Capítulo 30 #2
—Espera. Tenemos que hablar —dijo Alex rápidamente, y Julie se volvió a mirarla.
—Sí. Así es.
«El maldito anillo», pensó Julie de inmediato.
—Entonces subo en unos minutos, ¿vale?
Asintió y los dejó allí para subir a su apartamento.
Alex se quedó con ellos un rato más, el tiempo justo para que Carol abriera sus regalos, y Max y Brian los suyos.
Pero había algo pendiente.
—Hola —dijo Alex en cuanto Julie abrió la puerta del salón.
—Hola. Pasa, Alex —se hizo a un lado y cerró la puerta—. Siéntate, por favor.
—Gracias —dejó el bolso en el sillón y se sentó.
Había una formalidad entre ellas, de esas que se usan para disfrazar corazones que han perdido el compás.
Un silencio incómodo las acompañó unos instantes. La ansiedad se espesaba con cada respiración hasta que, al fin, Alex la miró y abrió la boca para hablar.
—Nosotras… —a Alex le costaba articular palabra, con la mente en blanco ante esos ojos azules.
—Estamos aquí por Jill —completó Julie. Se lo habían prometido a su amiga.
—También. También por Jill.
—Alex, quiero que estemos en paz, pero las dos sabemos que eso solo es posible a distancia —Julie parecía haber ensayado las palabras—. Comportémonos como adultas. Por una vez.
Alex la interrumpió.
—¿Eres feliz? —preguntó, y Julie entornó los ojos—. Feliz con… ya sabes quién.
—No creo que tenga que contestar a eso —el tono de Juh rozaba la severidad.
—¿Por qué no?
—Porque no es asunto tuyo, Alex.
—Sigues siendo borde, ¿lo sabías? —Alex empezaba a irritarse.
—Solo con quien se lo merece.
—¿Esa es la paz de la que hablabas? —preguntó Alex, y Juh resopló—. Quería que vinieras conmigo. O que te quedaras. Pero no acabar con todo.
—Decidiste por ti y por mí. No me dejaste ni opinar —Julie se levantó sin darse cuenta.
—¿Quieres que diga que me equivoqué? —Alex también se levantó, plantándose frente a Julie—. Sí, Julianne, me equivoqué. La cagué.
Alex casi gritaba.
—Vete a la mierda —soltó Juh en el mismo tono.
—Que te jodan —le espetó Alex.
—Quieres saber si soy feliz con Lauren, ¿verdad? —sus miradas se cruzaron—. SÍ, lo soy. MUCHO.
Julie retrocedió un paso.
—Y ahora, ¿puedes devolverme el puto anillo y acabar con esto de una vez?
Alex se quedó paralizada, primero por lo que acababa de oír, y luego porque se fijó mejor en Julie.
Julie se apretaba la sien con los dedos, como si fuera a estallar.
—Eso es mentira —dijo Al de pronto, ahora con voz suave.
—¿Qué es mentira? —Juh no entendía nada.
—Eso. No eres feliz.
—¿En serio? ¿Quién te crees que eres? —Julie soltó una carcajada cruel, brutalmente burlona.
—¿Quién soy yo?
Alex dio un paso hacia ella y clavó la mirada en esos ojos azules.
—La mujer a la que sigues queriendo.
La suavidad de esa frase hizo callar a Julie.
Y la risa se desvaneció de sus labios.
—Solo sabes decir la verdad de una manera —Alex se acercó y le tomó el rostro entre las manos—. Así.
Entonces una de sus manos se posó en la nuca de Julie con una fuerza que ni ella misma sabía que poseía.
Julie se tensó como si fuera a apartarse. No se entregó por completo, pero tampoco retrocedió. En su interior se libraba una batalla.
Por un breve instante, Juh pareció rendirse y se permitió sentir aquellos labios cálidos sobre los suyos.
Solo lo pareció.
En un impulso, Julie le mordió el labio a Alex. Y no precisamente con suavidad.
Alex retrocedió y la soltó, llevándose la mano a la boca para aliviar el dolor.
—Me has hecho daño —dijo mirando a Julie con sorpresa, y se dispuso a marcharse.
Pero de repente, Julianne la besó.
Sus labios devoraron los de Alex con una voracidad que solo el anhelo podía explicar.
Alex incluso olvidó el mordisco.
Y cuando abandonaron sus batallas, encontraron el ritmo que siempre habían conocido, aquel en el que la inclinación de sus cabezas y el entreabrirse de sus labios calentaban cada átomo de sus cuerpos.
Sus lenguas se encontraron en la medida exacta, en el momento exacto, en la búsqueda que se había vuelto necesaria.
Se abrazaron sin interrumpir el beso. Sus cuerpos se apretaron sin dejar espacio para nada más, ni siquiera para los pensamientos inquietos.
El sabor de su boca. La fragancia de su perfume. El consuelo del abrazo. La búsqueda desesperada de sanación tras cada dolor que se habían causado.
De repente, Alex sintió una fuerza que la empujaba, alejándola bruscamente.
Tras apartarla, Julie murmuró para sí:
—Qué mierda. Joder.
Se pasó las manos por el pelo, apretó los labios, se presionó la sien. Sin duda, aquello era una batalla para ella.
Alex se limitó a observarla, esperando a que ese arrebato se suavizara. Entonces los ojos azules encontraron los suyos.
—Después de todo, ¿para qué estamos aquí? ¿Para este déjà vu? —Julie estaba enfadada. ¿Con Alex? Probablemente. ¿Consigo misma? Sin duda.
—No. Necesitaba devolverte el anillo que me diste cuando me pediste matrimonio, de rodillas —la miró con firmeza, con cinismo—. ¿Lo recuerdas?
La expresión de Julie se endureció mientras la miraba. Alex habría jurado que esa mirada la estaba maldiciendo en varios idiomas.
—Pero no voy a devolvértelo —completó Alex.
—A ver si lo entiendo. Querías devolverlo, aunque yo nunca te lo pedí, ¿y ahora has decidido no hacerlo? —su voz sonaba exasperada.
—Exacto —Al agarró el bolso del sillón y se dirigió hacia la puerta.
—Alex, ¿qué estás haciendo exactamente?
Abrió la puerta y se giró.
—Rescatarnos.
Se marchó sin mirar atrás, pero podía imaginar la expresión de asombro que había dejado en el rostro de Julie.