Parte Uno #6
—Las formalidades sobran entre nosotros, Natasha —respondí, notando con fastidio cómo mi pulso se aceleraba al ritmo de su respiración—. Sabes exactamente el efecto que produces.
En un movimiento fluido y calculado, se deslizó de la mesa y se sentó en mis muslos. Su peso era perfecto. Sus dedos, fríos y suaves, trazaron la línea tensa de mi mandíbula.
—Quiero sentir tu piel —susurró, su aliento caliente y dulce rozando mis labios mientras sus uñas, afiladas como garras, arañaban suavemente la seda de mi camisa—. Quiero oler tu miedo y tu deseo. Son la misma cosa, ¿verdad?
No hubo preámbulos. No los necesitábamos.
Bajó la cremallera de mis pantalones con una destreza que hablaba de una confianza absoluta.
Cuando su mano fresca rodeó mi erección, ya dura y dolorosa por ella, un gemido gutural, casi animal, escapó de mis labios.
Había soñado este momento en un bucle infinito desde que abandonó mi oficina.
—Joder, Natasha —gruñí al sentir su lengua, hábil y cruel, recorrer la longitud de mi miembro.
Tomé un puñado de su melena dorada, enredando mis dedos en ella no con caricia, sino con posesión, guiando el ritmo de su cabeza con una presión que no admitía resistencia.
Cada caricia de su lengua, cada succión profunda, era una tortura exquisita que avivaba el fuego en mis entrañas.
Al sentir la humedad cálida de su propia excitación impregnando la fina tela de mi pantalón, la levanté bruscamente.
El sonido del rasgado de su tanga de encaje—¿otra?
— resonó en la habitación silenciosa como un disparo.
Rodé el preservativo con manos que apenas sentía, mientras ella se ofrecía sobre los planos de aluminio de la R45, sus curvas profanando los dibujos técnicos.
La penetré con una embestida única y brutal que le arrancó un grito ahogado, un sonido de dolor y éxtasis que se me grabó a fuego en el alma.
Sus uñas, esas armas perfectas, se clavaron en el ébano pulido mientras yo establecía un ritmo salvaje, punitivo, destinado a marcar, a poseer, a castigar.
Quería más fuerte. Y se lo di. La volví contra el escritorio, tomándola de las caderas para clavarme hasta el fondo en su calor húmedo, cada embestida un latigazo que buscaba borrar cualquier otro pensamiento.
—Grita solo para mí —ordené contra su nuca sudorosa, mordiendo la piel suave de su hombro—. Solo yo merezco oírte.
—Soy tu puta, Damián —jadeó, arqueándose como un arco tenso, entregándose a la violencia del acto con un abandono que me volvió loco—. Solo tuya.
El cristal blindado de la bóveda ahogó nuestros gemidos, nuestros gruñidos, el sonido de cuerpos chocando en una danza primitiva.
Cuando su clímax la sacudió, un espasmo violento que recorrió todo su cuerpo, seguí moviéndome dentro de ella, prolongando el espasmo hasta el borde del dolor.
Mi propio orgasmo llegó con un rugido que nació de lo más profundo de mi ser, vaciándome en oleadas convulsivas, vertiendo en ella toda la rabia, la frustración y la oscura obsesión que había cultivado durante días.
Ella colapsó sobre los planos arrugados, su mejilla pegada al metal frío, jadeando.
Me arrodillé y, con una devoción perversa, limpié sus jugos de sus muslos temblorosos con mi lengua.
El sabor a ella, a fresas silvestres y poder, era adictivo.
Y sentí, con un estremecimiento de pura anticipación, cómo renacía mi erección. La noche, lo sabía, apenas comenzaba.
Al amanecer, bañado en la luz fría que se filtraba por los ventanales del ático, Natasha se vistió con la ropa que mandé traer de su talla exacta: un conjunto de lino blanco inmaculado que hacía juego con su piel de porcelana y contrastaba obscenamente con lo que acabábamos de hacer.
La maldita cadena dorada seguía centelleando en su muslo, un recordatorio perpetuo de su audacia.
—Me debes un vestido —señaló con desdén los jirones de seda negra esparcidos por el suelo como pétalos de una flor oscura—. Era edición limitada de Victoria Beckham.
—Revisa el armario auxiliar —dije, y una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios al ver su expresión de asombro genuino cuando abrió las puertas y vio diez modelos idénticos del mismo vestido colgados en perfecta fila.
—¿Siempre estás tan seguro de tus acciones? —preguntó, recuperando la compostura con una rapidez admirable.
—Siempre.
Mientras se maquillaba frente al reflejo de un espejo de techo, mi mente ya trazaba estrategias frías.
Cass Company no se rendiría con facilidad.
Necesitaba mover mis fichas maestras: transferir patentes críticas a sociedades pantalla en las Islas Caimán, activar a mi limpiador de confianza, Caronte, para que hiciera una visita a Fernsby. ..
