Parte Uno #2
El pasillo que conducía a mi oficina privada era una extensión frigorífica de mi estado de ánimo: paredes de acero pulido y cristal ahumado que reflejaban mi figura avanzando con paso enérgico y decidido.
El eco de mis pasos, un taconeo autoritario sobre el mármol negro, era el único sonido permitido en ese santuario de orden impuesto.
Debía concentrarme en los planos de escape para la nueva Bonet R45, en seleccionar las modelos para la campaña.
Pero esta vez, dejaría las reglas claras desde el principio: quien violara la cláusula de confidencialidad no solo enfrentaría acciones legales; vería su frívola carrera reducida a cenizas.
Me importaba un bledo su estatus de "niña bien" o de "intocable".
En mi mundo, un mundo que yo había forjado a base de rabia y determinación, todas eran prescindibles.
Como habían sido prescindibles los míos.
Tres golpes secos, precisos, interrumpieron el silencio.
—Adelante —gruñí, sin levantar la vista de los bocetos técnicos esparcidos sobre el escritorio de ébano macizo.
—Damián, ¿hasta cuándo pretendes que sea tu celadora? — Laurent entró con un suspiro que parecía cargar el peso de todas mis transgresiones—. Esto se está saliendo de control.
—Para eso te pago un sueldo obsceno. Para controlar lo incontrolable. Para limpiar la mierda —serví tres dedos generosos de Macallan 25 en un vaso de cristal tallado, el líquido ámbar captando la tenue luz de la tarde.
—No es solo cuestión de dinero, y lo sabes —su voz perdió el tono profesional, adoptando uno casi maternal que detestaba—.
Es tu conducta. Estos contratos existen para proteger intereses comerciales, no para que uses el dinero como un látigo y trates a las mujeres como desechables.
Tienes demonios, Damián. Y te están ganando.
—Ahorra tus sermones de psicología barata —espeté, el sabor del whisky creando un fuego familiar en mi garganta—. ¿Cedió?
—Sí. Aceptó la indemnización. El silencio tiene un precio, y tú pagas el premium.
—Asunto zanjado, entonces —apoyé las palmas de las manos sobre el frío ébano, inclinándome hacia adelante—.
Todas persiguen lo mismo, Laurent. Dinero o notoriedad.
No hay una sola que valga la pena más allá de una noche.
La próxima vez, filtraremos candidatas de agencias serias, no de ese catálogo de cazafortunas patéticas.
—Eres incorregible —murmuró, con un deje de resignación.
—Y siempre salgo con la mía.
Bebí el resto del whisky de un trago, sintiendo el ardor descender hasta mi estómago, una calefacción interna para un alma permanentemente fría.
Laurent respondió con un obsceno y elocuente gesto del dedo medio antes de girar y salir, dejando tras de sí un aura de frustración.
Ahora me tocaba hacer su trabajo. La rabia, siempre al acecho, pulsó con más fuerza en mis sienes.
Estrellé el vaso vacío contra la pared de acero; estalló en una lluvia de cristales que se esparcieron como lágrimas de diamante sobre el mármol pulido. Debía centrarme. Respirar.
Los planos de la R45, mi verdadera obsesión, copaban el escritorio.
Era una máquina de belleza mortífera, tan letal y hermosa como su creador.
Mientras repasaba distraídamente los portafolios de las modelos aspirantes—todas intercambiables, sonrisas plásticas y ojos vacíos—un correo electrónico entrante iluminó la pantalla de mi laptop.
Otro informe del investigador privado. Otro callejón sin salida en la búsqueda de Alenka.
De pronto, los gritos de mi hermana, agónicos, desgarrados, resonaron en los confines de mi mente como cuchillos retorciéndose en una herida que nunca cicatrizaba.
Veintinueve años. Y la pesadilla seguía viva, fresca, alimentando la oscuridad que crecía dentro de mí.
Cerré la laptop con un golpe seco que retumbó en la habitación.
Me acerqué al ventanal panorámico que dominaba el Bósforo.
Estambul se extendía a mis pies, una ciudad de contrastes brutales, tan bella y cruel como mis propios recuerdos.
El cielo, de un plomizo amenazador, anunciaba la llegada del invierno.
Pronto, un manto blanco cubriría los minaretes y los palacios, devolviéndome inevitablemente a aquellos campos nevados de Sandomierz, a la sangre que tiñó la nieve impecable.
Marqué un número memorizado, un ritual de autodestrucción.
—Lo habitual —dije al contestar, sin saludos.
Ellos conocían mis rutinas, mis demonios.
Nunca estaba realmente solo en aquel lugar.
En ese preciso instante, la puerta se abrió.
Erdoğan, mi asistente personal, un hombre de presencia tan discreta como eficiente, apareció en el umbral.
Levanté un dedo, indicando silencio, mientras terminaba la llamada.
—A las nueve. Puntual —corté la comunicación y clavé la mirada en él—. ¿Qué?
—Disculpe la interrupción, señor Bonet —su voz era un susurro neutro—. La señorita Natasha Page insiste en verlo. Alega tener una cita de la que no tengo registro.
