Parte Uno #4
Actué por puro instinto animal. Tomé un puñado de su pelo platino, enredando mis dedos en los finos cabellos, y la guie hacia mí con una fuerza bruta que no admitía negativa.
—Más profundo —gruñí, mi voz ronca por el whisky y la rabia contenida.
Quería ahogar el recuerdo de Natasha en la garganta de esta suplente, en la carnalidad anónima.
Pero cada movimiento, cada caricia, cada gemido, no hacía más que avivar el fuego.
La imaginé a ella. Sus labios rozando mi oído.
La suave piel de sus muslos de porcelana.
La arrogancia de su sonrisa. Embestí contra la garganta de la rubia con una furia animal, un ritmo salvaje y punitivo, hasta que el clímax me sacudió con una violencia que me dejó temblando, vacío y a la vez más lleno de ella que nunca.
—Traga —ordené con una voz que era poco más que un susurro áspero, un comando desde las sombras.
Ella obedeció de inmediato, con una sonrisa satisfecha y sumisa.
Bien. Esta al menos sabía jugar sucio y entender su lugar.
Al levantarse, su rímel corrido parecía pintura de guerra, un estandarte de su derrota momentánea.
Le tendí un pañuelo de seda negra sin una palabra, mientras mis ojos, ávidos y descontentos, escaneaban el lugar en busca de un nuevo distractor.
Se clavaron en una morena junto a la pista, su vestido rojo fuego tan ceñido que era una segunda piel, un reto directo en la penumbra.
Dos serían mejor que una esta noche. El vacío que Natasha había abierto requería más carne para llenarlo.
—Síganme —dije al levantarme, mi orden una leyenda inapelable. Ninguna de las dos dudó. Eso era lo único que apreciaba: profesionales sin remilgos románticos ni falsas expectativas.
La suite privada del piso superior era mi santuario personal, un reflejo de mi psique: iluminación tenue en tonos rojos y ámbar, una jaula de acero pulido en el centro de la habitación, una cama king-size suspendida del techo con gruesas correas de cuero, y una silla ergonómica de diseño sueco con arneses integrados. Un taller de placer y olvido.
—Pónganse esto —ordené, entregándoles dos conjuntos de látex negro brillante, con finas cadenas de plata engastadas con circonitas que simulaban diamantes.
Mientras se cambiaban, con la docilidad de quien acepta su rol, serví otro whisky.
La vibración del teléfono en mi bolsillo fue un latigazo eléctrico.
Un mensaje de Erdoğan. "Reunión confirmada mañana.
11 AM. Su oficina." Debajo, el nombre: Natasha Page.
Una sonrisa cruel, fría y auténtica, se dibujó en mis labios por primera vez en esa noche.
El verdadero juego, el único que importaba, comenzaba.
Regresaron transformadas. El látex moldeaba cada curva, cada valle, convirtiéndolas en estatuas vivientes de deseo artificial. La morena avanzó primero, su confianza renovada, sus pechos generosos desafiando la tensión del material.
—Serás la primera —dije al posar mis manos en sus caderas, sintiendo el látex frío bajo mis palmas.
A la rubia la encerré en la jaula de acero. —Verás cómo la destrozo. Te mojarás implorando tu turno.
—Lo deseo más que el aire —jadeó ella, ya en posición cuadrúpeda, sus muñecas esposadas a los barrotes fríos, su respiración entrecortada.
El consolador de cristal, sincronizado vía Bluetooth con la música, cobró vida al ritmo de Haunted de Beyoncé.
Los gemidos artificiales de la rubia se fundieron con los sintetizadores lúgubres, creando una sinfonía perversa.
La morena, tumbada en la cama suspendida, se masturbaba con dedos ávidos, sus ojos clavados en mí.
—Ahora tú —la levanté hacia los arneses de cuero que colgaban del techo, sujetándola con firmeza.
—¿Duele? —preguntó con una voz que ahora temblaba con una emoción genuina, el juego convertido en realidad.
—El dolor es opcional. El placer, obligatorio —aseguré al desprender con un tirón seco la parte frontal de su traje. Sus senos eran esculturas vivientes, perfectas y frías. Incliné la cabeza y mordí un pezón con suficiente fuerza para hacerla arquearse y gritar.
—¡Sí! ¡Otra vez! ¡Por favor!
Cuando finalmente montó mis caderas, rasgué la delgada tela que ocultaba su sexo con un dedo. Estaba empapada. La penetré de pie, sus piernas anudadas a mi espalda con una fuerza desesperada. Cada embestida era un latigazo, un intento de borrar otro par de ojos lilas de mi mente.
—Así domino. ¿Alguna queja?
—¡Más fuerte, maldito! —aulló, abandonándose por completo al frenesí.
El orgasmo la sacudió como una descarga eléctrica, un espasmo violento que resonó en todo su cuerpo. Repetí el ritual con la rubia, ahora liberada de su jaula. Su clímax, cuando llegó, manchó mis dedos de nácar, un recordatorio físico y efímero de un placer que nunca llegaba a llenar el abismo.