En la piscina infinita de mi ático, las aguas heladas no lograban borrar la imagen de su espalda arqueándose bajo mí, ni el eco de sus gemidos. El agua me rodeaba, fría y implacable, pero mi cuerpo aún ardía con su recuerdo.
—¿Disfrutando de tu nueva distracción costosa? —Laurent apareció en la terraza como un espectro, con dos copas de Château Margaux en las manos—. Camila Durand llamó. De nuevo. Michele Brown está furioso. Cree que el contrato de exclusividad de sus viñedos es una declaración de guerra personal.
—Las cosechas de Nuevo Terreno valen diez veces su peso en oro y el doble en prestigio —nadé hasta el borde, saliendo del agua sin pudor, sin preocupación; las gotas de agua helada corrieran por mi piel—. Y Natasha no es una distracción. Es... una variable interesante.
—¿Un nuevo juguete para romper? —su mirada, aguda y cansada, escarbó en mis pupilas buscando la verdad que yo mismo me negaba—.
Ten cuidado, Damián. Esa mujer no es una rubia despistada.
Tiene un historial documentado de dejar cadáveres empresariales y corazones rotos a su paso. Es una depredadora tan letal como tú.
—Como yo —brindé irónicamente, chocando mi copa contra la suya con un tintineo frágil—. Suena a la combustión perfecta.
Horas después, revisando los flujos financieros en la penumbra de mi estudio, una alerta roja parpadeó en la batería de monitores: transferencias fantasmas, pequeñas y casi indetectables, desde cuentas en Seychelles hacia una cuenta en Liechtenstein.
El topo no había actuado solo. Tenía cómplices.
La red era más profunda de lo que pensé.
—Purga todos los sistemas. Nivel Delta —ordené por el interfono a Víctor, mi voz serena pero cargada de la furia del fracaso—. Y activa el protocolo Kronos. Ahora mismo.
Mientras los servidores se reiniciaban con un zumbido sordo, borrando todo rastro y reconstruyendo firewalls, una foto en mi Tablet me detuvo en seco.
Era Natasha. En Gstaad, envuelta en pieles blancas contra un paisaje alpino, sus ojos lila desafiando la tormenta de nieve que azotaba el cristal de la ventana detrás de ella.
La foto estaba fechada el mismo día de la filtración inicial.
No solo querían mis diseños, mi dinero o mi imperio. Querían mi alma. Mi atención completa. Mi destrucción.
Y al mirar esos ojos lilas que desafiaban la tormenta, supe, con una certeza que me heló la sangre y me incendió el instinto, que quizás, por primera vez en mi vida, había encontrado a alguien capaz de tomarla.
Y lo más aterrador: una parte de mí, la parte más oscura y hambrienta, deseaba entregársela.
El clan
Adam
Cracovia, Polonia
La tormenta de nieve azotaba los vitrales centenarios del castillo de Wawel con una ferocidad que parecía querer derribar los muros de piedra que habían resistido siglos de historia.
Era una furia blanca, ciega, impropia de la temporada, que aullaba como una legión de espectros enfurecidos.
Pero dentro, tras los muros de metros de grosor, el contraste era absoluto, deliberado, un monumento al poder y al desprecio por las fuerzas de la naturaleza.
Miles de velas en candelabros de plata parpadeaban, proyectando danzas de sombras sobre tapices flamencos y alfombras de seda persa tan gruesas que ahogaban cualquier sonido, creando una atmósfera opresiva y sensual.
El aire, pesado y caliente, estaba saturado con el aroma dulzón de la cera de abejas fundida, el champán Krug Clos d'Ambonnay y un perfume de opulencia y decadencia que se percibía solo en las altísimas esferas del poder.
Mi padre, el viejo león, siempre me enseñó que el dinero suficiente borra cualquier inconveniente, incluso los caprichos del clima: "Un Kowalski no se arrodilla ante nadie, ni siquiera ante Dios.
Por eso, esta fiesta se celebraría, tormenta o no".
"Sé egoísta, Adam", repetía su voz, un eco frío en los pasillos de mi memoria.
"La compasión es un virus de los débiles.
Los demás son solo peones en tu tablero, herramientas desechables.
Úsalas y tíralas antes de que te corten la mano".
Recorrí la galería principal con la lentitud deliberada de un depredador que conoce cada centímetro de su territorio.
Mis botas de cuero italiano, hechas a medida por un artesano ciego en Florencia, resonaban con un eco sordo y autoritario sobre los mármoles traídos de Carrara expresamente para este fin.
Todo en este castillo era una declaración de intenciones, un recordatorio de nuestro legado.
Un legado que solo tenía una mancha, un error de cálculo que aún me quemaba por dentro: haber confiado una vez en Saúl Bonet.
Ese maldito investigador entrometido, con sus ideales patéticos y su obstinación de mula, había estado a punto de desentrañar los hilos más profundos de nuestro imperio.
Menos mal que terminó como terminan todos los idealistas: frío y solo en una cuneta embarrada a las afueras de Sandomierz, con la nieve teñida de carmesí.
Un accidente de tráfico tan trágico como conveniente.