Inquina Parte Uno #7
10%

Parte Uno #7

—Hermano, los invitados aguardan tu señal —la voz de Maurycy, suave y leal, emergió de las sombras de un arco de medio punto.

Mi hermano menor, con su nobleza candorosa y su corazón blando, era el único ser humano en este planeta en quien confiaba.

Su inocencia era un arma de doble filo, pero su lealtad era incuestionable.

—Que comience el espectáculo, Maur —sonreí, ajustándome con un gesto automático los puños de camisa de hilo egipcio—. Alimentemos a las hienas. Necesitan creer que son parte de la manada.

La elegancia era mi segunda piel, una armadura impecable.

Sentí, como siempre, docenas de miradas femeninas siguiéndome, rastreando cada uno de mis movimientos con esa mezcla de deseo visceral y temor instintivo que tanto me complacía.

Las deseaba y las despreciaba en igual medida.

Aunque disfrutaba de los privilegios conyugales con mi esposa, Era, nuestro matrimonio funcionaba bajo reglas muy precisas y modernas: libertad sexual absoluta, pero discreción de hierro.

Claro que yo, como en todo, interpretaba esas normas con una flexibilidad que me convenía. Las reglas eran para los demás.

—Mi rey, por fin —la voz de Era, un susurro cargado de miel y veneno, me llegó antes de que su perfume lo hiciera.

Se acercó balanceando sus caderas con una cadencia estudiada bajo un vestido de encaje negro de Givenchy que dejaba exasperantemente poco a la imaginación.

La atraje hacia mí y la besé con una violencia posesiva que sabía que le excitaba, saboreando el quejido ahogado que se escapó de sus labios.

—¿Aquí? ¿Delante de todos? —protestó débilmente, sin convicción alguna, cuando mis dedos rasgaron con un gesto brusco el escote de su vestido, exponiendo la piel de porcelana de sus senos.

—Nunca. Me. Digas. No. —espeté, clavando mis palabras como dagas antes de inclinarme y morder su pezón con suficiente fuerza para hacerla gritar, un sonido agudo que se mezcló con la música de cuerdas. Su dolor, su sumisión, era mi sinfonía particular.

Mientras intercambiaba sonrisas corteses y apretones de manos con duques aburridos y magnates del acero, mi mirada se encontró con la de Ramiel, mi halcón principal.

Con un movimiento casi imperceptible de la cabeza, le señalé.

Él, un espectro entrenado, se deslizó entre la multitud con la eficiencia mortal de una serpiente.

—El plan se activa hoy —susurré al oído de mi espía cuando se acercó lo suficiente, mi voz apenas un hilo de aire en medio del bullicio—. Quiero los sistemas centrales de Bonet Industries desmantelados, corruptos, reducidos a cenizas digitales antes del amanecer. Nada de medias tintas.

—Su seguridad cibernética es formidable, señor Kowalski. Casi impenetrable. Pero… la señora Bonet, la madre… es un punto vulnerable. Emocional. Los recuerdos la debilitan.

—Explota esa debilidad. Sin piedad. El último vástago de los Bonet debe caer. Que su imperio se derrumbe y él lo vea arder.

La fiesta, alimentada por cocaína de la mejor calidad y alcohol de contrabando, alcanzó su clímax orgiástico cuando di la señal final.

Decenas de cuerpos entrelazados, sudorosos y anónimos, cubrieron los divanes de terciopelo rojo.

Observé con una mezcla de aburrimiento y poder a Era, que, embriagada de poder y éxtasis, gateó sobre la mesa central de banquete como una pantera en celo, los restos de caviar y foie gras manchando sus rodillas.

Al rasgarle lo que quedaba del vestido, su piel brilló bajo la luz cruenta de las arañas de cristal de Bohemia, un espectáculo para las hienas.

—Soy toda tuya, Adam —jadeó, arrodillándose ante mí, sus ojos vidriosos por el deseo y las sustancias.

Su boca experta, una herramienta tan útil como peligrosa, devoró mi erección allí mismo, delante de la audiencia embobada, mientras una joven libanesa de ojos asustados observaba fascinada y horrorizada.

—¡Más profundo! —ordené, empujando su cabeza con fuerza, ahogando sus arcadas. Cuando el clímax me sacudió, un espasmo de puro dominio, pinté sus senos y su rostro con mi semen, un acto de posesión perversa y pública. Blanco sobre porcelana. Mi marca.

Más tarde, en la sala del tormento —una habitación acolchada en terciopelo granate donde los gritos se ahogaban—, colgué a Era de la Cruz de San Andrés, mis dedos expertos anudando las cuerdas de seda con la precisión de un verdugo.

Sus gemidos, una mezcla de dolor y éxtasis, marcaban el ritmo de la noche.

La adolescente que les había traído, la libanesa de ojos grandes, temblaba como una hoja en medio del frío que empezaba a filtrarse.

—¿Cómo te llamas, criatura? —pregunté, acariciando su mejilla helada con el dorso de los dedos.

—Leyla, señor —murmuró, su voz un hilo de terror.

