Inquina Parte Uno #5
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Parte Uno #5

—Tú eres el único que le ha mentido a Camila, Michele.

A tus escondites, a tus mentiras, a tu pequeña vida doble.

Yo, al menos, juego siempre con cartas visibles —dije con calma glacial antes de arrojar un fajo grueso de billetes sobre el mantel de lino inmaculado—.

Para la limpieza. Ahora, si me disculpas, tengo un imperio que dirigir.

—. ¿Estás bien, cariño? – la cara de Brown era un poema, ¿Cómo me había atrevido a llamarla cariño?

—. No vuelvas a llamarla así, ella…

—¿Esposa? — interrumpí —. ¿Después de lo que tú y tu club de apuestas enfermizos le hicieron? Déjala en paz, Mike. Tu adicción a los juegos, a ganar trofeos humanos, ya le costó casi la vida. ¿No es suficiente?

Camila estaba tan sorprendida por mis palabras ¿Acaso ella? … su furia se hizo presente y golpeó la mesa haciéndonos girar para mirarla, pidió que nos calláramos y amenazó a Brown.

—Señor Bonet, continuaremos por correo. Señor Brown—dijo—, Usted y yo no tenemos nada de qué hablar. Ni ahora, ni nunca La vi

salir con la misma elegancia con la que había llegado.

—. Esto aún no acaba Damián – me amenazó el idiota de Brown.

Fastidiado de esta escena de celos patéticos, salí del restaurante.

En la calle, el rugido animal de mi Lamborghini Aventador SVJ calmó momentáneamente la ira que hervía en mi sangre. Introduje la llave con un gesto brusco, ansioso por perderme en la velocidad. Fue entonces cuando la vi.

Una Rolls-Royce Phantom, larga, negra y silenciosa como un ataúd de lujo, se detuvo frente a mí.

La ventana trasera descendió con un zumbido apenas audible, revelando un perfil que mi subconsciente ya había memorizado.

Y luego, esos ojos. Esos ojos lilas, luminosos y penetrantes, que me observaban desde bajo el ala de un sombrero de tul negro.

—Parece que el destino es terco como una mula, señor Bonet —la voz de Natasha Page era suave, pero cortaba la noche como el filo de una daga, mientras una sonrisa juguetona y peligrosa curvaba sus labios—. O quizás... solo quizás, soy yo quien no acepta un no por respuesta.

El aroma a fresas silvestres y vetiver, L'Interdit, inundó el aire que respiraba, anulando el olor a gasolina y ciudad.

Y supe, con una certeza que me heló la sangre y me incendió las entrañas, que esta mujer no era un capricho.

Era la tormenta perfecta. Y yo, como un idiota, ya ansiaba ahogarme en ella.

Derroche de pasión

La llamada estridente de Erdoğan me arrancó brutalmente de la ensoñación recurrente: la imagen de Natasha Page, desnuda y sumisa bajo mi mirada, su piel de porcelana contrastando con las sábanas de seda negra.

La fantasía se desvaneció, reemplazada por la fría realidad de un problema crítico en los diseños de la R45.

Una maldición sorda escapó de mis labios mientras el rugido del Lamborghini Aventador SVJ devoraba el asfalto húmedo de Estambul, llevándome de vuelta a la torre Bonet.

Todo—el champagne, los juguetes de cuero, la música ambiental— estaba preparado para una tarde de exploración y dominación con ella.

Pero el imperio, mi hijo monstruoso y querido, siempre reclamaba su tributo de sangre y tiempo.

Al cruzar el vestíbulo principal, un vasto cañón de mármol negro pulido y acero inoxidable, el eco de mis pasos resonó como disparos en la noche, anunciando la llegada de una tormenta.

Había convocado al equipo completo de ingeniería y legal.

Patético. Después de veinte años construyendo este imperio desde las cenizas de mi pasado, aún estaba rodeado de incompetentes que requerían supervisión constante, de mentes mediocres que no podían ver más allá de su siguiente pago.

Mi humor, ya de por sí volcánico, alcanzaba temperaturas de fusión nuclear.

La escena en la sala de diseño de ultra seguridad confirmó mis peores presagios: rostros pálidos, bocetos esparcidos sobre las mesas de luz como cadáveres en un campo de batalla, el silencio tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.

—¿Alguien tiene la decencia de explicarme esta catástrofe? — mi voz no alzó el volumen, pero cortó el aire como una cuchilla criogénica, helada y afilada.

—Señor Bonet —Lauren se adelantó, impecable en su traje sastre negro, colocando impresiones comparativas ante mí—. Arakiel Motors acaba de presentar su prototipo en el salón de Ginebra. Tienen… nuestros sistemas de escape. Exactamente nuestros planos.

—¡Maldita sea! —El puño golpeó la superficie de titanio de la mesa con una fuerza que hizo temblar las pantallas táctiles—.

Víctor: entra en sus servidores principales y secundarios.

Quiero nombres, IP’s, rutas de transmisión y cada maldito byte de data antes del anochecer.

Los demás —escudriñé cada rostro, buscando el más mínimo tic, el más mínimo destello de culpa, y todos evitaron miradas— permanecerán en esta sala, con sus dispositivos confiscados, hasta que identifiquemos al traidor.

