Inquina Parte Dos #10
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Parte Dos #10

La curva hacia el sótano privado fue tan cerrada que los neumáticos dejaron un sollozo de goma sobre el hormigón. Antes de que mis dedos soltaran el volante, ella ya había arrebatado las llaves.

—No vaya a ser que algún alma desesperada se lleve tu juguete — dijo, su voz un susurro ronco que contrastaba con el clic definitivo de las puertas al cerrarse.

El ascensor hacia el penthouse ascendió con una lentitud que bordea lo obsceno.

No pude esperar. La empujé contra la pared espejada, el frío del cristal contrastando con el fuego de su piel.

Su muslo rodeó mi cadera con una fuerza que me sorprendió, mientras yo, con un movimiento casi automático, cubría el ojo inerte de la cámara de vigilancia con mi pañuelo de seda.

El ding que anunciaba nuestro piso nos encontró enredados, ropas desordenadas y alientos entrecortados.

—¡Desnúdame! —La orden salió de mi garganta como un rugido, áspera por la adrenalina y algo más primitivo—. Ahora.

Sus dedos, que antes habían manipulado copas de cristal con elegancia glacial, temblaron ligeramente al deshacer el nudo de mi corbata.

No tuvo paciencia para los botones de la camisa; un tirón seco los envió a volar como esquirlas oscuras.

Una patada envió mis zapatos Oxford a la penumbra del rincón.

Cuando el último obstáculo cedió, me erguí ante ella, la erección palpitando con un ritmo propio frente a sus labios entreabiertos, su respiración agitada.

—Abre —ordené, y no fue una sugerencia.

Su boca se selló alrededor de mí con la voracidad de quien ha estado a la deriva y por fin encuentra tierra.

Un gemido gutural, suyo o mío, no lo supe, resonó en el espacio metálico.

La empujé más profundamente, sintiendo cómo los músculos de su garganta cedían y se adaptaban.

Las lágrimas que perlaron sus espesas pestañas no eran de dolor, sino de entrega absoluta, y esa rendición me enloqueció más que cualquier resistencia.

Mis manos, ancladas en su cráneo, marcaron un ritmo brutal y sincopado.

Al deslizar el cierre lateral oculto de su vestido, la tela dorada se desplomó como una cascada derrotada, revelando el paisaje austero de sus costillas, la curva sinuosa de su espina dorsal. Jadeaba.

—¡La mesa! —señalé con la barbilla hacia el pesado mueble de ónix que dominaba la antesala.

Obedeció sin vacilar, arqueándose sobre la superficie lisa y fría como una ofrenda sobre un altar.

Me arrodillé. Mis labios, seguidos por mis dientes, recorrieron el camino interno de su muslo, un viaje lento y deliberado hacia el epicentro de su temblor.

El aroma que encontré allí —salvia salvaje, mar salado y puro deseo indómito— electrizó el aire ya cargado.

Al aplicar presión con mis dientes en su clítoris hinchado, su grito no fue de protesta, sino de liberación, un sonido puro que reverberó en las vigas altas del techo.

—¡Dentro! —suplicó, sus palabras entrecortadas—. ¡Te necesito ya!

La penetré sin clemencia, sin preámbulo.

Un gemido animal, desgarrado desde lo más hondo de su ser, llenó el espacio cuando su cuerpo se ajustó a mi avance, tan estrecho y caliente que por un segundo vi estrellas.

La levanté del mármol, haciendo que se ensartara en cada embestida, que sus piernas me rodearan la cintura mientras sus senos, libres y perfectos, oscilaban al compás de nuestro frenesí compartido.

Sus uñas, esas uñas que horas antes sostenían una copa de champán, se clavaron en mi espalda, trazando surcos de fuego que prometían convertirse en cicatrices.

—Mírame —exigí, atrapando su mirada vidriosa, sus pupilas tan dilatadas que casi habían devorado el iris lila—. Este infierno lo construimos juntos. Es solo nuestro.

Su respuesta fue inclinarse y morderme el labio inferior con fuerza suficiente para hacer brotar el sabor metálico de mi sangre.

Fue el detonante. Cuando el clímax nos alcanzó, fue una explosión sorda que nos desintegró y nos reensambló en el mismo instante.

Mi semen la llenó con pulsaciones prolongadas, posesivas, y el grito que desgarró mi garganta no fue el de un hombre, sino el de un devoto gritando el nombre de su única diosa en una plegaria pagana.

La luz pálida del alba, colándose por las delgadas rendijas de las persianas de titanio, me encontró insomne.

Natasha yacía boca arriba a mi lado, la boca entreabierta en un sueño profundo, las pecas doradas esparcidas sobre la almohada de seda como una constelación privada.

Habían sido apenas dos horas de sueño ligero, interrumpidas por rondas de posesión más lentas, más profundas, donde la urgencia había dado paso a una exploración tácita.

