Capítulo 6
La fiesta de Jill era preciosa.
Era el tipo de reunión que resultaba acogedora desde el primer momento: íntima, animada, rodeada de amigos.
Lia llegó con su marido, Tony, y su presencia alegró a todos. La habían echado muchísimo de menos desde que se mudó a Europa.
—¡Juh está aquí! —exclamó Lia en cuanto vio a Julie, con los rizos bailándole al girarse hacia Alex—. ¿Vamos a hablar con ella?
—Ve tú. Yo me quedo aquí.
Lia frunció el ceño, visiblemente desconcertada.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Nada... Te lo cuento luego —Alex sonrió, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Vale. Vuelvo enseguida.
Lia llamó a Tony y juntos fueron a saludar a su amiga.
El abrazo fue cálido y familiar. Todos se habían echado de menos. Tony también saludó a Julie y a Carrie con verdadero cariño.
—¡No puedo creer que estés aquí! —dijo Julie, abrazando a Lia.
—Si el traslado de Tony sale adelante, no te librarás de mí nunca más —le dijo Lia.
Tony era ingeniero en una multinacional. Cuando lo trasladaron a Europa, Lia dejó aparcada su carrera en relaciones públicas para seguirlo. Ahora que regresaban a California, tendría que reconstruir su vida profesional.
Y estaba deseando hacerlo.
La pareja se quedó con ellas un buen rato y, poco después, volvió a la mesa de Alex y Chris.
—Juh sigue estando despampanante —dijo Lia al sentarse de nuevo junto a Alex.
—Sí que lo está... —respondió Alex, dando otro sorbo al champán.
—¿Qué pasó, Al? ¿En serio?
—Nada —cambió de tema—. ¿Esa es Carrie? —Alex solo la conocía por fotos.
—Carrie. La doctora con la que tuvo un rollo —dijo Lia.
—Ya me acuerdo... —Alex cogió otra copa y se la bebió de un trago.
Las observó con disimulo y enseguida se dio cuenta de que Julie la estaba ignorando.
Aquella turbulenta mañana de semanas atrás, el silencio de Alex había sido la peor respuesta posible. Aun así, seguía preguntándose qué otra cosa podría haber dicho.
«Gracias por una noche inolvidable, pero pienso comprometerme con un hombre porque soy una cobarde, y lo que siento por ti me aterroriza».
Jamás habría dicho eso. Pero admitir la verdad habría sido un comienzo, pensó Alexandra.
En otra mesa...
Sam charlaba con Julie y Carrie, como era de esperar, sobre medicina entre otras cosas.
Entonces se acercó a su hermana.
—¿Por qué estás aquí tan apartada? Venga, vamos allá. Alex y Lia están en aquella mesa —Sam se la señaló a Julie, ya que las cuatro solían ser inseparables.
—Ah... luego —respondió ella.
A él le pareció extraño, no solo la negativa, sino cómo lo dijo.
—¿Está todo bien, Juh? —preguntó Sam, escrutando el rostro de su hermana.
—Más o menos, pero este no es el momento.
—Vale. Cuando quieras.
—Gracias... —sonrió y le dio un beso en la mejilla antes de que él se alejara.
Sam conocía bien a su hermana, y aquel breve intercambio le rondó la cabeza de tal manera que al final de la noche no pudo evitar preguntarle a su mujer qué pasaba. Jill le contó solo lo que pudo.
Las horas fueron pasando...
Lia repartía su atención entre sus dos amigas. No se había tragado la vaga explicación de Alex, pero prefirió no insistir, igual que había preferido no presionar a Julie.
—Al, sabes que eso no es agua, ¿verdad? —bromeó Lia, viendo cuánto estaba bebiendo Alex.
—Tranquila. Solo me estoy divirtiendo —respondió Alex.
Diversión no era precisamente lo que sentía. Estaba furiosa por cómo la trataba Julie. Juh, de hecho, la ignoraba por completo.
—¡Pues vale! ¡Salud! —dijo Lia, y levantaron las copas para brindar.
—¡Vamos a bailar! —declaró Jill, la que más papeletas tenía de acabar borracha esa noche.
Chris prefirió quedarse charlando con Tony, así que las mujeres se fueron juntas.
Ni siquiera entonces Alex soltó su copa.
El problema de Alex era que sus ojos la traicionaban. Siempre acababan volviendo a Juh.
—¡Jill, baila con nosotras! —la llamó Lia.
Jill se acercó bailando, haciendo el payaso y poniendo caras. La cumpleañera estaba radiante de felicidad.
Unos momentos después, Jill se acercó al oído de Alex.
—Para ya, ¿vale? He visto lo que estás haciendo. Te conozco.
