Inquina
© inepub.com
Parte Uno
cuidarme, pero yo me resistía; en mi fuero interno, ya era el hombre que la protegería. "¿Adónde vamos?", insistí. El silencio fue, una vez más, la única respuesta.
Fue entonces cuando mamá se arrodilló frente a mí, sus manos heladas acunando mi rostro.
Sus ojos, uno de un azul profundo y el otro ámbar, como los míos, brillaban con una luz que yo no reconocía.
— Debes prometerme algo, Damián. Prométeme que, si te gritan que corras, lo harás.
Que no mirarás atrás —su voz era un hilo tenso, a punto de romperse.
—Te lo prometo, mami —logré articular, mis labios casi congelados.
Una figura emergió de la penumbra en la esquina del parque. Una mujer, Marta, nos hizo una seña furtiva. Nos deslizamos hacia ella como criminales. El intercambio de palabras fue rápido, cargado de un resentimiento antiguo.
—Gracias, Marta. No olvidaré esto —dijo mamá, Anna.
—No lo hago por ti. Lo hago por tu padre. ¿Cómo has podido meterte en este lío solo por él? —su dedo acusador se dirigió hacia mi padre, quien permaneció impasible, la dignidad hecha trizas, pero aún en pie.
—No es momento de reproches —cortó él, su voz un eco cansado—. Es momento de sobrevivir.
La casa de Marta era un santuario de calor.
Me acurruqué junto al crepitar hipnótico de la chimenea, jurándome que, si sobrevivía, mi vida adulta estaría llena de ese calor.
Nunca más pasaría hambre. Nunca más huiría.
Devoré el guiso caliente que nos ofreció con la ferocidad de un animal famélico, ignorando su advertencia de comer despacio.
Alenka, sin embargo, estaba petrificada. El miedo había sellado su boca y apagado la luz en sus ojos castaños, los mismos de papá. Me senté a su lado y le ofrecí mi pan. Me sonrió, una mueca triste, y me abrazó con una fuerza desesperada.
—Nadie nos separará, hermanito —murmuró contra mi hombro.
—¿Qué pasa, Alenka? —pregunté, sintiendo el miedo como un gusano frío en mi interior.
—Van a intentarlo. A mí me llevarán contigo, pero a ti... a ti te quieren muerto, Damián.
El terror, puro y cristalino, me traspasó por primera vez.
Con cinco años, entendí el peso de la muerte.
Para escapar de él, me refugié en mi libro de matemáticas, robado de la biblioteca.
Los números eran un universo ordenado y predecible, un lugar donde mi mente de "genio", como decía la maestra, podía esconderse.
El cansancio finalmente me venció, y el sueño me arrastró a un abismo sobre la alfombra, sintiendo cómo mamá me arropaba y su beso, salado de lágrimas, se posaba en mi frente.
El paraíso duró poco. "¡Ya están aquí! ¡Deben irse!". Los gritos de Marta nos arrancaron brutalmente de la paz. Me embutí en las botas, la paralizante certeza de que el fin se acercaba anclándome al suelo.
El viaje a la estación de tren fue un borrón de pánico. Estambul era el faro, el lugar donde el abuelo nos rescataría de este infierno. Recorrimos países como espectros, y cada mirada de un policía me helaba la sangre; eran la encarnación del peligro, la posibilidad tangible de la separación.
Cuando al fin divisamos el mar, una chispa de asombro se encendió en mí. Su inmensidad majestuosa nos dejó sin aliento a Alenka y a mí. Incluso bajo el cielo gris de Estambul, su azul era una promesa. Esperamos, agazapados, cerca de la estación de autobuses. El abuelo llegaría de noche.
Pero el que llegó no fue el abuelo. Reconocí la furgoneta de las revistas de papá, esas donde hombres malos llevaban vehículos como ese.
—Anna, ese no es tu padre —dijo el mío, con una calma aterradora.
El mundo estalló. "¡Alenka, llévate a tu hermano! ¡Ya!". Grité, me resistí, aferrándome a la gabardina de mamá con toda mi fuerza. "¡Debemos irnos, Damián! ¡Quieren matarnos!". Las palabras de Alenka fueron un latigazo.
Corrí. Corrí hasta que el aire me quemó los pulmones y el paisaje se convirtió en una mancha vertiginosa.
El pánico nubló todo. De pronto, la mano de Alenka se esfumó de la mía.
Me detuve, jadeante, el corazón martilleándome el pecho.
"¡Alenka!", chillé. Mi voz se perdió en el laberinto de callejones sucios.
El sonido me guio: sus gritos. Al doblar la esquina, el horror se materializó. Mis padres yacían en el suelo. Un hombre alto y cruel les apuntaba con una pistola, como las del cuarto prohibido de papá, donde Alenka practicaba destrozando botellas.
—¡Di tus últimas palabras, maldito bastardo!
—¡Por favor! —suplicó papá—. ¡Déjalos ir! ¡A mí me quieres!
—Te lo ruego —imploró mamá, su voz quebrada por los sollozos.
