Parte Uno #10
Las ofertas, representadas por seudónimos repugnantes, saltaban como chispas en un cortocircuito moral.
La ira me recorrió como un latigazo de electricidad.
Sin pensarlo, desplegué mi gusano Fantasma —una criatura de código que yo mismo diseñé, que mordisqueaba firewalls como si fueran mantequilla mientras replicaba pruebas forenses en servidores espejo de Langley y de The Hague—.
Los asistentes virtuales al sádico espectáculo, embriagados por su mercancía humana, no notaron el cáncer silencioso que infectaba su red hasta que fue demasiado tarde.
"¡Alerta de intruso! ¡Protocolo Cerbero activado!"
La pantalla del foro se ennegreció de repente, justo cuando una sonrisa fría y satisfecha se dibujaba en mis labios al ver las coordenadas del almacén en los muelles de Gdansk transmitirse automáticamente a la unidad de crímenes cibernéticos de Varsovia.
Otra partida ganada. Otro rescate improbable.
Apagué todos los sistemas con un chasquido seco.
El silencio repentino, absoluto, dejó al descubierto el zumbido agudo de mi propio cansancio en los oídos y el peso de una soledad que ninguna victoria podía llenar.
Erdoğan confirmó vía mensaje cifrado que el trato con Brown avanzaba según lo previsto y que Alexander, el único de los antiguos "Jinetes" en quien podía confiar un ápice, llegaría en cuarenta y ocho horas.
Recogí mis llaves del llavero de titanio, listo para abandonar el santuario digital y buscar refugio en el sueño, cuando una señal fantasma, un residuo de data que no debería existir, parpadeó en el monitor secundario, el más seguro:
"La Dama de Obsidiana observa. Siempre observa."
—¡Maldición! —maldije entre dientes, la adrenalina disparándose de nuevo mientras mis dedos volaban sobre los controles físicos de desconexión.
Desconecté servidores, activé los protocolos de niebla digital y destruí los núcleos temporales de memoria.
Mi red era una fortaleza con puentes levadizos quemados —diseñada para evaporarse en segundos, dejando solo un vacío impenetrable—.
Aun así, el mensaje resonaba en mi cráneo, eco de una amenaza inteligente: Alguien, o algo, había rozado mi perímetro más interno. Y había dejado una tarjeta de visita.
El rugido del Dodge Coronet 1969 devoró las calles semivacías de Estambul mientras el atardecer teñía el Cuerno de Oro de tonos púrpura y oro sangriento.
En la soledad del penthouse, las memorias persistentes de Natasha Page me acechaban desde cada rincón.
Su video — aquel maldito loop de tres minutos y diecisiete segundos donde sus labios, carnosos y obscenos, formaban mi nombre entre susurros de seda y desafío— había convertido mis duchas heladas en rituales de frustración y autodesprecio.
—Patético —mascullé al arrojar el móvil contra los cojines del sofá de cuero, como si pudiera deshacerme de su imagen arrojándolo.
El ding suave pero inequívoco del ascensor privado cortó de cuajo mi espiral de autodesprecio.
Mis sentidos, siempre alerta, se afinaron como los de un depredador.
Al deslizarse las puertas de acero, el universo pareció condensarse, contraerse, y luego expandirse de nuevo para dar cabida a la visión que contenían: un vestido de seda azul noche que se agarraba a sus curvas como una segunda piel, y unos ojos lila que reflejaron mi propia sorpresa desnuda, sin la armadura habitual.
—Natasha —pronuncié su nombre como quien descubre una reliquia perdida y robada, con una mezcla de asombro y posesión recuperada.
—Pensé que mi regalo audiovisual podría haber... ofendido tu sentido de la privacidad —respondió, deslizándose fuera del ascensor y hacia mi territorio con la elegancia letal de un guepardo, sus tacones haciendo un clic suave sobre el mármol.
—Nunca —la palabra salió más ronca de lo que pretendía—. La provocación es un arte. Y tú eres una artista consumada.
El ascensor se cerró a sus espaldas, sellando nuestro espacio privado.
Su perfume —cerezas negras aplastadas, opio y algo indescriptiblemente ella— se enredó en mi razón, desarmando mis defensas una a una.
En el living area, serví agua mineral con gas para ella, un Glenfiddich 30 años para mí, mis movimientos deliberadamente lentos, midiéndola.
Mientras ella fingía admirar la vista panorámica de la mezquita de Ortaköy iluminándose contra el cielo crepuscular, yo admiraba la caída deliberada de su vestido sobre las curvas que habían colonizado mis insomnios y mis pesadillas por igual.
—Noto que me deseas, Damián —dijo sin volverse, su voz un susurro que vibraba en el aire cargado.
—¿Crees que soy otro de tus juguetes desechables, Page? ¿Uno más en tu colección? —pregunté, acercándome a ella, sin tocar aún, pero invadiendo su espacio, dejando que sintiera el calor de mi cuerpo.
