Inquebrantable (Serie Amor inquebrantable nº 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

—Uno más para atormentarme —bromeó Julie con Jill aquella mañana.

—Todavía no me lo creo del todo. Llevaba tanto tiempo sin tener que tomar medicación, y ahora esta criaturita también.

Jill hablaba mientras se acariciaba el vientre.

—¿Y los niños? ¿Cómo se tomaron la noticia?

—Siguen de celebración —dijo Jill, riendo.

—Me lo imaginaba —Julie también estaba contenta con la noticia—. ¿Crees que tardarán mucho?

—No, deberían llegar pronto.

Los chicos habían salido con su padre.

—¿Y tú? ¿Estás bien?

—Sí.

Dio un sorbo al agua que había cogido antes.

—Menuda resaca tienes, ¿eh?

Jill se había dado cuenta nada más llegar Julie.

—¿Se nota tanto? Hacía tiempo que no bebía.

Julie tenía una resaca monumental.

—Parece que fue una buena noche —bromeó Jill, aunque quería saber más—. ¿Dónde está Lauren?

—Probablemente en su casa.

—Creía que pasaba más tiempo en tu apartamento que en el suyo.

El día anterior, ella y Alex habían estado hablando toda la tarde, y Alex le había contado lo que había visto en el balcón de Juh.

—¿De dónde has sacado eso?

—Un pajarito me ha contado que estuvo en tu apartamento muy temprano ayer.

Julie la miró, tratando de entender.

—¿Quién? —le preguntó a Jill.

—Alex.

Julie se quedó atónita.

—¿Alex? ¿Cómo sabe que Lauren estuvo allí?

La expresión de Julie cambió por completo.

—La vio.

Jill se lo soltó así, y luego tuvo que contarle exactamente cómo había ocurrido. Cuando terminó de explicárselo, siguieron hablando del asunto.

—No tenía ni idea —dijo Julie.

—Ya sabía lo vuestro, pero cuando vio a Lauren allí... le resultó muy duro.

—Lauren no pasó la noche en mi casa. Estuvo allí tan temprano porque habíamos quedado en ir juntas al hospital.

Julie se lo explicó y luego miró directamente a su cuñada.

—Jill... no hubo sexo entre nosotras.

Su cuñada se sorprendió de verdad.

—Pensaba que las cosas entre vosotras habían ido mucho más lejos.

—No. Nada de eso.

Hizo una pausa.

—Ayer yo... en fin, no pasó nada.

—Juh... ¿puedo decirte algo?

—¿Serviría de algo que dijera que no?

—En absoluto.

Se rieron.

—Estuvo bien que Lauren entrara en tu vida, pero nunca creí que esa relación fuera a llegar muy lejos.

—¿Por qué?

—Porque no estabas preparada.

Jill lo veía claramente.

—Pero tampoco estoy preparada para que Alex vuelva a destrozarme.

—En cuanto a eso, no creo que tengas ni que preocuparte... pero da igual.

—Jill... te mueres por contármelo. Dilo.

Vaciló, sin saber muy bien si debía hacerlo.

—Ha recibido una oferta. Increíble, de hecho.

Julie le prestó toda su atención.

—Y si la acepta, se irá a Europa.

Una sensación extraña recorrió a Julie.

—Claro que la aceptará.

Soltó una risa irónica.

—Bien por ella.

Esa fue su respuesta. Por dentro, sin embargo...

—Sigues enfadada con ella, y lo entiendo.

Era evidente.

—Enfadada no es la palabra.

Julie miró hacia el jardín, suspiró y trató de dar forma a lo que sentía.

—Amé a esa mujer, Jill. Me perdí en ese amor, y ahora estoy intentando encontrarme de nuevo.

La voz se le quebró de emoción, y Jill escuchó en silencio.

—Al mismo tiempo, quiero que tenga todo lo que planeó... todo lo que soñó.

Le dedicó una sonrisa suave a su cuñada.

—Como ves, ni siquiera yo entiendo lo que siento.