El estruendo fue atronador. Un sonido que se me incrustó en el alma para siempre.
Cerré los ojos y me tapé los oídos, pero nada podía bloquear los alaridos desgarradores de Alenka.
Al abrir los ojos, la vi siendo arrastrada, forcejeando contra unas manos brutales.
La rabia, primitiva e irracional, me poseyó.
Salí de mi escondite y me abalancé sobre uno de ellos, golpeando sus piernas con mis pequeños puños.
Una mano de hierro me aferró del cuello, cortándome la respiración. Sus ojos fríos se encontraron con los míos, con mi heterocromía que delataba mi nombre.
—Aquí está el último Bonet —escupió con desdén, su aliento oliendo a tabaco y menta—. Esto fue demasiado fácil...
La calidez regresó. Era el fuego de la pradera de casa. Mamá horneaba nuestra tarta de cerezas negras. La paz era absoluta. Pero fue un espejismo. Desperté en una cama extraña, con el sabor de los medicamentos en la boca, un recordatorio amargo de la realidad.
—Lo hallamos junto a sus padres. Solo tiene algunos golpes — dijo una voz desconocida.
—¿Y... qué les sucedió a ellos? —preguntó otra.
—Es trágico. Los asesinaron.
La compasión en sus miradas era un veneno. Comprendí. El mundo perdió su color para siempre.
Un policía intentó que hablara, pero la advertencia de papá resonaba en mi cabeza: "Nunca confíes en un extraño".
Me claustré en un mutismo absoluto. Me llevaron a un orfanato donde las noches eran largas y estaban habitadas por pesadillas de estruendos y los ojos aterrorizados de Alenka.
Aprendí a tallar mi dolor en silencio, a ocultar cada lágrima, cada muestra de debilidad.
El odio se convirtió en mi mejor amigo, mi combustible.
Un odio profundo y oscuro hacia la humanidad entera.
Un deseo incandescente de verlo todo arder.
Los años pasaron. Mi única arma era mi mente. Me sumergí en los números y la informática, encontrando en su lógica implacable un campo de entrenamiento perfecto para la venganza. Me convertí en el mejor. Oxford fue solo un escalón más. Un paso hacia el poder que necesitaba para encontrarlos.
Había perdido toda esperanza de hallar con vida a Alenka. Hasta que, una tarde, una vaga y siniestra pista cruzó mi camino en la deep web. Un rumor sobre una joya de ojos castaños en una corte de la élite criminal.
La noticia hizo renacer al niño aterrorizado, pero ahora el niño tenía garras. Y recursos. Iría por ellos. Por los bastardos que destrozaron mi familia. Me sumergiría en las entrañas de ese mundo oscuro y lo conquistaría desde dentro.
Y lo haría por ti, Alenka. Donde quiera que estés.
Prometo que todos, desde las sombras más bajas hasta los pisos más altos de poder, recordarán mi nombre con temor y reverencia. Recordarán al hombre que surgió de la nieve y la sangre.
Damián Bonet.
Parte Uno
“¡Qué encantadores son los placeres de la imaginación! En esos momentos deliciosos, el mundo entero es nuestro; ni
una sola criatura nos resiste, desatamos el
mundo, lo repoblamos con nuevos objetos que, a su vez, inmolamos. Los medios
para cada crimen son nuestros, y los empleamos a todos, multiplicamos el horror por cien.”
Marqués de Sade
Mirada
El martilleo en mis sienes era un eco sordo y persistente, un recordatorio físico de la estupidez humana con la que me veía obligado a lidiar.
No era un simple dolor de cabeza; era la manifestación de mi desprecio, condensado en una punzada rítmica detrás de los ojos, uno azul zafiro, el otro ámbar oscuro, herencia maldita que siempre atraía miradas indeseadas.
Frente a mí, una pila de documentos legales amenazaba con desplomarse, cada folio una acusación absurda.
Otra demanda por "acoso". ¿De quién? Una modelo anónima cuyo nombre y rostro se habían borrado de mi memoria como lágrimas en la lluvia.
¿Acaso creían que una noche de placer concedida implicaba un contrato de por vida?
¿Que yo, Damián Bonet, sería uno de esos imbéciles sentimentaloides que las llevan a cenar y les prometen el cielo?
—Firmó un acuerdo de confidencialidad tan explícito que hasta un niño lo entendería —Laurent, mi jefa de legales, clavó en mí sus ojos grises, cargados de un reproche que ya me resultaba tan familiar como el sabor del whisky—.
Además, y permíteme ser cruda, nadie le apuntó con una pistola para que se acostara con usted.
Sabía que lloverían las reprimendas, los sermones sobre la imagen corporativa, las amenazas veladas. Para eso les pagaba.
Generosamente. Su salario era la compensación por aguantar mi genio y mi nula paciencia para las farsas sociales.
Cansado del circo, me levanté de un movimiento brusco, la silla de cuero girando sobre sí misma con un quejido ahogado, y abandoné la sala de juntas sin una mirada atrás.
El sonido de la puerta al cerrarse fue un punto final satisfactorio.