—Los juguetes se rompen. Tú... eres indestructible. Y eso te hace infinitamente más peligroso. Y atractivo.
Finalmente giró. La espalda descubierta del vestido era un mapa de tentación, el arco elegante de sus costillas visible bajo la piel de alabastro, invitando a ser tocada, poseída.
—Quiero que vengas a mi cumpleaños. El sábado.
—Detesto los zoos humanos, las fiestas donde la gente se mira los unos a los otros para ver quién tiene el traje más caro o la joya más grande.
—No será un zoo. Será una jaula. Y solo habrá dos bestias dentro.
Su respuesta fue un susurro de cremallera que sonó como un trueno en el silencio.
El vestido, liberado, cayó a sus pies formando un charco de seda azul oscuro a sus pies.
Bajo la luz dorada del atardecer que se filtraba por los ventanales, sus senos eran esculturas de mármol viviente, sus pezones erectos contra el aire frío del aire acondicionado.
—¿Y ahora? —desafió, su mirada lila desafiante, desafiante, retándome a dar el siguiente paso.
La tomé por la nuca —no con violencia, sino con una posesión absoluta que no admitía réplica—.
Su latido acelerado vibró contra mi palma, un tambor de guerra que respondía al mío.
Cuando nuestros labios colisionaron, no fue un beso de amor o de pasión simple; fue una declaración de guerra total disfrazada de rendición momentánea.
Arrastramos obstáculos en nuestro camino hacia el dormitorio —un jarrón Ming de la dinastía Qing, carpetas de diseños ultrasecretos terminaron en el suelo, hechos añicos—.
Como si me importara algo en este mundo excepto tenerte, musité contra su boca mientras caminábamos, tropezábamos, nos devorábamos.
—Arrodíllate —ordené al desabrochar mi cinturón con manos que apenas sentía, mi voz un mando desde las sombras.
Su obediencia fue un arte en sí misma. Lengua, dientes, paladar —convirtió cada centímetro de mi anatomía en un instrumento que solo ella sabía tocar con esa mezcla de sumisión y dominio que me volvía loco—.
Cuando el éxtasis me estalló en las entrañas, vertiéndose sobre su pecho y cuello, dibujé carreteras nacaradas y posesivas en su piel de alabastro.
—Si de verdad quieres que vaya a tu maldita fiesta —dije, recuperando el aliento con dificultad, mis piernas aún temblorosas—, esta noche es solo mía. Completa. Sin condiciones.
Su risa fue un cascabel envenenado, dulce y mortal:
—Eres un canalla, Damián Bonet. Un maldito canalla de la peor especie.
—Y tú eres mi puta favorita. Ahora calla.
La arrojé sobre las sábanas negras de satén.
Rompí la fina seda de sus bragas con un tirón seco.
Al penetrarla, sin preámbulos, con una fuerza que le arrancó un grito que era mitad dolor, mitad éxtasis, el mundo exterior se desvaneció.
El universo se redujo a la sinfonía de músculos tensos, de piel sudorosa, de gemidos ahogados y de los golpes de la cabecera contra la pared.
Pero después, cuando la lujuria cedió y la razón regresó a cuentagotas, cuando le exigí, con la voz ronca, que se quedara a dormir, que no se fuera, sus pupilas se nublaron de inmediato.
—¿Qué pasa? —pregunté, mi ego herido—. ¿Mamá regaña a la niña si no vuelve a casa antes del toque de queda? —la bromeé con una crudeza que sabía podría herirla.
Su reacción fue instantánea y violenta. Una patada rápida y precisa que estuvo a centímetros de romperme la mandíbula.
—¡Lárgate! —rugí, enfurecido por el rechazo y por mi propia estupidez, levantándome de la cama de un salto y tomando una toalla negra para envolverme la cintura, dándole la espalda—. Sal de mi casa.
Pero en vez de huir, ofendida, ella se levantó también.
Avanzó hacia mí, completamente desnuda, su cuerpo glorioso a la luz de la luna que ahora entraba por la ventana.
Y entonces la vi. La cicatriz. Una línea plateada de unos cinco centímetros junto a su cadera izquierda, fina y precisa, que contaba historias de dolor y supervivencia que su sonrisa de socialité siempre se empeñaba en ocultar.
—No —dijo, su voz tranquila pero firme, desafiando mi orden, desafiando mi furia—. No me iré. No esta noche.
Mientras ella dormía, agotada, enredada en las sábanas rojas, yo descendí de nuevo al santuario digital.
La máscara blanca de conexión —simple, impasible, anónima— pesaba más que un yunque de plomo en mis manos.
En las profundidades de la Ciemna Sieć, los avatares siniestros danzaban alrededor de una nueva subasta en vivo.
Esta vez, una niña rumana de ojos desmesurados por un terror puro y primal miraba a la cámara.
"Lote 59: flor salvaje de los Cárpatos. Dulce y resistente. Empezamos en treinta mil."