—¿De dónde surge esta intrusión? —consulté mi agenda digital, impecablemente vacía en ese horario.
—Es la hija de Charles Page, señor. El magnate naviero.
Ah, la famosa heredera. Su vida era un catálogo exhaustivo de fiestas en yates de ensueño, portadas de revistas frívolas y escándalos menores. Otra niña de papá ricachona, aburrida de jugar con joyas y amantes, pretendiendo incursionar en los negocios. Un bostezo de aburrimiento.
—Que pase —asentí con un gesto de fastidio, descargando mi frustración en el próximo blanco disponible.
Me instalé en la butaca de cuero de la zona de recepción, fingiendo estudiar los planos en mi Tablet.
Pero antes de verla, un aroma la precedió, invadiendo el espacio como una declaración de guerra: L'Interdit de Givenchy.
Un perfume de flores blancas y vetiver, intenso, seductor, peligroso.
Deliberado. No alcé la vista. La haría esperar.
La haría sentir la insignificancia de su presencia.
—Buenas tardes, señor Bonet —su voz no era lo que esperaba. No era aguda ni frívola. Era seda sobre acero, una tonalidad baja y melodiosa que vibraba con una seguridad inquietante. Decidí ignorarla, manteniendo la mirada clavada en la pantalla.
—Señorita Page, su tiempo corre. ¿A qué debo el honor de esta… visita? —oí el clic suave pero definitivo de la puerta al cerrarse tras ella, aislándonos.
Algo en la atmósfera de la habitación cambió.
La presión barométrica pareció alterarse.
Finalmente, alcé la vista, lenta, deliberadamente, empezando por sus zapatos.
Louboutins de tacón de aguja, con un detalle de serpientes en rubíes incrustados que se enroscaban alrededor del tobillo.
Una obra de arte obscenamente cara. Incliné la cabeza, recorriendo con deliberada lentitud la línea infinita de sus piernas, visibles bajo un vestido de lino blanco que era a la vez casto y revelador.
Era un ángel caído, esculpido en proporciones peligrosas.
Piel de porcelana impecable, una melena de oro blanco que caía en ondas perfectas sobre sus hombros como trigo maduro bajo el sol.
Pero fueron sus ojos los que me detuvieron, los que me atraparon.
¿Eran… lilas? Un violeta profundo, hipnótico, casi irreal, enmarcado por pestañas tan oscuras que parecían teñidas de noche.
Labios carnosos, de un rojo natural que prometía pecados innombrables.
El vestido, aparentemente simple, se ceñía a sus curvas con una precisión milimétrica, realzando unos senos perfectos, una cintura de avispa, unas caderas que invitaban a ser agarradas.
Tragué saliva seca. Mi cuerpo respondió con una electricidad instantánea, primitiva, una reacción visceral que no había experimentado en años.
Esta mujer no era una niña rata. Era una bomba de relojería de alta gama.
La imaginé, allí mismo, desnuda y arqueada sobre el escritorio de ébano, sus uñas arañando la madera pulida, esos labios gritando mi nombre. ¡Contrólate, Damián! Me aclaré la garganta, la voz un poco más ronca de lo habitual.
—Tome asiento —ordené, apoyando la Tablet sobre mis muslos para disimular la erección que presionaba con insistencia contra el tejido de mi pantalón—. Tengo poco tiempo. Convenza de no despedirla de inmediato.
—Solo quería presentarme personalmente —cruzó las piernas con una lentitud calculada que era una tortura erótica—. Su reputación le precede. En muchos aspectos.
—Este no es un patio de recreo para debutantes —apreté la mandíbula, la jaqueca regresando con furia—. Mis motocicletas no son juguetes para socialites aburridas. Son máquinas de alta precisión. Mortales.
—Precisamente por eso estoy aquí —su mirada no se inmutó.
Por el contrario, se deslizó, lenta y audazmente, hacia mi entrepierna, donde la Tablet no ocultaba del todo mi reacción—.
No quiero ser solo otra cara bonita. Quiero ser la esencia.
La cara de su nueva línea. La mujer que todo hombre desea y toda mujer teme convertirse.
Contra todo instinto, contra toda advertencia de mi cerebro racional, escuché.
Sus argumentos, entregados con una calma aterciopelada, fueron sorprendentemente sólidos, inteligentes, penetrantes.
No hablaba de exposiciones mediáticas; hablaba de psicología del deseo, de marketing del tabú, de la belleza de lo peligroso.
Una mujer así, con ese rostro de ángel y esa mirada de demonio, podría encarnar a la perfección la esencia de mis diseños: hermosos, letales, inalcanzables.
—Mi línea es exclusiva. Brutal. Requiere una musa que irradié una sensualidad feroz, sin concesiones, sin arrepentimientos —dije, levantándome y rodeando el escritorio hasta quedar frente a ella, invadiendo su espacio personal, desafiándola—. ¿Está dispuesta a eso? ¿A convertirse en eso?