Inocencia Feroz (La Bratva Rozanov nº 2) 51. Amara
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51. Amara

AMARA

Bohemian Rhapsody tiene una duración de cinco minutos y cincuenta y cinco segundos.

Me sé la letra de memoria. La verdad es que casi todo el mundo lo hace.

Incluso el solo de guitarra es fácil de cantar con un poco de improvisación.

Lo hice cuando Ransome me llevó por primera vez al almacén, sin conocer nada, antes de que estuviera seguro de si quería que yo supiera todo lo que sé ahora.

Sabía dónde estábamos, más o menos, por la cantidad de veces que había cantado esa canción desde que encendió el motor hasta que lo apagó. O al menos, sabía cómo indicarle a alguien dónde encontrarme.

Y eso es exactamente lo que estoy haciendo ahora.

Mientras Electra y yo cantamos, tomo nota mentalmente cada vez que paramos.

Cada vez que giramos. Y llevo la cuenta de cuántas veces la cantamos de principio a fin.

El simple hecho de hacerlo parece estar funcionando para calmar a Electra.

No hace preguntas, simplemente sigue cantando en voz baja.

—¿Queen? —pregunta Tristan en un momento dado—. Odio a Queen, joder.

Pero seguimos cantando. Cantamos en cada curva, giro y aceleración.

Nos dirigimos al noreste, de eso estoy segura.

Cantamos hasta que el aire que entra en el vehículo huele a agua salada, madera almizclada y pescado.

Cantamos al pasar por baches y al tomar curvas más lentas y cerradas.

Estamos en algún lugar industrial. Muelles. Almacenes, tal vez.

Cantamos durante cuarenta y cinco minutos (unas nueve veces la misma canción) y luego el coche se detiene.

—¡Cariños, ya estamos en casa! —canta Tristan, como el loco que es, y Electra empieza a llorar de nuevo.

Apoyo mi frente contra la suya. Un instante después, se abre la parte trasera de la camioneta y siento que Electra se aleja de mí con un gemido ahogado, seguido de la voz de Tristan.

—Corre y te dispararé antes de que llegues a tres metros de la camioneta. ¿Entendido?

Sinceramente, no me la imagino corriendo. Todavía tiene un saco en la cabeza, las manos atadas y no tenemos ni idea de dónde estamos. Bueno, tengo una vaga idea, pero no de los alrededores.

La mano de Tristan se aferra a mi tobillo. De repente, me saca a rastras de la camioneta. Por suerte, es lo suficientemente amable como para ponerme de pie, pero después me agarra con fuerza por la nuca. A juzgar por el grito de Electra, le hace lo mismo.

Nos conduce al interior del edificio como si fuéramos ganado. Huele a moho, cemento fresco y a algo más que no sabría decir.

También hace mucho frío.

Caminamos a ciegas por el almacén a oscuras.

En realidad, no sé si está oscuro o no. Es difícil distinguirlo con la bolsa en la cabeza.

Me concentro en respirar, tomando nota mental de cuántos pasos hemos dado en cada giro y recodo.

Por si acaso no nos matan y podemos escapar, tengo los pasillos trazados para nuestra ruta de escape.

Nos detenemos y Tristan nos quita las máscaras. A Electra le corren lágrimas por las mejillas agrietadas y tiene el pelo enmarañado por el sudor. De seguro yo no tengo mejor aspecto.

Como si pudiera leer mis pensamientos, toma la barbilla de Electra entre sus dedos.

—Qué pena que haya terminado así, cariño. Me gustaba tu locura. —Sonríe con picardía antes de que ella se zafe de su agarre—. Tengo asuntos que atender, chicas. ¿Por qué no charlan entre ustedes? Improvisen otro pequeño concierto donde no tenga que oírlo.

—¿Te refieres a algo así? —pregunta Electra antes de gritar—: ¡Ayuda! ¡Nos han secuestrado! ¡Que alguien nos ayude!

