collar sea la cicatriz que me dejó caer de un roble a los doce años persiguiendo a un gato — sus ojos lila brillaron como vidrio fracturado bajo la luz, llenos de una rabia y un anhelo que me traspasaron—.
Contigo... contigo por primera vez siento que puedo respirar sin que el corsé me parta en dos.
La declaración resonó en mi pecho como un disparo mal calculado, abriendo una grieta por donde se coló una emoción demasiado parecida al vértigo.
—Quédate el tiempo que necesites —dije, levantándome bruscamente, evitando su mirada que sentía como un láser en mi alma—. La nevera está siempre llena.
Idiota sentimental, me maldije camino al estudio, el sabor del vino y de su confesión amargándome la boca. Ella es un lujo temporal, un juguete exquisito, no un maldito compromiso.
Alexander y Brown esperaban ya en la pantalla holográfica central cuando inicié la videoconferencia cifrada.
Sus avatares digitales, representaciones perfectas en 3D, flotaban sobre mapas de ruta de datos que serpenteaban como venas digitales iluminadas, mostrando el cáncer que estábamos rastreando.
—Damián, por fin. Necesitamos entender qué demonios enfrentamos —exigió Alexander, su voz tan calmada y analítica como siempre, señalando un cluster de códigos rojos que latía con malicia—. Cada vez que nos acercamos a la fuente, los núcleos se autodestruyen. Es como intentar agarrar humo.
—Como gusanos de arena —musité, ampliando el esquema de encriptación en mi pantalla táctil—. Se desintegran al primer contacto, antes de que podamos estudiarlos. Es frustrantemente brillante.
Brown tecleó con furia contenida en su terminal, su avatar frunciendo el ceño:
—Tu paranoia de capas excesivas nos hizo perder tres semanas valiosas, Bonet. Podríamos haberlos seguido hasta la madriguera.