Jill le tocó la mano por encima de la mesa.

—Yo sí te entiendo.

Respondió a aquella sonrisa frágil con otra igual de cálida.

A primera hora de la tarde...

Alex se lo estaba pasando en grande en la cocina de su restaurante, como en los viejos tiempos. Sacaba platos, volvía al ajetreo y se metía de lleno en la faena.

Había una ligereza poco habitual en la expresión de Alex. Aquel era su lugar, y le encantaba volver a sentirlo así.

Se quedó durante todo el servicio del mediodía. Lo había hecho innumerables veces en su vida, pero en los últimos años, momentos así se habían vuelto cada vez más escasos.

Sobre las tres de la tarde, estaba comiendo con Lia en una mesa apartada en un rincón del restaurante.

—Dime, ¿fuiste y se lo soltaste así, sin más? —Alex le preguntó a Lia sobre la conversación que había tenido con su exmarido.

—Teníamos algunas cosas que resolver, y él insistió en saber con quién estaba. Así que se lo dije.

—Me imagino la cara que puso, sobre todo porque fue él quien insistió tanto en que las dos saliérais con ella.

—Se quedó atónito, Al. Estaba a punto de perder los papeles, y le recordé exactamente eso. Fue él quien nunca dejó que saliera de nuestras vidas. Mencionaba el nombre de Brandie a todas horas.

—Se quedó atónito porque ahora ya no forma parte de esto. Si no, puede que hasta le hubiera gustado —dijo Alex, y no se equivocaba.

—Absolutamente.

—¿Y Brandie? ¿Estuvo de acuerdo con todo?

—Le conté lo básico, pero se sintió aliviada de que él lo supiera. Era como si estuviéramos ocultando algo.

—Tiene sentido.

—Al… cuando todo lo de Europa termine, estoy pensando en volver a mi ciudad natal por un tiempo, volver a ver a mi familia. —Lia nunca había estado especialmente unida a su familia.

—Me parece estupendo. —Alex la apoyó de inmediato.

—Después de que mis padres murieran, me alejé demasiado de todos ellos.

—Estoy segura de que les encantará verte.

—Sí. Solo que no sé cómo se tomarán lo de mi relación con Brandie.

—Lia… quien realmente quiera estar en tu vida lo aceptará.

Lia se quedó pensativa.

—Tienes razón.

Probaron la comida mientras hablaban. Luego Lia cambió de tema.

—Así que estuviste en la cocina. —Lia sonrió.

—Dios, me encanta. —Alex realmente había echado de menos esos momentos—.

Hoy estuve pensando en cuando mi padre perdió nuestra casa en mi ciudad natal.

Mis padres se sintieron tan humillados. Yo era muy joven, y ya sabes cómo a esa edad tienes esa necesidad de ser como las demás chicas… y yo no tenía nada.

Lia simplemente escuchó.

—Lo que me dio algo de alivio fue conoceros a todos vosotros tiempo después. Pero mi madre, pobrecita, todo era tan… pesado, ¿sabes? —Alex sintió un profundo dolor al recordarlo.

—¿Es esa la casa en la que vive tu madre ahora? —preguntó Lia.

—Sí. Cuando la perdimos, nos mudamos al mismo barrio, y años después, la volví a comprar.

—No lo sabía, Al.

—Un día le prometí a mi padre que sería la mejor. Y recuerdo exactamente lo que me dijo: «Solo ten cuidado, porque eso puede ser solitario». Y tenía razón. Pero en la cocina, nunca me sentí sola.

—¿Tienes miedo de que aceptar esa oferta te lleve justo a lo que tu padre te advirtió?

—Lia… ¿sabes cuántas veces se ha casado Bernard?

—No.

—Cuatro matrimonios. Cuatro divorcios. Sin relación con su único hijo.

—Vaya. —Lia estaba sorprendida.

—Bernard tiene gente a su alrededor todo el tiempo, pero es un hombre solitario.

—¿Soy solo yo, o…?

—Soy una cocinera que se convirtió en empresaria, sí. Pero sigo siendo cocinera.