Lauren: prepara una demanda por robo de propiedad intelectual tan brutal que les haga desear haberse dedicado a vender palomitas.

Salí de la sala convertido en un torbellino humano de rabia contenida.

Mi proyecto. La R45 no era solo una moto; era la culminación de tres años de trabajo obsesivo, de noches en vela, de sudor y genio.

Tenía bitácoras digitales con marcas de tiempo, registros notariales, hasta las primeras ideas garabateadas con saña en servilletas de aquel bar de mala muerte en Milán.

Todo era inútil ante la hidra insaciable de la corrupción industrial.

Arakiel siempre había intentado morder mis talones, una mosca cojonera en el mejor de los casos.

Pero esta vez habían cruzado toda una línea de sangre.

Por suerte, había aprendido de los errores de idiotas como Brown.

Todos mis sistemas, todos mis archivos, llevaban huellas digitales ocultas, marcas de agua digitales indetectables: algoritmos de rastreo incrustados en los metadatos de los archivos CAD, códigos QR microscópicos insertados en los renders que solo mis escáneres podían detectar.

Encerrado en la bóveda digital de mi oficina, un sanctasanctórum de cristal ahumado y servidores silenciosos, las horas se deslizaron entre el parpadeo hipnótico de las pantallas.

Víctor y yo tecleábamos en una simbiosis casi telepática, dos depredadores siguiendo el rastro digital del traidor como sabuesos sobre una presa herida.

El mundo exterior, incluida la mujer que ocupaba mis pensamientos, dejó de existir.

Cuatro horas y treinta y siete minutos después, la evidencia cristalizó en la pantalla principal, fría e incontrovertible: Ramiel Fernsby, nuestro jefe de materiales, había filtrado los archivos a una empresa pantalla vinculada a Cass Company.

Convoqué a Erdoğan y al equipo legal de inmediato.

—El cáncer estaba dentro de nuestras propias paredes —proyecté en la pared las transferencias bancarias cifradas, las capturas de correos electrónicos fantasmas enviados desde servidores en el extranjero—.

Fernsby vendió el trabajo de todos ustedes, vendió mi legado, por menos que el precio de un Rolex de imitación.

Laurent tomó el dosier con una sonrisa fría y delgada de gladiadora que huele sangre en la arena.

—Celliac Company se arrepentirá de haber nacido. Lo desmantelaremos hasta los cimientos.

Al quedarme solo, la rabia feroz cedió paso a un vacío familiar, un agujero negro en el pecho que ni el poder ni la venganza podían llenar.

¿Para esto había acumulado una fortuna obscena?

¿Para pelear contra ratas cobardes mientras el fantasma de mi hermana me susurraba al oído?

Mientras revisaba distraídamente los portafolios de modelos para la campaña—todas ellas muñecas vacías—, una imagen mental se impuso con la fuerza de un rayo: Natasha caminando hacia mí a través de la niebla de mi memoria, aquella maldita cadena de oro danzando en su muslo bajo el vestido gris perla, sus ojos lila desafiándome, retándome.

.. —Señor Bonet —la voz neutra de Erdoğan me arrancó del ensueño, filtrándose por el interfono—.

La señorita Page está aquí. No tenía cita, pero insiste en verlo.

Dice que es… de suma importancia. Providencia. O una trampa exquisita.

—Que pase —dije, activando con un gesto el bloqueo magnético de la puerta de la bóveda. El zumbido silencioso fue un punto de no retorno.

Su entrada no fue un simple acceso; fue un evento sísmico. Un huracán de L'Interdit y una presencia que electrizó el aire estéril de la habitación. Llevaba un vestido de seda color ónice que se movía como agua viva alrededor de sus piernas.

—Parece que el mundo conspira activamente contra su paz, señor Bonet —dijo, deteniéndose frente al ventanal panorámico, su silueta recortada contra el cielo plomizo de Estambul—. Problemas en el paraíso.

—Nada que no pueda manejar —me levanté, bebiendo su figura con una sed que me alarmó—. Los problemas se resuelven con precisión. Las oportunidades… se aprovechan con ferocidad.

—Me informaron del plagio de Arakiel —se acercó, los tacones de aguja de cristal clavándose en la alfombra persa con una determinación que era un mensaje en sí mismo—. ¿Afectará nuestro lanzamiento?

¿Mi campaña?

—Todo sigue en pie y según lo planeado —mentí descaradamente, disfrutando del juego—. Mañana mismo iniciamos las sesiones fotográficas con el mejor equipo de Europa. Estarás impresionante sobre mi nueva Bonet, con el puente de Gálata a tus pies.

Ella rodeó el escritorio de ébano con la gracia de un felino que explora un territorio nuevo.

Al sentarse en el borde, la seda del vestido se tensó sobre sus curvas, revelando el destello dorado y prohibido de la cadena en su muslo.

El silencio se cargó de electricidad estática, de promesas no dichas.

—¿Le gustó mi… regalo? —sus ojos lila, en la penumbra, eran pozos sin fondo que perforaron mis defensas más blindadas.