La sonrisa de Tristan desaparece, pero no por enfado. Más bien parece que se aburre de nosotros.

—¿De verdad crees que te llevaría a un sitio con gente alrededor? Grita todo lo que quieras. Nadie te oirá. No hay nadie en kilómetros a la redonda.

Nos dedica una última sonrisa sádica antes de marcharse.

—Joder. —Electra da vueltas sobre sí misma. Entre los cortes, los moretones y los rastros de lágrimas, tiene un aspecto terrible y me siento fatal por ella—. ¡Joder!

—El. Tienes que calmarte.

Me estremezco al sentir un dolor agudo en el vientre. Me recuerda a los dolores que tenía la noche que fui al hospital. Pero hago todo lo posible por no entrar en pánico.

—¿Cómo quieres que me tranquilice? —jadea—. ¡Mi novio me dio una paliza, nos sacó de la carretera, nos metió en la parte trasera de una camioneta y nos llevó al lugar de un asesinato porque, sorpresa, sorpresa, es un maldito psicópata!

Mientras Electra sufre una crisis nerviosa, me dejo caer al suelo. Tengo el estómago duro como una piedra y el dolor me recorre la espalda baja.

—Por supuesto que sí —le respondo entre dientes—. Es Tristan Chadovich.

—Mira qué suerte la mía, salir con un mafioso —dice entre sollozos mientras se sienta a mi lado.

—La Bratva —la corrijo.

—¡¿Lo ves?! Por eso tengo la regla de las tres citas. Si vas más allá de eso, te hacen la vida imposible.

Es un chiste malo, pero casi me hace sonreír.

Electra suspira.

—Lo siento, Amara. De verdad, lo siento muchísimo.

—Lo sé —le digo—. Y no es culpa tuya. Debí haber atado cabos.

—¿Podrías haberlo hecho? Atar cabos, digo. Ni siquiera me dio su nombre real.

—Sí, pero el hecho de que no te dejara tomarte ninguna selfie con él, que no usara las redes sociales y que se negara a conocerme fueron suficientes señales de alerta para darme cuenta de que era alguien a quien debería haber investigado más a fondo —le digo.

—Olvidé que eres una acosadora de primera categoría —dice ella—. Y sí, eso habría sido útil.

—Gracias —murmuro.

—¿Por qué parece que fue hace una eternidad? —pregunta—. ¿Por qué nuestra vida anterior parece literalmente otra vida por completo?

Las lágrimas me queman los ojos, pero me niego a dejarlas caer.

—Lo sé.

—Lo echo de menos.

—Lo sé.

—¡Señoritas!

Las dos damos un respingo. Es la voz de Tristan, por supuesto, la que resuena en el edificio vacío mientras vuelve a entrar.

Me estremezco de dolor en el abdomen y la espalda. Siento que el vientre se me endurece de nuevo, pero intento respirar profundo.

—Es hora de que empiece la fiesta —dice.

—¿Vas a matarnos? —pregunta Electra, adelantándose a los acontecimientos—. Porque si es así, mátame a mí. No a Amara. No al bebé. Solo a mí.

—Jesucristo, qué dramática eres —dice Tristan, llevándose la mano a la espalda, y se me para el corazón.

Pero solo es su teléfono—. No es que no me guste la idea.

Aunque lo haría al revés. Porque, sinceramente, me da escalofrío cada vez que veo tu barriga.

Saber que ese bebé es un Rozanov me pone los pelos de punta.

La sonrisa reptiliana de Tristan reaparece mientras se sienta frente a mí. Nuestras miradas se cruzan y, por un instante, se queda mirándome fijo. Parpadea y luego levanta su teléfono.

—Pero antes, vamos a hacer una pequeña llamada.

De repente, su teléfono suena. Lo mira sorprendido antes de que su sonrisa se ensanche.

—Hablando del rey de Roma —dice, mostrándome el teléfono.

No hay foto de contacto, pero no hace falta. Me sé el número de memoria.

Ransome.