Parte Uno #8
La vulnerabilidad fantasma en el sistema de seguridad, ese punto ciego que se resistía a todos mis protocolos, seguía siendo una espina clavada en lo más profundo de mi mente.
Una herida digital que supuraba desconfianza.
Había blindado cada capa externa, cada firewall, cada puerto de entrada con una paranoia que rayaba en lo enfermizo, y aun así, persistía una brecha sutil en el mismo núcleo, como un susurro de traición en medio del griterío de los códigos.
Told Company pagará por cada byte robado, por cada instante de paz que me han arrebatado, juré mentalmente, masajeando mis sienes con los dedos en un intento vano de disipar la jaqueca que martillaba detrás de mis ojos.
El agotamiento de doce horas de reuniones estériles, de escuchar excusas de ingenieros mediocres, pesaba sobre mis hombros como una losa de plomo.
—Raquel, a mi despacho. Ahora —ordené por el intercomunicador, mi voz un rasguño áspero en el silencio cargado de la oficina.
Media hora después, exactamente el tiempo que calculé que tardaría en repasarse el maquillaje y ajustar la máscara de ambición que siempre llevaba puesta, cruzó el umbral envuelto en un abrigo de visón que costaba más que el salario anual de cualquiera de mis empleados.
Un símbolo de un estatus que me debía a mí. Al cerrar la puerta tras de sí, pulsé el botón discreto bajo el borde del escritorio que activaba el aislamiento acústico. El leve zumbido fue el sonido de la privacidad absoluta.
—¿Me extrañaste, Damián? —Su voz goteaba un falso arrullo, una imitación barata de cariño que conocía de sobra.
—Ahorra tus juegos para tus otros clientes —apoyé los nudillos en la fría superficie de ébano, inclinándome hacia adelante—. Estás aquí para cumplir una función. Nada más.
Pero ni siquiera la presión experta de su boca, su sumisión calculada, logró disipar la ira negra y espesa que hervía bajo mi piel. La aparté con brusquedad, con un gesto de disgusto. Ella miró hacia arriba, confundida, sus labios brillantes y húmedos.
—¡Fuera! —El rugido salió de mis entrañas, cargado de una frustración que no era con ella, sino con la sombra intangible que me eludía—. Sal ahora mismo.
Necesitaba espacio. Aire que no oliera a mentiras digitales y a traiciones baratas.
El centro de Estambul bullía bajo un sol engañosamente brillante cuando llegué al set fotográfico al aire libre, junto al puente de Gálata.
Era la excusa perfecta, la razón profesional para hacer lo que mi obsesión demandaba: verla.
El rugido sordo del Camaro SS ahogó mis pensamientos más oscuros hasta que "Painkiller" de Judas Priest inundó la cabina, un himno apropiado para el dolor que quería infligir y recibir.
Al estacionar en un lugar claramente prohibido, sentí el peso de las miradas de los asistentes, de los guardias de seguridad.
Todos sabían quién mandaba aquí. Quién pagaba esta farsa.
Y allí estaba ella. Encorsetada en un traje de cuero negro que moldeaba sus caderas como una armadura de segunda piel, una doncella guerrera de alguna épica perversa.
Dioses antiguos y modernos, esos senos, altos y firmes, desafiando las leyes de la gravedad y de mi ya debilitado autocontrol.
Deseaba marcarlos con mis dientes, dejar sobre esa porcelana el sello de mi posesión rabiosa.
—Señor Bonet —el fotógrafo principal, un francés con aire de suficiencia, inclinó la cabeza con un respeto que sabía fingido—. Un honor.
—Muéstrame las tomas crudas. Todas —ordené, sin apartar los ojos de Natasha, que posaba con una indiferencia que sabía era tan falsa como la sonrisa del fotógrafo.
Mientras revisaba las imágenes en la Tablet, su magnetismo animal, esa energía cruda que emanaba de cada poro de su piel, encendió mi sangre con una ferocidad que me dejó sin aliento.
Necesito desahogar esta furia entre sus piernas.
Necesito oírla gritar mi nombre hasta que se le rompa la voz.
Al anunciarse un descanso técnico, me abrí paso entre asistentes, maquilladores y estilistas como un tiburón en aguas someras, ignorando sus reverencias y sus murmullos.
Su andar hacia los camerinos de vestuario era un hechizo de cadera y confianza que paralizaba a todos los hombres a su paso.
¿Desde cuándo me importa si la desean? La posesión que sentía era un animal verde y venenoso que me rugía en las entrañas.
La seguí hasta su tráiler, el más grande, por supuesto.
Al abrir la puerta sin golpear, la encontré semidesnuda, con apenas unas bragas y la parte superior del traje de cuero desabrochada.
La luz fría del neón de un especio de maquillaje pintaba su silueta en tonos azulados y surrealistas.
—¿Qué haces aquí? —Intentó cubrirse con una gasa transparente que era más una invitación que una barrera.
—En mi mundo, hago todo lo que me place —arranqué la tela inútil con un tirón seco, exponiendo sus senos perfectos al aire frío del aire acondicionado.