—¿De qué hablas? —Alex fingió no entender.
—No te hagas la tonta conmigo, Al. No le quitas los ojos de encima —la regañó Jill, seria a pesar de la música y el champán.
Alex se encogió de hombros, pero se rio porque Jill tenía toda la razón.
—¿Mirando? ¿A quién? —preguntó Lia en voz alta, intentando hacerse oír por encima de la música.
—A Juh —respondió Jill.
—¡Sabía que algo andaba mal! —le dijo Lia a Jill, y luego se giró hacia Alex—. ¿Os habéis peleado?
Alex no tuvo tiempo de responder. Jill se le adelantó.
—No, Lia. Se liaron —dijo la cumpleañera.
—¿En serio? ¿Peleándose? —Lia estaba atónita, convencida de que la pelea había sido peor de lo que había imaginado.
Y Jill, bajo los efectos de varias copas, respondió con una calma devastadora.
—No. Besándose.
—¿Qué? —Lia parecía conmocionada—. ¿Cómo que besándose? ¿Qué me perdí?
—Pregúntale a ella —dijo la cuñada de Julie.
—Jill, eres terrible —dijo Alex, recibiendo una sonrisa irónica a cambio.
—Lia, vigila a esta. Parece que está a punto de hacer alguna locura —dijo Jill antes de irse a despedir a algunos invitados.
—Ah, me vas a contar de qué va todo esto, ¿eh? —le dijo Lia a Alex.
—Luego... luego... —Alex hizo un gesto con los dedos y cogió otra copa de la bandeja de un camarero que pasaba.
No estaba en condiciones de hablar de ello.
Solo pasaron unos minutos antes de que Alex notara a Carrie sentada a la mesa con otras personas, mientras que Julie no aparecía por ningún lado. Entonces su mirada recorrió el salón y la encontró dirigiéndose hacia el interior de la casa.
Sin pensarlo, Alex se levantó.
—Lia, ahora vuelvo.
—¿Adónde vas? —preguntó Lia, acordándose de la advertencia de Jill.
Alex hizo un gesto vago y entró. Pero cuando llegó al salón, no vio a Julie ni rastro de adónde había ido.
—Maldita sea... —suspiró.
Como había bebido demasiado, Alex decidió que necesitaba un poco de tranquilidad. Miró a un lado y se metió en la pequeña habitación que Sam había convertido en su despacho.
Solo después de cerrar la puerta de madera y dar unos pasos se dio cuenta de que había alguien más allí, sentada en el sofá frente al escritorio.
—Hola... —dijo, sobresaltada—. No te había visto.
—Hola —respondió Juh con sequedad, sin mirarla.
Si alguien les hubiera medido el pulso, ambas habrían estado peligrosamente cerca de una arritmia cardíaca.
—Necesitaba unos minutos de paz, pero no pretendía molestarte —dijo Alex, agarrándose a cualquier tema de conversación.
—No pasa nada. Vuelvo a la fiesta —Julianne se levantó de golpe y se dirigió hacia la puerta.
—¿Estás saliendo con esa mujer?
La pregunta escapó de los labios de Alex antes de que pudiera contenerse.
Al oírla, Julie se volvió hacia ella con los ojos entrecerrados, pero no dijo nada.
—Déjame reformular la pregunta —continuó Alex, entornando también los ojos—. ¿De verdad estás saliendo con esa mujer ridícula?
Las innumerables copas de champán por fin estaban haciendo efecto.
—En primer lugar, no es ridícula. Y en segundo lugar, si lo estoy, ¿a ti qué te importa? —la voz de Julie se endureció. Aun así, no pudo evitar mirar el dedo anular de Alex—. Parece que te falta un anillo en el dedo, ¿no?
Se refería al anillo de compromiso.
—No seas cínica, Julie. No hay anillo porque no tiene por qué haberlo.
Julie soltó una risa seca y burlona.
—¿Sabes qué? No es asunto mío —dijo mientras se dirigía hacia la puerta.
Pero Alex fue más rápida y la sujetó para que no se abriera.
Quedaron cara a cara.
—Espera —dijo Alex.
—Por favor, déjame salir —dijo Julie, sin atreverse a mirar esos ojos oscuros.
—Apenas me has mirado desde que llegaste, y ahora que estoy justo delante de ti, sigues sin mirarme.
—¿Qué quieres, Alexandra?
Ahora sí la miraba, pero no como antes.
Una vez más, Alex no supo qué decir.
Pero esta vez actuó.
Le tomó el rostro a Julie antes de que le fallara el valor y la besó.
Al principio, el beso fue unilateral. Julie se quedó rígida, con una mano apoyada en el hombro de Alex como si fuera a apartarla.