—Un brindis por eso. —Lia levantó la copa, y Alex hizo lo mismo—. Y esta comida está divina.

—Sí… soy condenadamente buena en esto. —Al le arrancó una amplia sonrisa a su amiga.

La noche cayó sobre Los Ángeles.

Brian estaba en una cafetería cerca de su casa con su marido, su hija y Julie cuando recibió un mensaje.

—Cariño, ¿estás en casa? —le había enviado Alex.

—¡Hola! Estoy cerca de casa, ¿y adivina quién está aquí? —Brian respondió de inmediato.

—¿Julie?

—Sí.

—Mmm… ¿la novia también?

—No. Y tengo la sensación de que ya no hay novia —confió. Era evidente que Max había hecho algún comentario en casa.

—¿Lo dices en serio, o solo intentas alegrarme la vida?

—Muy en serio.

—¿Tardaréis mucho?

—No. Media hora más o menos.

—Vale. Hasta pronto.

—Entendido. Adiós.

Guardó el teléfono con un atisbo de risa, pero no hizo ningún comentario.

Julie había vuelto a un viejo tema con Max.

—Eres un cobarde. Eso es lo que eres —le dijo Julie a su amigo.

—No es miedo —replicó Max.

—Julie, ayúdame a meterle en la cabeza a este amigo que debería intentarlo —dijo Brian, volviendo a la conversación.

—Se lo repito todos los días. Empiezo a pensar que no es un miedica, es un cobarde —dijo Julie con precisión.

—Eh, vosotros dos, parad. Simplemente no sé si sería un buen médico.

—Era tu sueño —le recordó Brian.

—Hace años. Soy un gran enfermero, y los dos tenéis que dejar este tema. —Max había renunciado a la medicina años atrás y tenía mucho miedo de volver a intentarlo.

—Definitivamente un cobarde —concluyó Juh, con la total aprobación de Brian.

—Lo pensaré, ¿vale? —les dijo Max a ambos, y asintieron conformes.

Después de que todos comieran, se marcharon, ya que el edificio de Julie estaba muy cerca.

—Carol, deja de correr —dijo Brian, padre entregado como siempre.

—Y aun así quería más —dijo Max, dándole un codacito a su marido.

—Voy a tenerlos —dijo Julie, y ambos hombres se detuvieron en la acera y la miraron—. Tranquilos. No sé cuándo.

Se echó a reír al ver sus caras.

—¿Y esa noticia? —preguntó Max.

—Mi mayor proyecto en solitario —reflexionó Julie.

—Los niños son geniales, doctora. Salvo por el agotamiento emocional, mental y físico para el resto de tu vida. Quitando eso, increíbles —bromeó Max.

—Gracias, Max. Me has animado tanto que dejaré ese proyecto para dentro de unos diez años.

—Es broma. Nuestra pequeña fue lo mejor que nos pasó —añadió Max—. No me imagino la vida sin ella.

—Es verdad. Carol es nuestro mayor regalo —Brian completó el pensamiento de su marido mientras la niña volvía a correr por la acera.

—De verdad que quiero vivir eso, y…

Julie se quedó a medias al ver a cierta persona frente a su edificio.

Alex estaba apoyada en su coche, con los brazos cruzados, observándolos sin disimulo.

—Uh… —Max puso tal cara de sorna que su amiga le fulminó con la mirada.

—¡Tía Al! —Carol corrió hacia ella y la abrazó.

—Hola, cariño. Te he echado de menos —Alex le dio un abrazo largo. Después saludó a Brian y a Max.

—Hola —la saludó Julie.

—Hola, Julie. ¿Cómo estás? —Alex sonrió con tanta naturalidad que sorprendió a Julie.

—Estoy bien, Alex —aunque su tono era serio.

—Te he traído unos regalitos —le dijo Al a Carol.

—¿De verdad, tía? ¡Bieeeeen!

—Bueno, yo subo —Julie ya se había dado la vuelta cuando oyó esa voz.