Inquina Parte Uno #3
4%

Parte Uno #3

—Damián Bonet —susurró, y mi nombre en sus labios sonó a profanación, a desafío y a provocación absoluta—. Seré tu demonio, tu musa y tu puta personal, si eso es lo que necesitas.

El aire escapó de mis pulmones. La tendría encadenada en el ático de mi villa, implorando por más.

—¿Puedo llamarla Natasha? —jugué su mismo juego, mi voz un susurro ronco cerca de su oído.

—Puedes llamarme como desees —se levantó con una elegancia felina que tensó cada músculo de mi cuerpo y avanzó hacia mí.

Los zapatos de serpiente marcaban cada paso sobre el mármol.

Se detuvo a escasos centímetros de mis rodillas, su perfume envolviéndome como una droga.

Lentamente, con una sonrisa que era puro veneno, alzó el dobladillo del vestido, revelando unos muslos de porcelana que parecían esculpidos por un Dios perverso.

Se chupó el índice con una obscenidad deliberada, teatral, y luego lo deslizó bajo la fina tela de su ropa interior.

Un gemido ahogado, gutural, escapó de sus labios entreabiertos.

Permanecí inmóvil, hipnotizado, mi sangre rugiendo en mis oídos.

Al retirar el dedo, brillante y húmedo, su mirada lila era un desafío absoluto.

Sin romper el contacto visual, comenzó a deslizar una minúscula tanga de encaje negro por sus muslos.

Moví mis manos antes de que mi cerebro pudiera dar una orden, ayudando a quitársela.

Al rozar su piel, suave como el terciopelo y caliente como la brasa, sentí el impulso irrefrenable de morder, de marcar, de poseer.

Di un toque suave para que alzara cada pie, liberándose por completo de la prenda.

El silencio en la oficina era tan espeso que podía saborearlo. Guardé la prenda íntima, aún caliente, en el bolsillo interior de mi traje, sobre mi corazón.

—Ahora —gruñí, intentando guiarla para que se sentara sobre mis muslos, para sentir su peso, su calor—

—Tranquilo, Casanova —su aliento, caliente y dulce, rozó mi lóbulo—. Todo a su tiempo. El suspenso es parte del juego.

—Jugar conmigo es peligroso, Natasha. Harás que te suplique, y luego haré que ruegues tú —apreté sus caderas con fuerza, marcando los dedos en la tela de su vestido.

—Eso espero —esquivó mi contacto con una agilidad frustrante—. Pero será en otro momento. Hoy solo vine a presentar mis respetos… y mi propuesta.

La maldita se ajustó el vestido con una calma insultante y tomó su bolso Prada de edición limitada.

—Esperaré su llamada. Ha sido un placer… hacer negocios — su sonrisa no era de satisfacción; era de victoria. Una sonrisa que me siguió, quemándome, hasta que la puerta se cerró tras ella, dejándome solo con el aroma de su perfume y la dolorosa tensión en mi entrepierna.

Una carcajada ronca, involuntaria, escapó de mi garganta.

¡Me había dejado hecho polvo! ¡Me había tendido una trampa de la que había caído de lleno, y se había marchado con la última palabra!

La furia y la lujuria se mezclaron en un cóctel explosivo.

Marqué el número de Ayla, una de mis acompañantes habituales, la que menos hablaba.

Apareció en cinco minutos, como sabía que lo haría, vestida solo con un abrigo de visón que se abrió para revelar un cuerpo entrenado para el placer.

—Sabes lo que necesito —gruñí, sin preámbulos.

Sin mediar palabra, se despojó de la piel. Sacó un consolador de cristal tallado y un frasco de lubricante de su bolso Birkin. Previsora. Se arqueó sobre el sillón Chesterfield, ofreciéndose.

—Silencio —ordené, colocando una bola de goma entre sus dientes—. No quiero oírte.

Me desabroché el pantalón con urgencia animal.

Deslicé el preservativo y unté mis dedos con el gel frío.

Ella abrió sus piernas en una invitación obscena y profesional.

La penetré con un gruñido sordo, cerrando los ojos con fuerza.

Pero detrás de mis párpados no estaba ella.

Veía cabellos de oro blanco, ojos lilas que me desafiaban, labios rojos que murmuraban promesas.

—Natasha —murmuré, el nombre escapándoseme como un hechizo al ritmo de mis embestidas brutales.

Saqué su tanga de encaje de mi bolsillo.

La apreté contra mi rostro, aspirando profundamente su esencia a fresas silvestres y ambición pura mientras mi cuerpo se movía con furia.

Te tendré de rodillas. Te haré gritar mi nombre hasta que se te rompa la voz.

El recuerdo de su provocación, de su sonrisa victoriosa, avivó mi furia hasta el punto de ruptura.

—¡Maldita seas!

Mi cuerpo estalló con una violencia que me sacudió hasta los talones, un espasmo de rabia y placer perverso.