—Bienvenida a tu verdadera educación —la penetré sin ceremonia, sin preparación, sobre la fría superficie de un sarcófago medieval reconvertido en altar.

Su llanto agudo, desgarrador, fue música para mis oídos sordos.

El dolor ajeno siempre fue la única sinfonía que lograba calmar la tempestad dentro de mí.

Al amanecer, cuando la tormenta amainó y la nieve acumulada reflejaba una luz grisácea y mortecina, llegó mi arma definitiva, mi obra maestra de venganza.

Alenka Bonet. La heredera perdida. Había crecido bien, terriblemente bien.

Había heredado la belleza mortal y etérea de su madre, Anna, y esos ojos marrones profundos que eran a la vez la maldición y el estandarte de su linaje.

Pero en su mirada ya no había rastro de la niña aterrorizada. Solo había hielo y cálculo.

—Señor Adam —sus besos protocolarios en mis mejillas olían a venganza refinada y a Chanel N°5, un combo letal—. Ha pasado demasiado tiempo.

—Veo que los años en el Mediterráneo no lograron ablandar esa ambición feroz que te caracteriza, querida —respondí, sosteniendo su mirada.

—Al contrario. Lo afiló —sonrió, mostrando unos colmillos metafóricos tan afilados como navajas—. Traigo cincuenta nuevas "flores" de Beirut. Frescas, jóvenes y… excepcionalmente moldeables para clientes con gustos específicos.

Mi hermano Maurycy, el pobre idiota, la miraba con una devoción de cachorro faldero.

Pobrecillo. No comprendía, no quería comprender, que Alenka no era una esposa en potencia para él.

No era un trofeo. Era un puñal exquisito, forjado en el odio y pulido por mí durante años, destinado a clavarse en el corazón de su propio hermano, Damián. Era la pieza maestra del jaque mate.

—¿Cuándo pondrás fin a este juego y te unirás oficialmente a los Kowalski? —pregunté con falsa cordialidad mientras un sirviente mudo nos servía blinis con caviar Beluga y crema agria.

—Cuando tu hermano demuestre merecer llevar no solo mi apellido, sino la carga de sangre que conlleva —respondió, mordiendo una uva helada con una crueldad deliberada—. Aún le queda camino por recorrer.

Maldita bruja fría. Pero lo serás. Pronto serás mía por completo, de una manera que ni siquiera tú puedes imaginar.

De regreso a la Fortaleza, mi centro de operaciones secreto bajo el castillo, el informe diario de Mancini me aguardaba sobre el escritorio de ébano.

Nombres, fortunas, debilidades sexuales, secretos de estado.

El pan nuestro de cada día. Hasta que el logo de un dragón estilizado en la portada de un dossier me detuvo en seco: Michele Brown.

El imbécil patético que creyó poder arrebatarme las minas de coltán en el Congo.

Un mosquito molesto que había aplastado hacía tiempo.

—Descartado —murmuré con desdén, arrojando el expediente al fuego de la chimenea, disfrutando de cómo las llamas lamían y consumían su imagen.

Fue entonces cuando las cuarenta pantallas de la pared sur se tiñeron de rojo sangre, una tras otra, emitiendo un pitido agudo de alarma que cortó el silencio como un cuchillo.

—¡Todos los servidores de Dubái están comprometidos! ¡Caen! —gritó Era desde la consola central, su voz un grito de pánico genuino, la sangre drenando de su rostro.

—¿Huella digital? ¿Firma? ¿De quién es este trabajo? —exigí, mi voz tan fría como el hielo que recubría los ventanales.

—Un fantasma, Adam. Como si… como si el ataque viniera de dentro. Como si nos conociera demasiado bien.

No terminó la frase. La pantalla central, la más grande, se ennegreció por completo antes de mostrar, en letras góticas blancas sobre el fondo negro, el mensaje que me heló la sangre en las venas y me devolvió veintinueve años atrás, a la nieve teñida de rojo:

«Los muertos cobran facturas con intereses, Kowalski. Te estoy mirando. - D.B.»

El vaso de cristal de Baccarat que sostenía estalló en mi puño cerrado. Sangre y vodka mancharon los informes impresos, creando un Rorschach de rabia y shock. Veintinueve años. Veintinueve malditos años creyendo que estaba enterrado, que era un fantasma que yo mismo había creado.

—¡Despierta a los Lobos Grises! —rugí, mi voz retumbando en la bóveda acorazada, la sangre goteando de mi mano herida sobre el mármol—. ¡Quiero la cabeza de Damián Bonet sobre esta mesa antes del próximo amanecer! ¡Vivo o muerto, pero preferiblemente roto!

Fuera, la ventisca renovada aullaba como una bestia herida, haciendo temblar los vitrales.

Pero por primera vez en tres décadas, el Rey de Hielo, Adam Kowalski, sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la tormenta.

Era el frío penetrante de una venganza que había germinado en la oscuridad y ahora alzaba la cabeza para devorar a su creador.

El enemigo

Estambul

Damián