Mis manos los moldearon con una furia posesiva, mis dedos hundiéndose en la carne suave pero firme. Ella gimió, un sonido que era mitad protesta, mitad entrega.
—Estoy trabajando, Damián. Esto puede esperar.
—Eres de mi propiedad hasta que este contrato expiré —apreté hasta dejar marcas rojas, mis huellas, en la porcelana de su piel—. Y cuando te necesite, donde te necesite, tú acudes. Esa es la única cláusula que de verdad importa.
Mi boca devoró la suya en un beso que no fue de amor, sino de conquista y castigo.
Su sabor, mezclado con el sudor ligero del maquillaje y el persistente aroma a fresas silvestres de su perfume, inundó mis sentidos.
Era la primera vez que un perfume no me repugnaba; era la primera vez que sentía que olía a verdad.
Al deslizar mis manos por su espalda, descubrí la minúscula tanga de encaje negro escondida bajo el rudo cuero.
Pequeña criminal. Jugando a ser inocente.
La levanté con facilidad y la acomodé sobre la mesa de maquillaje, barriendo pinceles y cosméticos con un brazo. Los frascos de cristal se estrellaron contra el suelo.
—Ábreme las puertas de tu infierno, Damián —su voz era un látigo cargado de lujuria y desafío.
Al liberar mi erección, ya dolorosamente dura, rasgué el envoltorio del condón con los dientes, escupiendo el plástico al suelo.
—Como siempre, puta —gruñí, y la empujé hasta el fondo de una sola embestida brutal, sin preámbulos, sin delicadeza.
Sus gritos, afilados y genuinos, alimentaron a la bestia que llevaba dentro.
La embestía con la brutalidad de un motociclista en la recta final de una carrera suicida, agarrando sus caderas para clavar cada estocada, para que sintiera cada centímetro de mi posesión.
Sus senos bailaban con el ritmo salvaje, ofrendas paganas a un dios que solo entendía el lenguaje de la conquista.
Maldita diosa infernal... Cerré los ojos con fuerza cuando su contracción vaginal, un espasmo violento y húmedo, anunció su éxtasis.
—¡Soy tuya! ¡Solo tuya! —aulló, clavando sus uñas en mis brazos.
No respondí. No había palabras, solo carne, sudor y una furia que se liberaba. Mi propio espasmo final me dobló sobre su cuerpo, vertiendo mi semen en el condón como una maldición, una posesión efímera pero total.
Jadeantes, el sudor frío dibujaba mapas desconocidos en nuestra piel. Mientras ella se ruborizaba, recuperando el aliento con una sonrisa de satisfacción animal, yo solo sentía el vacío familiar del agotamiento postcoital, la resaca amarga de la lujuria.
—Nadie me hace estallar así, Damián —susurró, su voz ronca—. Nadie.
—Es lo único que debería importarte —encendí un cigarrillo con una mano que apenas lograba contener un temblor leve. Esta mujer, esta fuerza de la naturaleza, me destruirá. Y lo peor es que ansiaba esa destrucción.
La alerta silenciosa en el móvil, configurada para un tono específico que significaba peligro máximo, tronó en el silencio cargado del tráiler como un disparo.
—¡Maldición! —escupí al ver el mensaje cifrado: Intrusos en el servidor Alpha. Nivel 4. Contención fallida.
Vestirme fue cuestión de segundos, una coreografía practicada de ira y eficiencia. Mi mente, antes nublada por el deseo, se enfrió al instante, convertida en una calculadora fría y despiadada. Necesito encontrar la falla. Necesito cortar cabezas.
—¡Ward! —grité al teléfono en cuanto contestó—. Brecha en el núcleo. ¡Contención manual, ahora mismo! ¡Moviliza a todo el equipo!
—¿Estás seguro de que es el momento de...? —su voz dubitativa me enfureció aún más.
—¿Te pagaron para dudar o para actuar? ¡Mueve tu culo ahora o lo muevo yo con mi pie en tu nuca!
Mis planes de dominarla más tarde, de explorar cada centímetro de su cuerpo bajo el agua de mi jacuzzi, se esfumaron.
Colgué la llamada furioso, salí del tráiler sin despedirme de aquella mujer que intuía sería mi perdición y mi salvación.
Mientras arrancaba el Camaro con un rugido, ya estaba enviando un mensaje rápido a Erdoğan con órdenes precisas: Rosas negras.
Halfeti. Una docena. Sin tarjeta, sin mensaje.
Solo las rosas. Elegancia lúgubre para una criatura de oscuridad. Que lo descifre.
En la sala de servidores, un cubo blanco y estéril en el subsuelo de la torre, Ward palidecía ante el mosaico de monitores que mostraban cascadas de código rojo.
—Robaron especificaciones de los motores híbridos de la línea urbana, jefe. Nada crítico, pero...
—¿Creen que soy imbécil? —lo interrumpí, mis dedos volando sobre el teclado maestro—. Esto es carnada. Activemos el protocolo Medusa. Copien los archivos fantasmas, los falsos, en la unidad Gamma. Que mastiquen y se traguen la carnada falsa. Rastreen cada clic que hagan sobre ellos.