El penthouse olía a silencio caro y a los restos de whisky de malta. Bajo el agua helada de la ducha de vapor, que me azotaba la piel como agujas, los recuerdos irrumpieron sin piedad, rompiendo los diques que con tanto esfuerzo construía:
La voz de papá, grave y llena de un miedo que entonces no entendía, pero que ahora reconocía como puro terror: "Alenka, no importa lo que pase, protege a Damián".
Mi hermana, con sus ocho años y una determinación que le quedaba enorme, exhausta pero firme: "¡Sí, papá!".
Mamá, llorando en silencio sobre cartas con sellos extranjeros, su cuerpo sacudido por sollozos que intentaba ahogar en la noche.
Ventiscas cegadoras enterrando Sandomierz, aquella noche eterna de huida.
Los murmullos adultos, fragmentos que mi mente de niño atrapó para siempre: "Los Bianchi.
.. fue una traición... tenemos la culpa de nada". ..
El timbre estridente del teléfono interno cortó el flashback como un cuchillo. Erdoğan.
—¿Avances? —espeté, mi voz aún ronca por los fantasmas.
—Informe completo en su bandeja digital, señor Bonet. Siguen sin ser concluyentes. Los Bianchi cubren sus huidas con capas de legitimidad.
—Cancela todo lo que tenga hoy. Trabajaré desde casa.
—Pero, señor, la señora Durand a las cinco... es una cliente crucial.
—¡Demonios! —refunfuñé, frotándome el entrecejo—. Está bien. Reserva una mesa en Olivos. Que sea discreta.
En el gimnasio privado, los golpes sordos al saco de boxeo de arena fina no conseguían ahogar el eco de un nombre que se repetía al ritmo de cada impacto: Na-ta-sha.
Na-ta-sha. La furia me poseyó, golpeando con una ferocidad que me dejó las manos doloridas y vendadas.
Lauren irrumpió entonces, sin anunciarse, con una torre de contratos en los brazos y una mirada que podría derretir acero.
—¿Cuál es la razón de tu fuga épica de esta mañana? ¿O debo adivinarlo?
—Soy el puto dueño, Laurent. No tengo que dar explicaciones —enjugué el sudor de mi torso con una toalla, desafiándola con la mirada.
—Eres un maldito narcisista patológico —rezongó, pero había una complicidad antigua en el insulto, una resignación de quien ha visto lo peor y aun así sigue ahí.
Entre la pila de documentos, un contrato brillaba con una luz diferente.
El acuerdo de Natasha Page. Lo tomé y lo abrí por la página final.
Allí estaba, elegante y desafiante, su firma al pie de la cláusula 7.
1: "El artista acepta y autoriza sesiones fotográficas privadas para material promocional de archivo o campañas futuras, bajo la discreción exclusiva de Bonet Motors.
". Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en mis labios.
—Controla tus demonios, Damián —advirtió Laurent, viendo la expresión en mi rostro—. Esta no es una rubia despistada del Black Cat. Es una Page. Es peligrosa.
—Todas eligen su propia perdición, Lauren. Yo solo les muestro la puerta —sonreí con cinismo al ver las coordenadas adjuntas para el rodaje: Natasha, sobre mi nueva Bonet45 Negroni, en el puente de Gálata al atardecer. Sería espectacular.
La reunión con Camila Durand, esposa o ex esposa del irritable magnate Michele Brown, fue un duelo de esgrima con guantes de terciopelo. En el restaurante Olivos, le mostré los diseños personalizados para su colección privada:
—Motor eléctrico silencioso como un susurro, asiento de piel de avestruz teñida con vino tinto, sistema antirrobo biométrico con reconocimiento de huella y retina. Solo para usted.
—Exquisito, Damián —dijo, mientras paladeaba una copa de Romanée-Conti con la solemnidad de una sacerdotisa—. Como siempre. Sus tatuajes de vid y hojas de parra florecían bajo la manga de su vestido de seda, un contraste fascinante de tradición y rebeldía.
—A cambio, quiero la exclusiva de la distribución de sus cosechas en Estambul.
—Mis viñedos en La Hacienda no están en venta, querido — respondió con una sonrisa dulce y letal.
—Solo sus botellas. No estoy interesado en tus tierras. — Ahora entiendo la obsesión patológica de Brown hacia esta mujer, pensé. No es solo belleza. Es elegancia, inteligencia y una fuerza tranquila que podría derribar imperios.
La aparición de Michele Brown, congestionado y torpe, fue tan predecible como patética.
—¡Aléjate de mi esposa, Bonet, o te arranco la cabeza! —rugió, ignorando por completo la etiqueta del lugar.
Camila se levantó la mirada y lo observaba con un gran recelo, con odio —Michele, por favor, no me avergüences... —pero él no la escuchaba. Yo me levanté con una lentitud calculada, midiéndolo con desprecio.
—Esto es una reunión de negocios, Brown. Como ya te dije por teléfono. Tu presencia no es requerida.
—Cualquier reunión que involucre a Camila me involucra a mí
—replicó
Ya me había cansado de sus palabras, tenía que sacarlo más de sus casillas así que: