Inquina Parte Uno #9
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Parte Uno #9

Told Company seguía siendo nuestro talón de Aquiles, la única piedra en mi zapato.

Brown tenía el firewall más impenetrable de Estados Unidos y parte de América Latina, una obra de arte digital que yo mismo había ayudado a diseñar en otra vida.

La ironía era un veneno dulce. Tendría que tragar sapos y orgullo.

—Erdoğan —llamé por el intercom de la sala—. Agenda una llamada con Brown. Urgente. Dile que... estoy reconsiderando su propuesta de colaboración. Que me interesa su sistema Cerbero.

Mientras esperaba la llamada, escarbé en la cloaca digital de mi rival, en sus secretos más profundos.

Apuestas clandestinas en clubes de Macao, propiedades fantasmas en paraísos fiscales, transferencias a cuentas numeradas.

.. Todos esconden cadáveres en el armario.

Brown había apostado una disquera independiente en una partida de póquer en el Cube Club la semana pasada.

Patético. Pero su divorcio inminente... Ahí estaba la llave maestra: fotos comprometedoras con la amante del ministro de transporte de Italia.

Tuve que borrar esa mierda de los tabloides antes de que reventara. Me la debes, hijo de puta.

La llamada entró con un clic seco en mi oído.

—Brown.

—Bonet. Habla. —su voz era tan áspera como la recordaba.

—Necesito tu sistema Cerbero. Temporalmente. —dije sin rodeos, sin aliento para las sutilezas.

—¿El gran Damián Bonet pidiendo limosnas tecnológicas? — su risa era ácido puro—. El mundo se acaba. De acuerdo. Pero solo trabajaremos remoto. Enviaré a Alexander como enlace. Él conoce el sistema tan bien como yo.

—Erdoğan coordinará la llegada. Y Brown... —dudé un segundo, midiendo el impacto de mi siguiente jugada— Camila estará en el hotel Pierre de Nueva York en dos semanas. Sola. La suite presidencial está reservada a nombre de una tal Sra. Smith.

—¿Cómo diablos...? —su voz se quebró de incredulidad—. Olvídalo. Nunca dejaste el hackeo, ¿cierto? Siempre fuiste un ratón de biblioteca sucia.

—Un hobby de domingos por la tarde. Como tu horrenda colección de corbatas de Prada. —me burlé, un esbozo de sonrisa en mis labios.

El silencio del otro lado pesaba toneladas.

Hubo un tiempo, antes de la traición, antes de que el mundo nos convirtiera en enemigos, en que fuimos los Cuatro Jinetes del código: Brown, Sebastián, Alexander y yo.

Época de carreras ilegales de motos por carreteras secundarias y servidores humeantes en garajes abandonados.

Pero yo siempre fui el intruso: el huérfano sin apellido entre herederos de imperios.

Recordé esa Navidad en su mansión de Connecticut.

.. El olor a galletas de especias y pino, la risa estruendosa de sus hermanos menores.

Rabia y envidia, un cóctel tóxico. Me fui antes del amanecer, antes de que la nostalgia pudiera ablandarme.

—Pudimos gobernar el mundo, Damián —dijo Brown, su voz extrañamente suave por un instante.

—Prefiero mi reino de cenizas. Es más divertido quemar cosas —colgué, cortando brutalmente el hilo del pasado.

El celular vibró con un mensaje de Natasha. Una foto de las rosas negras de Halfeti, exóticas y siniestras, sobre la mesilla de noche de lo que supuse era su suite.

Las rosas negras... provocativas. Como usted. Casi tan oscuras como su alma.

Sonreí, una expresión genuina que me sorprendió, y respondí:

Cultivadas en lodo y oscuridad. Como nosotros. Las únicas flores que no mienten.

Su siguiente foto me detuvo la respiración y aceleró mi corazón:

desnuda en la tumbona de su balcón, la luz de la luna bañando su cuerpo, piernas abiertas en una invitación obscena y directa a mi lengua.

Maldita sirena. El video corto que siguió —sus propios dedos jugueteando en su sexo húmedo, susurrando mi nombre entre gemidos ahogados— hizo que el entallado pantalón de mi traje se me quedara instantáneamente pequeño, dolorosamente tenso.

Refugiado en el baño privado adyacente a la sala de servidores, cerré la puerta con llave y dejé que el agua helada del grifo sofocara el incendio que ella había avivado, mientras su imagen me poseía, obsesiva y ardiente.

Bien jugado, Page, pensé con una mezcla de rabia y admiración, al enviarle una foto de mi mano empuñando mi erección como un arma, el pulso marcado en cada vena.

Pero la próxima vez, serás tú quien sude y suplique frente a la cámara.

Al regresar al escritorio central de la sala de servidores, una alerta silenciosa, una que yo mismo había programado como trampa, parpadeaba en un monitor secundario: Ward y Wilma, dos de mis mejores técnicos, husmeando donde no debían, en los archivos cifrados del proyecto Medusa.