Erdoğan había confirmado las reservas en la villa de Santorini a las 4:47 a.m. Mientras el mundo dormía, yo trazaba planes entre las sombras: primero, el desmantelamiento meticuloso y doloroso de la red de tráfico de Kowalski.

Luego, y solo luego, mereceríamos el interludio: islas griegas, cielos despejados y su piel desnuda bajo un sol que no conociera la oscuridad que cargábamos.

Un ruido sigiloso me sacó al pasillo de la suite principal. Natasha estaba frente al refrigerador climatizado, la tenue luz interior iluminando su perfil mientras buscaba agua. Al sentir mi presencia, saltó, llevándose una mano al pecho.

—¡Cielos, Damián! Casi me matas del susto —susurró, antes de darme un golpe seco en el hombro.

—Llevamos cuarenta y ocho horas encerrados aquí, alternando entre dormir, follarnos hasta el olvido y repetir el ciclo —ceceé, avanzando hasta acorralarla contra la encimera de cuarzo negro—.

Un patrón que, lo admito, no me desagrada.

Pero tengo la sensación de que hay algo más. ¿Algo que confesar, malenka?

Sus ojos lilas, todavía empañados por el sueño, brillaron de pronto con una travesura peligrosa, la misma que me había hecho perder la cabeza en su fiesta de cumpleaños.

—Podría estar embarazada —soltó, su voz un hilo de seda cargado de algo indefinible.

El silencio que cayó entre nosotros fue absoluto.

Mi mente, usualmente un torbellino de cálculos y estrategias, realizó un inventario rápido y devastador: la pastilla olvidada en Londres, el preservativo rasgado en el ascensor, la mañana en que la desperté dentro de ella sin protección…

Tres ocasiones clave donde el control se había esfumado.

Una calma extraña, vasta y silenciosa, se apoderó de mí al imaginar la curva de su vientre bajo mis palmas, redonda y firme, un territorio nuevo por reclamar.

—Entonces seremos padres —declaré, y la certeza en mi propia voz me sorprendió.

Mi mano, grande y marcada por antiguas cicatrices, descendió para reposar sobre la planicie suave de su bajo vientre—.

Buscaremos una casa. Con un jardín lo suficientemente grande.

Y una guardería a prueba de explosivos, por supuesto.

Su carcajada estalló entonces, cristalina y genuina, llenando la cocina lujosa y fría con un calor que nada material podría emular.

—¡Tengo el DIU, idiota! —confesó entre risas, sus dedos enredándose en mi pelo—. Solo quería ver tu reacción. Pensé que huirías despavorido.

Un gruñido escapó de mi pecho. La atraje más cerca, enterrando mi rostro en el hueco de su cuello, mordisqueando la suave piel de su clavícula donde aún quedaba el rastro tenue de mi posesión.

—Pensé que te rodeaban caballeros con modales y promesas vacías —bufé contra su piel—. Por suerte para ti, solo tienes a un bárbaro que, al parecer, está dispuesto a comprar una casa con valla eléctrica por un fantasma.

Ella dejó de reír. Sus manos se posaron a los lados de mi rostro, obligándome a mirarla. En sus ojos no había burla, sino una vulnerabilidad desafiante.

—¿Lo decías en serio? —preguntó, su voz apenas un suspiro.

La miré, en esa cocina bañada por la luz gris del amanecer, rodeados de los restos de nuestro banquete privado y la sombra de los monstruos que nos acechaban fuera. No era una pregunta sobre casas o jardines.

—Nunca he sido más serio en mi vida —respondí, y fue la verdad más pura y aterradora que había pronunciado en años.

En ese momento, entre el desgaste del deseo y la crudeza del amanecer, no éramos el magnate implacable y la socialite rebelde.

Éramos dos almas dañadas que, contra toda lógica y en medio de la guerra que libraba, habían encontrado en el otro un respiro necesario, un lugar al que, por primera vez, podían llamar hogar.

El circuito ascendía como una culebra de asfalto bajo un sol canicular que fundía los colores del paisaje en una acuarela desvaída.

Mientras los demás elegían sus monturas con la solemnidad de caballeros seleccionando espadas, mis ojos se clavaron en la silueta que se aproximaba a bordo de una Bonet V9 Carbono, mi creación más letal.

Camila Durand desmontó con la fluidez de quien ha nacido sobre dos ruedas.

El orgullo en la mirada de Michele Brown era casi conmovedor en su patetismo.

—Nunca estarás a su nivel, Brown —provoqué, ajustando los guantes de cuero perforado con la precisión de un cirujano—. Ni en los negocios, ni en la pista, ni en su cama.

—¿Apuestas? —replicó ella, quitándose el casco con un gesto que hizo volar su melena de azabache. La cicatriz en su muñeca izquierda —tres centímetros de piel reconstruida— brilló bajo la luz implacable como una medalla de guerra.

Natasha se acercó con mi casco personalizado, depositando un beso en mis labios que sabía a promesa y a desafío:

—Húndelos, mi señor Ares. Conviértelos en polvo.