Al retirarme, Ayla jadeaba en silencio, lágrimas de esfuerzo o dolor resbalando por sus mejillas.

Me dirigí a la ducha sin mirarla atrás, desechando el preservativo.

El agua helada, casi glacial, no conseguiría borrar la debilidad que esa mujer, Natasha Page, había logrado sembrar en mí.

"Todo a su tiempo". Su frase resonaba en mi cráneo como un eco perverso, un desafío que había aceptado sin siquiera darme cuenta.

Vestido de nuevo con un traje impecable, contemplé la ciudad desde el ventanal.

La reunión con Michele Brown, la supermodelo brasileña que todos daban por sentada para la campaña, podía esperar.

Natasha Page había alterado el juego. Esos ojos lila no eran solo un pozo sin fondo; eran un agujero de gusano hacia una obsesión que podía consumirme por completo.

Abrí la caja fuerte empotrada en la pared.

Junto al revólver M1911 de mi padre, oxidado y cargado de fantasmas, guardé su tanga de encaje negro.

Este juego, este peligroso tira y afloja, apenas comenzaba.

Y por primera vez en una década, yo no tenía el control.

Y lo que era más aterrador: una parte de mí, la parte oscura y hambrienta, ansiaba perderlo definitivamente con ella.

Fantasía

El estruendo distorsionado de Sweet Dreams, en la versión visceral y retorcida de Marilyn Manson, no solo sonaba; era una entidad física que vibraba en el aire denso y cargado de sudor y deseo del club Black Cat Power.

Bajo el parpadeo epileptógeno de las luces estroboscópicas, un mar de cuerpos anónimos se movía en una coreografía caótica, una masa pulsante que buscaba, en el éxtasis colectivo, olvidar la mediocridad de sus vidas.

Avancé entre la multitud, y sentí, como siempre, el peso de docenas de miradas femeninas que se adherían a mí como imanes.

Sus ojos suplicaban atención, anhelo, validación.

Pero eran miradas ciegas. Ninguna de ellas podría siquiera comenzar a comprender las reglas del juego perverso en el que deseaban entrar.

Eran juguetes de un solo uso, prescindibles.

Mi destino no estaba entre la plebe. Mi destino era la plataforma elevada del área VIP, donde una figura enigmática y solitaria danzaba con una gracia hipnótica.

Llevaba una máscara de coneja blanca, un contraste perturbador contra el vestido de látex negro que se le adhería como una segunda piel.

¿Era una provocación dirigida a mí, un guiño a mis conocidas predilecciones? ¿O simple exhibicionismo barato?

No. Mi mente, intoxicada y obsesiva, solo tenía espacio para una silueta, un fantasma de porcelana y oro: Natasha Page.

La memoria de su tanga de encaje, aún guardada en la fría caja fuerte de mi penthouse, impregnaba mis sentidos como un perfume embriagador.

Aspiré profundamente el aire viciado del club, como si pudiera filtrar entre el humo y el alcohol la esencia de fresas silvestres y ambición pura que ella exhalaba.

La tendré encadenada en el ático, juré mentalmente, los nudillos blanquecinos al apretar los puños.

Haré que grite mi nombre hasta desgarrar esa voz de sirena que me atormenta. Haré que ruegue y luego la romperé.

Me hundí en el sillón de cuero negro, un trono reservado exclusivamente para mí en este rincón oscuro que dominaba el infierno.

Antes de que mi dedo alzara la más mínima señal, ya tenían mi Glenfiddich 30 años servido en un vaso de roca, el líquido ámbar brillando de forma ominosa, y una rubia escandinava de facciones perfectas y ojos vacíos se deslizaba a mi lado como un gato entrenado.

—Veo soledad en tus ojos —murmuró, su voz un arrullo mecánico mientras deslizaba una uña carmesí sobre el costoso tejido de mi pantalón, recorriendo mi muslo con una precisión calculada—. Yo puedo llenar ese vacío.

Asentí con un gesto casi imperceptible, sin dignarme a mirarla.

No necesitaba verla; su tipo era intercambiable.

Ella interpretó el permiso y se deslizó de rodillas entre mis piernas, sus manos expertas iniciando un masaje que, contra mi voluntad, tensó mi cuerpo al instante.

Cerré los ojos con fuerza, buscando la oscuridad, pero solo encontré tras mis párpados una imagen que me quemaba: cabello como hebras de oro fundido bajo el sol.

Ojos de un lila profundo y hipnótico que prometían infiernos deliciosos.

Curvas esculpidas por un dios perverso y detallista.

La necesidad de poseerla, de someter a esa arrogancia de Natasha Page, era un incendio incontrolable en mis venas, un veneno que ya corroía mis entrañas.

—Dios, es magnífico —susurró la desconocida al desabrochar mi pantalón con dedos ágiles, su aliento caliente sobre mi piel.