Estaba librando una guerra consigo misma.
Pero el perfume de Alex le invadió los pensamientos, y el sabor de su boca le encendió una llama en el pecho. Durante un segundo peligroso, Julie no supo cómo evitar aquel beso ni cómo resistirse a aquella mujer.
Al final cedió, aunque solo por un instante. Separó los labios y dejó entrar a Alex.
Solo duró un momento.
Se apartó de nuevo, con la puerta a la espalda y Alex tan cerca que le robaba el aire.
—Te echo de menos, Juh —dijo Alex, aún sujetándole el rostro entre las manos—. Muchísimo.
Nunca en su vida había sido Alex tan sincera como en aquel momento, con aquellas pequeñas frases rotas.
Sobre todo, sincera consigo misma.
—¡BASTA! —gritó Julie, echándose unos centímetros hacia atrás—. No tienes derecho a hacerme esto.
Alex se quedó paralizada ante la furia de su voz.
—No puedes besarme cuando te dé la gana y luego volver corriendo con tu novio —dijo Julie, dando voz a su dolor—. Si no fuera Chris, sería otro hombre. Un hombre. Así que basta.
Julianne prácticamente estaba suplicando. No solo de rabia, sino de miedo y de un dolor inmenso.
Y no había terminado. Aún tenía más que decir.
—Esto no es un juego, Alex —los ojos de Julie la atravesaron como nunca antes—. Te quiero. ¿Lo entiendes? Y precisamente por eso no tienes derecho a jugar conmigo.
Julie abrió la puerta y se marchó. No esperó palabra ni reacción alguna de Alex.
Tras aquellas palabras, Alex sintió una mezcla inexplicable de emociones. Se apoyó en el brazo del sofá porque las piernas le fallaban.
Unos momentos después apareció Lia, que había ido a buscarla. Se había tomado en serio la petición de Jill de vigilar a Alex.
—¡Al, te estaba buscando!
Al ver las lágrimas en los ojos de Alex, su rostro se llenó de preocupación.
—¿Qué ha pasado?
—Soy idiota —dijo Alex.
—Oh, cariño…
Lia no hizo preguntas. La abrazó.
—Gracias por estar aquí, Lia.
—Tranquila, Al.
Alexandra se apartó con una expresión extraña.
—Lia…
—Dime.
—Creo que… voy a vomitar.
Terminó la frase mientras corría hacia el pequeño baño, donde vomitó como nunca en su vida.
Lia le sujetó el pelo, sin poder contener la risa.
Humillación. Pura humillación, pensaría Alex más tarde.
Fuera, de vuelta en la fiesta…
—Carrie, ¿podemos irnos? —preguntó Julie cuando regresó a la mesa.
—Por supuesto.
Carrie la miró con atención.
—¿Está todo bien, Julie?
—Sí, pero estoy cansada.
—La verdad, yo también.
—Pues vámonos.
Se despidieron de los amigos y la familia de Julie y se fueron a su apartamento.
Cuando llegaron, Carrie fue a la habitación de invitados mientras Julie se daba una larga ducha para intentar relajarse.
Un rato después, Julie estaba en el salón cuando apareció su invitada.
—¿No puedes dormir? —preguntó Carrie al verla tumbada en el sillón.
—Más o menos… y por lo visto tú tampoco.
«Mi insomnio tiene nombre y apellido», pensó Julianne.
Carrie se acercó y se sentó a su lado.
—Creo que necesito un beso antes de dormir… —insinuó Carrie con una sonrisa.
—Ya hemos hablado de esto. Me encanta tu compañía, pero… —dijo Julie.
—Tranquila. Lo sé. Solo lo echaba de menos.
—Lo siento…
—¿Quién es ella, Julie?
Carrie sabía que alguien le estaba robando el corazón a Julie.
—¿A qué te refieres?
—Te conozco un poco. Intentaste disimularlo, pero estabas inquieta en la fiesta, y ahora estás ahí sentada, ausente. ¿Quién es la mujer que te quita el sueño?
—Es complicado. En realidad, es alguien llena de complicaciones…
—¿Y por qué no estás con ella?
—Porque tiene a otra persona.
Carrie se inclinó y la besó con suavidad.
—Pues entonces es idiota.
Sonrió y se alejó despacio.
—Buenas noches, Julie. Si tienes una pesadilla, estaré ahí mismo.
Señaló la puerta de la habitación de invitados.
Julie sonrió.
—Que duermas bien, Carrie.
Julie se quedó allí. El torbellino de sus pensamientos no le daba tregua, aunque necesitaba descansar desesperadamente.
Suspiró.