Ratas. Ratas hambrientas mordiendo la mano que las alimentaba.

Conduje hasta el almacén, un lugar disfrazado de ruina industrial en el barrio más olvidado de la ciudad.

Dentro, tras siete capas de encriptación física y biometría, mi Dodge Coronet 1969, mi verdadera obsesión mecánica, descansaba bajo una lona como un animal dormido.

Pero no estaba allí por placer. Las cámaras ocultas mostraban a Ward y Wilma, con caras de pánico, copiando datos en discos externos.

Llamé a Erdoğan desde el coche, con la voz tan fría como el acero.

—Despídelos. Ahora mismo. Sin indemnización, sin explicaciones. Que Seguridad los escupe a la calle y confisque todo lo que lleven. Y que circulen el memo: cualquiera que les dé trabajo se enfrenta a mí.

Al entrar en el almacén, el chirrido de la puerta de acero los hizo dar un salto. Sus excusas fueron un monumento a la estupidez y el miedo:

—¡Estábamos depurando los contratos de Durand! ¡Creímos que había una inconsistencia!

—Inventen mejores mentiras para el siguiente empleo —activé el altavoz del móvil—. Erdoğan, ¿está hecho?

—Sí, señor Bonet. Están fuera. Sus tarjetas de acceso están muertas.

—Perfecto. Que esta escoria no vuelva a trabajar ni barriendo las calles que mis coches pisarán.

Cuando se los llevaron, forcejeando y suplicando, el silencio que quedó fue un bálsamo momentáneo.

Me despojé de la chaqueta y me arremangué la camisa, encendiendo las consolas de control principal.

Líneas de código verde, como soldados en perfecta formación, danzaron en las pantallas, esperando mis órdenes.

Me senté en el sillón del piloto, en el corazón de mi guarida.

Ahora, pensé, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, veremos quién se atreve a jugar con el diablo.

Códigos Turbios

La luz fría y sesgada del amanecer comenzaba a filtrarse por las rendijas de los postigos de acero de mi estudio, trazando líneas doradas en la penumbra cargada de humo de puro y la electricidad estática de una docena de pantallas.

Había enviado el mensaje a Erdoğan horas antes: "Trabajaré desde casa hoy.

Cualquier urgencia, que Lauren la resuelva o la entierre.

" La noche se me había ido entre los dedos, inmerso en las profundidades abisales de la Ciemna Sieć, la Red Oscura, descifrando los patrones de robo de identidades y tráfico de datos que infestaban esa cloaca digital como gusanos en una herida abierta.

Los comandos amenazantes, grotescos, llovían en mis pantallas secundarias —advertencias de script-kiddies enmascarados y sindicatos criminales que creían que su anonimato podía intimidarme—.

Veintitrés años pirateando las redes más herméticas del planeta me habían enseñado que el miedo es un lenguaje que solo entienden los débiles.

Yo hablaba el idioma del fuego, y estaba más que dispuesto a quemar todos sus reinos de mentira.

El aire olía a café amargo y frío, a tensión eléctrica y a la rabia sorda que siempre me hervía por dentro.

Observé los flujos de datos danzar en las pantallas principales como serpientes venenosas, hipnóticas y letales.

Siempre el mismo ritual, la misma coreografía macabra: redes limpias y brillantes en la superficie, cáncer metastásico devorando las capas profundas.

Recordé, con un escozor de desprecio, los ofrecimientos velados de la CIA, de Interpol, de Europol.

.. Todos esos buitres con insignias relucientes querían domesticar mi talento, encadenar mi genio a sus causas mezquinas.

Como si no supiera que tras cada "oportunidad de redimirme" se escondía una jaula de algoritmos vigilantes y deudas eternas.

De pronto, una ventana emergente, un pop-up mal renderizado en un foro de apariencia inocua, capturó mi atención como un grito en una catedral silenciosa:

—¿Qué demonios...? —murmuré para mis adentros, los dedos quedando suspendidos sobre el teclado mecánico.

La fotografía granulada mostraba a una joven de no más de diecisiete años, desaparecida hacía una semana en Gdansk.

Cabello de trigo pálido, ojos de un ámbar báltico extraordinariamente claro, una sonrisa tímida que partía el corazón.

Los padres, desesperados, ofrecían una recompensa desgarradora en el foro legítimo de búsquedas.

Pero aquí, en este inframundo pixelado y sin ley, la misma niña aparecía en una fotografía de alta resolución, atada a una cama barroca con sábanas sucias, sus pupilas dilatadas y vacías por alguna droga barata.

La transmisión en vivo, con retraso de unos segundos, mostraba a un presentador con máscara de arlequín digital que distorsionaba su voz:

"Bienvenidos, caballeros de gusto exquisito. Lote 47: flor intacta, sin polinizar. Empezamos en cincuenta mil euros. Que empiece el espectáculo."